Skip to content

Situación del episcopado y la traición de Lefebvre: carta de Monseñor Carmona en 1982

agosto 21, 2018
Obispos Zamora, Carmona y Thuc.

Obispos Zamora, Carmona y Thuc.

(Transcrito del sitio de la CMRI

Mi querido y verdadero amigo:

En respuesta a su carta, debo decirle lo siguiente.

Es claro que en normales circunstancias, ningún obispo puede consagrar lícitamente a otro obispo. Sin embargo, actualmente estamos viviendo en circunstancias que no son normales y que constituyen un caso inusual para lo cual nada está claramente legislado. Tres cosas caracterizan nuestra sutuacion actual:

1) Desde la muerte de Pío XII, no hemos tenido sino impostores, lo cual significa que por cerca de veinte años la Sagrada Sede ha estado vacante.

2) Casi el episcopado entero se ha embarcado en una nueva religión, y por lo tanto ha apostatado de la verdadera Fe, renunciando a la eterna Iglesia.

3) El hambre de los verdaderos fieles por la palabra de Dios, la cual ya no les esta siendo predicada, y la solicitud que ellos nos hacen de la administración de los sacramentos Católicos.

En un principio, pusimos nuestras esperanzas en el Arzobispo Lefebvre, en quien vimos a un verdadero obispo Católico, un defensor de la Fe verdadera, con quien la sucesión apostólica legítima continuaría; pero hemos sido engañados. Lefebvre ha sido afectado; nos hemos sentido traicionados viéndolo hacer tratos con el Vaticano desde donde todos los golpes contra la verdadera Iglesia han venido.

Si bien el hombre falla, Dios no puede hacerlo, tampoco puede El abandonar a Su Iglesia. Esta es la razón por la cual, providencialmente y en su tiempo oportuno, el muy ilustre y humilde Arzobispo de Hue, Vietnam, con sus valientes declaraciones, ha presentado a todos los hombres el desastroso estado en el cual la Iglesia se encuentra a si misma ante los ojos de Dios. El declaró la vacante de la sagrada sede y la invalidez de la “Nueva Misa”, comprometiéndose a sí mismo como un Arzobispo Católico que haría por la Iglesia todo lo que él pudiese y debiese hacer.

El episcopado fue ofrecido a mi persona. Tuve que pensar mucho acerca de esto antes de que pudiese decidir. Al final, Acepté por la sola razón de ayudar en el rescate y triunfo de la Iglesia.

En Octubre 17, el Padre Zamora y yo, fuimos consagrados por el Arzobispo Thuc prácticamente en una catacumba, con sólo dos distinguidos doctores como testigos. Ambos fuimos conscientes de las furiosas tormentas de protesta que vendrían, pero las palabras de nuestro Divino Maestro nos alentaban: “Llorarás y te lamentarás, mientras el mundo se regocija; y estarás triste, pero tu tristeza sera tornada en júbilo” (Juan 16:20).

En nuestro regreso a México, los ataques empezaron. Algunos dijeron, sin ningún fundamento, que nuestras consagraciones eran inválidas porque habíamos sido consagrados con el nuevo rito; otros, más serios, dijeron que basados en el Canon 953 y 2370, las consagraciones eran válidas pero ilícitas, y que consecuentemente habíamos sido suspendidos.

Como podemos ver, nuestros detractores ignoraron el axioma Qui cum regula ambulat, tuto ambulat — “El que con la regla camina, camina seguro.” Ellos deben recordar, si lo han olvidado, que el Papa Gregorio IX dejó once reglas y Bonifacio VIII ochenta y ocho para la interpretación verdadera de la ley. Estas reglas, de acuerdo al Canon 20, pueden suplir el defecto de la regla en un caso particular, como en el caso en el que actualmente nos encontramos a nosotros mismos. Consecuentemente, la cuarta regla de Gregorio IX expresamente declara: Proper necessitatem, illicitum efficitur licitum“La necesidad hace lícito lo que era ilícito.”

La necesidad de tener obispos y sacerdotes Católicos y la falta de los sacramentos verdaderos pueden ser vistas fácilmente; por lo tanto fuimos válida y lícitamente consagrados.

La regla 88 de Bonifacio VIII también expresamente declara Certum est quod is committit in legem qui legem verbum complectens contra legis nititur— “Cierto es que peca contra la regla quien se apega a la letra y deja de lado el espíritu.” Por lo tanto, es injusto imputar al legislador un deseo de dañar grandemente a la Iglesia durante la vacante de la Sagrada Sede al prohibir la ordenación de obispos y sacerdotes y la administración de los sagrados sacramentos a los fieles que los solicitan.

Por lo tanto, al aceptar la consagración episcopal de parte del Arzobispo Thuc, hemos confiado en el respaldo de estas reglas, conscientes y ciertos de que habríamos pecado, si al respaldarnos en la letra [de la ley] rechazáramos las consagraciones, puesto que habría solamente un obispo Católico para transmitir la sucesión episcopal.

[Breve párrafo de poca relevancia se omite aquí.]

Por favor, acepte mi más sincero afecto. Ruego a Dios continúe iluminándole de manera que pueda continuar en la batalla, defendiendo los derechos de Cristo y Su Iglesia, ahora tan lastimosamente ofendidos por aquellos que tienen el deber de defenderlos, incluso a costa de sus vidas.

Sinceramente suyo,

Moisés Carmona R.

Mayo 18 de 1982

Anuncios

Agosto 20. Festividad de San Bernardo de Claraval, patrono de la defensa del Papado

agosto 20, 2018
San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval fue la luz del cristianismo en el siglo XII

Insigne representante de una noble familia de santos, pocos cristianos han tenido tan grande repercusión en la Iglesia, en la santa devoción mariana, en la reforma moral de las órdenes monásticas, el fervor de los pueblos, en la defensa del Papado y en la política de todo el orbe cristiano. Fue un gran intercesor de portentosos milagros, habilísimo apologista enemigo de los herejes, gran organizador y general que expandió por occidente los benedictinos blancos, la regla cisterciense. Fue el gran predicador de la Santa Cruzada, el autor del amoroso título mariano Notre Dame, fundador de las órdenes de caballería cristiana.

Pero hoy en día, a pocos santos se les ha tratado de ignorar y ocultar tanto como al humilde San Bernardo; la razón, su valiente y exitosa defensa del Papado en contra de la Sinagoga de Satanás, contra la infiltración de los hebreos en la Santa Iglesia.

En ciertas épocas la Providencia hace surgir hombres providenciales que marcan todo su siglo, como San Bernardo, el Doctor Melifluo, cantor de la Virgen, gran predicador de cruzadas, extirpador de cismas y herejías, pacificador eximio y uno de los mayores místicos de la Iglesia.

En una familia privilegiada, de gran fortuna y poder, nació Bernardo en 1090. Su mayor riqueza, sin embargo, era una arraigada fe católica. Su padre, el venerable Tecelín Barba Morena, gran señor y caballero, era bueno y piadoso, y su madre, la beata Alicia, hija del Conde de Montbar, sería venerada como bienaventurada por la Iglesia en Francia. Cuando nació Bernardo, el tercero de siete hijos, además de ofrecerlo a Dios, como hizo con toda su prole, ella lo consagró al servicio de la Iglesia.

Casa natal de la familia que alcanzó a Cristo

Además de buena apariencia física, tenía Bernardo una inteligencia viva y penetrante, elegancia en su dicción, suavidad de carácter, rectitud natural de alma, bondad de corazón, una conversación atrayente y llena de encanto. Una modestia y una propensión al recogimiento lo hacían parecer tímido.

Radicalidad en la práctica de la pureza

Con tantas cualidades naturales y una posición social envidiable, al crecer podría fácilmente ser desviado hacia el mundanismo. Pero Bernardo probó que la alta condición social, si es vivida con Fe, puede ayudar a la práctica de la virtud.

A los 19 años era alto, bien proporcionado, con profundos ojos azules que iluminaban un rostro varonil, encuadrado por una rubia cabellera. Su porte era al mismo tiempo noble y modesto.

Un día, en una recepción social, la figura de una joven lo atrajo y lo perturbó. Inmediatamente, para apartar aquella visión que fue casi obsesiva, se lanzó en un estanque de agua fría y allí permaneció hasta que lo sacaron. Hizo entonces el propósito de consagrarse totalmente a Dios.

Entrada a la Abadía de Cister

En el año 1098 San Roberto, San Alberico y San Esteban Harding fundaron, en un valle llamado Cister, una rama reformada de la famosa abadía benedictina de Cluny, ya entonces en decadencia. La severidad de su regla fue apartando a los candidatos, mientras que los primeros monjes iban muriendo. San Esteban Harding, sucesor de San Alberico, dudaba si debería modificar la estricta observancia de la abadía cuando un día treinta nobles caballeros aparecieron y pidieron entrar en la Orden. Eran Bernardo con sus hermanos, un tío y sus nobles compañeros de caballería, la flor del ducado de Borgoña.

Beata Humbelina de Fontaines, hermana de San Bernardo

Era tan intenso el don de persuasión que poseía ese hombre lleno de amor de Dios que, al predicar, las mujeres ocultaban a sus maridos y las madres escondían a sus hijos, por miedo que lo siguiesen tal y como fue con su hermano mayor Guy, quien se alejó de su esposa Isabel de Forez y su hija pequeña para “alcanzar a Cristo”. Igualmente sucedió a su hermana Humbelina de Fontaines, quien luego de su matrimonio con Guy de Marcy, obtuvo de éste el amoroso sacrificio y le permitió convertirse en monja, al lado de su cuñada Isabel. Al final todos ellos alcanzaron a Cristo y con sus hermanos Gerardo, Bartolomé, Andrés y Nivardo, todos fueron beatificados.

Comunicación continua con Dios

Bernardo se entregó a la práctica de la regla como monje consumado. Puesto que en los caminos de la virtud hay varias vías para alcanzar la santidad, Bernardo se empeñó con total radicalidad en aquella para la cual se sentía llamado por Dios.

Dominó de tal manera sus sentidos, que comía sin sentir el sabor, oía sin oír. Dominó el paladar a tal punto, que una vez bebió sin percibir un vaso de aceite en vez de agua. Formó para sí un claustro interior en el cual vivía tan recogido que, después de dos años, no sabía si el techo de la abadía era abovedado o liso, y si había ventanas en la capilla. Su comunicación con Dios era continua, de forma tal que mientras trabajaba no perdía su recogimiento interior.

Fundador de Claraval, atrae las almas a Dios

Dos años después de su entrada en el Cister, es enviado por San Esteban como superior de un grupo de monjes para fundar la abadía de Claraval. Bernardo tenía apenas 25 años.

La nueva abadía quedaba en un lugar inculto y agreste. De ahí el nombre de Valle del ajenjo. No obstante San Bernardo lo transformó en Valle Claro o Claraval, difundiendo su fama por toda Europa. En aquella época la fama de los hombres corría por su santidad y heroísmo, no por su vileza y corrupción.

Bernardo había alcanzado un grado supremo de amor a Dios y de unión con la voluntad divina, pero le faltaba aún comprender la debilidad de sus subordinados. Tenía escrúpulos de dirigirlos por la palabra, creyendo que Dios les hablaría en lo profundo del alma mucho mejor que él. Estaba con esa tentación, cuando un día se le apareció un niño envuelto en una luz divina. Con gran autoridad, le ordenó que dijera todo cuanto le viniese al pensamiento, porque sería el propio Espíritu Santo que hablaría por su boca. Al mismo tiempo, Bernardo recibió la gracia especial de comprender las debilidades de los otros y de acomodarse al espíritu de cada uno, para ayudarlos y vencer sus miserias.

Imán de vocaciones

El modo como Bernardo atraía vocaciones para Claraval era milagroso; por ejemplo, cuando todo un grupo de nobles –que por curiosidad quisieron conocerlo– entraron de novicios. Actuaba como si fuese un poderoso imán para atraer almas a Dios.

Enrique de Francia, hermano del Rey Luis VII, fue a Claraval a tratar de un asunto importante con San Bernardo. Cuando iba a salir, pidió ver a todos los monjes, a fin de recomendarse a sus oraciones. Bernardo le dijo que muy pronto experimentaría la eficacia de esas oraciones. El mismo día Enrique se sintió tocado por la gracia al punto que, olvidando que era sucesor al Trono, quiso quedarse en Claraval. Con el tiempo fue Obispo de Beauvais y después Arzobispo de Reims.

Claraval creció tanto que, habitualmente, allí había de 600 a 700 monjes. Pese a ello, cada uno mantenía su aislamiento interior y silencio, como si estuviesen solos. Jamás un monje estaba inactivo, todos tenían un trabajo manual que hacer, cuando no se dedicaban a la oración en el coro o en sus celdas.

Con el tiempo y con el número crecientede vocaciones, Bernardo pudo fundar 160 casas de su Orden, no sólo en Francia sino también en otros países de Europa.

Extirpador de cismas

La misión pública de San Bernardo casi no tuvo similar en la Historia. Fue, por ejemplo, llamado a combatir el cisma del antipapa Anacleto II. Recorrió toda Europa, conquistando rey y reinos para la causa justa. Fue el alma de los Concilios de Letrán, de Troyes y de Reims, convocados por el Papa para tratar asuntos de la Iglesia.

La prédica de San Bernardo era en general acompañada por un gran número de milagros. Liberaba a posesos del demonio, restituía la vista a ciegos, los paralíticos caminaban, los mudos hablaban, los sordos oían.

Prácticamente no podía transitar sin ser seguido por una multitud de enfermos y de sanos que lo querían tocar. Para protegerse, se veía obligado a hablar a la multitud desde una ventana.
Por todos lados el santo era llamado “el padre de los fieles, Columna de la Iglesia, apoyo de la Santa Sede y Ángel tutelar del pueblo de Dios”.

Aniquilador de herejías y predicador de la II Cruzada

Bernardo fue el protector de la Fe contra las herejías de Pedro Abelardo y Arnaldo de Brescia, que querían renovar los antiguos errores de Arrio, Nestorio y Pelagio. Combatió también los errores de Gilberto de la Porée, Obispo de Poitiers.

Pero la principal herejía que el santo combatió fue la de un monje apóstata llamado Enrique, que en el Languedoc llevaba a cabo una guerra cruel contra la Iglesia, atacando los Sacramentos y los sacerdotes fieles.

El santo abad fue también llamado a predicar la II Cruzada, lo que hizo con la fuerza de su elocuencia y el poder de los milagros. Cuenta su secretario que en Alemania curó, en un solo día, nueve ciegos, diez sordos o mudos, diez paralíticos. En Mayence, la multitud que lo rodeó fue tan grande, que el Rey Conrado debió tomarlo en sus brazos para sacarlo de la iglesia.

La defensa de la Iglesia y el Papado contra la infiltración judía

Inocencio II y Rogerio de Sicilia

El Abad de Claraval se esforzó asimismo en la reforma de la Iglesia por medio de su acción e influencia, pero uno de los aspectos que más llama la atención en este sentido es la misión y el combate en 1130-1138, en pro de su unidad, frente al “Cisma de Anacleto”.

A la muerte de HONORIO II en 1130, se produjo una doble elección para sucederle: GREGORIO PAPARESCHI, quien tomó el nombre de INOCENCIO, y PEDRO DE LEONE, de una rica familia de origen judío, que pasó a llamarse ANACLETO II. Con la división del Colegio Cardenalicio se produjo también la del pueblo romano, siempre muy inmiscuido (por el intervencionismo de sus familias principales) en las elecciones y la política pontificia.

A San Bernardo no le importó que el hebreo Pierleoni (Anacleto II) hubiese sido electo por la mayoría de los cardenales, ni que el usurpador estuviese sentado en la Sede Romana; tampoco le importó que el asustado Inocencio II se desterrara y escondiera en Francia.

Para resolver el problema, el rey LUIS VI de Francia, “el Gordo”, llevo a cabo una reunión de un concilio en Étampes, donde la figura clave fue SAN BERNARDO, quien se decantó por los derechos del primero. A PARTIR DE AHÍ, se empeñó en obtener para él los apoyos del propio monarca francés, de ENRIQUE I de Inglaterra y del emperador LOTARIO, realizando numerosos viajes por Francia, Alemania e Italia, donde estuvo tres veces y consiguió que Pisa y Génova en 1133, y Milán en 1135, se adhiriesen igualmente.

El Doctor MELIFLUO en 1137 trató de ganarse además a ROGERIO II de Sicilia, hacia quien antes había tenido muchas reticencias por su enfrentamiento con varias ciudades italianas y con el emperador y el papa. Su labor en este tiempo consistió, por lo tanto, en viajes, entrevistas, predicaciones y cartas a diversos personalidades de la Iglesia y de la política, todo culminó con éxito, pues la muerte de VÍCTOR IV en 1138, elegido sucesor del recién fallido ANACLETO II, cerró definitivamente el asunto. 

San Bernardo de Claraval, defensor del Papado, rogad por nosotros

Unidad en la Verdad

«Gaudium et spes» fue firmado por Marcel Lefebvre y posteriormente motivo de cisma

agosto 19, 2018

Exhibe Agostino Marchetto la contradicción lefebvriana

ROMA, 22 May. 12 / 02:28 am (ACI).- Al presentar el libro “Las claves de Benedicto XVI para interpretar el Vaticano II”, Mons. Agostino Marchetto, experto conciliar, señaló que los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) deben entender que el Espíritu Santo asistió a los padres del Concilio Vaticano II.

El obispón Agostino Marchetto pone en evidencia al contradictorio Marcel Lefebvre quien firmó las vati-herejías y luego dijo “ésta pluma no es mía”.

En entrevista con ACI Prensa, Marchetto, experto de la hermenéutica del Vaticano II y Secretario Emérito del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, explicó que

“la ayuda del Espíritu Santo en los textos finales –del Concilio-, debe hacerse valer en relación a nuestro hermanos llamémosles ‘lefebvristas’”.

La Gaudium et spes es una de las constituciones del Concilio Vaticano II que promueve el diálogo interreligioso y el ecumenismo. Este documento fue firmado por el arzobispo Marcel Lefebvre y posteriormente motivo de cisma para sus seguidores con la Iglesia Católica.

Marchetto subrayó que el Concilio Ecuménico

“…tuvo la ayuda del Espíritu Santo, el cual no puede decir ni hacer errores, ni puede proclamar como depósito de la propia enseñanza cosas que están en contra del Evangelio o de la historia de la Iglesia“.

“Por tanto, -la actuación del Espíritu Santo durante la elaboración del Vaticano II-, podría ser un elemento de reflexión también para ellos –los lefebvristas-, pero por el momento digamos que no ha funcionado”, indicó.

En declaraciones a los periodistas, Marchetto expresó sus deseos de acercamiento con los hermanos lefebvristas, pero “para que la haya tendrá que darse la aceptación del Concilio Vaticano II. No se puede decir que este documento – Gaudium et spes-, lo dejamos a parte”, puntualizó.

Un libro clave para entender el Vaticano II

“Las llaves de Benedicto XVI para interpretar el Vaticano II”, fue escrito por Marchetto; el presidente del Comité de Ciencias Históricas, Cardenal Brandmuller, y el sacerdote italiano Nicola Bux.

La presentación de la obra se celebró en la sede de Radio Vaticana. En ella participaron los dos primeros autores y el director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Padre Federico Lombardi. Padre Bux no pudo asistir por problemas de salud.

Al introducir la presentación, el Padre Lombardi consideró que la obra “actúa como vigilia de preparación al aniversario del Concilio Vaticano II y enseña a analizar su significado”, bajo la guía de la Iglesia y de la fe, “de ahí que el Santo Padre haya querido a su vez la apertura del Año de la Fe”, dijo.

Por su parte, el Cardenal Brandmuller, natural de Baviera y experto en historia de la Iglesia, observó que la obra servirá como “elemento de diálogo para unificar la Iglesia”.

En cuanto a la actual situación de los Lefebvristas, que apunta a una posible reconciliación con la Iglesia Católica y el final del cisma, el Cardenal Brandmuller mostró sus deseos de reconciliación, “veamos si se abre una puerta sobre el diálogo de los documentos”, concluyó.

LA VERDAD DE LA FIRMA DE LEFEBVRE

FC: Es de suma importancia establecer que en la propia biografía oficial de Marcel Lefebvre, Tissier de Mallerais afirma que el líder de la FSSPX sí firmó la promulgación de las herejías del conciliábulo Vaticano Segundo:

…Monseñor Lefebvre, lo mismo que Monseñor de Castro Mayer, después de haber votado hasta el fin contra la libertad religiosa, firmó finalmente la promulgación de la declaración Dignitatis humanæ.

Lo que puede parecer un cambio repentino de opinión no tiene, sin embargo, nada de sorprendente. Una vez que un esquema había sido promulgado por el Papa ya no era un esquema, sino un acto magisterial, y así cambiaba de naturaleza. El propio Monseñor Lefebvre hizo hincapié en el peso de la aprobación pontificia en su conferencia del 15 de septiembre de 1976, en la que reconoció haber firmado muchos textos del Concilio “bajo la presión moral del Santo Padre”, pues —decía— “no puedo separarme del Santo Padre: si el Santo Padre firma, estoy moralmente obligado a firmar.”

Por su parte, Basilio Méramo Chaljub, en una controversia epistolar con Tissier de Mallerais, el colombiano manifiesta:

Usted me pregunta: ¿por qué Monseñor Lefebvre ha firmado? Creo que a causa del peso de la autoridad del Romano Pontífice, debido a la presión moral que el Papa Pablo VI osó hacer al promulgar solo el documento sobre la libertad religiosa, exigiendo después a los obispos sus “firmas de acuerdo” con el acto que había hacho.

Acto, para mí, abusivo, debido a que en un Concilio Ecuménico un Papa no actúa unilateralmente, “ex cathedra” solo, hay un consenso y la unanimidad de todos, y el Papa es el último a firmar, porque el magisterio del concilio es colegial (del Colegio Episcopal), y no del Papa solo (ex cathedra): él invirtió el proceso.

Acto abusivo, porque la autoridad del Papa no es para imponer el error: se trata de toda una concepción voluntarista de la autoridad, que es siempre para el bien y la verdad, para el bien común, y no para un capricho.

Para mí, mirando la cosa sin este peso moral de las circunstancias y del Papa rodeado por todos los obispos, habría que haberle manifestado que un Papa no puede imponer el error (incluso sin que exista herejía, lo cual sería peor aún).

Y si se considera este acto del Papa como investido de la infalibilidad, un acto del Papa solo, menos todavía, ya que excluye cualquier error, y no sólo la herejía.

Además, un Concilio Ecuménico que no sea infalible es una contradicción porque, si es verdaderamente ecuménico, es por naturaleza infalible; y si se quiere un Concilio Ecuménico no infalible, no es en absoluto un Concilio Ecuménico, sino una simple reunión eclesiástica.

(Fuente: Radio Cristiandad)

 

Marcel Lefebvre aceptó que se adhirió a las actas heréticas del Vaticano II

agosto 15, 2018

Otra cosa sería si Marcel Lefebvre y Antonio Castro Mayer se hubiesen negado a firmar, a traicionar…

Con toda la razón y calidad moral, los lefebvrianos podrían afirmar dignamente que se oponen íntegramente a las herejías proclamadas en el Vaticano II y cuyo fruto ellos mismos reconocen como el mayor desastre para la Iglesia Católica en toda su historia.

Pero no fue así. Los lefebvrianos reconocen estar de acuerdo en el Conciliábulo, salvo en “algunos pocos detalles” cuyas diferencias supuestamente intentan superar en los “diálogos” neoecuménicos con la Logia Vaticana…

lefebvre y castro mayer

¿Ambos se equivocaron y firmaron “placet”, y además en dos ocasiones?

(Con datos de la “Biografía de Monseñor Marcel Lefebvre”, redactada  por su biógrafo oficial, Tissier de Mallerais y publicada en francés por la FSSPX, específicamente en las páginas 332 y 333)

Ese día cada Padre conciliar firmó, como de costumbre, su ficha individual de asistencia (diferente de los documentos doctrinales), después Pablo VI hizo su entrada solemne y, finalmente, el Secretario General leyó los cuatro textos propuestos al sufragio de los Padres. De esa forma la votación final sobre la libertad religiosa fue seguida de otras tres votaciones finales sobre los decretos relativos a la actividad misionera de la Iglesia (Ad gentes), el ministerio y la vida de los sacerdotes (Presbyterorum ordinis), y la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy (Gaudium et spes). 

Todos los Padres rellenaban una ficha individual de votación para cada documento conciliar con un lápiz especial de mina magnética que permitía la anotación mecanográfica de los votos, y luego la firmaban. El voto era secreto y personal: si un Padre era procurador de otro ausente, no podía votar por él (así lo exigía el Código de Derecho Canónico, como lo recordó Monseñor Felici); pero podía firmar en nombre del otro el acta una vez promulgada. 3

Después de la Misa Monseñor Pericle Felici se acercó a Montini y anunció los resultados de los cuatro escrutinios. El Papa aprobó entonces los cuatro documentos y los promulgó oralmente (teóricamente ex cathedra) en medio de sonoros aplausos.

Luego circularon entre los Padres grandes hojas, cada una encabezada con los nombres de los cuatro documentos promulgados, y se invitaba a los Padres a estampar en ellas su firma, precedida de la palabra “Ego”, “yo”, lo que significaba la unión de cada uno con el acto de promulgación del Papa, cabeza del colegio conciliar. Los representantes de otros Padres podían notificar la aprobación de su mandante añadiendo una nueva firma: “Ego procurator…”, “yo, procurador de…”, en nombre del Padre a quien representaban.

Así, en una de esas grandes hojas figuran, escritas por una misma mano, las siguientes firmas:

  “Ego + Marcellus Lefebvre arch. tit. Synnada in Phrygia,”

  “Ego procurator pro Epis. Augustinus Grimault, epis. tit.,”

  y en otra:

“Ego Antonius de Castro Mayer, ep. Camposinus, Brasilia.”

De estos hechos innegables se deduce que Marcel Lefebvre, lo mismo que Monseñor de Castro Mayer, firmaron finalmente la promulgación de la declaración Dignitatis humanæ.

Lo que puede parecer un cambio repentino de opinión no tiene, sin embargo, nada de sorprendente. Una vez que un esquema había sido promulgado por el Papa ya no era un esquema, sino un acto magisterial, y así cambiaba de naturaleza. El propio Monseñor Lefebvre hizo hincapié en el peso de la aprobación pontificia en su conferencia del 15 de septiembre de 1976, en la que reconoció haber firmado muchos textos del Concilio

“bajo la presión moral del Santo Padre”, pues —decía— “NO PUEDO SEPARARME DEL SANTO PADRE: SI EL SANTO PADRE FIRMA, ESTOY MORALMENTE OBLIGADO A FIRMAR.”  (“je ne puis pas me séparer du Saint-Pére: si le Sain-Pére signe, moralment je suis obligé de signer”) 5

“Básicamente —escribía Wiltgen—, ésa fue la actitud de todos los Padres conciliares. (…) Aunque cada cual creyese que su postura sobre un punto dado era la correcta, (…) esos hombres formados en el derecho eclesiástico” 6 creían que su deber era “adherir al juicio que había prevalecido en la cabeza”. No había deshonra ni inconstancia en esa sumisión.

Después de todo, las cláusulas de Dignitatis humanæ, ya fueran sobre “la religión verdadera” o sobre los “justos límites” de la libertad religiosa, permitían en rigor interpretar las once líneas propiamente declaratorias (nº 2) en sentido católico, aunque no fuera ése el sentido obvio del texto tal como se deducía de todo el resto del documento.

 En todo caso, la adhesión de Sus Excelencias Marcel Lefebvre y Antonio de Castro Mayer quedó oficialmente registrada en las Actas del Concilio. 7

Marcel Lefebvre y Antonio Castro Mayer firmaron su adhesión a la herejía…

Si Monseñor Lefebvre afirmó después, en repetidas ocasiones, que no había firmado la libertad religiosa, como tampoco Gaudium et spes, lo hizo llevado por la lógica de su oposición anterior y posterior a la promulgación de la libertad religiosa, y engañado por su memoria 8 o por algún error.

Foro Católico: (¿La memoria de Lefebvre también “engañó” a Castro Mayer, y a ambos, en dos ocasiones, al menos…?) 

Eso quiere decir, por un lado, que otorgó su placet final a todos los esquemas conciliares al haber firmado todos los documentos del Concilio (como dan fe las Acta synodalia).

Sea como fuere, la comparación del número de votantes sobre la libertad religiosa (2386) con el de los Padres presentes que firmaron la promulgación (2364) muestra que al menos veintidós Padres, tanto si votaron a favor como en contra, no firmaron los documentos. Marcel Lefebvre y Castro Mayer no fueron parte de estos.

Notas:

1 – Cfr. Sedes sapientiæ, revista de la Sociedad Santo Tomás de Aquino, nº 31, pp. 41-44; nº 35, pp. 32-45.

2 – Según la relación mecanográfica que se conserva en los archivos del Concilio. Monseñor Lefebvre afirmó haber votado non placet sobre la libertad religiosa y la Iglesia en el mundo de hoy.

3 – CIC de 1917, canon 224, § 2; A. Syn., vol. III, pars VIII, p. 184.

4 – Conservadas en los archivos del Concilio y cuya síntesis figura en los A. Syn., vol. IV, pars VII, pp. 804-859.

5 – Itinéraires, nº especial, abril de 1977, pp. 224 y 231.

6 – WILTGEN, 289.

7 – A. Syn., vol. IV, pars VII, p. 809, 10ª línea, y p. 823, 8ª línea.

8 – Manuscrito II, 32, 33-34.

9 – Le Chardonnet, nº 57, junio de 1990; nº 59, septiembre de 1990; nº 61, diciembre de 1990: Tradi presse, nº 8, 15 de junio de 1990; Fideliter, nº 73, julio-septiembre de 1991, p. 3.

10 – 4 de diciembre de 1963 (A. Syn. vol. II, pars VI, p. 443); 21 de noviembre de 1964 (vol. III, pars VIII, p. 863); 28 de octubre de 1965 (vol. IV, pars V, p. 625); 18 de noviembre de 1965 (vol. IV, pars VI, p. 637); 7 de iciembre de 1965 (vol. IV, pars VII, p. 809).

Agosto 15: Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María

agosto 15, 2018
San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

(Transcrito de AÑo Cristiano/ Juan de Coisset)

Ya en fin llegó, carísimos hermanos míos, dice san Agustín, este día tan venerable para nosotros; este día que excede todas cuantas festividades solemnizamos en honor de los santos; este día tan célebre; este clarísimo día en que creemos que la Virgen María pasó desde este mundo a la gloria celestial: Adest nobis, dilectissimi fratres, dies valde venerabilis, dies omnium sanctorum solemnitates praecellens, dies inclyta, dies praenclara, dies in qua é mundo migrasse treditur virgo Maria. Resuenen en toda la tierra las alabanzas, los festivos clamores de alegría en el día glorioso de su triunfante Asunción: Laudes insonet universa térra cum summa exultatione, santae virginis illustrata excessu. Porque sería cosa muy indigna que no celebrásemos con extraordinaria devoción, culto y aparato, la solemne fiesta de aquella por quien merecimos recibir al Autor de la vida: Qua indignum valdé est, id illius recordationis solemnitas si apud nos sine máximo honor e, perquam merunmus Auctorem vitae suscipere. Este es uno de los más célebres días del año, dice san Pedro Damiano, por ser el dia en que la santísima Virgen, digna por su nacimiento del trono real, fue elevada por la santísima Trinidad hasta el trono del mismo Dios, y colocada tan alto junto a la admirable Trinidad, que se arrebata hacia sí los ojos y la admiración de los ángeles: Sublimis illa dies est, in qua Virgo regalis, ad thronum Dei Patris evehitur, et in ipsius Trinitatis sede reposita, naturam angelicam sollicitat ad videndum. A la verdad, el misterio de este día es superior a todas nuestras expresiones; y san Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo : Christi generationem, et Maríae Assumptionem quis enarrabit? Pasmados de admiración a vista de una gloria que tiene suspensos y como embargados de asombro a los mismos ángeles, nos contentaremos con referir la historia de este admirable misterio.

La opinión más recibida en la Iglesia, fundada en la tradición, es que, después de la Ascensión del Salvador a los cielos y de la venida del Espíritu Santo, vivió la Virgen veintitres años y algunos meses más en este mundo. Aunque era tan abrasado y vivo el deseo que tenia la Señora de seguir al cielo a su querido Hijo, consintió quedarse en la tierra para el consuelo de los fieles, y para atender a las necesidades de la Iglesia recién nacida, conviniendo que su presencia supliese de alguna manera la ausencia corporal de Jesucristo. Lo mucho que podía en el cielo era de gran socorro a los fieles que vivían en la tierra, alcanzando aquellos primeros tiempos de persecución, sosteniéndose su fe con la noticia y con el consuelo de que aun vivía entre ellos la Madre de su Dios. Era la Virgen su oráculo, su apoyo y todo su refugio. Fortalecía su virtud, animaba su celo, enseñaba a los doctores, dice el sabio Idiota, y era como el oráculo de los mismos apóstoles.Doctricem doctorum, magistram apostolorum. Y el abad Ruperto asegura que en cierto modo suplía con sus instrucciones lo que el Espíritu Santo no tuvo por conveniente descubrirles, habiéndoseles comunicado, por decirlo así, con limite y con medida; y los santos padres convienen en que el evangelista san Lucas supo singularmente de boca de la santísima Virgen las particulares circunstancias de la infancia del niño Jesús, que deió especificadas en su evangelio, y que aun por eso se dice en él que María no dejaba perder cosa alguna de las que entonces pasaban, conservándolas en su memoria y meditándolas en su corazón: Maria, conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo.

Durante el espacio de estos veintitrés años, la vida de la santísima Virgen fue un continuo ejercicio del más puro amor y un perfecto modelo de todas las virtudes; una oración no interrumpida, y esta misma oración un éxtasis perpetuo. Visitaba con frecuencia los sagrados lugares que el Salvador había santificado con su presencia, cumpliendo los misterios de nuestra redención. Aunque esta divina Madre vivía en la tierra, su corazón nunca se separaba de su amado Hijo, que habitaba en el cielo. Pasábanse pocos dias sin que Jesucristo se le apareciese, y ninguno en que no conversase familiarmente con los ángeles, singularmente destinados a su servicio; y aunque distante de la celestial Jerusalén, mientras duró su habitación en la tierra, gustaba abundantemente de todas sus delicias.

Hacía casi doce años que residía en Jerusalén la santísima Virgen, cuando los apóstoles y los discípulos se vieron precisados a retirarse de aquella ciudad por ia persecución que los judíos suscitaron contra los fieles. Y si el maravilloso progreso que hacía el Evangelio la colmaba de gozo y de consuelo, se templaba mucho este por el furor con que era perseguida la Iglesia. Cuando la Virgen dejó Jerusalén, se encaminó a Éfeso en compañía de san Juan hacia el año 45 del Señor; pero sosegada.un poco la persecución, se restituyó a aquella ciudad, en la cual permaneció el resto de su vida.

Mientras tanto, habiendo ya llevado los apóstoles la luz de la fe a casi todo el universo, y estando ya la Iglesia sólidamente establecida en todas partes, parecía tiempo que la Virgen dejase ya la estancia de la tierra, que consideraba como lugar de destierro. Suspiraba continuamente por aquel feliz momento, que la había de volver a juntar para siempre con su querido Hijo; cuando un ángel, que se cree fue san Gabriel, le vino a anunciar el día y la hora de su triunfo. Es cierto que, habiendo sido preservada del pecado original por especial privilegio, como lambién de toda otra culpa durante su santísima vida, no estaba sujeta a la muerte, que es pena del primero; mas habiéndose sujetado a ella Jesucristo, no quiso María eximirse de padecerla.

Seis circunstancias, a cual más prodigiosas, observan los santos padres en la Asunción de la santísima Virgen. Primera, su muerte, que muchos de ellos y algunos martirologios llaman sueño: Dormitio. Segunda , la glorificación de su alma en el mismo momento de su separación. Tercera, la sepultura de su santo cuerpo en el lugar de Getsemaní. Cuarta, su gloriosa resurrección tres días después. Quinta, su triunfante Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Sexta, su coronación en la gloria por la santísima Trinidad.

Algunos padres antiguos, y entre ellos san Epifanio, parece ponen en duda si murió la Madre de Dios, o si permaneció inmortal. Autorizaban una duda tan bien fundada, así su inmaculada Concepción, como su divina maternidad; pero la Iglesia en la oración de este día expresa con claridad que verdaderamente murió según la condición de la carne: Quam pro conditione carnis migrasse cognoscimus. San Juan Damasceno dice que no se atreve a llamar muerte a esta separación, sino sueño, a una unión más íntima con su Dios; un tránsito de la vida mortal a la dichosa inmortalidad: Sacram tuam migrationem haud quaquam appellabimus morterri, sed somnum, aut peregrinationem, vel, ut aptiori verbo utar, cum Deo prcesentiam. No separó, dicen los padres, aquella purísima alma de su santo cuerpo, ni la violencia de la enfermedad, ni el desorden de los humores, ni el desfallecimiento de la naturaleza; rompió aquella unión el puro amor divino, y obra suya fue la muerte de la Virgen. Había encendido el Espíritu Santo en su corazón un amor tan abrasado, que fue un continuo milagro, dice san Bernardo, la vida de María; no siendo posible que sin él sufriese el violento ardor de aquel divino fuego. Cesó este milagro con su muerte. No quiso Dios suspender por más tiempo el efecto de aquel sagrado incendio; dejóle obrar con toda su fuerza en aquel corazón sin mancha, santuario del divino amor. No pudo naturalmente resistir por más tiempo a sus esfuerzos, y consumido a violencia de aquellos divinos ardores, terminó sin dolor tan santa vida. O no había de morir la santísima Virgen, dice san Ildefonso, o había de morir de amor.

Hallábase a la sazón en Jerusalén en la casa del cenáculo. Esparcida la voz entre los fieles de que la Madre de Dios estaba para dejarlos, y para ir a ponerse en posesión del glorioso trono que su querido Hijo le tenía preparado en la celestial Jerusalén, no es fácil expresar los contrarios afectos de gozo y de dolor que se apoderaron a un mismo tiempo de todos sus corazones. Por una parte, se consideraban en vísperas de verse separados de su querida Madre, que era todo su apoyo y todo su consuelo; por otra, reconocían que iba a volverse a unir con su amado Hijo en el cielo, donde sería su abogada con Dios y toda su confianza. De todas partes concurrieron a ella para recibir su última bendición. San Juan, como sagrado depositario de aquel tesoro, no se apartaba un punto de su lado, solícito más que nunca de rendir todas las obligaciones de hijo a la mejor de todas las madres. Estaba incorporada la Virgen en un humilde lecho, y desde allí consolaba a todos los fieles que se hallaban presentes, dando nuevo aliento a su fe y exhortándolos a la perseverancia; cuando, por un raro prodigio que ella sola tenía sabido que había de suceder, todos los apóstoles y algunos de los discípulos que estaban esparcidos por el mundo, se hallaron milagrosamente trasladados al cuarto del cenáculo para tributar sus últimos respetos a la Madre del Salvador. San Dionisio Areopagita, que se halló presente, nombra a san Pedro, suprema cabeza de los teólogos; a Santiago, hermano del Señor; a los otros príncipes de la jerarquía eclesiástica, y además de eso a san Heroteo, a san Timoteo y a otros muchos discípulos de los apóstoles, de cuyo número era el mismo san Dionisio.

Juvenal, patriarca de Jerusalén, san Andrés, obispo de Creta, y san Juan Damasceno, con otros padres, aseguran que los apóstoles fueron trasportados en una nube por ministerio de ángeles. En el tratado de la muerte de la santísima Virgen, atribuido a san Meliton, obispo de Sárdica, se dice que la Señora tenía en la mano una palma que el ángel le había traído cuando bajó a anunciarle el día y la hora de su muerte. Mientras tanto, encendieron muchas velas todos los circunstantes; lodos se deshacían en lágrimas, consolándolos a todos la santísima Virgen; y habiendo exhortado, así a los apóstoles como a los discípulos, a predicar el Evangelio con el mayor celo y valor, asegurando a toda la Iglesia de su poderosa protección, vio aparecer al Salvador, acompañado de todos los coros de los ángeles, que. venía a recibir su dichosísimo espíritu, y a conducirle como en triunfo al lugar de la bienaventurada inmortalidad. Abrasada entonces el alma con lodo el fuego del divino ardor, se desprendió por sí misma del cuerpo, y fue conducida en triunfo hasta el trono del mismo Dios.

En el mismo punto en que expiró la santísima Virgen, se llenó todo el cuarto de una resplandeciente luz más brillante que la del sol. Toda la milicia de la corte celestial, dice san Jerónimo, salió al encuentro de la Madre de Dios, cantando himnos y cánticos en honor suyo, que fueron oídos de todos los que se hallaban en el cenáculo; Militiam caelorum cum suis agminibus festive obviam venisse Genitrici Dei cum laudibus el canticis. Y aquella alma tan pura, más santa que todos los ángeles y todos los santos juntos, fue elevada, dice san Agustín, hasta el trono del soberano Señor del universo, muy superior a todas las celestiales inteligencias:Angelicam transiens dignitatem, usque ad summi Regis thronum sublimata est. Ni era justo, añade el mismo padre, estuviese colocada en otro lugar que en el inmediato al que ocupaba aquel Señor que ella misma había dado a luz en este mundo: Non enim fas est alibi te esse quám ubi est quod a te genitum est.

Luego que rindió su espíritu la santísima Virgen, todos los circunstantes se postraron a sus pies regándolos con sus lágrimas. Los fieles que se hallaban en Jerusalén y en su contorno concurrieron todos apresurados a venerar aquel santo cuerpo, santuario del Verbo encarnado y arca del nuevo Testamento. Sanaron todos los enfermos que se presentaron delante de él; y san Juan Damasceno, que trasladó a nuestra noticia todo lo que llegó a entender de la tradición, dice que hasta los mismos judíos sintieron los efectos de su poder, y participaron de sus milagros.

Después que todos hubieron satisfecho su devoción, fue llevado el santo cuerpo al sitio donde se le había de dar sepultura, que era el pequeño lugar de Getsemaní, distante trescientos pasos de Jerusalén. Llevaban el féretro los santos apóstoles, y los seguía el resto de los fieles con velas encendidas, porque los judíos estuvieron tan lejos de oponerse a esta pompa fúnebre, que antes bien ellos mismos se agregaron a ella para hacerla más numerosa y más célebre, llenos todos de veneración a María. Fue depositado el santo cuerpo con gran respeto en el sepulcro que estaba preparado, y este se cerró con una gruesa piedra. En una carta que Juvenal, patriarca de Jerusalén, escribió al emperador Marciano y a la emperatriz Pulquería, dice que así los apóstoles como los otros fieles, pasaban los días y las noches junto al sepulcro, sucediéndose unos a otros, y mezclando sus voces y sus cánticos con los ángeles, cuyas suavísimas canciones no se dejaron de oír en todos aquellos tres días. Mas no era conveniente, dice san Agustín, que el Salvador dejase en la sepultura un cuerpo, del cual el suyo había sido formado, ni una carne, que en cierta manera era la suya: Caro enim Jesu, caro Maria. ¿Quién tendría atrevimiento para imaginar que aquel Hijo de Dios que vino al mundo, no para quebrantar la ley, sino para cumplirla, se dispensase en la más mínima obligación de las que deben los hijos a los padres? Nunquid non pertinet ad benignitatem Domini Matris servare honorem, qui legem venerat non solvere, sed adimplere?

Pues ahora; aquella misma ley que manda honrar a la Madre, manda al mismo tiempo preservarla de todo lo que puede ceder en su deshonor: Lex enim sicut honorem Matris praecipit, sic inhonorationem damnat. Pudo Jesucristo, concluye el mismo santo, eximir de la corrupción al cuerpo de su santísima Madre; pues ¿quién se atreverá a decir que no lo quiso hacer? Potuit eam a putredine et pulvere alienum facere, qui ex ea nascens potuit Virginem relinquere. Es la corrupción del cuerpo oprobio de la naturaleza humana; miróla Jesucristo con horror; y por consiguiente, lo mismo parece que debió hacer con su Madre: Putredo humanae est opprobrium conditionis, a quo opprobrio cum Jesus sit alienus, natura Mariae excipitur, quam Jesus de ea suscepisse probatur.

Con efecto, al tercer día, dice san Juan Damasceno con la mayor parte de los santos padres griegos y latinos; como santo Tomás, el único de los apóstoles que no se había hallado presente a la muerte de la santísima Virgen, desease ansiosamente ver el sagrado cuerpo, disponiendo Dios que no se hallase a la muerte de su Madre, para proporcionar un medio natural de manifestar su gloriosa resurrección; y pareciéndoles muy justo a los demás apóstoles darle este consuelo, se abrió el sepulcro; pero quedaron todos gustosamente sorprendidos cuando no encontraron dentro de él sino los lienzos y los vestidos con que el santo cuerpo había sido amortajado, exhalando de sí una fragancia exquisita: Post tres dies, dice san Juan Damasceno, angelico cantu cessante, habiendo cesado al cabo de los tres días la celestial música de los ángeles: Qui aderant apostoli (cum unus Thomas, qui abfuerat, venisset, et quod Deus susceperat corpuss adorare voluisset) tumulum aperuerunt, sed omni ex parte sacrum ejus corpus nequáquam invenire potuerunt; cum ea tantum invenissenl in quibus fuerat compositum; et ineffabili, qui ex his próficiscebatur, essent odore repleti Asombrados a la vista de tan grande maravilla, cerraron el sepulcro, persuadidos que el Verbo divino, que se había dignado hacerse hombre y tomar carne en el vientre de la santísima Virgen, no había permitido que su cuerpo estuviese sujeto a la corrupción, antes quiso resucitarle tres días después de su muerte; y anticipándole la resurrección general, le hizo entrar triunfante en la gloria: Loculum clauserunt, ejus myslerii obstupefacti miraculo: hoc solum cogitare potuerunt quod cuit placuit ex María Virgine carnem sumere, et hominem fieri et nasci, cum esset Deus Verbum et Dominus gloriae; quique post partum incorruptam servavit ejus virginitatem, eidem etiam placuit et ipsius, postquam migravit, immaculatum corpus, incorruptum servatum, translatione honorare, ante communem et universalem resurrectionem. Este es el común sentir de la Iglesia, como lo publica todos los años en el oficio de la octava de esta fiesta. Por eso, dijo san Agustín, exponiendo aquello del salmo 25: Non dabis sanctum tuum videre corruptionem, que aquel santo cuerpo en que tomó carne el divino Verbo, no se podía creer fuese entregado en presa a los gusanos y a la podredumbre, causándole horror sólo el pensarlo: Sentire non valeo, dicere perhorresco; y explicando san Juan Damasceno aquello del Profeta: Surge, Domine, in requiem tuam, tu et arca sanctificationis tuae; ¿quién no ve, dice, que la resurrección de que habla el Profeta, es la del Salvador y la de la santísima Virgen, aquella arca misteriosa que encerró en su seno la fuente de la santidad?

¡Quién podrá comprender, exclama san Bernardo, la gloria con que subió al cielo la santísima Virgen! ¡con qué raptos de amor le salieron al encuentro tantas legiones de ángeles! ¡con qué afectos de respeto y veneración! ¡con qué cánticos de alegría la acompañaron! Quis cogitare sujficiat quám gloriosa hodie mundi Regina processerit; et quanto devotionis affectu tota in ejus occursum calestium regionum prodierit multiludo! Ni hubo jamás en el mundo triunfo más glorioso, ni se conoció en él día más célebre, dice san Jerónimo, que este día en que la Virgen fue elevada a los ciclos: Et haec est praesentis diei festivitas. Atrévome a decir, exclama el bienaventurado Pedro Damiano, que, prescindiendo de la divinidad, la pompa y el aparato de la Asunción de María fue mayor que el de la Ascensión del mismo Jesucristo: Audacter dicam, salva Filii majestate, Virginis Assumptionem longe digniorem fuisse Christi Ascensione; pues en la Ascensión del Salvador solamente le salieron a recibir los ángeles; pero en la Asunción de María, además de todos los espíritus angélicos, el mismo Hijo de Dios salió al encuentro de su Madre, y la condujo hasta lo más elevado de los cielos. Pues qué nos admiramos ya, dice san Bernardo, de que las celestiales inteligencias se quedasen como extáticas de pasmo, preguntándose unas a otras: Quae est ista quae ascendít de deserto, deliciis affluens, innixa super dilectum suum? ¿Qué mujer es esta? como si dijeran, ¿qué pura criatura igualará jamás la gloria y la santidad de esta mujer que sube del desierto, colmada de dulcísimas delicias y apoyada sobre su mismo amado Hijo? El recibimiento que Salomón hizo a su madre, no fue más que un imperfecto bosquejo, una oscura sombra del que el Salvador hizo hoy a la Virgen: Surrexil Rex in occursum ejus (dice la Escritura) adoravitque eam, et sedit super thronum suum; posilusque est thronus Matris ejus quaes sedit ad dexteram ejus: Levantóse el Rey de su trono, salióla a recibir, saludóla profundamente; y volviendo a ocupar su solio, puso el de su Madre a la derecha del suyo. En el misterio de este día se verifica aquel prodigio que tanta maravilla causó en el cielo al evangelista san Juan: una mujer vestida del sol, con la luna a sus pies, coronada su cabeza con doce estrellas resplandecientes. Si el ojo del hombre no vio, dice san Bernardo. ni el oido oyó, ni cupo jamás en su imaginación lo que tiene Dios preparado para los que le aman; ¿quién podrá nunca explicar ni aun comprender la que preparó para su Madre, que ella sola le amó más que todos los hombres juntos, y a quien Él ama más que a todas las criaturas? Quid paeparavit gignenli se? No es posible, dicen los padres, que persona humana pueda explicar ni el exceso de la gloria, ni la elevación del trono de la Virgen. Ni esto debe causar admiración, dice Arnaldo de Chartres: la gloria de María en cuerpo y alma en el cielo no es como la de los demás; hace clase aparte; ocupa un lugar incomparablemente más elevado que el de los ángeles, pues la gloria que posee María no solo es semejante a la del Verbo encarnado, sino en cierta manera la misma: Gloriam cum Matre, non tam communem judico, quam eamdem.

La solemnidad de este día debe despertar nuestra devoción, dar nuevo aliento a nuestra fe y excitar nuestra confianza. Nos trae a la memoria, dice san Bernardo, que tenemos en el cielo una reina, que al mismo tiempo es nuestra madre; una medianera todopoderosa con el soberano medianero; y una abogada con el Redentor, que ninguna gracia le puede negar (Serm. 2 de Adv.): Domina nostra, mediatrit, nostra, advócala nostra. Esta es la escala de los pecadores, esta mi grande esperanza, esta el fundamento de toda mi confianza (Serm. de Aqueductu.): Hac peccatorum haec mea magna fiducia, haec tota rato spei mea. Tu, oh Virgen santa, dice san Agustín, eres, por decirlo así, la única esperanza de los pecadores; por ti esperamos el perdón de nuestros pecados; en tu intercesión colocamos la esperanza de nuestro premio (Serm. 18 de Sanct.): Tu es spes única peccatorum; per te speramus veniam delictorum, et in te, beatissima, nostrorum est exspectatio proemiorum. Concediósele todo el poder en el cielo y en la tierra, dice san Anselmo; no hay cosa imposible para aquella que puede resucitar la esperanza de la salvación en los mismos desesperados (De Laudib. Virg.): Data est illi omnis potestas in caelo et in térra; nihil illi impossibile, qui possibile est relevare in salutis spem, desperantes. Toda la esperanza, gracia y salud que tenemos, estemos persuadidos de que todo nos viene por la intercesión y por el valimiento, de María (Ibid.): Si quid spei in nobis est, si quid gratiae, si quid salutis, a María noverimus redundare. Si quieres asegurar siempre buen despacho, y que sean aceptadas tus oraciones, acuérdate de ofrecer por manos de María todo lo que ofrecieres a Dios: Si non vis pati repulsam, per Mariae manus offerre memento quidquid offerre vis Deo. Ella es la esperanza de los desesperados, dice san Efren, puerto de los que naufragan, y único recurso de todos los que no tienen otro (De Laúd. Virg.): Spes desperantium, portus naufragantium, et auxilio destitutorum única adjutrix. Todos los tesoros de las misericordias del Señor están en sus manos, dice san Pedro Damiano: In manibus ejus sunt thesauri miserationum Domini. En fin, ser devoto tuyo, oh bienaventurada Virgen María (dice san Juan Damasceno), es tener armas defensivas, puestas por Dios en las manos de los que quiere salvar (Orat. de Assumpt.): Devotum tibi esse, oh beata Virgo, est arma quaedam habere, quae Deus iis dat quos vult salvos fieri.

Estaba el sepulcro de la santísima Virgen en el lugar de Getsemaní y en el valle de Josafat, siendo el más respetable y más digno de honor que había en el mundo, después del sepulcro de Cristo. Pero en tiempo de los emperadores Tito y Vespasiano arruinaron de tal modo aquel santo lugar las tropas que se apoderaron de Jerusalén, que después no les fue posible a los fieles reconocer el sitio donde había estado. Esta es la razón por que san Jerónimo no hace mención alguna del sepulcro de la santísima Virgen, haciéndola de los sepulcros de varios patriarcas y profetas que fueron visitados por santa Paula y santa Eustoquia. Descubrióse después, andando el tiempo, no queriendo el Señor que aquel venerable sitio, santificado con tan sagrado depósito, estuviese por más años oculto a la veneración de los fieles. Asegura Burchard, que él mismo le vio, pero tan enterrado en las ruinas de otros edificios, que se bajaban sesenta escalones para llegar a él. Beda escribe que en su tiempo ya se mostraba enteramente descubierto, y al presente se muestra a los peregrinos entallado en una peña.

Siempre fue la fiesta de la Asunción una de las más solemnes de la Iglesia; y por lo que toca a la solemnidad va a la par, por decirlo así, con las fiestas de la Epifanía y de Pascua. Pero en Francia se puede decir que se hizo más célebre que en otras partes desde que Luis XIII, de gloriosa memoria (Bourd.) en el año de 1638, escogió este día para consagrar su persona, su real familia y todo su reino a la santísima Virgen, no ya por un voto secreto formado dentro de su corazón, sino por el más público y el más auténtico que hizo jamás algún monarca cristiano; pues no de otra manera que David le hizo en presencia de su pueblo: In conspectu omnis populi ejus; mandando que se publicase en todos los lugares de sus dominios, interesando en él a todos sus vasallos, y queriendo que fuese de eterna memoria. Este es el origen y el fin de las santas procesiones que este día se hacen en toda la Francia, y son otros tantos públicos testimonios de la protesta que hacen los reyes cristianísimos de que quieren depender de María, reconociéndola por soberana suya mediante este culto público y solemne.

La difamación de Lefebvre contra Pío XI: lo acusó de ocasionar masacre de Cristeros en México

agosto 14, 2018

Gravísimas e infundadas acusaciones de Marcel Lefebvre contra el Papa Pío XI

Se ha dado poca atención a la aversión de Marcel Lefebvre contra los últimos verdaderos papas. Muestras de dicha falta de caridad aparecen en su autobiografía “Las pequeñas historias de mi larga historia”.

Marcel Lefebvre realizó una gravísima acusación, a través de un juicio temerario, fraudulento y abiertamente contrario a la dignidad papal de Pío XI a quien acusa “suavemente” de cometer graves perjuicios contra la Cristiandad, específicamente contra los católicos franceses, contra los cristeros mexicanos y contra clérigos rebeldes como Louis Billot, el mentor Henri Le Floch, maestro de Lefebvre, y contra el hereje anti católico Charles Maurras, dirigente de la desviada Action Française.

 Primera acusación contra Pío XI

En el primer caso, acerca de los cristeros mexicanos; Lefebvre se asocia con la versión anticristiana de la epopeya cristera y acusa muy grave y escandalosamente a Pío XI (bajo una aparente suavidad) de haber entregado las cabezas católicas en bandeja de plata al gobierno anticristiano del hebreo Elías Calles. Lefebvre acusa al Papa:

El pobre Papa Pío XI fue quien ocasionó la masacre de los Cristeros en México, por pedido de los obispos americanos. Los católicos mexicanos se defendían y querían luchar contra el gobierno masónico y anticristiano, anticatólico. Por eso tomaron las armas, como hicieron los Vandeanos durante la Revolución francesa, para salvar la religión, para salvar la Fe católica. El Papa los alentó al comienzo, mas luego el gobierno americano francmasón que sostenía a México —siempre la Francmasonería— insistió a los obispos americanos para que cesara este combate. ¡Oh! ¡Habría un acuerdo con los católicos, no se preocupen! Entonces los obispos presionaron al Papa Pío XI, y EL PAPA PÍO XI ORDENÓ A LOS CRISTEROSQUE DEPUSIERAN LAS ARMASDEPUSIERON LAS ARMAS Y FUERON TODOS MASACRADOS. El gobierno los hizo masacrar en masa. Horrible, absolutamente horrible. FUE VERDADERAMENTE UNA TRAICIÓN PARA ESA POBRE GENTE.

 Los testimonios de primera mano contradicen a Marcel Lefebvre

Miles de cristeros y cientos de clérigos o religiosos fueron asesinados por la traición de algunos “obispos”

Fernando González en su obra “Matar o morir por Cristo Rey” nos revela una carta testamento de Monseñor González y Valencia obispo de Durango escrita a finales de 1938. En ella relata que la comisión del episcopado formada por él mismo, por Monseñor Valverde Obispo de León, por Monseñor Méndez del Río Obispo de Tehuantepec, acudieron ante el Papa Pio XI a preguntarle qué instrucciones debía dárseles a los obispos que estaban en México, y éste les contestó: “No les digan nada, ellos que están cerca del terreno que hagan lo que juzguen conveniente”. El  obispo de Tehuantepec Méndez del Río, le preguntó: “¿Entonces debemos ser imparciales?”.

El Papa dando un puñetazo en su escritorio contestó: “¡Nosotros no debemos ser imparciales, debemos estar siempre del lado de la justicia!. Por supuesto que los cristeros luchaban por una causa que consideraban justa.”

Sigue diciendo la carta de Monseñor González y Valencia que el Cardenal Gasparri, Secretario del Vaticano, siempre reconoció la justicia de la causa y el derecho de hacer uso de la fuerza para sostenerla. Miguel Palomar y Vizcarra en su libro El caso ejemplar mexicano señala que, en enero de 1927 (cinco meses antes de  la traición) el Papa les dijo a un grupo de muchachos mexicanos que se encontraban en Roma:

“…diréis a todos las palabras que habéis oído de nuestros labios; les diréis que nosotros hemos saludado en vosotros a todos los católicos mexicanos, sí, a todo México, a todos los Prelados, a todo el Clero –ese admirable Clero mexicano-, a todos los seglares, pero sobre todo y principalmente, a esa amada y generosa juventud mexicana. Le diréis que nosotros sabemos todo lo que ella hace, que sabemos que combate, y lo bien que combate en esa gran guerra que se puede llamar la batalla de Cristo”.

A pesar del mensaje del papa Pío XI, entre mayo y junio de ese 1927, los obispos cripto hebreos Rafael y Anrtonio Guízar y Valencia, tíos del tristemente Jesús Degiollado Guízar, tristemente célebre sucesor del general Gorostieta y autor material de la traición a los millares de cristeros “admistiados”, así como sospechoso de delatar a Gorostieta. La familia de cotijenses trabajaron al lado de sus hermanos estadounidenses para tender una trampa contra las fuerzas cristeras, la cual se cerró en agosto de ese año con la captura y ejecución de miles de cristeros y la posterior desintegración del ejército cristero, por orden de su “nuevo comandante”.

La versión de los anticristianos también desmiente a Lefebvre

El propio hebreo Jean Meyer reconoce en su versión que el hijo de… padre hebreo… Plutarco Elías Calles y su títere sucesor, Emilio Portes Gil, nunca accedieron a las demandas y garantías exigidas por el Papa Pío XI:

De acuerdo con López Beltrán es en junio de 1929 cuando se elige a los obispos Monseñor Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz, esto por que FUERON LOS ÚNICOS QUE MOSTRARON INTERÉS EN NEGOCIAR CON LOS CALLISTAS (eran incondicionales de Rafael y Antonio Guízar y Valencia). Fueron traídos a México por el embajador norteamericano Dwight Whitney Morrow, a quien se le consideraba cómplice de Calles.

De este supuesto arreglo no se consiguió nada que estuviera dentro de las peticiones del Pío XI, de los cristeros o de la Liga Nacional Defensora de la Libertad, ni siquiera se obtuvo alguna anulación a la leyes que perseguían a la Iglesia. Lo único que obtuvieron fueron algunas palabras de conciliación del presidente así como la promesa de que no aplicaría de forma intransigente las leyes.

  Fueron algunos “prelados mexicanos” así como la infiltración de Jesús Degollado Guízar, y no Pío XI, quienes traicionaron al Movimiento Cristero

El “presbítero” Jacobo Leclerq señalaba contra el movimiento cristero: “entre las condiciones teóricamente exigibles para una rebeldía legítima, hay una que es particularmente delicada: la condición de capacidad o de probabilidades de éxito… si hay casos en que las probabilidades de éxito son nulas, la rebeldía es una locura”

Así se inició un movimiento contrario a la Guerra Cristera ya que el ingenioso pueblo guadalupano amenazaba a la cabeza de la Gárgola, luego de que los católicos mexicanos descubrieron que la mira debería apuntar hacia lo alto de la Bestia.

Al verse descubiertos, los efebos de la Sinagoga se acobardaron y adelantaron un golpe final, a través de un infiltrado lograron el traicionero asesinato del general Enrique Gorostieta, jefe de las fuerzas cristeras.

jesc3bas-degollado-guc3adzar

Degollado Guízar, el iscariote sobrino del caifás Rafael Guízar.

El armisticio fue aprobado por el beneficiario de la muerte de Gorostieta, el iscariote Jesús Degollado Guízar, hijo del nido de serpientes hebreas de Cotija, Michoacán y tío del malogrado y famosísimo sátiro Marcial Maciel Degollado (fundador de los millonarios del anticristo y socio VIP de la Logia Vaticana). Del mismo nido de víboras son sus otros tíos; los modernistas “arzobispos” entreguistas: Antonio y Rafael Guízar y Valencia, enemigos declarados de la Cristiada.

Fue ahí cuando los supervivientes se dieron cuenta cabal de la forma en que fueron traicionados por parte de la “jerarquía episcopal mexicana” y ahí nació la desconfianza de los católicos mexicanos contra la jerarquía hebraizada y simoniaca.

¿Por qué Marcel Lefebvre se aventuraría a redactar en su autobiografía esa gravísima infamia contra el Papa Pío XI…?. Y no es la única, como se apreciará en la continuación de este artículo… 

Confirman la traición a Pío XI y los cristeros mediante la “operación de inteligencia”

agosto 11, 2018
Guízar Ruiz y Díaz

Los obispos que pactaron la RENDICIÓN: el hebreo “san” Rafael Guízar Valencia, y sus lacayos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz Berreto. 

Foro Católico: Es poco conocido que el pacto para entregar al Ejército Cristero en manos del gobierno anticristiano en 1929 fue realizado por el cripto hebreo Rafael Guízar y Valencia, y que su propio sobrino, el iscariote que entregó al general Enrique Gorostieta, Jesús Degollado Guízar, el jefe sucesor que licenció a los cristeros para que, desarmados, fueran capturados y ejecutados por los federales.

A estos hechos, el investigador europeo Andrés Beltramo los nombra “operación inteligencia”, la cual fue orquestada desde el Vaticano por el masón cardenal Gasparri, mediante las negociaciones secretas del masón embajador yanqui en México Dwight Morrow, enlace con el cotijeño Guízar y Valencia.

El masón Pietro Gasparri traicionó a Pío XI en más e una forma… 

Cristeros

Cristeros masacrados

Al descubierto la “operación de inteligencia”

(Transcrito de Vatican Insider/Andrés Beltramo)

La Guerra Cristera laceró a México. Una insurrección católica (1926-1929) que enfrentó la persecución legal y política contra la fe y contra la Iglesia. Recientes estudios sacaron a la luz detalles hasta ahora desconocidos sobre ese conflicto interno. Documentos de los Archivos Vaticanos pusieron al descubierto una “operación de inteligencia” para convencer a Pío XI de avalar la suspensión del culto, la antesala del alzamiento de los cristeros. Y el rocambolesco error que permitió los inequitativos acuerdos con los cuales se puso fin a la Cristiada.

Muchos detalles de este atormentado periodo en la historia mexicana eran desconocidos hasta hace muy poco. Apenas en 2006 el Vaticano abrió sus Archivos Secretos correspondientes al papado de Pío XI (1922-1939). Sólo entonces pudieron descartarse o confirmarse numerosas hipótesis. Paolo Valvo, investigador italiano de la Università Cattolica del Sacro Cuore, se sumergió en esos documentos y pudo reconstruir parte de la historia. Tras una minuciosa lectura se dio cuenta que el Papa fue engañado en dos momentos cruciales de la guerra: el estallido y la conclusión. “Primero Pío XI aprobó tácitamente la determinación del episcopado mexicano, en julio de 1926, de suspender el culto público en todo el país. Fue una decisión fundamental que dio una aceleración al conflicto, seguida unas semanas después, en agosto, de los primeros levantamientos armados de los cristeros”, precisó Valvo, en entrevista con el Vatican Insider.

Sobre este particular, hasta ahora se sabía que los obispos mexicanos habían enviado un telegrama a la Santa Sede pidiendo al Papa la autorización para suspender el culto, asegurándole que la mayoría de ellos estaban de acuerdo con esa medida. El pontífice contestó autorizando a los obispos hacer lo más oportuno para salvaguardar la unidad del pueblo frente a un gobierno anticlerical como el del presidente Plutarco Elías Calles.

El Papa Pío XI fue víctima de la “operación inteligencia”

En los archivos vaticanos se descubrió que las premisas de este intercambio de telegramas estuvieron afectadas por algunos errores. El más grave es que no era verdadero que la mayoría de los obispos estaba a favor de la suspensión del culto. Hubo sí una minoría de obispos intransigentes, muy combativos, que lograron imponer su voluntad sobre la mayoría que era más bien moderada, pero dejó espacio a los intransigentes. Por eso la información dada a Pío XI y por la cual él tomó su decisión era falsa”, explicó el estudioso. Incluso fue más allá y se dijo convencido que el Papa fue víctima de una “operación de inteligencia” que contó con la contribución de algunos personajes en Roma y el Vaticano.

El segundo engaño tuvo lugar en 1929 y fue producto de un increíble error involuntario (…). En junio de ese año, los obispos mexicanos Pascual Díaz y Leopoldo Ruíz y Flores llevaron adelante negociaciones con el presidente Emilio Portés Gil para acabar con una situación ya insostenible. Luego de tres años sin misas y con las iglesias cerradas, la Santa Sede estaba ansiosa por encontrar una vía de salida.

Así, tras alcanzar un acuerdo, los clérigos enviaron un telegrama a Roma en el cual se presentaba el resultado de la negociación y se pedía una aprobación. Cinco días después, el secretario de Estado del Vaticano de entonces, Pietro Gasparri, respondió con una serie de puntos críticos hacia el contenido de los arreglos.

El primer punto decía telegráfico: “Su Santidad deseosísima llegar acuerdo pacífico y justo”. Pero la diplomacia chilena, involucrada como correo, tradujo mal esa línea del italiano al español. ¿El resultado?: “Su Santidad deseosísima llegar acuerdo pacífico y laico”. Los obispos mexicanos, desconcertados, replicaron en otro mensaje: “Explique significado última palabra punto primero”. El secretario de Estado Vaticano respondió: “Última palabra del punto primero significa con justicia”.

Así, el arzobispo Ruíz y Flores, que era también delegado apostólico, le dijo al embajador estadounidense en México, Dwight Morrow, que –a su entender- aquello de “pacífico y laico” significaba que los acuerdos deberían ser conformes con la legislación mexicana. “Esto permitió llegar a ese acuerdo desventajoso sobre unas bases que seguramente Pío XI no tuvo en cuenta. Esto no se sabrá exactamente porque el Papa nunca se pronunció en 1929 sobre los arreglos, negociados sobre unas bases que quizás él no había aprobado”, añadió Valvo.

Finalmente, el 29 de septiembre de 1932, el Papa dedicó una encíclica (“Acerba Animi”) a los acontecimientos mexicanos. Fue una de tres cartas que escribió sobre el tema en esos años. En ella denunció la actitud persecutoria y anticlerical del gobierno, además de atacarlo por no cumplir los acuerdos de 1929. En ese mismo texto explicó a las razones por las cuales la Santa Sede había aceptado los arreglos. Arreglos que no habían arreglado casi nada y hacia los cuales se elevaban muchas críticas en diversos sectores mexicanos, los cuales no entendían por qué se habían aceptado sus condiciones.

Valvo estableció que las dificultades de aquellos años quedaron relativamente superadas durante la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940), cuando se alcanzó un “modus vivendi” por el cual ya no se aplicaron las leyes anticlericales.

El punto más alto de aquel mejoramiento en las relaciones institucionales se plasmó en el apoyo público que brindaron los arzobispos de Guadalajara y México, Luis Garibi Rivera y Luis María Martínez y Rodríguez respectivamente, a la expropiación petrolera determinada por el presidente.

“Esta decisión fue resultado de un camino de años en el cual estaba claro que la situación para la Iglesia estaba mejorando. También en el Vaticano había la misma percepción, en algunos documentos de la Secretaría de Estado se reflexionaba mucho sobre el presidente Cárdenas y se decía que si bien era anticlerical la situación en el país parece acercarse a un entendimiento recíproco entre la Iglesia y el Estado”, indicó el estudioso.

Y añadió: “Por eso la Iglesia y la Santa Sede eran favorables a un entendimiento, mientras a Cárdenas las circunstancias históricas le permitieron comprender que no era provechoso para él, para su gobierno y para la estabilidad del país seguir con ese régimen de persecución abierta”.

Los secuaces de Gasparri

La “operación inteligencia” habría sido operada por Pietro Gasparri en el Vaticano, con el enlace del embajador yanqui Dwigth Morrow,  el hebreo Elías Calles, el obispo hebreo “san” Rafael Guízar y Valencia (quien siempre se opuso a la Cristiada), y su sobrino Jesús Degollado Guízar, quien actuó como el iscariote del general Enrique Gorostieta. Los obispones Ruiz y Barreto fueron los mensajeros. 

Pedro Arrupe, de preparar el ataque nuclear en Hiroshima a destructor de los jesuitas

agosto 9, 2018

Foro Católico: Pedro Arrupe recibió la Compañía de Jesús en mayo de 1965; contaba 36.038 sujetos En 1981,  eran 26.622. Diferencia negativa: -9.406, que representa un promedio anual de -588. Y es de notar que ya el primer año dio un ba­lance de -109, que se debió a las salidas de la Compañía, Se han publicado ya en varias revistas los números de salidos, ex­claustrados y reducidos al estado laical. 

Además, al entrar Estados Unidos a la II Guerra Mundial, Arrupe pidió ser enviado a Hiroshima, donde fue detenido y acusado de espionaje.  Aunque las autoridades japonesas estaban advertidos de que algo se preparaba en Hiroshima, Arrupe fue iberado por falta de evidencias, luego presenció a unos cuantos kilómetros (a salvaguarda), uno de los actos más abominables de la historia: la detonación de Little Boy y con ello la desaparición instantánea de la misión católica más importante de oriente, cuyo valor militar y estratégico era nulo. 

Arrupe narra la “tragedia” como si fuese un hecho inconexo, y nunca llama la atención de que fue elegida una ciudad sin importancia militar, cuya única particularidad era ser la ciudad más católica del lejano oriente.

(Con extractos de thediplomatinspain.com y PD)

Pedro Arrupe, superior general que guió los pasos de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1983, durante el Concilio y el postconcilio. Marcó unos derroteros, hoy ya imborrables, para la Compañía de Jesús, que no dejarían de influir también en otros sectores de la sociedad humana”. 

Nace el 14 de noviembre de 1907 en Bilbao , en la calle de “La pelota”. Sus padres, Marcelino Arrupe (arquitecto) y Dolores Gondra, eran ambos naturales de Munguía, localidad vizcaína cercana a Bilbao. 

El primero de octubre de 1914 ingresa en el colegio de los Escolapios de Bilbao, en donde cursará el Bachillerato hasta 1922.

El 29 de marzo de 1918 ingresa en la Congregación Mariana de S. Estanislao de Kostka, “los Kostkas”, dirigida por el P. Basterra, el primer jesuita que conoció Arrupe. Pedro Arrupe llegó a ser vicepresidente de los “kostkas”.

En 1923 comienza el primer curso de Medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid. Las notas de su carrera son extraordinarias: en casi todas las asignaturas, sobresaliente y matrícula de honor. Severo Ochoa, que llegaría a ser premio Nobel y que entonces era condiscípulo de Arrupe, confesaría más tarde: “Pedro me quitó aquel año el premio extraordinario”.

El 25 de enero de 1927 ingresa en la Compañía de Jesús, en el noviciado de Loyola. El doctor Negrín, uno de sus profesores, hizo lo posible por no perder a un alumno tan brillante. Más tarde, iría a Loyola a visitar a Pedro: “A pesar de todo, me caes muy simpático”. Y allí se dieron un abrazo el futuro presidente del gobierno de la República y el futuro general de la Compañía.

Poco después de haber comenzado sus estudios de Filosofía en el monasterio de Oña (Burgos), llega el decreto de disolución de la Compañía en España (1932). Arrupe parte al destierro con sus compañeros y profesores. Continuarán sus estudios en Marneffe (Bélgica). Para cursar Teología le envían a Valkenburg (Holanda). En la vecina Alemania surgía ya la fatídica sombra de Hitler y el nazismo. “Para mí -diría más tarde- el encuentro con la mentalidad nazi fue un tremendo shock cultural”.

Juan Negrín, jefe e las brigadas internacionales comunistas, fue en busca de su camarada Arrupe.

El 30 de julio de1936 recibe la ordenación sacerdotal en Marneffe. En septiembre se traslada a los Estados Unidos para realizar estudios de moral médica.

El 6 de junio de 1938 recibe una carta del Padre General destinándole a la misión de Japón, misión que había solicitado ya muchas veces a sus superiores.
El 30 de septiembre embarca en Seatle rumbo a Yokohama.

Después de varios meses de aprendizaje de la lengua y costumbres japonesas, en junio 1940 es destinado a la parroquia de Yamaguchi, tan llena de recuerdos de San Francisco Javier.

Arrupe, el que fuera máximo responsable de los jesuitas entre 1965 y 1983, fue testigo –quizás el único español- de aquella catástrofe con la que se puso fin a la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico.

Llegó a este país asiático en 1938 y de inmediato se puso a aprender la lengua y costumbres japonesas. El 8 de diciembre de 1941, unas horas después de la entrada de Japón en la contienda, fue arrestado y encarcelado por las autoridades locales bajo la acusación de ser espía. Fue liberado al cabo de unas semanas y al poco tiempo, nombrado maestro de novicios en Nagatsuka, una pequeña localidad situada a siete kilómetros de lo que luego sería el epicentro de la explosión nuclear en el centro de Hiroshima.

Arrupe plasmó en un libro –‘Yo viví la bomba atómica’– sus vivencias del día de la tragedia y los meses posteriores. El 6 de agosto de 1945 se encontraba en una casa con 35 jóvenes y varios padres jesuitas, cuando a las 08:15 horas vio “una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos”.

Al abrir la puerta del aposento, que daba hacia Hiroshima, “oímos una explosión formidable, parecido al mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles…, que hechos añicos iban cayendo sobre nuestras cabezas”. Fueron tres o cuatro segundos “que parecieron mortales”, aunque todos los allí presentes salvaron sus vidas. Sin embargo, no había rastro de que hubiera caído una bomba por allí.

arrupe_praying-2

Arrupe practicando la meditación Zen.

“Estábamos recorriendo los campos de arroz que circundaban nuestra casa para encontrar el sitio de la bomba, cuando, pasado un cuarto de hora, vimos que por la parte de la ciudad se levantaba una densa humareda, entre la que se distinguían, claramente, grandes llamas. Subimos a una colina para ver mejor, y desde allí pudimos distinguir en donde había estado la ciudad, porque lo que teníamos delante era una Hiroshima completamente arrasada”, relata Arrupe.

Ante ellos se extendía “un enorme lago de fuego” que con el paso de los minutos dejó a Hiroshima “reducida a escombros”. Los que huían de la ciudad lo hacían “a duras penas, sin correr, como hubieran querido, para escapar de aquel infierno cuanto antes, porque no podían hacerlo a causa de las espantosas heridas que sufrían”.

Arrupe, que había estudiado medicina, y el resto de los jesuitas improvisaron un hospital en la casa del noviciado. Allí lograron acomodar a más de 150 heridos, de los cuales lograron salvar a casi todos, aunque la gran mayoría de ellos sufrieron los devastadores efectos de la radiación atómica en el ser humano. Más de 70.000 personas murieron el día de la bomba en Hiroshima y otras 200.000 quedaron heridas. A finales de 1945, la cifra de muertos había ascendido a 166.000 personas.

Montini y Arrupe, los cómplices que orquestaron el Hiroshima de la Compañía de Jesús.

Es nombrado superior de todos los jesuitas de Japón, con el cargo de Viceprovincial el 24 de marzo 1954 . Da la vuelta al mundo pronunciando conferencias y es elegido general de la Compañía de Jesús el 22 de mayo de 1965. Supo afrontar los tiempos azarosos y renovadores en los que entraba la sociedad humana y, muy especialmente, la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Lleno de valor, de visión del presente y del futuro y, sobre todo, de una inquebrantable fe en Dios, tuvo que sufrir incomprensiones y contradicciones de todas partes, incluso, a veces, de las más altas instancias de la Iglesia. Pero marcó unos derroteros, hoy ya imborrables, para la Compañía de Jesús, que no dejarían de influir también en otros sectores de la sociedad humana.

El 2 de diciembre 1974 convoca la Congregación General 32. Supondrá un hito fundamental en la historia de los jesuitas, sobre todo por la proclamación de que nuestra fe en Dios ha de ir insoslayablemente unida a nuestra lucha infatigable para abolir todas las injusticias que pesan sobre la humanidad.

El 7 de agosto de 1981, de vuelta de Oriente, a donde había ido a visitar a los jesuitas de aquella parte del mundo, ya en Roma, en el taxi que le conducía del aeropuerto a la ciudad, sufre una trombosis cerebral que le deja incapacitado del lado derecho. Al día siguiente, le administran el sacramento de los enfermos.

El 26 de agosto el Papa nombra un delegado personal para atender al gobierno de la Compañía en la persona del jesuita P. Dezza. Se interrumpe así el proceso normal de nombrar un sucesor por medio de una Congregación General. El P. Arrupe y, con él, toda la Compañía reaccionaron con dolor pero con obediencia total a las decisiones del Romano Pontífice.

El 3 de septiembre1983, reunida por fin la Congregación General, el P. Arrupe presenta su renuncia al cargo ante todos los Padres congregados. Pocos días después, el P. Peter-Hans Kolvenbach es elegido General de la Compañía. Su primer gesto fue abrazar al P. Arrupe mientras le decía: “Ya no le llamaré a usted Padre General, pero le seguiré llamando padre”.

Wojtyla visita a Arrupe poco antes de su muerte.

¿Por qué eligieron a Hiroshima y Nagasaki?, ¡porque eran las mayores ciudades católicas de Japón!

agosto 6, 2018

Sin embargo, pese a todas estas atrocidades, no hubo ningún Nüremberg para los verdaderos genocidas de la humanidad. Ni para el rey lacayo de los sionistas, ni para la Masonería de Inglaterra, ni para Churchill y menos para Harry Salomón Truman, encargado éste del mayor genocidio a las dos únicas ciudades católicas del Japón: Hiroshima y Nagasaki

Albert Einstein con los líderes zionistas Ben-Zion Mosessohn, Chaim Weizmann y Menachem Ussishkin, a su llegada a Nueva York en 1921.(Library of Congress, Bain Collection)

EL CRIMINAL HEBREO ALBERT EINSTEIN SIEMPRE PROMOVIÓ EL GENOCIDIO

Siempre ha tratado de presentarse la imagen del científico Alberto Einstein como modelo de “genialidad” y como símbolo del progreso de la civilización. La realidad sobre este siniestro personaje estuvo muy lejos de esta visión idílica creada por la propaganda. En términos de su vida particular, fue sencillamente un ser despreciable: dio a su hija en adopción, se deshizo de su hijo Eduard, que era enfermo mental, en un psiquiátrico de Suiza, maltrató a sus otros hijos y abandonó a su familia. Sus famosas “teorías” surgieron de robos sobre proyectos ajenos, y éste es un tema sobre el que nos extenderemos próximamente.

Pero vayamos al centro de la nota que nos ocupa: en vehementes cartas dirigidas al presidente Roosevelt, una fechada el 2 de agosto de 1939 y otra del 7 de marzo de 1940, Einstein solicitaba lisa y llanamente el uso de la bomba atómica por parte de Estados Unidos. Su odio hacia Alemania y los países del Eje era inmenso, era un autodeclarado sionista fanático, y cuando en el año 1921 asistió a la convención sionista de Nueva York, proclamó ante cien mil correligionarios lo siguiente: “Mein Führer ist Cain Weizmann. Folge ihn habe gesprochen” (“Mi guía es Cain Weizmann. Síganlo. He dicho”). El mismo Einstein se encargó de aclarar siempre que su nacimiento en Alemania (que él aborrecía con todas sus fuerzas) era anecdótico, veamos sino esta descarnada declaración suya: “no he pertenecido nunca a mi país (Alemania), ni a mi propia casa, ni a mis amigos, ni a mi familia, sino tan solo a la causa sionista”. Todo ello lo demostraría, además, no sólo por su mencionada actitud familiar, sino también por sus cuatro cambios de nacionalidades, según las conveniencias del momento.

El genocida hebreo Harry Salomon Truman

El genocida hebreo Harry Salomon Truman

“El proyecto Manhattan sería el encargado a principios de los años 40 de llevar a cabo la construcción de las primeras bombas atómicas durante la Segunda Guerra Mundial, bajo el mandato del presidente Roosevelt en Estados Unidos.”

“Hoppenheimer y Ferni serían dos de las figuras de primerísima fila en el proyecto. Todos sabemos lo que ocurrió después. Hiroshima y Nagasaki eran virtualmente destruídas y con esa destrucción quedaba inaugurada la era atómica del siglo XX.”

“Pero no todo fue fácil hasta llegar a aquel instante. Momentos hubo de indecisión, parálisis o pérdidas de tiempo. Y fue en ellos precisamente donde la figura de Albert Einstein jugaría un papel definitivo. Viendo que los progresos sobre la construcción de la bomba iban lentos, los científicos Wigner, Szlidard y Teller, los tres al servicio del poder americano, pidieron a Einstein, que ya gozaba por aquellos años de un manifiesto prestigio internacional, que éste escribiera al presidente Roosevelt instándole a apoyar sin paliativos las investigaciones para el desarrollo de la bomba dotando de los medios necesarios.”

“El texto de la carta que Einstein escribiera y que le fuera entregada en mano a Roosevelt el 11 de octubre de 1939 decía: “…en el curso de los últimos cuatro meses se ha hecho patente mediante el trabajo de Joliot en Francia, así como de Ferni y Szilard en América, que pueden establecerse reacciones en cadena en una gran masa de uranio, de forma que podrían generarse vastas cantidades de energía… Este nuevo fenómeno podría conducir también a la construcción de bombas extremadamente poderosas de una nueva clase. Un solo artefacto de este tipo, que hiciese explosión en un puerto, podría destruírlo completamente…””

“Como todos sabemos, la guerra en Europa terminó antes de que las bombas estuvieran listas, pero quedaron preparadas para ser lanzadas contra el Japón. Sus efectos devastadores fueron de todos conocidos. Y de tales efectos, se sabe que Einstein se llegó a sentir responsable directo”.

Biffi

“Podemos bien suponer que las bombas atómicas no hayan sido tiradas al azar. La pregunta es por lo tanto inevitable: cómo así se escogió para la segunda hecatombe, entre todas, precisamente la ciudad de Japón donde el catolicismo, aparte de tener la historia más gloriosa, estaba más difundido y afirmado?”

Giacomo Biffi, “Memorie e digressioni di un italiano cardinale
[Memorias y digresiones de un italiano cardenal]”,
Cantagalli, Siena, 2007, pp. 640

Entre Vaticueva y Felipe VI expulsarán a José Antonio y Franco del Valle de los Caídos

agosto 4, 2018

Pedro SánchezPedro Sánchez, considera el altar como un monumento nacional.

(Transcrito de RD/Ep)

El Gobierno tiene prácticamente ultimada la fórmula jurídica para aprobar la exhumación del cuerpo del dictador Francisco Franco de la basílica del Valle de los Caídos, según fuentes gubernamentales consultadas por Europa Press.

Todo apunta a que finalmente el Ejecutivo optará por aprobar un real decreto-ley, aunque las fuentes no han precisado cuándo recibirá el visto bueno del Consejo de Ministros.

El objetivo del Gobierno es aprobar una norma que cubra todos los posibles supuestos, teniendo en cuenta que tanto la familia del dictador como la Fundación Francisco Franco han advertido de que están dispuestos a recurrir a los tribunales.

De hecho, el presidente de la fundación, Juan Chicharro, aseguró a Europa Press que un decreto-ley “supondría la quiebra del Estado de Derecho” por contravenir el artículo 86 de la Constitución, que establece qué asuntos pueden regularse por real decreto ley.

Esta fundación considera que no hay “posibilidad alguna de exhumación de Franco sin conculcar el régimen legal actual”, por una parte porque “no se puede exhumar nunca un cuerpo sin permiso de la familia y no lo tienen” y por otro porque donde está enterrado Franco, en la basílica, “solo rige el derecho canónico así reconocido por los Tratados Iglesia Estado de 1979″.

Sin embargo, el Ejecutivo está diseñando una fórmula que cubra todos los supuestos porque está determinado a llevar a cabo algo que es una decisión política y, además, un mandato del Congreso de los Diputados. Hace un año, la Cámara aprobó una proposición no de ley (PNL) presentada por el PSOE sobre la memoria histórica que incluía dar prioridad a sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha puesto la exhumación de Franco en la primera línea de y, de hecho, fue el primer asunto al que se refirió en su comparecencia en el Congreso para exponer sus planes de Gobierno. “Ninguna democracia puede permitirse monumentos que ensalcen una dictadura”, afirmó Sánchez.

“La decisión política de este Gobierno es firme”, decía, el pasado 17 de julio, asegurando que se materializaría “en muy breve espacio de tiempo”, tan pronto como estuviera listo el “instrumento” jurídico.

 

A %d blogueros les gusta esto: