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Lanzará Sinagoga película ‘Fátima, el último misterio’, para desviar el verdadero mensaje

abril 28, 2017

Será comentada por puras “finísimas personas” como el marrano chueta  Joaquín Navarro-Valls; el “bello” Georg Gänswein; la criptohebrea Angela Coelho; el exasesor del Primer Ministro de Portugal, César das Neves; el asesor del presidente de Rusia, Igor Boloborodov; el “teólogo” alemán Manfred Hauke, y el polaco Grzegorz Bartosik.

(EUROPA PRESS/ La Vanguardia)

La película documental ‘Fátima, el Último Misterio’ (Goya Producciones), que investiga las profecías del secreto de Fátima y su influencia en los cambios históricos sucedidos desde 1917 hasta la actualidad, se estrenará el próximo 4 de mayo en el Cine Paz de Madrid, con motivo del Centenario de las famosas apariciones de la Virgen en 1917.

“La originalidad de esta película –afirma su director, Andrés Garrigó– estriba en sacar a la luz la misteriosa correlación entre lo que la Virgen pidió o profetizó en Fátima y las grandes transformaciones del mundo en estos últimos 100 años. Para muchos creyentes esos cambios fueron auténticos milagros”.

El largometraje, que cuenta con la participación de 30 expertos de 12 países, se ve reforzado por una trama de ficción dirigida por Pablo Moreno, y protagonizada por Eva Higueras, que enlaza con personas de la época actual, algunas de ellas escépticas respecto a los hechos milagrosos.

Entre los expertos entrevistados destacan el portavoz de Juan Pablo II, Joaquín Navarro-Valls; el secretario de Benedicto XVI, Georg Gänswein; la postuladora de las causas de los tres pastorcillos, Angela Coelho; el exasesor del Primer Ministro de Portugal, César das Neves; el asesor del presidente de Rusia, Igor Boloborodov; el teólogo alemán Manfred Hauke, y el polaco Grzegorz Bartosik.

Después de su paso por salas de cine, ‘Fátima, el Último Misterio’, que cuenta con la web ‘www.fatimaeldocumental.com’, estará disponible en televisión y DVD. Además, diversas cadenas nacionales y extranjeras ya han adquirido los derechos de emisión en más de diez idiomas.

Sobre el Bautismo (Parte 5ª.). Responde San Bernardo de Claraval a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 27, 2017
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Martirio de Santa Emerenciana, catecúmena.

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Martirio de Sao Vitor de Braga

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA, mientras que la Iglesia señala en su Martirologio  Romano:

Enero 23: en Roma, santa Emerenciana, virgen y mártir, fue apedreada por los paganos siendo todavía catecúmena al encontrarse orando en la tumba de santa Inés, de quien era hermanastra.

Abril 12: en Braga, Portugal, san Víctor, mártir, rehusó adorar un ídolo cuando todavía era catecúmeno, y confesó a Cristo Jesús con gran constancia; así, después de muchos tormentos y de ser decapitado, mereció ser bautizado en su propia sangre.

A continuación presentamos la primera parte del TRATADO ACERCA DEL BAUTISMO realizado hace casi nueve siglos por el insigne San Bernardo, último de los Padres de la Iglesia.

SAN BERNARDO

TRATADO SOBRE EL BAUTISMO

“SOBRE SI LOS ÁNGELES CONOCIERON

EL DIVINO PLAN DE LA ENCARNACIÓN”

PARTE V

Me insinuáis vos, hacia el fin de vuestra carta, en términos sumamente amistosos, cómo algunas personas han puesto reparos a la sentencia que insinué yo, exponiendo el Evangelio, conviene a saber, que el consejo de Dios sobre la Encarnación del Verbo no había sido revelado ni siquiera a los ángeles, antes de ser manifestado a la Virgen.

Paréceme que las tales personas no se muestran alarmadas en esto con justo motivo, porque pueden reparar lo primero de todo, en que yo no afirmo nada categóricamente, sino que tengo la precaución de servirme como  de atenuante para suspender mi juicio definitivo, de la disyuntiva o.

Porque después de aducir yo una causa por la cual me parecía que no sin razón el Evangelista, habiendo afirmado que “el arcángel San Gabriel había sido enviado”, añadía, “por Dios”, me aventuraba a citar una segunda causa, pero con reserva y sin decidirme a abrazar una más bien que otra; tanto para no verme obligado a defenderlas, como para que el lector tuviese libertad de elegir la que más le contentara.

En el caso mismo de adelantar que el consejo y plan de Dios había estado oculto a los ángeles hasta aquel preciso momento, no porque ellos ignorasen el propósito de Dios de obrar nuestra redención en la tierra, ya que lo había revelado a muchos hombres y les había concedido la gracia de preverlo y predecirlo, sino porque desconocían las circunstancias del tiempo, del lugar, del modo, y aún la persona de la Virgen en cuyas purísimas entrañas se había de verificar, no veo por qué no me hayan de creer, pues no digo nada increíble. Cierto que cada uno puede seguir con toda libertad el sentido en que halle más devoción, con tal que no se le opongan razones de verdadero peso, o decida esta cuestión la autoridad de quien merezca ser respetado.

¿Qué razón me obliga a creer que era ya conocido de los ángeles aquel tiempo del cual  dice el Apóstol: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y sujeto a la ley”?  Más verosímil me parece que como se ignora, según testimonio del mismo Cristo, el día de su última venida, así estuviera también oculto el tiempo de su primer advenimiento.  ¿Quién sabe si la sabiduría de Dios, tratándose de la Encarnación, no les dijo a los ángeles, en otro idioma espiritual que ellos entienden, lo que luego manifestó en lenguaje sensible a los Apóstoles sobre el último día del juicio, a saber: “No os es dado a conocer los tiempos y los instantes que el Padre se ha reservado en su poder”?

¿Qué razón me obliga a creer que los ángeles distinguían ya la ciudad de Nazaret entre todas las otras ciudades, antes que un Arcángel saludara en ella a una Virgen y le anunciara que había de concebir al Hijo de Dios?  A la verdad los profetas habían predicho que Jesús nacería en Belén y que moriría en Jerusalén; pero yo no leo en ningún lugar de la Escritura que hubiese de ser concebido en Nazaret. Lo que se dice: “Será llamado nazareno”, no tanto se refiere a que había de ser concebido en Nazaret, cuanto a que en aquel lugar crecería y se educaría cuando volviera de Egipto.

Ved por qué los judíos le argüían a Nicodemo, diciendo: “Escudriña y mira si hallas en las Escrituras que haya de salir algún profeta de Galilea”. Y por cierto que hablaban a un hombre que conocía bien la ley, pues era maestro en Israel y nada ignoraba de lo que a este punto podía referirse. Con todo, instábanle a que revolviera los Libros Santos.   Más a mano tuvieron el testimonio de los profetas, cuando vacilando Herodes, le dijeron enseguida que el Mesías debía nacer en Belén. Y así, Jesucristo nació en esta ciudad y murió en la de Jerusalén como estaba predicho.

Natanael, instruído igualmente en la ley, habiendo oído decir a Felipe que Jesús, hijo de José, era de Nazaret, preguntó sin salir de su asombro: “¿De Nazaret puede venir algo bueno?” Quedó sorprendido de que le anunciaran que Cristo era de Nazaret, pues no recordaba que la Escritura hablase en ninguno de sus pasajes de esta ciudad.

Pudo esconderse a los ángeles, como se les escondió a los profetas, el lugar donde había dispuesto Dios que se verificase la Encarnación del Verbo. Además de esto, ¿cómo se podría probar que los ángeles conocieron el medio incomprensible que Dios había de emplear, cuando vemos que hasta la misma Virgen procura informarse acerca de este particular con toda solicitud y cuidado?

Yo tengo para mí que ni siquiera lo sabía el mismo nuncio celestial que llevaba la embajada, según parece confesarlo él mismo, cuando dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”, no parece sino que remite a la Virgen al magisterio del Espíritu Santo, a fin de que por su divina inspiración le revele lo que al ángel no presume de saber. Y enseguida añade : “Y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra”, como para hacerle notar cuán secretísimo era este misterio, y cuán incomprensible e inefable era el modo con que la augusta Trinidad había de realizar sólo con la Virgen y en la Virgen la concepción divina.

¿Qué prueba tenemos de que los ángeles conocieran a la Virgen de nombre, o de rostro, y de que sabían que era la elegida para ser madre del mismo Dios, a excepción del Arcángel que hemos de creer le dio el Señor para guardián, desde su nacimiento? Si el demonio no la conoció, aún después de la Encarnación, pues le engañó verla casada con San José, podemos creer igualmente que tampoco la conocieron los ángeles antes de la concepción del Señor, como a futura Madre de Dios.  Pues los espíritus infernales, aunque están destituídos de toda participación de la gracia espiritual, no han perdido en manera alguna su penetración natural y su industriosa agudeza.

Ya ves, pues, cuántas razones tengo para creer, sin ir contra la fe, ni contra la autoridad de las Escrituras, que la revelación de este inefable misterio se ocultó a los ángeles para revelárselo a la Virgen antes que a nadie, al menos por lo que toca a las circunstancias. De éstas, la primera fue el tiempo, la segunda el lugar, la tercera el modo y la cuarta la elección de la persona de la Virgen.

Esto es lo que habéis de responder a los hermanos que me reprenden por haber afirmado en alabanza de la Virgen María, que al decir el Evangelista que el Arcángel “fue enviado por Dios”, quiso significarnos con estas palabras que dicho Arcángel había sido destinado expresamente a esta embajada, a fin de que nadie imaginara que Dios había comunicado a algún otro espíritu el plan de la Encarnación, antes de descubrirlo a la Virgen. Y hablando del plan y consejo de Dios, no de la obra misma de la Redención, refiriéndome a las circunstancias de tiempo, lugar, modo y persona.

Quedad con Dios.

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Renuncia de Ratzinger “es un juego de sombras y vicios, debilidades, sexo, negocios y dinero…”: Vatileaks

abril 26, 2017
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Nuzzi: “Quiero que todo el mundo conozca la batalla definitiva entre el bien y el mal que está teniendo lugar tras la plaza de San Pedro”

(Transcrito de El Mundo)

La obra de Gianluigi Nuzzi, periodista italiano que expuso el escándalo de Vatileaks, será la base de un drama para televisión. La productora Leone Film Group ha adquirido los derechos de sus libros para desarrollar una serie de habla inglesa sobre la corrupta administración del Vaticano.

Entre los títulos que abordará la producción se encuentran Su Santidad: los papeles secretos de Benedicto XVI, recopilación de cartas confidenciales entre el Papa Benedicto XVI y su secretario personal, el sacerdote alemán Georg Gänswein, un libro previo a la histórica renuncia de Joseph Ratzinger que denunciaba las tramas e intrigas que esconde el pequeño Estado; y Los mercaderes en el templo, también basado en documentos confidenciales y centrado en episodios más recientes de corrupción y los intentos de la curia vaticana por sabotear las reformas del Papa Francisco. El escándalo de Vatileaks, destapado por Nuzzi, obligó a las autoridades vaticanas a realizar varias detenciones. El periodista también fue juzgado en el conocido como Vatileaks II, pero finalmente fue absuelto.

Nuzzi defiende que sus libros contienen la mayor filtración de documentos de la Historia de la Iglesia Católica.

“Desde que comencé a escribirlos en 2008 entré en un increíble mundo de thriller con vigilancias, encuentros en lugares oscuros, recuperación de documentos papales, descubrimiento de secretos y escándalos”, afirmó el periodista en un comunicado. “Es un juego de sombras y vicios, debilidades, sexo, negocios y dineroQuiero que todo el mundo conozca la batalla definitiva entre el bien y el mal que está teniendo lugar tras la plaza de San Pedro“.

Volviendo a la serie, Nuzzi supervisará su desarrollo y colaborará en el proceso de escritura junto a un guionista americano, que actualmente está vendiendo el proyecto en Los Ángeles. La idea es que el showrunner y el director también sean estadounidenses.

Frente al Papa ficticio interpretado por Jude Law en The Young Pope, el objetivo de Leone Film Group es “hacer una serie basada en hechos reales, basada en los documentos sobre los que Nuzzi ha escrito”, afirmó Raffaella Leone, directora gerente de la productora.

Leone Film Group, compañía fundada por el célebre cineasta Sergio Leone, está apostando por crecer en la pequeña pantalla. Sus próximos proyectos para televisión incluyen el western Colt, una serie en inglés centrada en el revólver que Clint Eastwood llevaba en Por un puñado de dólares; y la adaptación de I Beati Paoli, que escribirá y dirigirá el oscarizado director de Cinema ParadisoGiuseppe Tornatore.

Sobre el Bautismo (4ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 26, 2017
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San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia.

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA, mientras que San Alfonso Mª de Ligorio señala:

Teología Moral (libro 6º):

«Mas el bautismo del deseo es una conversión perfecta a Dios por contrición, o por amor a Él sobre todas las cosas, con deseo explícito o implícito del verdadero bautismo de agua, del cual toma su lugar en cuanto a la remisión de la culpa, pero no en cuanto a la impresión del carácter [bautismal] o a la supresión de toda deuda debida al castigo. Se llama de “viento” [flaminis] porque toma lugar bajo el impulso del Espíritu Santo, a quien se el da este nombre [flamen]. Ahora bien, es de fide que los hombres se salvan también por el bautismo del deseo, por virtud del canon Apostolicam De Presbytero Non Baptizato y del Concilio de Trento, sesión 6ª, capítulo 4º, donde está dicho que nadie puede salvarse “sin el bautismo o su deseo”».

SAN  BERNARDO

TRATADO SOBRE EL BAUTISMO

“PRÚEBASE QUE HAY PECADOS DE IGNORANCIA”

PARTE IV

Para tratar de la tercera proposición que sostiene el mencionado autor, y refutarla y destruirla, no creo que hayamos menester de mucho trabajo; no sólo porque es manifiestamente falsa, sino porque además el mismo autor la contradice en su primera proposición.

Cuando en la plática secreta sostenida entre Jesús y Nicodemo, a escondidas y durante la noche, hace él como un lazo tendido a la ignorancia de los hombres dispersos por todo el orbe de la tierra, pues afirma que nadie desde entonces podía salvarse sin el bautismo, ¿no reconoce ya por el mismo caso que se dan pecados de ignorancia y pecados mortales?

A no ser que su protervia le lleve a decir que Dios condena a los hombres sin tener ellos culpa alguna.

De todos modos, como es de temer que, si desdeñamos contestar al necio todavía crezca mucho más su necedad,  y presumiendo de sabio, y cobrando alas con nuestro silencio, multiplique por todas partes las semillas de su error, y así, hablando a los tontos, haga que sea infinito el número de los hijos de su tontería, pienso que será bueno confundir la mentira con algunos testimonios precisos y claros de la Verdad.

Es probable que ese hombre, que dice no existen pecados de ignorancia, consiguientemente no ruegue jamás a Dios que le perdone los que comete de este modo, sino que se burle y haga escarnio del Profeta cuando le oiga suplicar al Señor diciendo: “No os acordéis de los delitos de mi juventud ni de mis pecados de ignorancia”, (Ps. 24, 7).

Quizá se atreva con el mismo Dios y le reprenderá porque condena tales pecados y exige satisfacción por ellos, ya que por la boca de Moisés dice en el Levítico: “Si alguno peca por ignorancia y delinque en cualquier punto de lo que se prohíbe por la ley del Señor, y, reo de pecado, reconoce su iniquidad, debe ofrecer al sacerdote un cordero blanco sin mancha alguna, según la medida y estimación de su pecado”.

Si la ignorancia no puede ser nunca pecado, ¿por qué en la Epístola a los Hebreos se dice que el sumo Sacerdote entraba una vez al año en el “Sancta Sanctorum” y llevaba la sangre de las víctimas para ofrecerla al Señor por sus ignorancias y por las de su pueblo? Si el pecado de ignorancia no existe, digamos que Saulo no pecó cuando perseguía a la Iglesia de Dios, puesto que hacía esto en completa ignorancia, permaneciendo en su incredulidad.

Al contrario, más bien se habrá de decir que obraba muy bien cuando blasfemaba, cuando perseguía a los cristianos y los colmaba de injurias, cuando no respiraba más que odio y muerte contra los discípulos de Jesucristo, puesto que no buscaba otra cosa que señalarse en el celo por las tradiciones de sus padres. Por tanto, no debió decir: “He alcanzado misericordia”, sino: He recibido mi recompensa, puesto que la ignorancia le guardaba inmune de pecado, y encima de esto, el celo le hacía digno de galardones.

Si por ignorancia nunca se peca, ¿por qué condenar a los tiranos y verdugos de los Apóstoles, ya que ellos no sabían que hacían mal cuando mataban, sino que creían prestar servicio a Dios?

¿Por qué el mismo Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, clavado en la cruz, oraba por sus verdugos, puesto que según el testimonio del mismo Cristo no sabían lo que se hacían, y por consiguiente no pecaban, según nuestro autor?

No podemos creer, Dios nos libre de ello, que el Señor mintió cuando dijo claramente que los judíos ignoraban lo que hacían, aún cuando supusiéramos que el Apóstol había querido excusar a los de su casta, como hombre al fin y al cabo, en aquellas palabras: “Si le hubieran conocido, jamás hubieran crucificado al Señor de la gloria”, (1 Cor. 2, 8).

¿Qué? ¿Todos estos pasajes de la Escritura no muestran suficientemente en qué tinieblas de ignorancia está sumido quién osa afirmar que no se puede pecar por ignorancia? ¿A qué añadir más?

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El milagro que llevó a “Obi-Wan Kenobi” a su conversión al catolicismo en 1956

abril 25, 2017
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Alec Guinness, su conversión fue fruto de un posible milagro.

(Transcrito de churchpop.com/ traducción de Foro Católico)

Sir Alec Guinness es uno de los actores más reconocidos del siglo 20. Aunque apareció en muchas películas en su vida y ganó muchos premios, es conocido mundialmente por interpretar a Obi-Wan Kenobi en la trilogía original de Star Wars.

Lo que mucha gente no sabe sobre él es que a la edad de 42 (1956) se convirtió al catolicismo, en parte debido a un hecho milagroso.

Guinness nació en 1914 en Londres en una familia con problemas. Nunca conoció a su padre y se crió en la pobreza. A pesar de que se confirmó en la fe anglicana a los 16 años, no estaba seguro de lo que realmente creía sobre la religión. Luego se movió al presbiterianismo, ateísmo, marxismo, budismo, e incluso asistió a algunas reuniones de los cuáqueros. Sin embargo, como típico inglés de principios del siglo XX, no tenía ningún interés en el catolicismo.

Mientras ensayaba para la obra Hamlet, un sacerdote anglicano se acercó a él y le explicó que hacía mal la señal de la cruz y le mostró la forma correcta. Este encuentro tuvo un impacto espiritual en él, y recuperó algo de interés en el anglicanismo.

Se sintió más atraído a la fe anglicana durante el torbellino de la Segunda Guerra Mundial pero, en 1954, a los 40 años de edad, otra experiencia lo llevó a considerar el catolicismo.

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Estaba en Francia, trabajando en la película “El Padre Brown”, basada en el famoso sacerdote que resolvía crímenes creado por GK Chesterton. Tenía el rol protagónico y andaba vestido como sacerdote católico. Mientras caminaba por la calle, un niño del lugar lo confundió con un verdadero sacerdote. El niño corrió, tomó su mano con confianza, y caminó con él.

La confianza y el afecto del niño hacia los sacerdotes católicos tuvieron un profundo impacto en él y empezó a considerar seriamente el catolicismo. 

Sobre esta experiencia alguna vez dijo: “Mientras continuaba mi caminata, pensé que una Iglesia que podía inspirar tanta confianza en un niño, haciendo que los sacerdotes, aunque desconocidos, fueran de tan fácil acceso, no podía ser tan intrigante o espeluznante como tantas veces se le presentaba. Empecé a desprenderme de mis antiguos prejuicios, largamente aprendidos y absorbidos”.

Poco después, su hijo Mateo contrajo polio y parecía estar cerca de la muerte. Desesperado y buscando la ayuda divina, Guinness comenzó a visitar una iglesia católica local para orar.

Ahí hizo un trato con Dios: si Mateo se curaba, le permitiría convertirse en católico si quería.

Contra todas las expectativas (¿milagrosamente?) su hijo se recuperó. Entonces Guinness y su esposa lo inscribieron en un colegio jesuita. Unos años más tarde, Guinness, su esposa y su hijo se convirtieron al catolicismo.

Guinness siguió siendo un creyente católico el resto de su vida, hasta su muerte en el año 2000. Que descanse en paz.

Sobre el Bautismo (3ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 25, 2017
Patriarcas

Patriarcas, Profetas y santos justos del Antiguo Testamento.

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA, mientras que las Sagradas Escrituras demuestran que fueron por el agua no es la única forma de ser bautizados:

Hechos de los Apóstoles 10:47:

«Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?».

SAN  BERNARDO

OBRAS COMPLETAS

TOM0 IV

TRATADO SOBRE EL BAUTISMO

“LOS JUSTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO”

PARTE III

“Los justos del Antiguo Testamento no gozaron de un conocimiento tan claro de los misterios de nuestra fe como el que tenemos nosotros, después que se han realizado”.

Ese autor que decís afirmaba, además, según me expresáis, que todos los justos del Antiguo Testamento, cuantos precedieron a la venida de Jesucristo, habían tenido tanto conocimiento de las cosas que habían de suceder cual lo tenemos hoy nosotros de las que han sucedido ya; de tal modo que ni el justo más sencillo del Antiguo Testamento ignoró nada de cuanto el Evangelio nos ha revelado después, de forma que tanto la Encarnación del Verbo, como el parto de la Virgen y la doctrina del Salvador, y los milagros, y la cruz, y la muerte, y la sepultura, y el descenso a los infiernos, y la Resurrección, y la Ascensión, fueron tan clara  y distintamente conocidas de los justos antiguos, como lo fueron de los que vieron su cumplimiento y lo son hoy de nosotros, que las hemos sabido después de sucedidas, de tal modo que no fueron justos y no lograron salvarse más que aquellos que tuvieron una vista clara y distinta de todo. Esto es completamente falso.

Pero de tal modo habéis acumulado vos en vuestra carta argumentos para refutarlo, que no pienso añadir más. De todos modos el hombre que de tal manera discurrió, (casi con seguridad Pedro Abelardo), me permitirá decirle cuatro palabras sobre lo que siento de él mismo.

Paréceme que ama más la novedad que la verdad y que le pesa más que nada el seguir la opinión corriente de los otros y sostener lo que otros ya enseñaron, sin que pueda ser él el primero que lo enseñe y sostenga. De donde viene a suceder que no sabe guardar mesura en sus opiniones ni en sus palabras, o si sabe comedirse, no lo hace.

De ahí que pretenda equiparar el conocimiento de las cosas divinas que tuvieron todos los que precedieron a la Redención con los que tienen los que han venido después al mundo, presentándonos de este modo a Dios demasiado pródigo o demasiado avaro, con lo cual da clara muestra de no tener en cuenta para nada lo que pide la más elemental discreción.

Porque, o bien reduce el número de los elegidos en el tiempo antiguo a aquellos pocos que se señalaron por su virtud y santidad insigne, y a quienes el Espíritu Santo, por gracia singular, les reveló algunas cosas del tiempo futuro, según lo que se desprende de las Sagradas Escrituras, y en este caso acorta mucho la liberalidad y poder del Señor, pues, a excepción de esos pocos y señaladísimos varones, ninguno se habría salvado en la Ley Antigua; o bien, reconoce que los elegidos fueron en mucho mayor número, y en este segundo caso atribuye al pueblo de la antigua Alianza una profusión de gracia inaudita, pues supone que toda la multitud de los que se salvaron conoció plenamente los misterios de nuestra Redención.

Como ninguno de estos augustos misterios había sido señalado con evidencia en los Sagrados Libros, ni tampoco hubo ninguno que fuera públicamente anunciado, se sigue que no pudieron conocerlos más que por especial revelación del Espíritu Santo. De donde se deduciría que no hubo ningún justo que no fuese espiritual, perfecto y aún profeta de entre todos cuantos se salvaron antes de la venida del Mesías. Así, según esta opinión, o hemos de decir que en los antiguos tiempos fue rarísimo que se salvase algún hombre, o que la perfección fue entonces cosa corriente y llena de maravillosos privilegios. Cualquiera de estos dos extremos que sostenga es dar muestras de falta de discreción.

Pero si al dicho autor le parece que resulta más digno de Dios el enriquecer aquellos siglos y hacerlos fecundos en hombres perfectísimos, que el reducir los justos a un corto número, y si tiene por conveniente salvar a muchos más y llenarlos del don de profecía, hasta el punto de que penetraran con toda claridad los misterios aún no revelados: !bendito sea Dios por sus dones , pero en tal caso no veo qué es lo que reservó para el tiempo de gracia y de salvación, a menos que no debamos llamar así a aquel mismo tiempo en que Dios, según el anónimo escritor, derramaba con tanta prodigalidad las riquezas del Espíritu Santo.

Mas pregunto yo: ¿Nos trajo el Evangelio cosa que se pareciese a todo esto?  Vanamente, pues se hubiera gloriado San Pablo de haber recibido las primicias del Espíritu Santo junto con los Apóstoles, puesto que en su tiempo no pudo alcanzar a ver nada parecido. En efecto, él se preguntaba: “¿Acaso han recibido todos el don de profecía?”, (1 Cor. 12, 29). También sin motivo ni razón se hubiera gloriado como de un privilegio singular por haber recibido el Evangelio, no por ministerio de hombres, sino por revelación directa de Jesucristo, puesto que antes que a él  el Espíritu Santo lo habría revelado a todo el pueblo.

Igualmente carecería de fundamento lo que dice San Pedro al aplicar a su tiempo aquellas palabras de la Escritura: “Derramaré mi espíritu sobre vuestros hijos y vuestras hijas, y profetizarán”, (Joel, 2, 28), puesto que este mismo Espíritu Santo se habría derramado ya pródigamente en los siglos anteriores, y con mayor abundancia.  Si el Profeta, o mejor dicho, Dios, que por el Profeta hablaba, se hubiese querido referir al tiempo de los Apóstoles, en vez de decir: “Derramaré mi Espíritu”, debería haber dicho : “Retiraré mi espíritu”, por cuento suponemos en los antiguos justos tantas luces como en los hijos del Evangelio, estamos obligados a suponer en ellos mayores gracias, pues no fue la lectura ni la predicación la fuente de ellas, como sucede entre nosotros, sino que la misma unción del Espíritu Santo los habría instruído a todos acerca de todas las cosas.

Concedamos todo esto, y supongamos, aún con detrimento de la gloria de los Apóstoles, y para vergüenza y confusión nuestra, que los menores santos de la Ley Antigua fueron iguales en ciencia a los mayores justos de la Ley Nueva, y los sobrepujaron además en gracias celestiales. Pero esto no lo podemos conceder de ninguna manera, porque equivaldría a admitir que el Señor de la gloria se engañó alguna vez a sí mismo, o nos pudo querer engañar a nosotros. Jesucristo dijo que, entre todos los hombres nacidos de mujer no había habido otro mayor que Juan el Bautista.

Pues bien, tendríamos que argüir de falso este testimonio dado por la misma Verdad, si concediéramos tanto a los varones del Antiguo Testamento cuanto no osamos conceder al mismo San Juan. Porque sin hacer injuria al Bautista, podemos creer y decir que no llegó a saber todas las cosas, sin ignorar ninguna, ya que él mismo nos lo confiesa.

Ahora bien, si concedemos a otros lo que no atribuímos al mismo  Precursor de la Verdad, no sólo hacemos injuria al Santo, sino que blasfemamos contra la misma Verdad, pues a despecho de su testimonio la desmentimos.  ¿Cómo?  El amigo del Esposo duda y pregunta con vacilación: “¿Eres tú el que habías de venir o esperamos a otro?”, (Mat.  11, 3).  ¿Y nosotros aseguraremos mentirosamente que tantos miles de hombres tuvieron un conocimiento claro y preciso de todos los misterios de la Nueva Ley?

Más aún: Podemos afirmar terminantemente que ni siquiera los justos del Antiguo Testamento tuvieron tal concepto de sí mismos, ni creyeron nunca tal cosa.  Ved cómo se expresa Moisés, hablando de lo que decía el Señor : “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; y mi nombre de Adonai no se lo enseñé a ellos”, se sobreentiende como te lo he enseñado a ti. Suponía, pues, el caudillo del pueblo hebreo que él tenía más perfecta noticia de Dios, que la que habían tenido los otros Patriarcas que le precedieron.

El Salmista presume también audazmente de haber recibido mayor don de inteligencia que los maestros y ancianos de Israel : “Recibí, dice, mayor luz que aquellos mismos que me enseñaban. Más sé que los mismos ancianos”, (Ps. 118).  El profeta Daniel dice en el mismo sentido: “Pasarán muchos hombres y crecerá el conocimiento”, (Dan. 12, 4), como prometiendo a la posteridad más amplia noticia de las cosas divinas.

Si como discurre San Gregorio Papa, que conforme iban avanzando los tiempos iban creciendo también las luces que tenían los Patriarcas antiguos, y que cuanto más cercanos vivieron al tiempo de la venida del Salvador tanto más distintamente contemplaron el misterio de nuestra salvación, no podemos dudar un instante de que la vista misma de las cosas que se cumplían, y del mismo que las cumplía en su persona les dio un conocimiento más perfecto.

Por esto los que tal vieron merecieron oír de labios del Salvador: “Felices los ojos que ven lo que vosotros véis”, (Lc. 10, 23).  De aquí que dijera a los Apóstoles: “A vosotros os he llamado amigos, porque todas las cosas que he oído a mi Padre os las he dado a conocer”. Y en otra parte afirma: “Muchos reyes y profetas desearon ver lo que vosotros véis y no lo vieron, y quisieron oír lo que oís y no lo oyeron”.  ¿Por qué esto?

Claro está que porque aquellos reyes y profetas hubieran querido tener un conocimiento más amplio y claro que aquel por el que sólo presentían los futuros misterios. De no ser así, ¿por qué habían de querer ver y oír a Cristo en su carne mortal, si ya hubieran sido instruídos interiormente por el Espíritu Santo?  Y si es verdad que los profetas y los que parecían más ilustres en el pueblo judío o vieron todos las mismas cosas y con la misma luz, sino que unos entendieron más y otros menos conforme se lo enseñaba el Espíritu Santo, que repartía entre ellos sus luces según su divino beneplácito, con mucha más razón podemos pensar que aquellos justos que no fueron tan esclarecidos, debieron ignorar el tiempo, la manera y el orden de nuestra redención, la cual esperaban con no menos firme esperanza que viva fe, sin que su salvación peligrara por ello.

!Cuántos cristianos creen firmemente, y esperan y desean con ardor la vida eterna y las promesas del siglo venidero, sin jamás haber tenido la menor noción del estado y forma de la bienaventuranza! Del mismo modo, fueron también muchos los que se salvaron antes del nacimiento de Jesucristo, aguardando con fe su venida al mundo, esperando con firme confianza un Redentor y fiando en la omnipotencia de Dios que prometía rescatarlos gratuitamente si amaban a su bienhechor, y tenían absoluta confianza y fe en sus promesas, y eso aún cuando ninguno conocía el tiempo, ni el orden, ni la economía de nuestra Redención.

El venerable Beda, que vos mismo citáis en vuestra carta, claramente manifiesta que no todas las cosas referentes a la persona de Cristo fueron conocidas de todos antes de que se realizaran. 

“Moisés  y los Profetas, dice, hablaron antes que los Apóstoles del trofeo de la cruz del Señor, pero lo hicieron en términos oscuros y bajo figuras y metáforas, mientras que los Apóstoles y sus sucesores hablaron siempre, después que resplandeció la luz del Evangelio, de una manera clara y sin velos.”

De tal modo es esto así, que hoy día todo el pueblo cristiano debe saber y confesar la fe que sólo unos pocos varones conocían en la Antigüedad, mientras que el resto del pueblo sólo la poseía en figuras y la  admiraba en las ceremonias de la ley.

Muchos otros testimonios se me ocurren para confirmar lo que venimos diciendo, pero no se compadece con ellos la brevedad que debemos guardar en una carta; y por otro lado tampoco  los juzgo necesarios. Porque pienso que, aun cuando yo no respondiese nada, bastarían muy colmadamente los testimonios que aducís en la vuestra. Esto he añadido porque no pareciese que pasaba por alto alguno de los puntos que me proponíais.

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Editorial de Clarín: Denuncias de pederastia traban reconciliación de Roma con lefebvrianos

abril 24, 2017

Bergoglio “busca acabar con el cisma. Y había avances, pero ahora se supo que miembros de esa línea conservadora abusaron de niños durante años”.

(Transcrito de Clarín/Mundo/Julio Algañaraz)

Esta vez sería la buena. Tras varios anuncios en los cuatro años de pontificado de Francisco de negociaciones, expectativas de que el cisma más importante que han vivido los últimos Papas se encamina a concluir en un acuerdo, puntualmente desmentidos después por repentinos rechazos de los líderes de la Fraternidad Pío X, llamados los lefebvrianos, ultraconservadores y ultratradicionlistas, la tratativa con el Vaticano está llegando a buen fin, según monseñor Guido Pozzo, secretario de la comisión Ecclesia Dei, a la que el Papa Francisco ha encargado negociar la absorción del cisma que en 2018 cumplirá 30 años si la reconciliación no se alcanza.

“Faltan las firmas del acuerdo”, afirman los más entusiastas, pero otras fuentes internas del Vaticano se muestran mucho más prudentes. La clave de la fractura sigue siendo el rechazo de los documentos y el espíritu renovador del Concilio Vaticano II (1962-65), por parte de los seguidores del obispo francés Marcel Lefebvre, que en 1970 fundó la Fraternidad, cuyo centro está en Econne, Suiza.

Los lefebvrianos cuentan con 750 iglesias, capillas y centro de misa, dos universidades, un centenar de escuelas, tres obispos, 622 sacerdotes y 215 seminaristas, además de unas 200 monjas y un número indeterminado de fieles, que se cuentan por miles.

Para la Iglesia, el cisma que llegó después de muchas vueltas en 1988, cuando Juan Pablo II debió excomulgar a Lefebvre, a un obispo brasileño y cuatro obispos consagrados por el líder tradicionalista, es una herida abierta y sangrante que el Papa argentino quiere cerrar. Muchos progresistas que lo apoyan no están de acuerdo con su voluntad insistente, que se remonta a la época en que era arzobispo de Buenos Aires y ayudó a los lefebvrianos en más de una ocasión. A su vez la mayoría de los conservadores que pueblan el Vaticano y las manijas del poder de la Iglesia en el mundo, creen que la absorción del cisma con los ultratradicionalistas demuestra que Francisco quiere reasegurar a todos de que la unidad de la Iglesia es una prioridad que constituye una garantía de que no habrá reformas desgarradoras en el tejido doctrinal ni mucho menos.

Pero el debate sobre la recuperación de la escisión lefebvriana ha dado una vuelta de tuerca inesperada que complica las cosas. Monseñor Bernard Fellay, el suizo que es actualmente el sucesor de monseñor Lefebvre en la comunidad (muerto en 1991), aparece envuelto en un escándalo de protección de curas pedófilos, según una amplia investigación de la televisión sueca que se conoció este mes.

El informe sueco acusa a cuatro religiosos lefebvrianos de abusar sexualmente de doce niños. Tres curas siguen ejercitando el ministerio activo. Según la investigación de la TV escandinava, en uno de los casos, las cumbres lefebvrianas contaron con la complicidad de la “Congregación Suprema” del Vaticano, la de la Doctrina de la Fe encargada de velar por la pureza doctrinaria católica y con jurisdicción disciplinaria por los casos de miembros del clero sospechosos de abusos sexuales.

Los detalles son explosivos y se amplifican con las decisiones del Papa Francisco de autorizar a los sacerdotes cismáticos a confesar y a celebrar los matrimonios de sus fieles, gestos evidentes del camino de la reconciliación auspiciado por el pontífice argentino.

A los cuatro religiosos (tres curas y un voluntario de la Fraternidad lefebvriana) se los acusa de haber prolongado durante treinta años su actividad de pederastas. La comunidad lefebvriana hizo posible su impunidad trasladando entre Francia, Alemania, Australia, Irlanda, EEUU y Gran Bretaña a los culpables.

El testimonio de víctimas a la televisión sueca, reconstruye los abusos de los sacerdotes imputados. Hay que destacar que el líder de la Fraternidad, monseñor Fellay, es uno de los cuatro obispos consagrados por Marcel Lefebvre que determinó el cisma de 1988. Siempre se supo que el entonces cardenal Joseph Ratzinger era favorable a evitar las sanciones extremas. Cuando Ratzinger se convirtió en el Papa Benedicto XVI, las negociaciones con los cismáticos avanzaron y en enero de 2009 el pontífice alemán les levantó a los cuatro obispos la excomunión.

En la Iglesia, sobre todo en Europa, la medida escandalizó y de allí se pasó a la indignación cuando uno de los cuatro,el obispo británico Joseph Williamson, director del seminario lefebvriano en la Argentina, negó en una entrevista televisiva la existencia de las cámaras de gas nazis en los campos de exterminio y el genocidio de los judíos.

El caso Williamson puso en crisis del pontificado de Ratzinger, que atinó a suspender “a divinis” al ingles. Menos mal que el extremismo enloquecido de este obispo terminó obligando a la misma Fraternidad a expulsarlo cuando consagró por su cuenta a un obispo, o sea haciendo realidad el cisma en el cisma.

Las concesiones para ablandar la rigidez de los lefebvrianos por parte del Papa son bastante amplias. Al parecer los ultramontanos de Econne ya dijeron que sí a la propuesta de constituir para ellos una Preladura Personal, figura jurídica de una especie de diócesis sin territorio creado por el Concilio Vaticano II, que en la Iglesia tiene un solo ejemplo: el Opus Dei.

Monseñor Fellay debe firmar un documento que “es la condición necesaria para el reconocimiento canónico”, explica monseñor Pozzo. Alli se establecen las lineas básicas de reconocimiento de los principios católicas, del magisterio de los Papas, sobre todo los últimos seis a partir de Juan XXIII y del Concilio Vaticano II.

El Papa habría decidido que en este aspecto no es necesaria una adhesión detallada y que el Concilio que renovó a la Iglesia sea “comprendido y leído en el contexto de la tradición de la iglesia y se su constante magisterio”. Monseñor Fellay asegura que la aceptación completa del Vaticano II, “es una línea roja que no estamos dispuestos a atravesar”.

Quedan entonces para después, cuando los espíritus terminen de calmarse en la reconciliación plena, “las reservas sobre cuestiones que no son propias de la materia de la fe, sino de temas que se refieren a la aplicación pastoral de orientaciones y enseñanzas conciliares”.

¿Cuales?. Monseñor Guido Pozzo, el secretario de la comisión pontificia que negocia en nombre del Vaticano con los cismáticos, las resume: la relación entre la Iglesia y el Estado, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y “algunos aspectos de la reforma litúrgica y su aplicación”. A muchos les parece que no se trata de “detalles”, que las concesiones son demasiadas.

Pero hay mucho espacio ambiguo para negociar. El Vaticano aclara que es un falso problema si un católico puede aceptar o no el Concilio Vaticano II: “un buen católico no puede rechazarlo”.

Monseñor Fellay advierte que “la condición para la comunidad plena con la Iglesia Católica es que el Vaticano nos acepte tal y como somos”.

Si las negociaciones avanzan en forma tan positiva como dicen los allegados al Papa en el Vaticano, es cierto que la Fraternidad está buscando casa en Roma, para trasladar desde la suiza Ecónne a la sede apostólica la central de los tradicionalistas. Favorito es el complejo de las Hermanas Inmaculadas de vía Monza, una ex escuela con amplios espacios y una iglesia que da a la calle. Otro inmueble majestuoso, propiedad del Vicariato de Roma, es el de Santa María Inmaculada, en el barrio del Esquilino, cercano a la sede del Papa obispo de Roma en San Juan de Letrán, y del “palazzo” de la embajada argentina ante el gobierno italiano.

Sobre el Bautismo (2ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 24, 2017

Oracion a San Dimas para recuperar lo robado

San Dimas: Bautismo de Sangre.

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: “SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA”, mientras que SANTO TOMÁS DE AQUINO  señala:

«El sacramento del bautismo puede faltarle a alguien en la realidad, pero no en el deseo: por ejemplo, cuando un hombre desea ser bautizado, y por algún infortunio es interceptado por la muerte antes de recibir el bautismo. Éste puede alcanzar la salvación sin haber sido bautizado en la realidad en virtud de su deseo: efecto de la fe que obra por la caridad, y por el cual Dios, cuyo poder aún no está atado a los sacramentos visibles, santifica al hombre internamente. De ahí que Ambrosio diga de Valentiniano, quien murió siendo aún catecúmeno: “Perdí al que iba a regenerar: más él no perdió las gracias por las que oró”».

Foro Católico presenta en esta ocasión la segunda parte del Tratado Sobre el Bautismo de San Bernardo de Claraval, con el propósito de esclarecer la doctrina acerca del Sacramento del Bautismo como medio de salvación y, particularmente, el caso del Bautismo de Sangre y de Deseo, doctrina que explica la posibilidad de que algunos se pueden salvar, excepcionalmente, sin haber recibido el Bautismo Sacramental, pero en quienes concurren dos condiciones: con el Deseo de ser bautizados e interceptado por la muerte antes de recibirlo.

Sobre la doctrina del Bautismo de Deseo (2ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval (desde el siglo XII) a los dimonianos de “Vaticano Católico”

“Con todo, si antes de exhalar el último aliento, se arrepiente y quiere ser bautizado, y pide el Bautismo, pero apurándole la muerte no haya quizá medio alguno de conseguirlo, en tal caso, si no le falta una fe pura, una esperanza piadosa y una caridad sincera, oso decir, !Dios me valga! , que la sola falta de agua no me hará desesperar de su salvación, pues no puedo creer que su fe ha de verse frustrada, y confundida su esperanza, y perdida su caridad.”

SAN  BERNARDO

OBRAS COMPLETAS

TOM0 IV

TRATADO SOBRE EL BAUTISMO

PARTE II

“La obligación del bautismo no comenzó hasta después de la suficiente predicación del Evangelio.  En caso de extrema necesidad basta el bautismo de fe o de deseo, lo mismo que el martirio”.

Por todo lo dicho saco en conclusión que ni la necesidad del Bautismo, ni la inutilidad de la circuncisión y de los sacrificios que tal vez instituyeron los ritos antiguos para purificar a los hombres del pecado de origen, tuvieron comienzo cuando se dijo en secreto a Nicodemo: “Quién no renaciere por el agua y el Espíritu Santo, no entrará en el reino de Dios”.  Es más: Ni siquiera pienso que fué cuando se les mandó a los Apóstoles : “Id y enseñad a todas las naciones, bautizando a todos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, sino que a mi entender, entonces pudo abolirse el uso antiguo y comenzar a obligar el precepto nuevo cuando razonablemente no pudo haber excusa de desconocerlo.

Por lo que toca a los parvulillos y a los que todavía no tienen uso de razón, como el pecado original los hace culpables por contagio, no porque ellos hayan prevaricado, debemos creer que les valieron los sacramentos de la antigua ley hasta el día en que fueron públicamente prohibidos. ¿Duró su eficacia por más tiempo? Esto es lo que no sabría decir, pues sólo Dios lo sabe.

Por lo que hace a los adultos, si después de la predicación suficiente del Bautismo, alguno de ellos se opone a ser bautizado, añade a la antigua culpa un crimen de soberbia, nuevo y propio, con lo cual carga con dos motivos poderosos de condenación y merece ser castigado doblemente, si tiene la desventura de morir en tal estado.

Con todo, si antes de exhalar el último aliento, se arrepiente y quiere ser bautizado, y pide el Bautismo, pero apurándole la muerte no haya quizá medio alguno de conseguirlo, en tal caso, si no le falta una fe pura, una esperanza piadosa y una caridad sincera, oso decir, !Dios me valga! , que la sola falta de agua no me hará desesperar de su salvación, pues no puedo creer que su fe ha de verse frustrada, y confundida su esperanza, y perdida su caridad.

Si alguno sustenta una opinión diferente, allá él; ya verá sobre qué la funda. De mí sé decir que no es cosa fácil que participe de ella, a no ser que me vea constreñido por otras razones más poderosas que las dichas, o porque me lo mande la autoridad de quien puede hacerlo.

De todos modos me deja lleno de asombro que este nuevo inventor de invenciones nuevas, y autor de afirmaciones peregrinas, pudiese descubrir alguna razón que se hubiese escondido a los Santos Padres Ambrosio y Agustín, o lograse traer una autoridad de más peso que la de estos Santos Pastores. Porque si él no lo sabe, quiero decirle que ambos pensaron lo que pienso yo, y tuvieron el mismo sentir que confieso yo tener ahora. Que lea, si no lo leyó todavía, el libro de San Ambrosio sobre la muerte de Valentiniano, y recuerde lo que allí se escribe; y si lo recuerda, no disimule ya por más tiempo, sino confiese que, según  el Santo Doctor, aquel príncipe, muerto sin haber recibido el Bautismo, se salvó por su fe y suplió con sus fervientes deseos y su buena voluntad lo que no tuvo facultad de hacer.

Lea asimismo, el libro cuarto de San Agustín sobre el bautismo único, y reconózcase engañado por su imprudencia, o pruebe ya descaradamente que es un obstinado.  “San Cipriano, dice este santo Padre, trae el ejemplo del buen ladrón, muerto en la cruz, que mereció oír estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, y saca de ello un poderoso argumento para probar que el martirio suple algunas veces al bautismo”.

“Y cuanto más considero este punto, prosigue el Santo, más me afirmo en la creencia de que no sólo la muerte por Cristo, sino la fe y la conversión del corazón pueden valer cuando, por la escasez de tiempo, es imposible recibir el sacramento como había de darse. Cuánto puede, aún sin la ayuda de este sacramento visible del Bautismo, aquella fe de que dice el Apóstol: “Créese con el corazón para ser justificado, y se hace confesión con la boca para ser salvo”, (Rom. 10, 10), lo echamos de ver en el ejemplo del buen ladrón.

Pero no se recibe el efecto de este sacramento más que cuando es por imposibilidad, en el trance de muerte, y no por desprecio de la religión, al no recibirlo tal como se manda”. Según San Agustín, cualquier varón fiel que de veras se haya convertido al Señor sólo se priva del fruto del Bautismo sino por el pecado de haberlo despreciado.

Ha de ser difícil arrancarme de estas dos columnas de la Iglesia en que me apoyo, quiero decir, de San Ambrosio y San Agustín. Declaro pensar con ellos, que con la sola fe puede salvarse un  hombre si muere con deseos vivos del Bautismo, aun cuando por sorprenderle la muerte, o atraversársele un obstáculo invencible, no pueda realizar sus piadosos deseos. Ved si no será por esto por lo que el divino Salvador, después de decir: “Todo el que crea y sea bautizado, será salvo”, no sin particular providencia añade: “Y el que no crea se condenará”, pero no dice: “Y el que no sea bautizado….”. Con lo cual nos da a entender que a veces sólo la fe basta para la salvación, pero sin ella no hay nada que pueda bastarnos.

Por consiguiente, si se admite que el martirio puede suplir al Bautismo, no es por el tormento o dolor que en él hay, sino por la fe que lo acompaña. Porque sin la fe, ¿qué sería el martirio sino una vana tortura?

Después de todo, si el derramar la sangre por Jesucristo prueba grandemente la fe que se tiene en Él, lo prueba para los hombres, pues Dios no tiene necesidad de tal prueba.

Pues, ¿que será si Dios, que no necesita hacer experiencia alguna para probar lo que quiere, ve una gran fe en el corazón de cualquier varón que muere en paz, una fe no aquilatada por el martirio, pero sí de muy subido valor, si tal varón se acordase de que aún no había recibido el sacramento de la salvación, y doliéndose y arrepintiéndose desease con todo su corazón recibirlo, pero no pudiese ver cumplido su deseo porque la muerte se lo impidiese, ¿podemos pensar que Dios condenaría a aquella alma tan fiel? 

¿Podemos concebir que Dios condenara a un hombre dispuesto a morir por Él? Este hombre no solo invoca en el trance de la muerte a su Señor y Salvador, sino que con toda su alma desea y pide recibir el sacramento. ¿Diremos que puede hacer todo esto sin la gracia del Espíritu Santo, o pretenderemos que está condenado cuando obra con la gracia del divino Espíritu? Al Salvador tiene en el corazón, y por la confesión en la boca. ¿Puede condenarse con el Salvador?

Siendo así que el martirio tiene la prerrogativa de ser como el Bautismo para abrirnos el cielo, no veo por qué la misma fe no haya de tener igual poder delante de Dios, ante cuyos  ojos no es menester traer pruebas exteriores, y aún sin martirios ve la disposición que hay en el alma. Por lo que toca a obtener la salvación, no hay duda que, en lo que se refiere al tesoro de méritos, el martirio aventaja a todo.

 Leemos en la Escritura: “El que pone los ojos en una mujer para desearla, ya ha fornicado en su corazón”. ¿No está claro que se reputa la voluntad y el deseo por el hecho mismo, aún cuando éste no siga a la voluntad, por impedirlo algún obstáculo? Ahora bien, Dios, que es la suma caridad, ¿tendrá un corazón más inclinado a tomar en consideración nuestros perversos deseos que nuestras buenas voluntades?

El Señor, siempre misericordioso y dispensador de misericordias, ¿será más presto para castigar que para perdonar? Así como si alguno se hallara en la agonía cargado de deudas, y puesto en el  último trance las recordara, y no pudiéndolas pagar en modo alguno, le pesan muy de veras y sintiera de ello sincera contrición en su corazón, sería absuelto; así también la fe sola, sin efusión de sangre y “sin el bautismo del agua, salva al moribundo que quiere ser bautizado y no puede serlo”, con tal que este deseo vaya acompañado de una verdadera conversión del alma a Dios.

Pero de la misma manera que no hay penitencia que borre la deuda de un pecador, si pudiéndola pagar, no la paga o no restituye lo que hurtó, así tampoco la fe aprovechará de nada a un moribundo, si pudiendo ser bautizado no quiere recibir el sacramento, puesto que por el mismo caso de ser tan negligente en cosa de tanta monta queda convencido de tener poca fe.  A decir verdad, la fe viva y perfecta, abraza y observa todos los mandamientos, con lo que bien claramente, y uno de ellos, y muy principal es el Bautismo.

Con razón, pues, se llamará no sólo infiel, sino también rebelde, protervo y menospreciador de los mandatos de Dios al que se resista a obedecerle. ¿Cómo podría llamarse fiel, es decir, que tiene y guarda la fe, un hombre que desprecia el mandato de Dios, con lo que bien claramente demuestra no creer?

Por lo que toca a los niños que mueren sin haber llegado al uso de la razón, como a causa de su edad no pueden tener esta fe, que consiste en la conversión del corazón a Dios, tampoco pueden conseguir la salvación si mueren sin bautismo. No es que después de bautizados carezcan de aquella fe sin la cual es imposible que ni siquiera ellos plazcan a Dios, sino que entonces se salvan no por su fe, sino por la fe de los otros.

Es digno, en efecto, de la graciosa misericordia del Señor, conceder que la fe de los demás aproveche a los parvulillos que todavía no la pueden tener propia por defecto de edad. La justicia del Omnipotente no juzga que debe existir una fe o conversión propia a los que sabe que no tienen culpa propia alguna. Pero les es necesaria la fe ajena, puesto que no nacen sin mancha ajena. De modo que hasta de los parvulillos se puede decir con propiedad lo que se dice generalmente de todos los hombres: “Por la fe purifica Dios su corazón”, (Hech. 15, 9).

Ni hemos de poner en duda que la culpa contraída por otros, deba lavarse por la fe de los otros. Estos son los juicios de la justicia de Dios que llenaban de alborozo a David y le hacía exclamar rebosando alegría: “Me he acordado, Señor, de los juicios que habéis hecho a través de los siglos, y he recibido gran consuelo”, (Sal. 118, 52).

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(Eso de salvarse alguien por la fe de los otros, tiene mucha relación, con lo que se dice en el Símbolo de la Fe : “Creo en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.)  

Santo Sudario es como un quinto evangelio: científica que inició escéptica

abril 23, 2017
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Para Marinelli, la Síndone es un mar de pruebas históricas y científicas sobre la vida de Cristo.

(Transcrito de ReL)

Emanuela Marinelli, licenciada en Ciencias Naturales y Geología,  ha estudiado casi 900 libros sobre la Sábana Santa de Turín, ha analizado más de 300 artículos científicos sobre el tema, ha escrito ella misma 18 libros con estudiosos de diversas disciplinas y ha realizado alrededor de 3.000 conferencias en todo el mundo, desde Brasil a Kazajstán, de Rusia a Burkina Faso, proclamando por las cuatro esquinas del mundo la evolución de la evidencia científica que posiciona la autenticidad de la Síndone.

Pero cuando tuvo su primer contacto con esta misteriosa imagen, hace ya 40 años, no le prestó demasiada atención, aunque sí le intrigó. Lo explicó así a la revista italiana Famiglia Cristiana: “La primera vez que vi la imagen del rostro de Cristo impresa en la Sábana Santa fue en 1975; yo estaba en la Via della Conciliazione en Roma. Miraba la vitrina de una tienda de recuerdos y ver esta cara me llamó la atención. Lo reconocí, por supuesto, pero no sabía quién era el autor, pensé que debía ser una litografía o alguna técnica especial. Así que fui y pregunté a la monja que estaba allí. Me respondió sobre qué era esto de la Sábana Santa, lo esencial. Me fui escéptica pensando que si la fe se reducía a esto, era bien poca cosa. En ese entonces yo tenía 25 años y sin duda no estaba pensando con claridad sobre esta reliquia”.

Investigando polen en la tela… así se implicó

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Emanuela Marinelli.

En 1977 llegó el “amor por el misterio de la Síndone” al corazón de Emanuela. El director científico de la policía de Zurich, Max Frei, un botánico protestante, anunció que había encontrado en la Síndone rastros de polen de 58 plantas diferentes, incluyendo 38 no europeas, algunas de las cuales son propias de Jerusalén. Como científica, licenciada en Ciencias Naturales y Geología, decidió investigar. Lo primero que hizo fue inscribirse en un curso de la Iglesia sobre la Sábana. 

“Mi vida con la Sábana Santa es así, casi casual. Nací en una familia católica y practicante, con un padre y mis cinco hermanos recitando el rosario en latín; con un tío que es cura. Mi fe era firme, pero la Sábana Santa habla a mi inteligencia y mi razón, así como a mi corazón”.

Cuatro años después era una catequista de la Pasión, y también una especialista en ‘Sindonología’. Recopilaba y estudiaba artículos científicos, libros, testimonios, todo lo relacionado con la Sábana Santa. Así el ‘amor’ se transformó en obras y esta mujer quepor 36 años fue una profesora de ciencias, se convirtió en una apóstol de la Síndone.

Animada a difundir lo que aprende

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El conocido historiador y periodista Vittorio Messori fue quien invitó a Emanuela a escribir su primer libro sobre la Sábana Santa. “No he hecho nada para alentar todo esto”, dice con sencillez y agrega: “Solo seguí las señales de Dios en el camino. Nunca pensé que mis estudios científicos podrían servir como testimonio… El Señor es sorprendente y, como diría mi padre, nunca se sabe cómo Dios usará lo que eres“.

“Contemplar la Sábana Santa es como leer un quinto Evangelio”, prosigue Emanuela. “Tienes la sensación de inclinarte ante el umbral del misterio, de la resurrección de Cristo.La Sábana Santa es el icono de la misericordia de Dios, que da a su Hijo, el Cordero, para salvación de la humanidad. Ese cuerpo torturado es la fotografía del amor que se dona, del pecado expiado, de la salvación consumada. Ese rostro que después de la salvaje flagelación y crucifixión estaba hinchado, pero sereno, garantiza la dulzura del perdón… expresa profunda y divina majestad“.

FC: el escrito superior está basado en un artículo original de Portaluz.org que transcribimos a continuación…

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Emanuela Marinelli llega a sus conferencias con paso firme y con frecuencia carga un proyector de diapositivas e incluso en ocasiones una copia a tamaño natural del sagrado lienzo, la Síndone, la Sabana Santa, que en cierto momento expone ante la audiencia. Pero todo empezó sin que ella lo buscase, hace más de cuarenta años según cuenta a la revista italiana Famiglia Cristiana… “La primera vez que vi la imagen del rostro de Cristo impresa en la Sábana Santa fue en 1975; yo estaba en la Via della Conciliazione en Roma. Miraba la vitrina de una tienda de recuerdos y ver esta cara me llamó la atención. Lo reconocí, por supuesto, pero no sabía quién era el autor, pensé que debía ser una litografía o alguna técnica especial. Así que fui y pregunté a la monja que estaba allí. Me respondió sobre qué era esto de la Sábana Santa, lo esencial. Me fui escéptica pensando que si la fe se reducía a esto, era bien poca cosa. En ese entonces yo tenía 25 años y sin duda no estaba pensando con claridad sobre esta reliquia”.

Fue su primer encuentro. Hoy Emanuela(imagen a la derecha) es una experta en estudios de la Síndone que -según narra la tradición y sugieren los estudios realizados-, envolvió el cuerpo de Cristo mostrando hasta hoy, cual negativo fotográfico, la intensidad de la Pasión que impactó la tela. Un reportaje en detalle sobre estos estudios científicos que acreditan la autenticidad de la Sábana Santa, puedes leerlo pulsando aquí.

Llamada por el misterio

En 1977 estalló el “amor por el misterio de la Síndone” en el corazón de Emanuela. Ocurrió luego que el director científico de la policía de Zurich, Max Frei, un botánico protestante, anunciara haber encontrado en la Síndone rastros de polen de 58 plantas diferentes, incluyendo 38 no europeas, algunas de las cuales son propias de Jerusalén. El mundo de la ciencia estaba sorprendido ante este big bang de la Sábana Santa, también Emanuela. Como científico, licenciada en Ciencias Naturales y Geología, se sintió tan íntimamente tocada por la novedad que decidió investigar. Lo primero que hizo fue inscribirse en un curso del Vicariato para después de 4 años llegar a ser un auténtica catequista de la Pasión especializada en ‘Sindonología’… En virtud de esto recopilaba y estudiaba artículos científicos, libros, testimonios, todo lo relacionado con la Sábana Santa. Así el ‘amor’ se transformó en obras y esta mujer que por 36 años fue una profesora de ciencias, se convirtió en una apóstol de la Síndone.

El apostolado

Hoy, cuarenta años después del primer encuentro ha estudiado casi 900 libros sobre el tema, más de 300 artículos científicos, escrito ella misma 18 libros junto a estudiosos de diversas disciplinas y realizado alrededor de 3.000 conferencias en todo el mundo, desde Brasil a Kazajstán, de Rusia a Burkina Faso, proclamando por las cuatro esquinas del mundo la evolución de la evidencia científica que posiciona la autenticidad de la Síndone.

“Mi vida con la Sábana Santa es así, casi casual. Nací en una familia católica y practicante, con un padre y mis cinco hermanos recitando el rosario en latín; con un tío que es cura. Mi fe era firme, pero la Sábana Santa habla a mi inteligencia y mi razón, así como a mi corazón”.

Un quinto Evangelio

Que el hombre de la Sábana Santa es Jesús de Nazareth lo argumentó el experto en Nanotecnología Alessandro Paolo Bramanti en entrevista que Portaluz publicó el año 2015.

Emanuela que comparte la argumentación de Bramanti, mucho antes llamó la atención del conocido historiador y periodista Vittorio Messori, quien le invitó a escribir suprimer libro sobre la Sábana Santa… “No he hecho nada para alentar todo esto”, dice con sencillez y agrega: “Solo seguí las señales de Dios en el camino. Nunca pensé que mis estudios científicos podrían servir como testimonio… El Señor es sorprendente y, como diría mi padre, nunca se sabe cómo Dios usará lo que eres”.

“Contemplar la Sábana Santa es como leer un quinto Evangelio”, prosigue Emanuela. “…Tienes la sensación de inclinarte ante el umbral del misterio, de la resurrección de Cristo. La Sábana Santa es el icono de la misericordia de Dios, que da a su Hijo, el Cordero, para salvación de la humanidad. Ese cuerpo torturado es la fotografía del amor que se dona, del pecado expiado, de la salvación consumada. Ese rostro que después de la salvaje flagelación y crucifixión estaba hinchado, pero sereno, garantiza la dulzura del perdón… expresa profunda y divina majestad”.

 

Tratado sobre el Bautismo. Responde San Bernardo (desde el siglo XII) a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 23, 2017

San Bernardo de Claraval, el gran desconocido

San Bernardo hablan sobre la desviación que hoy promueven los hermanos Dimond de “Vaticano Católico”:

¿Quién ignora que en la Ley Antigua tuvieron los hombres otros remedios, fuera del Bautismo, para defenderse contra dicho pecado de origen? 

“Jamás vendré a caer en la ceguedad de atribuir a Cristo lo que sólo es propio del Anticristo”

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: “SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA”, mientras que la Iglesia señala:

«Si alguno dijere que los sacramentos de la nueva ley no son necesarios… que los hombres sin ellos, o sin el deseo de ellos (sine eis aut eorum voto), alcanzan de Dios, por la sola fe, la gracia de la justificación; sea excomulgado» (Sacrosanto Concilio de Trento, Canon 4, Sesión 6a.).

Hay docenas de sentencias de concilios, papas, santos y doctores de la Iglesia contradiciendo la doctrina de los hermanos Dimond, y por tal motivo en el Código de Derecho Canónico de 1917 se establece lo siguiente:

Sobre el entierro eclesiástico (canon 1239.2):

«Los catecúmenos que sin culpa propia mueren sin el bautismo, han de ser tratados como los bautizados».

The Sacred Canons por los Rev. PP. John A. Abbo. St.T.L., J.C.D., y Jerome D. Hannan, A.M., LL.B., S.T.D., J.C.D.

Comentario al Código:

«La razón de esta regla estriba en que justamente se cree que ellos encontraron la muerte unidos a Cristo por el bautismo del deseo».

Pero un tratado más exhaustivo acerca del tema, se obtiene gracias a la santa sabiduría del gran San Bernardo de Claraval, patrono en la defensa de la Iglesia y del Papado.

A continuación presentamos la primera parte del TRATADO ACERCA DEL BAUTISMO realizado hace casi nueve siglos por el insigne San Bernardo, último de los Padres de la Iglesia.

SAN BERNARDO

OBRAS COMPLETAS

TOMO IV

EDITOR RAFAEL CASULLERAS

BARCELONA, 1925

TRATADO ACERCA DEL BAUTISMO Y

OTRAS CUESTIONES QUE LE PROPUSO

HUGO DE SAN VÍCTOR

I “No comenzó la obligación del bautismo precisamente en el momento en que se dijo a Nicodemo : “Quien no renaciere por el bautismo del agua y la gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios”.

Me escribís que cierta persona, no sé cuál, pues no me la nombráis, (según opinión de algunos se trata de Pedro Abelardo), afirma que desde el mismo punto en que el Señor dijo : “Quien no renaciere por el agua del bautismo y la gracia del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios, (Jn. 3, 5); nadie puede salvarse sin haber recibido de una manera real y sensible el sacramento de que aquí se trata, a menos que no se supla por el martirio; de tal modo que, aunque se poseyera una verdadera fe y una sincera contrición y se deseara vehementemente recibirlo, si por interponerse la muerte de súbito no se alcanzase, el hombre que muriere en tal disposición se condenaría irremisiblemente.

Lo primero de todo, por lo que hace al tiempo en que debía obligar el bautismo, digo que me parece excesivamente duro y riguroso que una palabra todavía secreta causara ya un mal público y general, o lo que es lo mismo, que el juez castigara aun antes de amenazar, y que nuestro divino Salvador, en una plática que sostenía en la oscuridad de la noche y en la intimidad con un solo hombre, promulgase una ley que, permaneciendo todavía ignorada, no podía salvar a nadie, sino que había de llenar el mundo de condenados.  ¿Cómo ha de ser esto posible?

La palabra de salvación, el precepto de la vida, ¿no pudo obrar ni una cosa ni otra sin traer antes la muerte?  ¿Hemos de creer que hizo morir a tantas gentes, tanto más ajenas de culpa cuanto que ignoraban la voluntad del Señor?  ¿Acaso pudo Dios matar, como decía uno de los gentiles en la Escritura, a un pueblo justo que no sabía lo que debía hacer? ¿Quién osara pensar del Señor tal injusticia? No se compadecía con el que era el autor de la vida traer la muerte al mundo, y menos al principio de sus predicaciones, con un edicto nuevo que todavía no conocían los hombres, cuando precisamente venía a la tierra a destruir el imperio de la muerte.

Nefando crimen sería pensar que el dispensador de todos los bienes había querido empezar su ministerio con tan grave mal. Jamás vendré a caer en la ceguedad de atribuir a Cristo lo que sólo es propio del Anticristo, pues de éste sé que se ha dicho que apercibe la saeta en la aljaba para asaetear en lo escondido y en celada a los rectos de corazón.

En el interín, !cuántos murieron a la sazón sin bautizar en todo el orbe de la tierra, y sin enterarse de la plática que sostuvieron, de noche y en secreto, Jesús y Nicodemo!  !Cielo santo!  ¿No se había publicado todavía la ley y hacía ya prevaricadores? Consideremos lo que decía el Apóstol: ¿Cómo creerán en Él los que aún no han oído hablar  a nadie de su persona?  ¿Y cómo han de oír hablar de Él si no hay quién les instruya?  ¿Y cómo les podrán predicar e instruir si nadie es enviado para ejercer ese ministerio?, (Rom. 10,14).  Pues si nadie había recibido aún la misión de publicar la ley, y por esta causa ni la ley había sido predicada, ni era conocida de nadie, ¿queréis que digamos, imitando al mal siervo, que el Señor es tan duro de condición que quiere segar allí donde no plantó nada y quiere recoger allí donde nada cultivó?  Lejos de nosotros pensar tal cosa.

Ved la verdad concreta sobre este punto: Aquel que es verdadero Maestro de todos en los cielos y en la tierra instruye en esta conversación secreta e íntima a un varón que sólo es maestro en Israel, y le da a conocer lo que se propone prescribir, le enseña lo que ha de enseñar un día a todos, mas sin querer crear ya, en ese mismo momento, una obligación para los ausentes, ni imponer un precepto a los que no podían oírle. Insigne injusticia fuera exigir obediencia cuando no había precedido promulgación ni noticia alguna de la ley. Pues no se trata de ningún precepto como los de la ley natural, que no es menester promulgarlos para que nos sean conocidos, por ejemplo, aquel que dice: “No hagas a otro lo que no quisieras hicieran contigo”. Se trata más bien de un mandato de derecho positivo que de una prescripción de derecho natural. Porque ni la naturaleza ni la razón natural nos enseñan que sea preciso ser lavados exteriormente con las aguas del bautismo para alcanzar la salud interna y eterna del alma. Esto es un sacramento del Altísimo, que como tal se ha de creer y no discutir; se ha de adorar y no juzgar; se ha de alcanzar por la fe, ya que no lo sentimos como innato; se ha de conservar por la tradición, ya que no se puede descubrir por la sola razón.

Por lo demás, la fe no se da si antes no precede el haber oído, pues el mismo Apóstol nos dice: “La fe viene del oído”, (Rom. 10, 17). Ahora bien; lo que no se podía obrar ni creer sin antes haberlo oído, ¿cómo se había de exigir antes que nadie lo pudiese oír?  En este punto reparad cómo el Apóstol acude a una objeción que le podían poner algunos incrédulos, y ved con que traza los convence, diciendo: “¿Es que acaso no oyeron?”. Como si dijera: “Tendrían excusa si no hubieran oído”; porque en efecto, donde no hay promulgación de la ley no se da la prevaricación. Pero al presente, cuando han llegado ya las voces de los predicadores hasta los últimos confines de la tierra, y la palabra de los Apóstoles ha resonado por todo el universo mundo, no se puede apelar ya a la ficción de que no se ha oído, y por consiguiente es preciso que resulte inexcusable el desprecio de la ley.

Cierto es que muchas cosas que deberían saberse se ignoran, sea esto por la pereza en aprender, sea de la negligencia en inquirir, sea de la vergüenza en preguntar.  Y cierto es también que en este caso la ignorancia no tiene excusa en modo alguno.  Pero, ¿la ley del bautismo es de aquellas que se pueden aprender por algún humano magisterio?

Si el hombre es incapaz de calar el pensamiento de otro hombre si éste no se lo revela o manifiesta, ¿cómo podrá penetrar en el pensamiento de Dios, si Dios mismo no se lo manifiesta?  Por esto oíd lo que el mismo Señor dice: “Si no hubiese venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado”, (Jn. 15, 23).  Notad que no dice simplemente: “y hubiese hablado”, sino que expresa mucho más, diciendo : “y les hubiese hablado”, dándonos sin duda a entender que el menosprecio de ellos a la ley no resultaba sin excusa sino después de haberles manifestado su voluntad.

Si hubiese hablado, pero no a ellos, todavía pudiera tener excusa su desobediencia con la ignorancia; pero ahora, dice, “como he hablado y les he hablado, ya no tienen excusa con qué justificar su pecado”.  Por esto precisamente añadió en otra ocasión memorable: “Yo he hablado en público a todo el mundo, y no he dicho nada en secreto”.

Y no dijo esto porque no hubiese dado en particular a sus discípulos diferentes instrucciones y no hubiese tenido muchas pláticas íntimas con ellos, sino para indicar que lo que había dicho en secreto a sus discípulos, no tendría fuerza de ley, y por consiguiente no podía ser materia ni ocasión de premios o castigos, hasta tanto que se hiciese público y se predicase para todos. De ahí que dijera a sus Apóstoles: “Lo que os digo en lo escondido de la noche anunciadlo en pleno día”, (Mat. 10, 27), a fin de que después de la publicación de su doctrina, los que la abrazaran y practicaran merecieran premio y recompensa, y los que la menospreciaran fueran acreedores del castigo.

A este propósito hizo también aquella terminante manifestación: “Quién a vosotros oye, a Mí me oye; quién a vosotros desprecia, a Mí me desprecia”.  Como si dijera: “No dependerá de mi revelación secreta a vosotros, sino de vuestra pública predicación, el juicio que haré sobre los que obedezcan o contradigan mi ley”.

Pero quizá me diga alguno que a aquellos que no oyeron su doctrina, aunque no se les juzgará por despreciar su ley, con todo serán condenados a causa de su pecado original, que no puede ser borrado más que por el Bautismo. 

Pero, ¿quién ignora que en la Ley Antigua tuvieron los hombres otros remedios, fuera del Bautismo, para defenderse contra dicho pecado de origen?  Para esto dio el Señor a Abrahán y a todos sus descendientes la circuncisión como una especie de sacramento. Y en cuanto a los gentiles que permanecieron fieles en la observancia de la ley natural, tengo para mí que los adultos se justificaron por la fe y por ciertos sacrificios, y los niños por la fe de sus padres, que creo que por entonces les bastó. Estas leyes duraron hasta que se promulgó la del Bautismo, que las sustituyó a todas y las dejó sin efecto para en adelante.

Averigüemos, pues, en qué tiempo comenzó a estar en vigor la del Bautismo.   Según el anónimo que os movió a escribirme, (posiblemente Abelardo), ya está declarado más arriba : “Desde el momento en que se dijo a Nicodemo : “Quién no renaciere…..”, etc.  Ahora bien, considerad que estas palabras se decían efectivamente a Nicodemo, amigo en verdad de Jesús, pero amigo oculto por el miedo que tenía a los judíos, y tened en cuenta que esto era de noche, y que se trataba de una entrevista secreta y escondida que se había procurado el miedoso discípulo.

Pues sin hablar de los gentiles, ¿cuántos miles de judíos pensáis que murieron circuncidados desde el  momento de la plática hasta que la doctrina del Bautismo pasó de las tinieblas a la luz? Pues, ¿qué?  Diremos que todos ellos se condenaron por no  haber sido bautizados?   Sería hacer injuria al antiguo precepto, dado también por Dios lo mismo que el nuevo, si habiéndose proclamado este último como furtivamente, pensáramos que el otro se desvanecía de súbito, como por encanto, sin que valiera ya para nada.   !Cuán largo tiempo pasó aún hasta que los Apóstoles predicaron en alta voz por calles y plazas aquello de: “Si os hacéis circuncidar, Jesucristo de nada os aprovechará”, (Gál. 5,2). 

Por otra parte, ¿qué significado podrían tener aquellas palabras del Maestro, que dicen : “Desde los días de Juan el Bautista el reino de los cielos padece violencia”, (Mat. 11, 12), si precisamente entonces se hubiera hecho una exclusión que jamás había existido, y que nunca jamás habría de existir en adelante? Porque, ¿cuál camino tomar para ir al cielo en unos días en que la antigua ley no existía ya por haber sido derogada, y la nueva no podía ser cumplida porque aún era secreta y estaba oculta?

!Oh desdichado e infelicísimo tiempo aquel, único a través de los siglos, en que no había medio de salvarse, puesto que la circuncisión, que hasta entonces había tenido virtud, la había perdido ya al aparecer el sacramento del Bautismo, y el Bautismo, como aún permanecía desconocido, no podía aprovechar ni salvar a nadie!  !Quizás entonces dormía Dios y no había quien pudiese salvar ni redimir!

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(La obligación del Bautismo no comenzó hasta después de la suficiente predicación del Evangelio, dice San Bernardo en el siguiente capítulo. En caso de extrema necesidad basta el bautismo de fe o de deseo, lo mismo que el martirio).

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