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Sobre el Bautismo (2ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 24, 2017

Oracion a San Dimas para recuperar lo robado

San Dimas: Bautismo de Sangre.

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: “SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA”, mientras que SANTO TOMÁS DE AQUINO  señala:

«El sacramento del bautismo puede faltarle a alguien en la realidad, pero no en el deseo: por ejemplo, cuando un hombre desea ser bautizado, y por algún infortunio es interceptado por la muerte antes de recibir el bautismo. Éste puede alcanzar la salvación sin haber sido bautizado en la realidad en virtud de su deseo: efecto de la fe que obra por la caridad, y por el cual Dios, cuyo poder aún no está atado a los sacramentos visibles, santifica al hombre internamente. De ahí que Ambrosio diga de Valentiniano, quien murió siendo aún catecúmeno: “Perdí al que iba a regenerar: más él no perdió las gracias por las que oró”».

Foro Católico presenta en esta ocasión la segunda parte del Tratado Sobre el Bautismo de San Bernardo de Claraval, con el propósito de esclarecer la doctrina acerca del Sacramento del Bautismo como medio de salvación y, particularmente, el caso del Bautismo de Sangre y de Deseo, doctrina que explica la posibilidad de que algunos se pueden salvar, excepcionalmente, sin haber recibido el Bautismo Sacramental, pero en quienes concurren dos condiciones: con el Deseo de ser bautizados e interceptado por la muerte antes de recibirlo.

Sobre la doctrina del Bautismo de Deseo (2ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval (desde el siglo XII) a los dimonianos de “Vaticano Católico”

“Con todo, si antes de exhalar el último aliento, se arrepiente y quiere ser bautizado, y pide el Bautismo, pero apurándole la muerte no haya quizá medio alguno de conseguirlo, en tal caso, si no le falta una fe pura, una esperanza piadosa y una caridad sincera, oso decir, !Dios me valga! , que la sola falta de agua no me hará desesperar de su salvación, pues no puedo creer que su fe ha de verse frustrada, y confundida su esperanza, y perdida su caridad.”

SAN  BERNARDO

OBRAS COMPLETAS

TOM0 IV

TRATADO SOBRE EL BAUTISMO

PARTE II

“La obligación del bautismo no comenzó hasta después de la suficiente predicación del Evangelio.  En caso de extrema necesidad basta el bautismo de fe o de deseo, lo mismo que el martirio”.

Por todo lo dicho saco en conclusión que ni la necesidad del Bautismo, ni la inutilidad de la circuncisión y de los sacrificios que tal vez instituyeron los ritos antiguos para purificar a los hombres del pecado de origen, tuvieron comienzo cuando se dijo en secreto a Nicodemo: “Quién no renaciere por el agua y el Espíritu Santo, no entrará en el reino de Dios”.  Es más: Ni siquiera pienso que fué cuando se les mandó a los Apóstoles : “Id y enseñad a todas las naciones, bautizando a todos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, sino que a mi entender, entonces pudo abolirse el uso antiguo y comenzar a obligar el precepto nuevo cuando razonablemente no pudo haber excusa de desconocerlo.

Por lo que toca a los parvulillos y a los que todavía no tienen uso de razón, como el pecado original los hace culpables por contagio, no porque ellos hayan prevaricado, debemos creer que les valieron los sacramentos de la antigua ley hasta el día en que fueron públicamente prohibidos. ¿Duró su eficacia por más tiempo? Esto es lo que no sabría decir, pues sólo Dios lo sabe.

Por lo que hace a los adultos, si después de la predicación suficiente del Bautismo, alguno de ellos se opone a ser bautizado, añade a la antigua culpa un crimen de soberbia, nuevo y propio, con lo cual carga con dos motivos poderosos de condenación y merece ser castigado doblemente, si tiene la desventura de morir en tal estado.

Con todo, si antes de exhalar el último aliento, se arrepiente y quiere ser bautizado, y pide el Bautismo, pero apurándole la muerte no haya quizá medio alguno de conseguirlo, en tal caso, si no le falta una fe pura, una esperanza piadosa y una caridad sincera, oso decir, !Dios me valga! , que la sola falta de agua no me hará desesperar de su salvación, pues no puedo creer que su fe ha de verse frustrada, y confundida su esperanza, y perdida su caridad.

Si alguno sustenta una opinión diferente, allá él; ya verá sobre qué la funda. De mí sé decir que no es cosa fácil que participe de ella, a no ser que me vea constreñido por otras razones más poderosas que las dichas, o porque me lo mande la autoridad de quien puede hacerlo.

De todos modos me deja lleno de asombro que este nuevo inventor de invenciones nuevas, y autor de afirmaciones peregrinas, pudiese descubrir alguna razón que se hubiese escondido a los Santos Padres Ambrosio y Agustín, o lograse traer una autoridad de más peso que la de estos Santos Pastores. Porque si él no lo sabe, quiero decirle que ambos pensaron lo que pienso yo, y tuvieron el mismo sentir que confieso yo tener ahora. Que lea, si no lo leyó todavía, el libro de San Ambrosio sobre la muerte de Valentiniano, y recuerde lo que allí se escribe; y si lo recuerda, no disimule ya por más tiempo, sino confiese que, según  el Santo Doctor, aquel príncipe, muerto sin haber recibido el Bautismo, se salvó por su fe y suplió con sus fervientes deseos y su buena voluntad lo que no tuvo facultad de hacer.

Lea asimismo, el libro cuarto de San Agustín sobre el bautismo único, y reconózcase engañado por su imprudencia, o pruebe ya descaradamente que es un obstinado.  “San Cipriano, dice este santo Padre, trae el ejemplo del buen ladrón, muerto en la cruz, que mereció oír estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, y saca de ello un poderoso argumento para probar que el martirio suple algunas veces al bautismo”.

“Y cuanto más considero este punto, prosigue el Santo, más me afirmo en la creencia de que no sólo la muerte por Cristo, sino la fe y la conversión del corazón pueden valer cuando, por la escasez de tiempo, es imposible recibir el sacramento como había de darse. Cuánto puede, aún sin la ayuda de este sacramento visible del Bautismo, aquella fe de que dice el Apóstol: “Créese con el corazón para ser justificado, y se hace confesión con la boca para ser salvo”, (Rom. 10, 10), lo echamos de ver en el ejemplo del buen ladrón.

Pero no se recibe el efecto de este sacramento más que cuando es por imposibilidad, en el trance de muerte, y no por desprecio de la religión, al no recibirlo tal como se manda”. Según San Agustín, cualquier varón fiel que de veras se haya convertido al Señor sólo se priva del fruto del Bautismo sino por el pecado de haberlo despreciado.

Ha de ser difícil arrancarme de estas dos columnas de la Iglesia en que me apoyo, quiero decir, de San Ambrosio y San Agustín. Declaro pensar con ellos, que con la sola fe puede salvarse un  hombre si muere con deseos vivos del Bautismo, aun cuando por sorprenderle la muerte, o atraversársele un obstáculo invencible, no pueda realizar sus piadosos deseos. Ved si no será por esto por lo que el divino Salvador, después de decir: “Todo el que crea y sea bautizado, será salvo”, no sin particular providencia añade: “Y el que no crea se condenará”, pero no dice: “Y el que no sea bautizado….”. Con lo cual nos da a entender que a veces sólo la fe basta para la salvación, pero sin ella no hay nada que pueda bastarnos.

Por consiguiente, si se admite que el martirio puede suplir al Bautismo, no es por el tormento o dolor que en él hay, sino por la fe que lo acompaña. Porque sin la fe, ¿qué sería el martirio sino una vana tortura?

Después de todo, si el derramar la sangre por Jesucristo prueba grandemente la fe que se tiene en Él, lo prueba para los hombres, pues Dios no tiene necesidad de tal prueba.

Pues, ¿que será si Dios, que no necesita hacer experiencia alguna para probar lo que quiere, ve una gran fe en el corazón de cualquier varón que muere en paz, una fe no aquilatada por el martirio, pero sí de muy subido valor, si tal varón se acordase de que aún no había recibido el sacramento de la salvación, y doliéndose y arrepintiéndose desease con todo su corazón recibirlo, pero no pudiese ver cumplido su deseo porque la muerte se lo impidiese, ¿podemos pensar que Dios condenaría a aquella alma tan fiel? 

¿Podemos concebir que Dios condenara a un hombre dispuesto a morir por Él? Este hombre no solo invoca en el trance de la muerte a su Señor y Salvador, sino que con toda su alma desea y pide recibir el sacramento. ¿Diremos que puede hacer todo esto sin la gracia del Espíritu Santo, o pretenderemos que está condenado cuando obra con la gracia del divino Espíritu? Al Salvador tiene en el corazón, y por la confesión en la boca. ¿Puede condenarse con el Salvador?

Siendo así que el martirio tiene la prerrogativa de ser como el Bautismo para abrirnos el cielo, no veo por qué la misma fe no haya de tener igual poder delante de Dios, ante cuyos  ojos no es menester traer pruebas exteriores, y aún sin martirios ve la disposición que hay en el alma. Por lo que toca a obtener la salvación, no hay duda que, en lo que se refiere al tesoro de méritos, el martirio aventaja a todo.

 Leemos en la Escritura: “El que pone los ojos en una mujer para desearla, ya ha fornicado en su corazón”. ¿No está claro que se reputa la voluntad y el deseo por el hecho mismo, aún cuando éste no siga a la voluntad, por impedirlo algún obstáculo? Ahora bien, Dios, que es la suma caridad, ¿tendrá un corazón más inclinado a tomar en consideración nuestros perversos deseos que nuestras buenas voluntades?

El Señor, siempre misericordioso y dispensador de misericordias, ¿será más presto para castigar que para perdonar? Así como si alguno se hallara en la agonía cargado de deudas, y puesto en el  último trance las recordara, y no pudiéndolas pagar en modo alguno, le pesan muy de veras y sintiera de ello sincera contrición en su corazón, sería absuelto; así también la fe sola, sin efusión de sangre y “sin el bautismo del agua, salva al moribundo que quiere ser bautizado y no puede serlo”, con tal que este deseo vaya acompañado de una verdadera conversión del alma a Dios.

Pero de la misma manera que no hay penitencia que borre la deuda de un pecador, si pudiéndola pagar, no la paga o no restituye lo que hurtó, así tampoco la fe aprovechará de nada a un moribundo, si pudiendo ser bautizado no quiere recibir el sacramento, puesto que por el mismo caso de ser tan negligente en cosa de tanta monta queda convencido de tener poca fe.  A decir verdad, la fe viva y perfecta, abraza y observa todos los mandamientos, con lo que bien claramente, y uno de ellos, y muy principal es el Bautismo.

Con razón, pues, se llamará no sólo infiel, sino también rebelde, protervo y menospreciador de los mandatos de Dios al que se resista a obedecerle. ¿Cómo podría llamarse fiel, es decir, que tiene y guarda la fe, un hombre que desprecia el mandato de Dios, con lo que bien claramente demuestra no creer?

Por lo que toca a los niños que mueren sin haber llegado al uso de la razón, como a causa de su edad no pueden tener esta fe, que consiste en la conversión del corazón a Dios, tampoco pueden conseguir la salvación si mueren sin bautismo. No es que después de bautizados carezcan de aquella fe sin la cual es imposible que ni siquiera ellos plazcan a Dios, sino que entonces se salvan no por su fe, sino por la fe de los otros.

Es digno, en efecto, de la graciosa misericordia del Señor, conceder que la fe de los demás aproveche a los parvulillos que todavía no la pueden tener propia por defecto de edad. La justicia del Omnipotente no juzga que debe existir una fe o conversión propia a los que sabe que no tienen culpa propia alguna. Pero les es necesaria la fe ajena, puesto que no nacen sin mancha ajena. De modo que hasta de los parvulillos se puede decir con propiedad lo que se dice generalmente de todos los hombres: “Por la fe purifica Dios su corazón”, (Hech. 15, 9).

Ni hemos de poner en duda que la culpa contraída por otros, deba lavarse por la fe de los otros. Estos son los juicios de la justicia de Dios que llenaban de alborozo a David y le hacía exclamar rebosando alegría: “Me he acordado, Señor, de los juicios que habéis hecho a través de los siglos, y he recibido gran consuelo”, (Sal. 118, 52).

*****

(Eso de salvarse alguien por la fe de los otros, tiene mucha relación, con lo que se dice en el Símbolo de la Fe : “Creo en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.)  

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2 comentarios leave one →
  1. part permalink
    abril 24, 2017 5:10 pm

    Pero el caso que menciona Santo Tomás debe ser en raras excepciones, y Ambrosio se refiere a un catecúmeno no a cualquier caso.

  2. Padre Jean Bernard Henault permalink
    abril 25, 2017 12:52 am

    Nuestro Señor Jesucristo, hablando de los Fariseos que se escandalizaron de Sus palabras (de donde viene la expresión: escandalo farisaico), replicó: ” Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, caerán los dos en el hoyo” (Sn. Mateo XV 14). Nos advierte así el Señor que hay cierto tipo de personas, que en vano tratará uno de persuadir. Pero no es por falta de argumentos de parte de uno, es por la soberbia satánica de esas personas que se creen “tan puras como los angeles, pero son tan soberbias como demonios”( aplicando al caso presente el juicio del Arzobispo de París, en tiempo de las religiosas jansenistas de Port Royal). Gracias por compartir este maravilloso escrito de San Bernardo!

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