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Agosto 20. Festividad de San Bernardo de Claraval, patrono de la defensa del Papado

agosto 20, 2017
San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval fue la luz del cristianismo en el siglo XII

Insigne representante de una noble familia de santos, pocos cristianos han tenido tan grande repercusión en la Iglesia, en la santa devoción mariana, en la reforma moral de las órdenes monásticas, el fervor de los pueblos, en la defensa del Papado y en la política de todo el orbe cristiano. Fue un gran intercesor de portentosos milagros, habilísimo apologista enemigo de los herejes, gran organizador y general que expandió por occidente los benedictinos blancos, la regla cisterciense. Fue el gran predicador de la Santa Cruzada, el autor del amoroso título mariano Notre Dame, fundador de las órdenes de caballería cristiana.

Pero hoy en día, a pocos santos se les ha tratado de ignorar y ocultar tanto como al humilde San Bernardo; la razón, su valiente y exitosa defensa del Papado en contra de la Sinagoga de Satanás, contra la infiltración de los hebreos en la Santa Iglesia.

En ciertas épocas la Providencia hace surgir hombres providenciales que marcan todo su siglo, como San Bernardo, el Doctor Melifluo, cantor de la Virgen, gran predicador de cruzadas, extirpador de cismas y herejías, pacificador eximio y uno de los mayores místicos de la Iglesia.

En una familia privilegiada, de gran fortuna y poder, nació Bernardo en 1090. Su mayor riqueza, sin embargo, era una arraigada fe católica. Su padre, el venerable Tecelín Barba Morena, gran señor y caballero, era bueno y piadoso, y su madre, la beata Alicia, hija del Conde de Montbar, sería venerada como bienaventurada por la Iglesia en Francia. Cuando nació Bernardo, el tercero de siete hijos, además de ofrecerlo a Dios, como hizo con toda su prole, ella lo consagró al servicio de la Iglesia.

Casa natal de la familia que alcanzó a Cristo

Además de buena apariencia física, tenía Bernardo una inteligencia viva y penetrante, elegancia en su dicción, suavidad de carácter, rectitud natural de alma, bondad de corazón, una conversación atrayente y llena de encanto. Una modestia y una propensión al recogimiento lo hacían parecer tímido.

Radicalidad en la práctica de la pureza

Con tantas cualidades naturales y una posición social envidiable, al crecer podría fácilmente ser desviado hacia el mundanismo. Pero Bernardo probó que la alta condición social, si es vivida con Fe, puede ayudar a la práctica de la virtud.

A los 19 años era alto, bien proporcionado, con profundos ojos azules que iluminaban un rostro varonil, encuadrado por una rubia cabellera. Su porte era al mismo tiempo noble y modesto.

Un día, en una recepción social, la figura de una joven lo atrajo y lo perturbó. Inmediatamente, para apartar aquella visión que fue casi obsesiva, se lanzó en un estanque de agua fría y allí permaneció hasta que lo sacaron. Hizo entonces el propósito de consagrarse totalmente a Dios.

Entrada a la Abadía de Cister

En el año 1098 San Roberto, San Alberico y San Esteban Harding fundaron, en un valle llamado Cister, una rama reformada de la famosa abadía benedictina de Cluny, ya entonces en decadencia. La severidad de su regla fue apartando a los candidatos, mientras que los primeros monjes iban muriendo. San Esteban Harding, sucesor de San Alberico, dudaba si debería modificar la estricta observancia de la abadía cuando un día treinta nobles caballeros aparecieron y pidieron entrar en la Orden. Eran Bernardo con sus hermanos, un tío y sus nobles compañeros de caballería, la flor del ducado de Borgoña.

Beata Humbelina de Fontaines, hermana de San Bernardo

Era tan intenso el don de persuasión que poseía ese hombre lleno de amor de Dios que, al predicar, las mujeres ocultaban a sus maridos y las madres escondían a sus hijos, por miedo que lo siguiesen tal y como fue con su hermano mayor Guy, quien se alejó de su esposa Isabel de Forez y su hija pequeña para “alcanzar a Cristo”. Igualmente sucedió a su hermana Humbelina de Fontaines, quien luego de su matrimonio con Guy de Marcy, obtuvo de éste el amoroso sacrificio y le permitió convertirse en monja, al lado de su cuñada Isabel. Al final todos ellos alcanzaron a Cristo y con sus hermanos Gerardo, Bartolomé, Andrés y Nivardo, todos fueron beatificados.

Comunicación continua con Dios

Bernardo se entregó a la práctica de la regla como monje consumado. Puesto que en los caminos de la virtud hay varias vías para alcanzar la santidad, Bernardo se empeñó con total radicalidad en aquella para la cual se sentía llamado por Dios.

Dominó de tal manera sus sentidos, que comía sin sentir el sabor, oía sin oír. Dominó el paladar a tal punto, que una vez bebió sin percibir un vaso de aceite en vez de agua. Formó para sí un claustro interior en el cual vivía tan recogido que, después de dos años, no sabía si el techo de la abadía era abovedado o liso, y si había ventanas en la capilla. Su comunicación con Dios era continua, de forma tal que mientras trabajaba no perdía su recogimiento interior.

Fundador de Claraval, atrae las almas a Dios

Dos años después de su entrada en el Cister, es enviado por San Esteban como superior de un grupo de monjes para fundar la abadía de Claraval. Bernardo tenía apenas 25 años.

La nueva abadía quedaba en un lugar inculto y agreste. De ahí el nombre de Valle del ajenjo. No obstante San Bernardo lo transformó en Valle Claro o Claraval, difundiendo su fama por toda Europa. En aquella época la fama de los hombres corría por su santidad y heroísmo, no por su vileza y corrupción.

Bernardo había alcanzado un grado supremo de amor a Dios y de unión con la voluntad divina, pero le faltaba aún comprender la debilidad de sus subordinados. Tenía escrúpulos de dirigirlos por la palabra, creyendo que Dios les hablaría en lo profundo del alma mucho mejor que él. Estaba con esa tentación, cuando un día se le apareció un niño envuelto en una luz divina. Con gran autoridad, le ordenó que dijera todo cuanto le viniese al pensamiento, porque sería el propio Espíritu Santo que hablaría por su boca. Al mismo tiempo, Bernardo recibió la gracia especial de comprender las debilidades de los otros y de acomodarse al espíritu de cada uno, para ayudarlos y vencer sus miserias.

Imán de vocaciones

El modo como Bernardo atraía vocaciones para Claraval era milagroso; por ejemplo, cuando todo un grupo de nobles –que por curiosidad quisieron conocerlo– entraron de novicios. Actuaba como si fuese un poderoso imán para atraer almas a Dios.

Enrique de Francia, hermano del Rey Luis VII, fue a Claraval a tratar de un asunto importante con San Bernardo. Cuando iba a salir, pidió ver a todos los monjes, a fin de recomendarse a sus oraciones. Bernardo le dijo que muy pronto experimentaría la eficacia de esas oraciones. El mismo día Enrique se sintió tocado por la gracia al punto que, olvidando que era sucesor al Trono, quiso quedarse en Claraval. Con el tiempo fue Obispo de Beauvais y después Arzobispo de Reims.

Claraval creció tanto que, habitualmente, allí había de 600 a 700 monjes. Pese a ello, cada uno mantenía su aislamiento interior y silencio, como si estuviesen solos. Jamás un monje estaba inactivo, todos tenían un trabajo manual que hacer, cuando no se dedicaban a la oración en el coro o en sus celdas.

Con el tiempo y con el número crecientede vocaciones, Bernardo pudo fundar 160 casas de su Orden, no sólo en Francia sino también en otros países de Europa.

Extirpador de cismas

La misión pública de San Bernardo casi no tuvo similar en la Historia. Fue, por ejemplo, llamado a combatir el cisma del antipapa Anacleto II. Recorrió toda Europa, conquistando rey y reinos para la causa justa. Fue el alma de los Concilios de Letrán, de Troyes y de Reims, convocados por el Papa para tratar asuntos de la Iglesia.

La prédica de San Bernardo era en general acompañada por un gran número de milagros. Liberaba a posesos del demonio, restituía la vista a ciegos, los paralíticos caminaban, los mudos hablaban, los sordos oían.

Prácticamente no podía transitar sin ser seguido por una multitud de enfermos y de sanos que lo querían tocar. Para protegerse, se veía obligado a hablar a la multitud desde una ventana.
Por todos lados el santo era llamado “el padre de los fieles, Columna de la Iglesia, apoyo de la Santa Sede y Ángel tutelar del pueblo de Dios”.

Aniquilador de herejías y predicador de la II Cruzada

Bernardo fue el protector de la Fe contra las herejías de Pedro Abelardo y Arnaldo de Brescia, que querían renovar los antiguos errores de Arrio, Nestorio y Pelagio. Combatió también los errores de Gilberto de la Porée, Obispo de Poitiers.

Pero la principal herejía que el santo combatió fue la de un monje apóstata llamado Enrique, que en el Languedoc llevaba a cabo una guerra cruel contra la Iglesia, atacando los Sacramentos y los sacerdotes fieles.

El santo abad fue también llamado a predicar la II Cruzada, lo que hizo con la fuerza de su elocuencia y el poder de los milagros. Cuenta su secretario que en Alemania curó, en un solo día, nueve ciegos, diez sordos o mudos, diez paralíticos. En Mayence, la multitud que lo rodeó fue tan grande, que el Rey Conrado debió tomarlo en sus brazos para sacarlo de la iglesia.

La defensa de la Iglesia y el Papado contra la infiltración judía

Inocencio II y Rogerio de Sicilia

El Abad de Claraval se esforzó asimismo en la reforma de la Iglesia por medio de su acción e influencia, pero uno de los aspectos que más llama la atención en este sentido es la misión y el combate en 1130-1138, en pro de su unidad, frente al “Cisma de Anacleto”.

A la muerte de HONORIO II en 1130, se produjo una doble elección para sucederle: GREGORIO PAPARESCHI, quien tomó el nombre de INOCENCIO, y PEDRO DE LEONE, de una rica familia de origen judío, que pasó a llamarse ANACLETO II. Con la división del Colegio Cardenalicio se produjo también la del pueblo romano, siempre muy inmiscuido (por el intervencionismo de sus familias principales) en las elecciones y la política pontificia.

A San Bernardo no le importó que el hebreo Pierleoni (Anacleto II) hubiese sido electo por la mayoría de los cardenales, ni que el usurpador estuviese sentado en la Sede Romana; tampoco le importó que el asustado Inocencio II se desterrara y escondiera en Francia.

Para resolver el problema, el rey LUIS VI de Francia, “el Gordo”, llevo a cabo una reunión de un concilio en Étampes, donde la figura clave fue SAN BERNARDO, quien se decantó por los derechos del primero. A PARTIR DE AHÍ, se empeñó en obtener para él los apoyos del propio monarca francés, de ENRIQUE I de Inglaterra y del emperador LOTARIO, realizando numerosos viajes por Francia, Alemania e Italia, donde estuvo tres veces y consiguió que Pisa y Génova en 1133, y Milán en 1135, se adhiriesen igualmente.

El Doctor MELIFLUO en 1137 trató de ganarse además a ROGERIO II de Sicilia, hacia quien antes había tenido muchas reticencias por su enfrentamiento con varias ciudades italianas y con el emperador y el papa. Su labor en este tiempo consistió, por lo tanto, en viajes, entrevistas, predicaciones y cartas a diversos personalidades de la Iglesia y de la política, todo culminó con éxito, pues la muerte de VÍCTOR IV en 1138, elegido sucesor del recién fallido ANACLETO II, cerró definitivamente el asunto. 

San Bernardo de Claraval, defensor del Papado, rogad por nosotros

Unidad en la Verdad

Agosto 15: Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María

agosto 15, 2017
San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

San Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo.

(Transcrito de AÑo Cristiano/ Juan de Coisset)

Ya en fin llegó, carísimos hermanos míos, dice san Agustín, este día tan venerable para nosotros; este día que excede todas cuantas festividades solemnizamos en honor de los santos; este día tan célebre; este clarísimo día en que creemos que la Virgen María pasó desde este mundo a la gloria celestial: Adest nobis, dilectissimi fratres, dies valde venerabilis, dies omnium sanctorum solemnitates praecellens, dies inclyta, dies praenclara, dies in qua é mundo migrasse treditur virgo Maria. Resuenen en toda la tierra las alabanzas, los festivos clamores de alegría en el día glorioso de su triunfante Asunción: Laudes insonet universa térra cum summa exultatione, santae virginis illustrata excessu. Porque sería cosa muy indigna que no celebrásemos con extraordinaria devoción, culto y aparato, la solemne fiesta de aquella por quien merecimos recibir al Autor de la vida: Qua indignum valdé est, id illius recordationis solemnitas si apud nos sine máximo honor e, perquam merunmus Auctorem vitae suscipere. Este es uno de los más célebres días del año, dice san Pedro Damiano, por ser el dia en que la santísima Virgen, digna por su nacimiento del trono real, fue elevada por la santísima Trinidad hasta el trono del mismo Dios, y colocada tan alto junto a la admirable Trinidad, que se arrebata hacia sí los ojos y la admiración de los ángeles: Sublimis illa dies est, in qua Virgo regalis, ad thronum Dei Patris evehitur, et in ipsius Trinitatis sede reposita, naturam angelicam sollicitat ad videndum. A la verdad, el misterio de este día es superior a todas nuestras expresiones; y san Bernardo no halla reparo en decir que la Asunción de María es tan inefable como la generación de Cristo : Christi generationem, et Maríae Assumptionem quis enarrabit? Pasmados de admiración a vista de una gloria que tiene suspensos y como embargados de asombro a los mismos ángeles, nos contentaremos con referir la historia de este admirable misterio.

La opinión más recibida en la Iglesia, fundada en la tradición, es que, después de la Ascensión del Salvador a los cielos y de la venida del Espíritu Santo, vivió la Virgen veintitres años y algunos meses más en este mundo. Aunque era tan abrasado y vivo el deseo que tenia la Señora de seguir al cielo a su querido Hijo, consintió quedarse en la tierra para el consuelo de los fieles, y para atender a las necesidades de la Iglesia recién nacida, conviniendo que su presencia supliese de alguna manera la ausencia corporal de Jesucristo. Lo mucho que podía en el cielo era de gran socorro a los fieles que vivían en la tierra, alcanzando aquellos primeros tiempos de persecución, sosteniéndose su fe con la noticia y con el consuelo de que aun vivía entre ellos la Madre de su Dios. Era la Virgen su oráculo, su apoyo y todo su refugio. Fortalecía su virtud, animaba su celo, enseñaba a los doctores, dice el sabio Idiota, y era como el oráculo de los mismos apóstoles.Doctricem doctorum, magistram apostolorum. Y el abad Ruperto asegura que en cierto modo suplía con sus instrucciones lo que el Espíritu Santo no tuvo por conveniente descubrirles, habiéndoseles comunicado, por decirlo así, con limite y con medida; y los santos padres convienen en que el evangelista san Lucas supo singularmente de boca de la santísima Virgen las particulares circunstancias de la infancia del niño Jesús, que deió especificadas en su evangelio, y que aun por eso se dice en él que María no dejaba perder cosa alguna de las que entonces pasaban, conservándolas en su memoria y meditándolas en su corazón: Maria, conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo.

Durante el espacio de estos veintitrés años, la vida de la santísima Virgen fue un continuo ejercicio del más puro amor y un perfecto modelo de todas las virtudes; una oración no interrumpida, y esta misma oración un éxtasis perpetuo. Visitaba con frecuencia los sagrados lugares que el Salvador había santificado con su presencia, cumpliendo los misterios de nuestra redención. Aunque esta divina Madre vivía en la tierra, su corazón nunca se separaba de su amado Hijo, que habitaba en el cielo. Pasábanse pocos dias sin que Jesucristo se le apareciese, y ninguno en que no conversase familiarmente con los ángeles, singularmente destinados a su servicio; y aunque distante de la celestial Jerusalén, mientras duró su habitación en la tierra, gustaba abundantemente de todas sus delicias.

Hacía casi doce años que residía en Jerusalén la santísima Virgen, cuando los apóstoles y los discípulos se vieron precisados a retirarse de aquella ciudad por ia persecución que los judíos suscitaron contra los fieles. Y si el maravilloso progreso que hacía el Evangelio la colmaba de gozo y de consuelo, se templaba mucho este por el furor con que era perseguida la Iglesia. Cuando la Virgen dejó Jerusalén, se encaminó a Éfeso en compañía de san Juan hacia el año 45 del Señor; pero sosegada.un poco la persecución, se restituyó a aquella ciudad, en la cual permaneció el resto de su vida.

Mientras tanto, habiendo ya llevado los apóstoles la luz de la fe a casi todo el universo, y estando ya la Iglesia sólidamente establecida en todas partes, parecía tiempo que la Virgen dejase ya la estancia de la tierra, que consideraba como lugar de destierro. Suspiraba continuamente por aquel feliz momento, que la había de volver a juntar para siempre con su querido Hijo; cuando un ángel, que se cree fue san Gabriel, le vino a anunciar el día y la hora de su triunfo. Es cierto que, habiendo sido preservada del pecado original por especial privilegio, como lambién de toda otra culpa durante su santísima vida, no estaba sujeta a la muerte, que es pena del primero; mas habiéndose sujetado a ella Jesucristo, no quiso María eximirse de padecerla.

Seis circunstancias, a cual más prodigiosas, observan los santos padres en la Asunción de la santísima Virgen. Primera, su muerte, que muchos de ellos y algunos martirologios llaman sueño: Dormitio. Segunda , la glorificación de su alma en el mismo momento de su separación. Tercera, la sepultura de su santo cuerpo en el lugar de Getsemaní. Cuarta, su gloriosa resurrección tres días después. Quinta, su triunfante Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Sexta, su coronación en la gloria por la santísima Trinidad.

Algunos padres antiguos, y entre ellos san Epifanio, parece ponen en duda si murió la Madre de Dios, o si permaneció inmortal. Autorizaban una duda tan bien fundada, así su inmaculada Concepción, como su divina maternidad; pero la Iglesia en la oración de este día expresa con claridad que verdaderamente murió según la condición de la carne: Quam pro conditione carnis migrasse cognoscimus. San Juan Damasceno dice que no se atreve a llamar muerte a esta separación, sino sueño, a una unión más íntima con su Dios; un tránsito de la vida mortal a la dichosa inmortalidad: Sacram tuam migrationem haud quaquam appellabimus morterri, sed somnum, aut peregrinationem, vel, ut aptiori verbo utar, cum Deo prcesentiam. No separó, dicen los padres, aquella purísima alma de su santo cuerpo, ni la violencia de la enfermedad, ni el desorden de los humores, ni el desfallecimiento de la naturaleza; rompió aquella unión el puro amor divino, y obra suya fue la muerte de la Virgen. Había encendido el Espíritu Santo en su corazón un amor tan abrasado, que fue un continuo milagro, dice san Bernardo, la vida de María; no siendo posible que sin él sufriese el violento ardor de aquel divino fuego. Cesó este milagro con su muerte. No quiso Dios suspender por más tiempo el efecto de aquel sagrado incendio; dejóle obrar con toda su fuerza en aquel corazón sin mancha, santuario del divino amor. No pudo naturalmente resistir por más tiempo a sus esfuerzos, y consumido a violencia de aquellos divinos ardores, terminó sin dolor tan santa vida. O no había de morir la santísima Virgen, dice san Ildefonso, o había de morir de amor.

Hallábase a la sazón en Jerusalén en la casa del cenáculo. Esparcida la voz entre los fieles de que la Madre de Dios estaba para dejarlos, y para ir a ponerse en posesión del glorioso trono que su querido Hijo le tenía preparado en la celestial Jerusalén, no es fácil expresar los contrarios afectos de gozo y de dolor que se apoderaron a un mismo tiempo de todos sus corazones. Por una parte, se consideraban en vísperas de verse separados de su querida Madre, que era todo su apoyo y todo su consuelo; por otra, reconocían que iba a volverse a unir con su amado Hijo en el cielo, donde sería su abogada con Dios y toda su confianza. De todas partes concurrieron a ella para recibir su última bendición. San Juan, como sagrado depositario de aquel tesoro, no se apartaba un punto de su lado, solícito más que nunca de rendir todas las obligaciones de hijo a la mejor de todas las madres. Estaba incorporada la Virgen en un humilde lecho, y desde allí consolaba a todos los fieles que se hallaban presentes, dando nuevo aliento a su fe y exhortándolos a la perseverancia; cuando, por un raro prodigio que ella sola tenía sabido que había de suceder, todos los apóstoles y algunos de los discípulos que estaban esparcidos por el mundo, se hallaron milagrosamente trasladados al cuarto del cenáculo para tributar sus últimos respetos a la Madre del Salvador. San Dionisio Areopagita, que se halló presente, nombra a san Pedro, suprema cabeza de los teólogos; a Santiago, hermano del Señor; a los otros príncipes de la jerarquía eclesiástica, y además de eso a san Heroteo, a san Timoteo y a otros muchos discípulos de los apóstoles, de cuyo número era el mismo san Dionisio.

Juvenal, patriarca de Jerusalén, san Andrés, obispo de Creta, y san Juan Damasceno, con otros padres, aseguran que los apóstoles fueron trasportados en una nube por ministerio de ángeles. En el tratado de la muerte de la santísima Virgen, atribuido a san Meliton, obispo de Sárdica, se dice que la Señora tenía en la mano una palma que el ángel le había traído cuando bajó a anunciarle el día y la hora de su muerte. Mientras tanto, encendieron muchas velas todos los circunstantes; lodos se deshacían en lágrimas, consolándolos a todos la santísima Virgen; y habiendo exhortado, así a los apóstoles como a los discípulos, a predicar el Evangelio con el mayor celo y valor, asegurando a toda la Iglesia de su poderosa protección, vio aparecer al Salvador, acompañado de todos los coros de los ángeles, que. venía a recibir su dichosísimo espíritu, y a conducirle como en triunfo al lugar de la bienaventurada inmortalidad. Abrasada entonces el alma con lodo el fuego del divino ardor, se desprendió por sí misma del cuerpo, y fue conducida en triunfo hasta el trono del mismo Dios.

En el mismo punto en que expiró la santísima Virgen, se llenó todo el cuarto de una resplandeciente luz más brillante que la del sol. Toda la milicia de la corte celestial, dice san Jerónimo, salió al encuentro de la Madre de Dios, cantando himnos y cánticos en honor suyo, que fueron oídos de todos los que se hallaban en el cenáculo; Militiam caelorum cum suis agminibus festive obviam venisse Genitrici Dei cum laudibus el canticis. Y aquella alma tan pura, más santa que todos los ángeles y todos los santos juntos, fue elevada, dice san Agustín, hasta el trono del soberano Señor del universo, muy superior a todas las celestiales inteligencias:Angelicam transiens dignitatem, usque ad summi Regis thronum sublimata est. Ni era justo, añade el mismo padre, estuviese colocada en otro lugar que en el inmediato al que ocupaba aquel Señor que ella misma había dado a luz en este mundo: Non enim fas est alibi te esse quám ubi est quod a te genitum est.

Luego que rindió su espíritu la santísima Virgen, todos los circunstantes se postraron a sus pies regándolos con sus lágrimas. Los fieles que se hallaban en Jerusalén y en su contorno concurrieron todos apresurados a venerar aquel santo cuerpo, santuario del Verbo encarnado y arca del nuevo Testamento. Sanaron todos los enfermos que se presentaron delante de él; y san Juan Damasceno, que trasladó a nuestra noticia todo lo que llegó a entender de la tradición, dice que hasta los mismos judíos sintieron los efectos de su poder, y participaron de sus milagros.

Después que todos hubieron satisfecho su devoción, fue llevado el santo cuerpo al sitio donde se le había de dar sepultura, que era el pequeño lugar de Getsemaní, distante trescientos pasos de Jerusalén. Llevaban el féretro los santos apóstoles, y los seguía el resto de los fieles con velas encendidas, porque los judíos estuvieron tan lejos de oponerse a esta pompa fúnebre, que antes bien ellos mismos se agregaron a ella para hacerla más numerosa y más célebre, llenos todos de veneración a María. Fue depositado el santo cuerpo con gran respeto en el sepulcro que estaba preparado, y este se cerró con una gruesa piedra. En una carta que Juvenal, patriarca de Jerusalén, escribió al emperador Marciano y a la emperatriz Pulquería, dice que así los apóstoles como los otros fieles, pasaban los días y las noches junto al sepulcro, sucediéndose unos a otros, y mezclando sus voces y sus cánticos con los ángeles, cuyas suavísimas canciones no se dejaron de oír en todos aquellos tres días. Mas no era conveniente, dice san Agustín, que el Salvador dejase en la sepultura un cuerpo, del cual el suyo había sido formado, ni una carne, que en cierta manera era la suya: Caro enim Jesu, caro Maria. ¿Quién tendría atrevimiento para imaginar que aquel Hijo de Dios que vino al mundo, no para quebrantar la ley, sino para cumplirla, se dispensase en la más mínima obligación de las que deben los hijos a los padres? Nunquid non pertinet ad benignitatem Domini Matris servare honorem, qui legem venerat non solvere, sed adimplere?

Pues ahora; aquella misma ley que manda honrar a la Madre, manda al mismo tiempo preservarla de todo lo que puede ceder en su deshonor: Lex enim sicut honorem Matris praecipit, sic inhonorationem damnat. Pudo Jesucristo, concluye el mismo santo, eximir de la corrupción al cuerpo de su santísima Madre; pues ¿quién se atreverá a decir que no lo quiso hacer? Potuit eam a putredine et pulvere alienum facere, qui ex ea nascens potuit Virginem relinquere. Es la corrupción del cuerpo oprobio de la naturaleza humana; miróla Jesucristo con horror; y por consiguiente, lo mismo parece que debió hacer con su Madre: Putredo humanae est opprobrium conditionis, a quo opprobrio cum Jesus sit alienus, natura Mariae excipitur, quam Jesus de ea suscepisse probatur.

Con efecto, al tercer día, dice san Juan Damasceno con la mayor parte de los santos padres griegos y latinos; como santo Tomás, el único de los apóstoles que no se había hallado presente a la muerte de la santísima Virgen, desease ansiosamente ver el sagrado cuerpo, disponiendo Dios que no se hallase a la muerte de su Madre, para proporcionar un medio natural de manifestar su gloriosa resurrección; y pareciéndoles muy justo a los demás apóstoles darle este consuelo, se abrió el sepulcro; pero quedaron todos gustosamente sorprendidos cuando no encontraron dentro de él sino los lienzos y los vestidos con que el santo cuerpo había sido amortajado, exhalando de sí una fragancia exquisita: Post tres dies, dice san Juan Damasceno, angelico cantu cessante, habiendo cesado al cabo de los tres días la celestial música de los ángeles: Qui aderant apostoli (cum unus Thomas, qui abfuerat, venisset, et quod Deus susceperat corpuss adorare voluisset) tumulum aperuerunt, sed omni ex parte sacrum ejus corpus nequáquam invenire potuerunt; cum ea tantum invenissenl in quibus fuerat compositum; et ineffabili, qui ex his próficiscebatur, essent odore repleti Asombrados a la vista de tan grande maravilla, cerraron el sepulcro, persuadidos que el Verbo divino, que se había dignado hacerse hombre y tomar carne en el vientre de la santísima Virgen, no había permitido que su cuerpo estuviese sujeto a la corrupción, antes quiso resucitarle tres días después de su muerte; y anticipándole la resurrección general, le hizo entrar triunfante en la gloria: Loculum clauserunt, ejus myslerii obstupefacti miraculo: hoc solum cogitare potuerunt quod cuit placuit ex María Virgine carnem sumere, et hominem fieri et nasci, cum esset Deus Verbum et Dominus gloriae; quique post partum incorruptam servavit ejus virginitatem, eidem etiam placuit et ipsius, postquam migravit, immaculatum corpus, incorruptum servatum, translatione honorare, ante communem et universalem resurrectionem. Este es el común sentir de la Iglesia, como lo publica todos los años en el oficio de la octava de esta fiesta. Por eso, dijo san Agustín, exponiendo aquello del salmo 25: Non dabis sanctum tuum videre corruptionem, que aquel santo cuerpo en que tomó carne el divino Verbo, no se podía creer fuese entregado en presa a los gusanos y a la podredumbre, causándole horror sólo el pensarlo: Sentire non valeo, dicere perhorresco; y explicando san Juan Damasceno aquello del Profeta: Surge, Domine, in requiem tuam, tu et arca sanctificationis tuae; ¿quién no ve, dice, que la resurrección de que habla el Profeta, es la del Salvador y la de la santísima Virgen, aquella arca misteriosa que encerró en su seno la fuente de la santidad?

¡Quién podrá comprender, exclama san Bernardo, la gloria con que subió al cielo la santísima Virgen! ¡con qué raptos de amor le salieron al encuentro tantas legiones de ángeles! ¡con qué afectos de respeto y veneración! ¡con qué cánticos de alegría la acompañaron! Quis cogitare sujficiat quám gloriosa hodie mundi Regina processerit; et quanto devotionis affectu tota in ejus occursum calestium regionum prodierit multiludo! Ni hubo jamás en el mundo triunfo más glorioso, ni se conoció en él día más célebre, dice san Jerónimo, que este día en que la Virgen fue elevada a los ciclos: Et haec est praesentis diei festivitas. Atrévome a decir, exclama el bienaventurado Pedro Damiano, que, prescindiendo de la divinidad, la pompa y el aparato de la Asunción de María fue mayor que el de la Ascensión del mismo Jesucristo: Audacter dicam, salva Filii majestate, Virginis Assumptionem longe digniorem fuisse Christi Ascensione; pues en la Ascensión del Salvador solamente le salieron a recibir los ángeles; pero en la Asunción de María, además de todos los espíritus angélicos, el mismo Hijo de Dios salió al encuentro de su Madre, y la condujo hasta lo más elevado de los cielos. Pues qué nos admiramos ya, dice san Bernardo, de que las celestiales inteligencias se quedasen como extáticas de pasmo, preguntándose unas a otras: Quae est ista quae ascendít de deserto, deliciis affluens, innixa super dilectum suum? ¿Qué mujer es esta? como si dijeran, ¿qué pura criatura igualará jamás la gloria y la santidad de esta mujer que sube del desierto, colmada de dulcísimas delicias y apoyada sobre su mismo amado Hijo? El recibimiento que Salomón hizo a su madre, no fue más que un imperfecto bosquejo, una oscura sombra del que el Salvador hizo hoy a la Virgen: Surrexil Rex in occursum ejus (dice la Escritura) adoravitque eam, et sedit super thronum suum; posilusque est thronus Matris ejus quaes sedit ad dexteram ejus: Levantóse el Rey de su trono, salióla a recibir, saludóla profundamente; y volviendo a ocupar su solio, puso el de su Madre a la derecha del suyo. En el misterio de este día se verifica aquel prodigio que tanta maravilla causó en el cielo al evangelista san Juan: una mujer vestida del sol, con la luna a sus pies, coronada su cabeza con doce estrellas resplandecientes. Si el ojo del hombre no vio, dice san Bernardo. ni el oido oyó, ni cupo jamás en su imaginación lo que tiene Dios preparado para los que le aman; ¿quién podrá nunca explicar ni aun comprender la que preparó para su Madre, que ella sola le amó más que todos los hombres juntos, y a quien Él ama más que a todas las criaturas? Quid paeparavit gignenli se? No es posible, dicen los padres, que persona humana pueda explicar ni el exceso de la gloria, ni la elevación del trono de la Virgen. Ni esto debe causar admiración, dice Arnaldo de Chartres: la gloria de María en cuerpo y alma en el cielo no es como la de los demás; hace clase aparte; ocupa un lugar incomparablemente más elevado que el de los ángeles, pues la gloria que posee María no solo es semejante a la del Verbo encarnado, sino en cierta manera la misma: Gloriam cum Matre, non tam communem judico, quam eamdem.

La solemnidad de este día debe despertar nuestra devoción, dar nuevo aliento a nuestra fe y excitar nuestra confianza. Nos trae a la memoria, dice san Bernardo, que tenemos en el cielo una reina, que al mismo tiempo es nuestra madre; una medianera todopoderosa con el soberano medianero; y una abogada con el Redentor, que ninguna gracia le puede negar (Serm. 2 de Adv.): Domina nostra, mediatrit, nostra, advócala nostra. Esta es la escala de los pecadores, esta mi grande esperanza, esta el fundamento de toda mi confianza (Serm. de Aqueductu.): Hac peccatorum haec mea magna fiducia, haec tota rato spei mea. Tu, oh Virgen santa, dice san Agustín, eres, por decirlo así, la única esperanza de los pecadores; por ti esperamos el perdón de nuestros pecados; en tu intercesión colocamos la esperanza de nuestro premio (Serm. 18 de Sanct.): Tu es spes única peccatorum; per te speramus veniam delictorum, et in te, beatissima, nostrorum est exspectatio proemiorum. Concediósele todo el poder en el cielo y en la tierra, dice san Anselmo; no hay cosa imposible para aquella que puede resucitar la esperanza de la salvación en los mismos desesperados (De Laudib. Virg.): Data est illi omnis potestas in caelo et in térra; nihil illi impossibile, qui possibile est relevare in salutis spem, desperantes. Toda la esperanza, gracia y salud que tenemos, estemos persuadidos de que todo nos viene por la intercesión y por el valimiento, de María (Ibid.): Si quid spei in nobis est, si quid gratiae, si quid salutis, a María noverimus redundare. Si quieres asegurar siempre buen despacho, y que sean aceptadas tus oraciones, acuérdate de ofrecer por manos de María todo lo que ofrecieres a Dios: Si non vis pati repulsam, per Mariae manus offerre memento quidquid offerre vis Deo. Ella es la esperanza de los desesperados, dice san Efren, puerto de los que naufragan, y único recurso de todos los que no tienen otro (De Laúd. Virg.): Spes desperantium, portus naufragantium, et auxilio destitutorum única adjutrix. Todos los tesoros de las misericordias del Señor están en sus manos, dice san Pedro Damiano: In manibus ejus sunt thesauri miserationum Domini. En fin, ser devoto tuyo, oh bienaventurada Virgen María (dice san Juan Damasceno), es tener armas defensivas, puestas por Dios en las manos de los que quiere salvar (Orat. de Assumpt.): Devotum tibi esse, oh beata Virgo, est arma quaedam habere, quae Deus iis dat quos vult salvos fieri.

Estaba el sepulcro de la santísima Virgen en el lugar de Getsemaní y en el valle de Josafat, siendo el más respetable y más digno de honor que había en el mundo, después del sepulcro de Cristo. Pero en tiempo de los emperadores Tito y Vespasiano arruinaron de tal modo aquel santo lugar las tropas que se apoderaron de Jerusalén, que después no les fue posible a los fieles reconocer el sitio donde había estado. Esta es la razón por que san Jerónimo no hace mención alguna del sepulcro de la santísima Virgen, haciéndola de los sepulcros de varios patriarcas y profetas que fueron visitados por santa Paula y santa Eustoquia. Descubrióse después, andando el tiempo, no queriendo el Señor que aquel venerable sitio, santificado con tan sagrado depósito, estuviese por más años oculto a la veneración de los fieles. Asegura Burchard, que él mismo le vio, pero tan enterrado en las ruinas de otros edificios, que se bajaban sesenta escalones para llegar a él. Beda escribe que en su tiempo ya se mostraba enteramente descubierto, y al presente se muestra a los peregrinos entallado en una peña.

Siempre fue la fiesta de la Asunción una de las más solemnes de la Iglesia; y por lo que toca a la solemnidad va a la par, por decirlo así, con las fiestas de la Epifanía y de Pascua. Pero en Francia se puede decir que se hizo más célebre que en otras partes desde que Luis XIII, de gloriosa memoria (Bourd.) en el año de 1638, escogió este día para consagrar su persona, su real familia y todo su reino a la santísima Virgen, no ya por un voto secreto formado dentro de su corazón, sino por el más público y el más auténtico que hizo jamás algún monarca cristiano; pues no de otra manera que David le hizo en presencia de su pueblo: In conspectu omnis populi ejus; mandando que se publicase en todos los lugares de sus dominios, interesando en él a todos sus vasallos, y queriendo que fuese de eterna memoria. Este es el origen y el fin de las santas procesiones que este día se hacen en toda la Francia, y son otros tantos públicos testimonios de la protesta que hacen los reyes cristianísimos de que quieren depender de María, reconociéndola por soberana suya mediante este culto público y solemne.

«MUNIFICENTISSIMUS DEUS», definición por el Papa Pío XII del dogma de la Asunción de Nuestra Señora, la Virgen Santísima

agosto 14, 2017
El Papa Pío XII define el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María

El Papa Pío XII define el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María

«MUNIFICENTISSIMUS DEUS»

 

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR

PÍO

POR LA DIVINA PROVIDENCIA

PAPA PÍO XII

EN LA QUE

SE DEFINE COMO DOGMA DE FE

QUE LA VIRGEN MARÍA,

FUE ASUNTA EN CUERPO Y ALMA

A LA GLORIA CELESTE

1 noviembre 1950

 

1. El munificentísimo Dios, que todo lo puede y cuyos planes providentes están hechos con sabiduría y amor, compensa en sus inescrutables designios, tanto en la vida de los pueblos como en la de los individuos, los dolores y las alegrías para que, por caminos diversos y de diversas maneras, todo coopere al bien de aquellos que le aman (cfr. Rom 8, 28).

2. Nuestro Pontificado, del mismo modo que la edad presente, está oprimido por grandes cuidados, preocupaciones y angustias, por las actuales gravísimas calamidades y la aberración de la verdad y de la virtud; pero nos es de gran consuelo ver que, mientras la fe católica se manifiesta en público cada vez más activa, se enciende cada día más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios y casi en todas partes es estimulo y auspicio de una vida mejor y más santa, de donde resulta que, mientras la Santísima Virgen cumple amorosísimamente las funciones de madre hacia los redimidos por la sangre de Cristo, la mente y el corazón de los hijos se estimulan a una más amorosa contemplación de sus privilegios.

3. En efecto, Dios, que desde toda la eternidad mira a la Virgen María con particular y plenísima complacencia, «cuando vino la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4) ejecutó los planes de su providencia de tal modo que resplandecen en perfecta armonía los privilegios y las prerrogativas que con suma liberalidad le había concedido. Y si esta suma liberalidad y plena armonía de gracia fue siempre reconocida, y cada vez mejor penetrada por la Iglesia en el curso de los siglos, en nuestro tiempo ha sido puesta a mayor luz el privilegio de la Asunción corporal al cielo de la Virgen Madre de Dios, María.

4. Este privilegio resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la augusta Madre de Dios. Estos dos privilegios están, en efecto, estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria en virtud de Cristo todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa.

5. Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen Maria. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.

6. Por eso, cuando fue solemnemente definido que la Virgen Madre de Dios, María, estaba inmune de la mancha hereditaria de su concepción, los fieles se llenaron de una más viva esperanza de que cuanto antes fuera definido por el supremo magisterio de la Iglesia el dogma de la Asunción corporal al cielo de María Virgen.

7. Efectivamente, se vio que no sólo los fieles particulares, sino los representantes de naciones o de provincias eclesiásticas, y aun no pocos padres del Concilio Vaticano, pidieron con vivas instancias a la Sede Apostólica esta definición.

Innúmeras peticiones

8. Después, estas peticiones y votos no sólo no disminuyeron, sino que aumentaron de día en día en número e insistencia. En efecto, a este fin fueron promovidas cruzadas de oraciones; muchos y eximios teólogos intensificaron sus estudios sobre este tema, ya en privado, ya en los públicos ateneos eclesiásticos y en las otras escuelas destinadas a la enseñanza de las sagradas disciplinas; en muchas partes del orbe católico se celebraron congresos marianos, tanto nacionales como internacionales. Todos estos estudios e investigaciones pusieron más de relieve que en el depósito de la fe confiado a la Iglesia estaba contenida también la Asunción de María Virgen al cielo, y generalmente siguieron a ello peticiones en que se pedía instantemente a esta Sede Apostólica que esta verdad fuese solemnemente definida.

9. En esta piadosa competición, los fieles estuvieron admirablemente unidos con sus pastores, los cuales, en número verdaderamente impresionante, dirigieron peticiones semejantes a esta cátedra de San Pedro. Por eso, cuando fuimos elevados al trono del Sumo Pontificado, habían sido ya presentados a esta Sede Apostólica muchos millares de tales súplicas de todas partes de la tierra y por toda clase de personas: por nuestros amados hijos los cardenales del Sagrado Colegio, por venerables hermanos arzobispos y obispos de las diócesis y de las parroquias.

10. Por eso, mientras elevábamos a Dios ardientes plegarias para que infundiese en nuestra mente la luz del Espíritu Santo para decidir una causa tan importante, dimos especiales órdenes de que se iniciaran estudios más rigurosos sobre este asunto, y entretanto se recogiesen y ponderasen cuidadosamente todas las peticiones que, desde el tiempo de nuestro predecesor Pío IX, de feliz memoria, hasta nuestros días, habían sido enviadas a esta Sede Apostólica a propósito de la Asunción de la beatísima Virgen María al cielo (1).

Encuesta oficial

11. Pero como se trataba de cosa de tanta importancia y gravedad, creímos oportuno pedir directamente y en forma oficial a todos los venerables hermanos en el Episcopado que nos expusiesen abiertamente su pensamiento. Por eso, el 1 de mayo de 1946 les dirigimos la carta Deiparae Virginis Mariae, en la que preguntábamos: «Si vosotros, venerables hermanos, en vuestra eximia sabiduría y prudencia, creéis que la Asunción corporal de la beatísima Virgen se puede proponer y definir como dogma de fe y si con vuestro clero y vuestro pueblo lo deseáis».

12. Y aquellos que «el Espíritu Santo ha puesto como obispos para regir la Iglesia de Dios» (Hch 20, 28) han dado a una y otra pregunta una respuesta casi unánimemente afirmativa. Este «singular consentimiento del Episcopado católico y de los fieles»(2), al creer definible como dogma de fe la Asunción corporal al cielo de la Madre de Dios, presentándonos la enseñanza concorde del magisterio ordinario de la Iglesia y la fe concorde del pueblo cristiano, por él sostenida y dirigida, manifestó por sí mismo de modo cierto e infalible que tal privilegio es verdad revelada por Dios y contenida en aquel divino depósito que Cristo confió a su Esposa para que lo custodiase fielmente e infaliblemente lo declarase (3). El magisterio de la Iglesia, no ciertamente por industria puramente humana, sino por la asistencia del Espíritu de Verdad (cfr. Jn 14, 26), y por eso infaliblemente, cumple su mandato de conservar perennemente puras e íntegras las verdades reveladas y las transmite sin contaminaciones, sin añadiduras, sin disminuciones. «En efecto, como enseña el Concilio Vaticano, a los sucesores de Pedro no fue prometido el Espíritu Santo para que, por su revelación, manifestasen una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, custodiasen inviolablemente y expresasen con fidelidad la revelación transmitida por los Apóstoles, o sea el depósito de la fe» (4). Por eso, del consentimiento universal del magisterio ordinario de la Iglesia se deduce un argumento cierto y seguro para afirmar que la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo -la cual, en cuanto a la celestial glorificación del cuerpo virgíneo de la augusta Madre de Dios, no podía ser conocida por ninguna facultad humana con sus solas fuerzas naturales- es verdad revelada por Dios, y por eso todos los fieles de la Iglesia deben creerla con firmeza y fidelidad. Porque, como enseña el mismo Concilio Vaticano, «deben ser creídas por fe divina y católica todas. aquellas cosas que están contenidas en la palabra de Dios, escritas o transmitidas oralmente, y que la Iglesia, o con solemne juicio o con su ordinario y universal magisterio, propone a la creencia como reveladas por Dios» (De fide catholica, cap. 3).

13. De esta fe común de la Iglesia se tuvieron desde la antigüedad, a lo largo del curso de los siglos, varios testimonios, indicios y vestigios; y tal fe se fue manifestando cada vez con más claridad.

Consentimiento unánime

14. Los fieles, guiados e instruidos por sus pastores, aprendieron también de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante su peregrinación terrena, llevó una vida llena de preocupaciones, angustias y dolores; y que se verificó lo que el santo viejo Simeón había predicho: que una agudísima espada le traspasaría el corazón a los pies de la cruz de su divino Hijo, nuestro Redentor. Igualmente no encontraron dificultad en admitir que María haya muerto del mismo modo que su Unigénito. Pero esto no les impidió creer y profesar abiertamente que no estuvo sujeta a la corrupción del sepulcro su sagrado cuerpo y que no fue reducida a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo Divino. Así, iluminados por la divina gracia e impulsados por el amor hacia aquella que es Madre de Dios y Madre nuestra dulcísima, han contemplado con luz cada vez más clara la armonía maravillosa de los privilegios que el providentísimo Dios concedió al alma Socia de nuestro Redentor y que llegaron a una tal altísima cúspide a la que jamás ningún ser creado, exceptuada la naturaleza humana de Jesucristo, había llegado.

15. Esta misma fe la atestiguan claramente aquellos innumerables templos dedicados a Dios en honor de María Virgen asunta al cielo y las sagradas imágenes en ellos expuestas a la veneración de los fieles, las cuales ponen ante los ojos de todos este singular triunfo de la bienaventurada Virgen. Además, ciudades, diócesis y regiones fueron puestas bajo el especial patrocinio de la Virgen asunta al cielo; del mismo modo, con la aprobación de la Iglesia, surgieron institutos religiosos, que toman nombre de tal privilegio. No debe olvidarse que en el rosario mariano, cuya recitación tan recomendadaes por esta Sede Apostólica, se propone a la meditación piadosa un misterio que, como todos saben, trata de la Asunción de la beatísima Virgen.

16. Pero de modo más espléndido y universal esta fe de los sagrados pastores y de los fieles cristianos se manifiesta por el hecho de que desde la antigüedad se celebra en Oriente y en Occidente una solemne fiesta litúrgica, de la cual los Padres Santos y doctores no dejaron nunca de sacar luz porque, como es bien sabido, la sagrada liturgia «siendo también una profesión de las celestiales verdades, sometida al supremo magisterio de la Iglesia, puede oír argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana»5.

El testimonio de la liturgia

17. En los libros litúrgicos que contienen la fiesta, bien sea de la Dormición, bien de la Asunción de la Virgen María, se tienen expresiones en cierto modo concordantes al decir que cuando la Virgen Madre de Dios pasó de este destierro, a su sagrado cuerpo, por disposición de la divina Providencia, le ocurrieron cosas correspondientes a su dignidad de Madre del Verbo encarnado y a los otros privilegios que se le habían concedido.

Esto se afirma, por poner un ejemplo, en aquel «Sacramentario» que nuestro predecesor Adriano I, de inmortal memoria, mandó al emperador Carlomagno. En éste se lee, en efecto: «Digna de veneración es para Nos, ¡oh Señor!, la festividad de este día en que la santa Madre de Dios sufrió la muerte temporal, pero no pudo ser humillada por los vínculos de la muerte Aquella que engendró a tu Hijo, Nuestro Señor, encarnado en ella»6. 

18. Lo que aquí está indicado con la sobriedad acostumbrada en la liturgia romana, en los libros de las otras antiguas liturgias, tanto orientales como occidentales, se expresa más difusamente y con mayor claridad. El «Sacramentario Galicano», por ejemplo, define este privilegio de María, «inexplicable misterio, tanto más admirable cuanto más singular es entre los hombres». Y en la liturgia bizantina se asocia repetidamente la Asunción corporal de María no sólo con su dignidad de Madre de Dios, sino también con sus otros privilegios, especialmente con su maternidad virginal, preestablecida por un designio singular de la Providencia divina: «A Ti, Dios, Rey del universo, te concedió cosas que son sobre la naturaleza; porque así como en el parto te conservó virgen, así en el sepulcro conservó incorrupto tu cuerpo, y con la divina traslación lo glorificó»7.

19. El hecho de que la Sede Apostólica, heredera del oficio confiado al Príncipe de los Apóstoles de confirmar en la fe a los hermanos (cfr. Lc 22, 32), y con su autoridad hiciese cada vez más solemne esta fiesta, estimula eficazmente a los fieles a apreciar cada vez más la grandeza de este misterio. Así la fiesta de la Asunsión, del puesto honroso que tuvo desde el comienzo entre las otras celebraciones marianas, llegó en seguida a los más solemnes de todo el ciclo litúrgico. Nuestro predecesor San Sergio I, prescribiendo la letanía o procesión estacional para las cuatro fiestas marianas, enumera junto a la Natividad, la Anunciación, la Purificación y la Dormición de María (Liber Pontificalis). Después San León IV quiso añadir a la fiesta, que ya se celebraba bajo el título de la Asunción de la bienaventurada Madre de Dios, una mayor solemnidad prescribiendo su vigilia y su octava; y en tal circunstancia quiso participar personalmente en la celebración en medio de una gran multitud de fieles (Liber Pontificalis). Además de que ya antiguamente esta fiesta estaba precedida por la obligación del ayuno, aparece claro de lo que atestigua nuestro predecesor San Nicolás I, donde habla de los principales ayunos «que la santa Iglesia romana recibió de la antigüedad y observa todavía»8.

Exigencia de la incorrupción

20. Pero como la liturgia no crea la fe, sino que la supone, y de ésta derivan como frutos del árbol las prácticas del culto, los Santos Padres y los grandes doctores, en las homilías y en los discursos dirigidos al pueblo con ocasión de esta fiesta, no recibieron de ella como de primera fuente la doctrina, sino que hablaron de ésta como de cosa conocida y admitida por los fieles; la aclararon mejor; precisaron y profundizaron su sentido y objeto, declarando especialmente lo que con frecuencia los libros litúrgicos habían sólo fugazmente indicado; es decir, que el objeto de la fiesta no era solamente la incorrupción del cuerpo muerto de la bienaventurada Virgen María, sino también su triunfo sobre la muerte y su celestial glorificación a semejanza de su Unigénito.

21. Así San Juan Damasceno, que se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición, considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de los otros privilegios suyos, exclama con vigorosa elocuencia: «Era necesario que Aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que Aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que Aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios»9.

Afirmación de esta doctrina

22. Estas expresiones de San Juan Damasceno corresponden fielmente a aquellas de otros que afirman la misma doctrina. Efectivamente, palabras no menos claras y precisas se encuentran en los discursos que, con ocasión de la fiesta, tuvieron otros Padres anteriores o contemporáneos. Así, por citar otros ejemplos, San Germán de Constantinopla encontraba que correspondía la incorrupción y Asunción al cielo del cuerpo de la Virgen Madre de Dios no sólo a su divina maternidad, sino también a la especial santidad de su mismo cuerpo virginal: «Tú, como fue escrito, apareces “en belleza” y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, todo domicilio de Dios; así también por esto es preciso que sea inmune de resolverse en polvo; sino que debe ser transformado, en cuanto humano, hasta convertirse en incorruptible; y debe ser vivo, gloriosísimo, incólume y dotado de la plenitud de la vida»10. Y otro antiguo escritor dice: «Como gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Salvador y Dios, donador de la vida y de la inmortalidad, y vivificada por Él, revestida de cuerpo en una eterna incorruptibilidad con Él, que la resucitó del sepulcro y la llevó consigo de modo que sólo Él conoce»11.

23. Al extenderse y afirmarse la fiesta litúrgica, los pastores de la Iglesia y los sagrados oradores, en número cada vez mayor, creyeron un deber precisar abiertamente y con claridad el objeto de la fiesta y su estrecha conexión con las otras verdades reveladas.

Los argumentos teológicos

24. Entre los teólogos escolásticos no faltaron quienes, queriendo penetrar más adentro en las verdades reveladas y mostrar el acuerdo entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve que este privilegio de la Asunción de María Virgen concuerda admirablemente con las verdades que nos son enseñadas por la Sagrada Escritura.

25. Partiendo de este presupuesto, presentaron, para ilustrar este privilegio mariano, diversas razones contenidas casi en germen en esto: que Jesús ha querido la Asunción de María al cielo por su piedad filial hacia ella. Opinaban que la fuerza de tales argumentos reposa sobre la dignidad incomparable de la maternidad divina y sobre todas aquellas otras dotes que de ella se siguen: su insigne santidad, superior a la de todos los hombres y todos los ángeles; la íntima unión de María con su Hijo, y aquel amor sumo que el Hijo tenía hacia su dignísima Madre.

26. Frecuentemente se encuentran después teólogos y sagrados oradores que, sobre las huellas de los Santos Padres12 para ilustrar su fe en la Asunción, se sirven con una cierta libertad de hechos y dichos de la Sagrada Escritura. Así, para citar sólo algunos testimonios entre los más usados, los hay que recuerdan las palabras del salmista: «Ven, ¡oh Señor!, a tu descanso, tú y el arca de tu santificación» (Sal 131, 8), y ven en el «arca de la alianza», hecha de madera incorruptible y puesta en el templo del Señor, como una imagen del cuerpo purísimo de María Virgen, preservado de toda corrupción del sepulcro y elevado a tanta gloria en el cielo. A este mismo fin describen a la Reina que entra triunfalmente en el palacio celeste y se sienta a la diestra del divino Redentor (Sal 44, 10, 14-16), lo mismo que la Esposa de los Cantares, «que sube por el desierto como una columna de humo de los aromas de mirra y de incienso» para ser coronada (Cant 3, 6; cfr. 4, 8; 6, 9). La una y la otra son propuestas como figuras de aquella Reina y Esposa celeste, que, junto a su divino Esposo, fue elevada al reino de los cielos.

Los doctores escolásticos

27. Además, los doctores escolásticos vieron indicada la Asunción de la Virgen Madre de Dios no sólo en varias figuras del Antiguo Testamento, sino también en aquella Señora vestida de sol, que el apóstol Juan contempló en la isla de Patmos (Ap 12, 1s.). Del mismo modo, entre los dichos del Nuevo Testamento consideraron con particular interés las palabras «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres» (Lc 1, 28), porque veían en el misterio de la Asunción un complemento de la plenitud de gracia concedida a la bienaventurada Virgen y una bendición singular, en oposición a la maldición de Eva.

28. Por eso, al comienzo de la teología escolástica, el piadoso Amadeo, obispo de Lausana, afirma que la carne de María Virgen permaneció incorrupta («no se puede creer, en efecto, que su cuerpo viese la corrupción»), porque realmente se reunió a su alma, y junto con ella fue envuelta en altísima gloria en la corte celeste. «Era llena de gracia y bendita entre las mujeres» (Lc 1, 28). «Ella sola mereció concebir al Dios verdadero del Dios verdadero, y le parió virgen, le amamantó virgen, estrechándole contra su seno, y le prestó en todo sus santos servicios y homenajes»13.

Testimonio de San Antonio de Padua

29. Entre los sagrados escritores que en este tiempo, sirviéndose de textos escriturísticos o de semejanza y analogía, ilustraron y confirmaron la piadosa creencia de la Asunción, ocupa un puesto especial el doctor evangélico San Antonio de Padua. En la fiesta de la Asunción, comentando las palabras de Isaías «Glorificaré el lugar de mis pies» (Is 60, 13), afirmó con seguridad que el divino Redentor ha glorificado de modo excelso a su Madre amadísima, de la cual había tomado carne humana. «De aquí se deduce claramente, dice, que la bienaventurada Virgen María fue asunta con el cuerpo que había sido el sitio de los pies del Señor». Por eso escribe el salmista: «Ven, ¡oh Señor!, a tu reposo, tú y el Arca de tu santificación». Como Jesucristo, dice el santo, resurgió de la muerte vencida y subió a la diestra de su Padre, así «resurgió también el Arca de su santificación, porque en este día la Virgen Madre fue asunta al tálamo celeste»14.

De San Alberto Magno

30. Cuando en la Edad Media la teología escolástica alcanzó su máximo esplendor, San Alberto Magno, después de haber recogido, para probar esta verdad, varios argumentos fundados en la Sagrada Escritura, la tradición, la liturgia y la razón teológica, concluye: «De estas razones y autoridades y de muchas otras es claro que la beatísima Madre de Dios fue asunta en cuerpo y alma por encima de los coros de los ángeles. Y esto lo creemos como absolutamente verdadero»15. Y en un discurso tenido el día de la Anunciación de María, explicando estas palabras del saludo del ángel «Dios te salve, llena eres de gracia…», el Doctor Universal compara a la Santísima Virgen con Eva y dice expresamente que fue inmune de la cuádruple maldición a la que Eva estuvo sujeta 16.

Doctrina de Santo Tomás

31. El Doctor Angélico, siguiendo los vestigios de su insigne maestro, aunque no trató nunca expresamente la cuestión, sin embargo, siempre que ocasionalmente habla de ella, sostiene constantemente con la Iglesia que junto al alma fue asunto al cielo también el cuerpo de María17.

De San Buenaventura

32. Del mismo parecer es, entre otros muchos, el Doctor Seráfico, el cual sostiene como absolutamente cierto que del mismo modo que Dios preservó a María Santísima de la violación del pudor y de la integridad virginal en la concepción y en el parto, así no permitió que su cuerpo se deshiciese en podredumbre y ceniza18. Interpretando y aplicando a la bienaventurada Virgen estas palabras de la Sagrada Escritura «¿Quién es esa que sube del desierto, llena de delicias, apoyada en su amado?» (Cant 8, 5), razona así: «Y de aquí puede constar que está allí (en la ciudad celeste) corporalmente… Porque, en efecto…, la felicidad no sería plena si no estuviese en ella personalmente, porque la persona no es el alma, sino el compuesto, y es claro que está allí según el compuesto, es decir, con cuerpo y alma, o de otro modo no tendría un pleno gozo»19.

La escolástica moderna

33. En la escolástica posterior, o sea en el siglo XV, San Bernardino de Siena, resumiendo todo lo que los teólogos de la Edad Media habían dicho y discutido a este propósito, no se limitó a recordar las principales consideraciones ya propuestas por los doctores precedentes, sino que añadió otras. Es decir, la semejanza de la divina Madre con el Hijo divino, en cuanto a la nobleza y dignidad del alma y del cuerpo -porque no se puede pensar que la celeste Reina esté separada del Rey de los cielos-, exige abiertamente que «María no debe estar sino donde está Cristo»20; además es razonable y conveniente que se encuentren ya glorificados en el cielo el alma y el cuerpo, lo mismo que del hombre, de la mujer; en fin, el hecho de que la Iglesia no haya nunca buscado y propuesto a la veneración de los fieles las reliquias corporales de la bienaventurada Virgen suministra un argumento que puede decirse «como una prueba sensible»21.

San Roberto Belarmino

34. En tiempos más recientes, las opiniones mencionadas de los Santos Padres y de los doctores fueron de uso común. Adhiriéndose al pensamiento cristiano transmitido de los siglos pasados. San Roberto Belarmino exclama: «¿Y quién, pregunto, podría creer que el arca de la santidad, el domicilio del Verbo, el templo del Espíritu Santo, haya caído? Mi alma aborrece el solo pensamiento de que aquella carne virginal que engendró a Dios, le dio a luz, le alimentó, le llevó, haya sido reducida a cenizas o haya sido dada por pasto a los gusanos »22.

35. De igual manera, San Francisco de Sales, después de haber afirmado no ser lícito dudar que Jesucristo haya ejecutado del modo más perfecto el mandato divino por el que se impone a los hijos el deber de honrar a los propios padres, se propone esta pregunta: «¿Quién es el hijo que, si pudiese, no volvería a llamar a la vida a su propia madre y no la llevaría consigo después de la muerte al paraíso?»23. Y San Alfonso escribe: «Jesús preservó el cuerpo de María de la corrupción, porque redundaba en deshonor suyo que fuese comida de la podredumbre aquella carne virginal de la que Él se había vestido» 24.

Temeridad de la opinión contraria

36. Aclarado el objeto de esta fiesta, no faltaron doctores que más bien que ocuparse de las razones teológicas, en las que se demuestra la suma conveniencia de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo, dirigieron su atención a la fe de la Iglesia, mística Esposa de Cristo, que no tiene mancha ni arruga (cfr. Ef 5, 27), la cual es llamada por el Apóstol «columna y sostén de la verdad» (1 T’im 3, 15), y, apoyados en esta fe común, sostuvieron que era temeraria, por no decir herética, la sentencia contraria. En efecto, San Pedro Canisio, entre muchos otros, después de haber declarado que el término Asunción significa glorificación no sólo del alma, sino también del cuerpo, y después de haber puesto de relieve que la Iglesia ya desde hace muchos siglos, venera y celebra solemnemente este misterio mariano, dice: «Esta sentencia está admitida ya desde hace algunos siglos y de tal manera fija en el alma de los piadosos fieles y tan aceptada en toda la Iglesia, que aquellos que niegan que el cuerpo de María haya sido asunto al cielo, ni siquiera pueden ser escuchados con paciencia, sino abochornados por demasiado tercos o del todo temerarios y animados de espíritu herético más bien que católico»25.

Francisco Suárez

37. Por el mismo tiempo, el Doctor Eximio, puesta como norma de la mariología que «los misterios de la gracia que Dios ha obrado en la Virgen no son medidos por las leyes ordinarias, sino por la omnipotencia de Dios, supuesta la conveniencia de la cosa en sí mismo y excluida toda contradicción o repugnancia por parte de la Sagrada Escritura»26, fundándose en la fe de la Iglesia en el tema de la Asunción, podía concluir que este misterio debía creerse con la misma firmeza de alma con que debía creerse la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen, y ya entonces sostenía que estas dos verdades podían ser definidas.

38. Todas estas razones y consideraciones de los Santos Padres y de los teólogos tienen como último fundamento la Sagrada Escritura, la cual nos presenta al alma de la Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siempre partícipe de su suerte. De donde parece casi imposible imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, después de esta vida, a Aquella que lo concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, lo llevó en sus brazos y lo apretó a su pecho. Desde el momento en que nuestro Redentor es hijo de Maria, no podía, ciertamente, como observador perfectísimo de la divina ley, menos de honrar, además de al Eterno Padre, también a su amadísima Madre. Pudiendo, pues, dar a su Madre tanto honor al preservarla inmune de la corrupción del sepulcro, debe creerse que lo hizo realmente.

39. Pero ya se ha recordado especialmente que desde el siglo II María Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva Eva estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a él, en aquella lucha contra el enemigo infernal que, como fue preanunciado en el protoevangelio (Gn 3, 15), habría terminado con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes (cfr. Rom cap. 5 et 6; 1 Cor 15, 21-26; 54-57). Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el mismo Apóstol, «cuando… este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida en la victoria» (1 Cor 15, 54).

40. De tal modo, la augusta Madre de Dios, arcanamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad «con un mismo decreto»27 de predestinación, inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos (cfr. 1 T’im 1, 17).

Es llegado el momento

41. Y como la Iglesia universal, en la que vive el Espíritu de Verdad, que la conduce infaliblemente al conocimiento de las verdades reveladas, en el curso de los siglos ha manifestado de muchos modos su fe, y como los obispos del orbe católico, con casi unánime consentimiento, piden que sea definido como dogma de fe divina y católica la verdad de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al cielo -verdad fundada en la Sagrada Escritura, profundamente arraigada en el alma de los fieles, confirmada por el culto eclesiástico desde tiempos remotísimos, sumamente en consonancia con otras verdades reveladas, espléndidamente ilustrada y explicada por el estudio de la ciencia y sabiduría de los teólogos-, creemos llegado el momento preestablecido por la providencia de Dios para proclamar solemnemente este privilegio de María Virgen.

42. Nos, que hemos puesto nuestro pontificado bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen, a la que nos hemos dirigido en tantas tristísimas contingencias; Nos, que con rito público hemos consagrado a todo el género humano a su Inmaculado Corazón y hemos experimentado repetidamente su validísima protección, tenemos firme confianza de que esta proclamación y definición solemne de la Asunción será de gran provecho para la Humanidad entera, porque dará gloria a la Santísima Trinidad, a la que la Virgen Madre de Dios está ligada por vínculos singulares. Es de esperar, en efecto, que todos los cristianos sean estimulados a una mayor devoción hacia la Madre celestial y que el corazón de todos aquellos que se glorían del nombre cristiano se mueva a desear la unión con el Cuerpo Místico de Jesucristo y el aumento del propio amor hacia Aquella que tiene entrañas maternales para todos los miembros de aquel Cuerpo augusto. Es de esperar, además, que todos aquellos que mediten los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana, si está entregada totalmente a la ejecución de la voluntad del Padre Celeste y al bien de los prójimos; que, mientras el materialismo y la corrupción de las costumbres derivadas de él amenazan sumergir toda virtud y hacer estragos de vidas humanas, suscitando guerras, se ponga ante los ojos de todos de modo luminosísimo a qué excelso fin están destinados los cuerpos y las almas; que, en fin, la fe en la Asunción corporal de María al cielo haga más firme y más activa la fe en nuestra resurrección.

43. La coincidencia providencial de este acontecimiento solemne con el Año Santo que se está desarrollando nos es particularmente grata; porque esto nos permite adornar la frente de la Virgen Madre de Dios con esta fúlgida perla, a la vez que se celebra el máximo jubileo, y dejar un monumento perenne de nuestra ardiente piedad hacia la Madre de Dios.

Fórmula definitoria

44. Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.

45. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

46. Para que nuestra definición de la Asunción corporal de María Virgen al cielo sea llevada a conocimiento de la Iglesia universal, hemos querido que conste para perpetua memoria esta nuestra carta apostólica; mandando que a sus copias y ejemplares, aun impresos, firmados por la mano de cualquier notario público y adornados del sello de cualquier persona constituida en dignidad eclesiástica, se preste absolutamente por todos la misma fe que se prestaría a la presente si fuese exhibida o mostrada.

47. A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de sus santos apóstoles Pedro y Pablo.

Nos, PÍO,
Obispo de la Iglesia católica,
definiéndolo así, lo hemos suscrito.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el año del máximo Jubileo de mil novecientos cincuenta, el día primero del mes de noviembre, fiesta de Todos los Santos, el año duodécimo de nuestro pontificado.

__________________

Petitiones de Asumptione corporea B. Virginis Mariae in coelum definienda ad S. Sedem delatae; 2 vol., Typis Polyglottis Vaticanis, 1942.

2 Bula Ineffabilis Deus, Acta P¡¡ IX, p. 1, vol. 1, p. 615.

3 Cfr. Conc. Vat. De fide catholica, cap. 4.

4 Conc. Vat. Const. De ecclesia Christi, cap. 4.

5 Carta encíclica Mediator Dei, A. A. S., vol. 39, p. 541.

6 Sacramentarium Gregorianum. 

7 Menaei totius anni.

«Responsa Nicolai Papae I ad consulta Bulgarorum».

9 S. loan Damasc., Encomium in Dormitionem Dei Genitricis semperque Virginis Mariae, hom. II, 14; cfr. etiam ibíd., n. 3.

10 San Germ. Const., In Sanctae Dei Genitricis Dormitionemsermón I.

11 Encomium in Dormitionem Sanctissimae Dominae nostrae Deiparae semperque Virginis Mariae. S. Modesto Hierosol, attributum I, núm. 14.

12 Cfr. Ioan Damasc., Encomium in Dormitionem Dei Genitricis semperque Virginis Mariae, hom. II, 2, 11; Encomium in Dormitionem, S. Modesto Hierosol, attributum.

13 Amadeus Lausannensis, De Beatae Virginis obitu, Assumptione in caelum, exaltatione ad Filii dexteram.

14 San Antonius Patav., Sermones dominicales et in solemnitatibus. In Assumptione S. Mariae Virginit sermo

15 S. Albertus Magnus, Mariale sive quaestionet super Evang. Missut est, q. 132.

16 S. Albertus Magnus, Sermones de sanctis, sermón 15: In Anuntiatione B. Mariae, cfr. Etiam Mariale, q. 132.

17 Cfr. Summa Theol., 3, q. 27, a. 1 c.; ibíd., q. 83, a. 5 ad 8, Expositio salutationis angelicaeIn symb., Apostolorum expositio, art. 5; In IV Sent., d. 12, q. 1, art. 3, sol. 3; d: 43, q. 1, art. 3, sol. 1 et 2.

18 Cfr. S. Bonaventura, De Nativitate B. Mariae Virginis, sermón 5.

19 S. Bonaventura, De Assumptione B. Mariae Virginis, sermón 1. 

20 S. Bernardinus Senens., In Assumptione B. M. Virginis, sermón 2. 

21 S. Bernardinus Senens., In Assumptione B. M. Virginis, sermón 2.

22 S. Robertus Bellarminus, Canciones habitae Lovanii, canción 40: De Assumptionae B. Mariae Virginis

23 Oeuvres de St. François de Sales, sermon autographe pour la fete de l’Assumption. 

24 S. Alfonso M. de Ligouri, Le glorie di Maria, parte II, disc. 1.

25 S. Petrus Canisius, De Maria Virgine

26 Suárez, F, In tertiam partem D. Thomae, quaest. 27, art. 2, disp. 3, sec. 5, n. 31.

27 Bula Ineffabilis Deus, 1 c, p. 599.

Agosto 12. Santa Clara Virgen. Bula de canonización

agosto 12, 2017
Santa Clara incorrupta

Santa Clara incorrupta

Alejandro IV – 26 de septiembre de 1255

Alejandro, obispo, siervo de los siervos de Dios, a todos los venerables hermanos arzobispos y obispos establecidos en el reino de Francia: salud y apostólica bendición.

  Elogio de la “claridad” Clara

  Clara, preclara en claros méritos, brilla clara en el cielo con claridad de insigne gloria, y con esplendor y sublimes milagros en la tierra. Brilla aquí abajo la estricta y excelsa religión de Clara, irradia en lo alto la abundancia de su premio eterno y su poder deslumbra a los mortales con magníficos signos.

  Esta Clara fue diplomada aquí con el privilegio de la máxima pobreza; en el cielo la recompensan con abundancia de inestimables riquezas; y los fieles católicos le rinden el más alto honor, con devoción cumplida.

  Aquí, sus obras luminosas hicieron brillar a Clara. La plenitud de la luz divina la ilumina en las alturas. Sus espléndidos prodigios la esclarecen admirablemente ante el pueblo cristiano.

  ¡Oh Clara!, dotada de tantos y tales títulos de claridad. Fuiste clara de verdad antes de la conversión, más clara desde aquella hora, preclara en tu vida claustral y, finalmente, clarísima, una vez apagada tu vida en el tiempo.

  A nuestro tiempo se le mostró en Clara un claro espejo de conducta; en el jardín celeste ella aporta el delicado lirio de la virginidad; por ella, en la tierra experimentamos la ayuda de los auxilios divinos.

  ¡Oh admirable y dichosa claridad de Clara! ¡Cuanto más es el amor y la atención con que se estudia esta claridad en los hechos concretos, tanto más luminosa la descubrimos en cada uno!

  Brilló cuando vivía en el mundo, resplandeció aún más en la vida religiosa, en su hogar fue un rayo de luz, en el claustro, fulgor resplandeciente. Brilló en vida, resplandece radiante tras la muerte. Fue clara en la tierra, y en el cielo inmensa claridad.

  ¡Cuán viva es la fuerza de esta luz, y qué vehemente su claridad! Mas esta luz permanecía cerrada en el secreto de la clausura, e irradiaba fuera destellos luminosos; se recluía en el estrecho cenobio, y se difundía por todo el mundo. Se recogía dentro y se extendía fuera. Porque Clara moraba oculta, mas su conducta era notoria. Clara callaba, mas su fama era un clamor. Se recataba en su celda, mientras su nombre y su vida se pronunciaban en las ciudades.

  Y no es extraño, pues una lámpara tan inflamada, tan reluciente, no podía quedar oculta sin iluminar y dar clara luz en la casa del Señor. Ni podía ocultarse un vaso de tales esencias sin emanar aromas, llenando de suave fragancia la casa del Señor. Es más, rompiendo en el angosto encierro de su celda el alabastro de su cuerpo, inundaba con los aromas de su santidad todo el edificio de la Iglesia.

  Infancia y conversión

   Siendo niña aún en la vida seglar, desde su más tierna edad buscó la manera de atravesar por un sendero de pureza este mundo frágil e impuro. Guardando el precioso tesoro de su virginidad con intacto pudor, se dedicaba asiduamente a obras de caridad y de piedad, de modo que su fama se extendía, agradable y digna de elogio, entre vecinos y extraños. Hasta que San Francisco, oyendo alabar su virtud, se puso a exhortarla, dirigiéndola al servicio perfecto de Cristo.

  Y ella, siguiendo con diligencia sus santos consejos, deseosa ya de renunciar del todo al mundo y a los bienes de la tierra, para servir al Señor en pobreza voluntaria, puso en práctica enseguida su ardiente deseo. Y, por último, enajenó todos sus bienes y los repartió en favor de los pobres, para emplear en limosna, por amor de Dios, todas sus pertenencias.

  Deseando luego retirarse del ruido del mundo, huyó a una iglesia rural, donde el mismo San Francisco le hizo la sacra tonsura. De allí se refugió luego en otra iglesia. Sucedió allí que, al querer llevársela con ellos sus parientes, ella resistió con fortaleza y constancia; se abrazó enseguida al altar y, sin soltar los manteles, descubrió ante ellos su cabeza rapada, para que viesen que no podía permitir que la arrancaran de servir a Cristo, habiéndose desposado, de todo corazón, con Cristo.

  Por último, el mismo San Francisco la condujo a la Iglesia de San Damián, en las afueras de Asís, donde ella nació. Allí el Señor, deseoso de amor y culto perseverante a su nombre, le asoció muchas compañeras.

  Aquí tuvo su saludable origen la noble y santa Orden de San Damián, extendida ya por todo el orbe. Aquí Clara, animada por el mismo San Francisco, dió comienzo y auge a esta nueva observancia. Ella fue el primero y seguro fundamento de esta excelsa vida religiosa, la piedra angular este encumbrado edificio.

  Noble por su estirpe y más noble por su conducta, bajo esta regla de admirable santidad, mantuvo la virginidad que ya antes había guardado. Después, también su madre, llamada Hortelana -mujer entregada a obras de piedad-, siguió los pasos de su hija, profesó devotamente la vida religiosa en esta religión, y en ella acabó felizmente sus dias la muy hábil hortelana, que produjo tal planta en el huerto del Señor. Unos años después, la dichosa Clara, cediendo a las insistencias de San Francisco, aceptó el gobierno del monasterio y de las hermanas.

 Virtudes y santidad de vida en el monasterio

Muerte gloriosa de Santa Clara. Murillosantaclaradeasisvirgen

 Ella fue el árbol alto y esbelto, de ramas frondosas, que produjo frutos suaves de vida religiosa en el campo de la Iglesia, y a cuya sombra amena y deliciosa acudían en tropel de todas partes, y aún acuden hoy, muchas almas engendradas en la fe, a saborear tan dulce fruto.

  Ella fue la mujer nueva del valle de Espoleto, que nos ha alumbrado una nueva fuente de agua vital, para refrigerio y beneficio de las almas; agua que, dividiéndose en arroyuelos por el campo de la Iglesia, ha hecho próspero el plantío religioso.

  Ella fue el candelabro cimero de santidad que alumbra con vivacidad en el tabernáculo del Señor, a cuya luz esplendorosa acudieron, y aún se apresuran a venir muchas almas, a encender sus lámparas en esa llama.

  Ella, ciertamente, plantó y cultivó en el campo de la fe la viña de la pobreza, donde se recogen frutos pingües y abundantes de salvación.

  Ella dispuso en la heredad de la Iglesia su huerto de humildad, adornado de toda clase de pobrezas, donde florece abundantemente toda virtud.

  Ella levantó en la ciudadela de la vida religiosa una fortaleza de estricta abstinencia, donde se suministra abundante comida de manjares espirituales.

  Ella fue primicia de los pobres, guía de los humildes, maestra de los castos y abadesa de las penitentes.

  Ella gobernó su monasterio y la familia que se le encomendó con toda discreción y diligencia, en el temor y servicio del Señor y en la perfecta observancia de la Orden:.

  Vigilante en el deber, hacendosa en sus oficios, cauta en el exhortar, amorosa al amonestar, moderada en el corregir, con mesura en el mando, admirablemente compasiva, discreta en sus silencios, sensata en el hablar y hábil en todo lo relativo al buen gobierno, prefería servir antes que mandar, y honrar a las demás, antes que ser honrada.

  Este estilo de vida era, para las demás, enseñanza y escuela de sabiduría. En este libro de vida aprendieron su regla de conducta, en este espejo de vida se miraron, para conocer el sendero de la vida.

  Estaba, sí, con el cuerpo en la tierra, mas con el alma moraba en el cielo. Vaso de humildad, joyero de castidad, ardor de caridad, dulzor de bondad, vigor de paciencia, lazo de paz y comunión de familiaridad, afable en la conversación, dulce en la acción y en todo y siempre amable y agradable.

  Y como quiera que uno se hace más fuerte cuando más domina a su enemigo, Clara, con el fin de vigorizar su espíritu abatiendo la fuerza de la carne, tenía por lecho el suelo desnudo o, a veces, unos duros sarmientos, y un duro leño como almohada para reclinar la cabeza. Se contentaba con una sola túnica y capotillo de paño basto, vil, áspero y vulgar. Con esta humilde indumentaria cubría su cuerpo, ciñendo, a veces, su carne desnuda con un áspero cilicio, tejido de cordelillos de crines de caballo.

  Parca en el comer y sobria en el beber, era tal la austeridad de su abstinencia, que por mucho tiempo, tres días a la semana -lunes, miércoles y viernes- no probaba alimento; y aún los demás días lo reducía tanto, que sus compañeras se admiraban de que pudiera subsistir con un rigor tan excesivo.

  Dada también a frecuentes vigilias y oraciones, dedicaba primordialmente a ello las horas del día y de la noche.

  Aquejada, por último, de prolijas dolencias que no le permitían levantarse por sí misma para las ocupaciones domésticas, se incorporaba con ayuda de las hermanas y, recostada sobre almohadones, trabajaba con sus manos, a fin de no permanecer ociosa ni siquiera en las enfermedades. De ese modo consiguió que, de la tela de lino fruto amoroso de su labor y arte, se hicieran muchos corporales para el sacrificio del altar, y que los repartieran a distintas iglesias del valle y de los montes de Asís.

  Amante singular y celosa cultivadora de la pobreza, tanto arraigó en su alma esta virtud, tanto se dejó llevar por el anhelo de poseerla, que la amó cada vez más firmemente, la abrazaba cada día con más ardor y jamás se separó por nada del mundo de su estrecho y gozoso abrazo. Y jamás nadie, de ningún modo, pudo convencerla para que aceptara que su monasterio tuviese alguna propiedad, por más que el papa Gregorio (IX) de grato recuerdo, predecesor nuestro, que deseaba abastecer al monasterio de lo necesario, estuviese dispuesto a dotarlo de posesiones suficientes y adecuadas para el sustento de las hermanas. 

Milagros, antes y después de su muerte

Y en verdad, puesto que una luz grande y clarísima no se puede ocultar sin que difunda su claridad, así la fuerza de su santidad resplandeció, aún en vida, con muchos y variados milagros.

  En efecto, a una de las hermanas de su monasterio le devolvió la voz que había perdido casi completamente mucho tiempo antes. A otra, totalmente privada del uso de la lengua, la hizo capaz de hablar.

  A otra le abrió al oído una oreja aquejada de sordera. Con una simple señal de la cruz curó a otra de la fiebre, a otra hinchada de hidropesía, a otra llagada con una fístula y a muchas otras oprimidas por diferentes males. Y curó a un fraile de la Orden de los Menores, enfermo de locura.

  Una vez faltó completamente el aceite en el monasterio, y ella mandó llamar al fraile encargado de pedir limosna para el monasterio, tomó una pequeña vasija y, después de lavarla, la dejó, vacía, en la puerta del monasterio, para que el fraile la llevase consigo, para pedir aceite. Mas, cuando dicho fraile fue a cogerla, la encontró llena de aceite, concedido por gracia de la caridad divina.

  Y también, otro día que no había más que medio pan para la comida de las hermanas, mandó que lo cortaran en trozos y lo dieran a las hermanas. Mas Aquél que es el pan vivo y da de comer a los hambrientos, lo multiplicó de tal manera entre las manos de la que lo desmenuzaba, que resultaron cincuenta trozos abundantes, que se repartieron entre las hermanas, que ya estaban sentadas a la mesa.

  Por esos y otros admirables prodigios manifestó, aún en vida, la excelencia de sus méritos. Cuando ya se encontraba en las últimas, vieron entrar en el lugar donde yacía la sierva de Cristo una resplandeciente multitud de vírgenes santas adornadas con expléndidas coronas, entre las cuales una más majestuosa y bella que las demás. Llegaron hasta su lecho y, rodeándola, casi le dieron, con premuroso cuidado, alivio y consuelo.

  Después de su muerte llevaron a su sepultura a un enfermo de mal pasajero, que no podía caminar, por la contracción de una pierna; y su pierna dio un sonoro chasquido allí delante, y quedó curado de ambos males.

  Se vieron a personas con la espalda doblada, agarrotadas por la enfermedad, y a dementes furiosos, presa de ataques de locura, recuperar completamente la salud ante el sepulcro de Clara.

  Uno que había perdido el uso de la mano derecha por un fuerte golpe recibido, hasta el punto de no poderla utilizar para nada, se curó completamente por los méritos de la Santa, recuperando su mano como la tenía antes.

  Otro que había perdido la vista y estaba ciego desde hacía mucho tiempo, vino a la sepultura en compañía de otro, recuperó la visión y regresó sin necesidad de que lo guiaran.

  Por estos hechos y admirables milagros, y por muchísimos más, esta dichosa virgen difundió luminosa claridad, de modo que se vio cumplida en ella aquella profecía que su madre oyó, según se dice, mientras rezaba, estando encinta de ella: que de ella nacería una luz tan grande que iluminaría todo el universo.

 Canonización, fiesta e indulgencias

 Alégrese, pues, la Madre Iglesia, que ha engendrado y formado a tal hija, madre fecunda de virtudes, que ha engendrado con sus ejemplos a una multitud de alumnas para la vida religiosa y las ha formado a la perfección, en el santo servicio de Cristo. Se alegre también el pueblo fiel y devoto, porque el Señor y rey de los cielos ha introducido, con tanta gloria, en su altísimo y resplandeciente palacio, a su hermana y compañera, que él se eligió como esposa. Así como saltan de júbilo los coros de los santos, al celebrarse en su patria celestial las nuevas nupcias de la esposa del Rey.

  Ahora, porque conviene que una virgen de Dios exaltada en el cielo sea venerada en la tierra, por la Iglesia universal, puesto que, tras una diligente y atenta investigación y examen riguroso de la santidad de su vida y de sus milagros, aunque sus claras gestas son ya bien conocidas en regiones de cerca y lejanas, Nos, con el consejo y el asentimiento común de nuestros hermanos y de todos los prelados que se encuentran actualmente en la Sede apostólica, fiados en la omnipotencia divina, con la autoridad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra, determinamos inscribirla en el catálogo de las vírgenes santas.

  Por tanto, os lo anunciamos a todos vosotros y os exhortamos expresamente, mediante estas cartas apostólicas, a celebrar con toda devoción y solemnidad la fiesta de esta virgen el 12 de agosto, y a mandar que la celebren vuestros fieles con la misma devoción, a fin de que podáis merecer tenerla ante Dios como vuestra buena y solícita protectora.

  Y Nos, por la misericordia de Dios todopoderoso, confiando en la autoridad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, para que la multitud del pueblo cristiano acuda a su venerable sepulcro con más ardor y más numerosos, y su fiesta se celebre con mayor afluencia de gente, concedemos para cada año la indulgencia de un año y cuarenta días a todos aquellos que con humildad y devoción, bien contritos y confesados, se acerquen al sepulcro de esta virgen el día de su fiesta o también dentro de la octava, para pedir su protección.

  Dado en Anagni el 26 de septiembre, en el año primero (1255) de nuestro pontificado”.

Obispón sacrílego de Palermo regala templo católico para establecer sinagoga

agosto 11, 2017
Arzobispo-de-Palermo-y-Shavei-Israel

El neoarzobispo (criptohebreo) de Palermo, Corrado Lorefice, transfiere en forma sacrílega la propiedad del espacio bajo los términos del italiano “comodato d’uso gratuito”…

(Transcrito de esefarad.com)

El jueves pasado, en el palacio arzobispal de Palermo, hubo un acontecimiento esperanzador y bello. Era el colofón de un hecho anterior, cuyo profundo simbolismo nacía de la reparación histórica y de la voluntad de entendimiento. En estos tiempos de gentes que matan en nombre de dioses oscuros, una noticia de esta fuerza nos recuerda que los únicos dioses posibles habitan en la luz.

Los hechos cabalgan entre tres fechas: 12 de enero de 1493 y 12 de enero y 29 de junio del 2017: un periodo que abarca 524 años y que, sin embargo, no ha sido óbice para hacer justicia. Se trata de la decisión que tomó a principios de año monseñor Corrado Lorefice, arzobispo de Palermo, de ceder gratuitamente (commodato d’uso) el oratorio de Santa María del Sábado a la comunidad judía local para que pudiera instaurar, en dicho edificio, la antigua sinagoga de Palermo. Monseñor escogió el 12 de enero porque ese mismo día, cinco siglos ­antes, se cumplía el plazo dictado por el rey Fernando el Católico para que los judíos abandonaran Sicilia, no en vano Sicilia formaba parte de la co­rona catalana, confederada con la ­castellana por el matrimonio de Fernando con Isabel. Fue entonces cuando la Iglesia de Palermo confiscó la Gran Sinagoga de la capital siciliana, la derrocó y, sobre sus ruinas, erigió la iglesia de San Nicolás de Tolentino y el oratorio de Santa María del Sábado. Y hoy, un arzobispo católico la retorna a la comunidad judía, 524 años después.

Un proverbio judío asegura que la espada apareció en este mundo debido al retraso de la justicia, y en consecuencia lógica, cuando aparece la justicia, retrocede la espada. Así ha sido con este gesto de la Iglesia católica, cuyo profundo simbolismo se asienta en tres virtudes trascendentes: la reparación de un acto injusto, el mensaje de la concordia espiritual y el triunfo de la tolerancia por encima de la arrogancia, la prepotencia y el poder. Tantos siglos después, un gesto de generosidad católica repara algo del inmenso dolor que, en nombre de la cruz, se infligió al pueblo judío.

Como todo acto bueno tiende a multiplicarse, la Fundación Raoul Wallenberg –que se concentra en premiar a “los salvadores”, tanto de vidas humanas, como de patrimonio cultural– ha concedido su medalla de honor al arzobispo Corrado, una alta distinción que nunca, antes, había recaído en un representante de la Iglesia católica. Se cierra así un círculo de buenos actos y bellas intenciones que envía un mensaje revolucionario, en tiempos de desconcierto, confrontación y desencanto: los dioses son un instrumento para el bien cuando se miran a la cara y se sonríen. Y su mensaje espiritual sólo puede calar hondo cuando se basa en la justicia. En Palermo se acaba de reparar una maldad histórica. Con ello, la cruz católica y la Maguen David se han dado la mano y han recordado lo esencial: no hay Dios posible en la intolerancia.

Bergoglio promueve a pareja sodomita por “bautizar” a sus “hijos”

agosto 10, 2017
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Con esta carta “ya me puedo morir tranquilo” afirma el sodomita Toni Reis, quien aparece al lado de su cómplice y de un pobre niño.

(Transcrito de huffingtonpost)

“Significa un gran avance en una institución que quemaba a los gays durante la inquisición (falso) y ahora nos manda un oficio felicitando a nuestra familia. Estoy muy feliz, ya me puedo morir tranquilo…”

Un asesor del (anti)papa Francisco felicitó en nombre del pontífice a una pareja homosexual en Brasil por el bautismo católico de sus tres hijos adoptivos, según una carta enviada por el Vaticano publicada este lunes por uno de los padres.

 

“El papa Francisco les desea felicidades, invocando para su familia la abundancia de las gracias divinas, para que vivan constante y fielmente la condición de cristianos”, expresa una carta dirigida a Toni Reis por monseñor Paolo Borgia, asesor de la Secretaría de Estado del Vaticano.

Según Reis, que publicó una foto de la carta en su cuenta de Facebook, él y su (dizque)esposo David enviaron en abril una carta al pontífice contando del bautismo de sus tres hijos, Alyson, Jéssica y Filipe, en una iglesia de Curitiba (sur).

 

En espera de una confirmación, fuentes del Vaticano minimizaron la eventual importancia de esa carta, diciendo que Francisco siempre trata de responder positivamente a miles de misivas similares que recibe diariamente.

“No esperábamos una respuesta. Recibir una carta del Vaticano con sello, fotografía autografiada del Papa ¡es la gloria!”, dijo Reis en entrevista telefónica con la AFP.

La carta está fechada el 10 de julio, pero la familia la vio apenas el pasado viernes, cuando regresaron de un viaje de varias semanas por Europa.

Reis, de 53 años y el inglés David Harrad, de 59, son pareja desde hace 27 años.

Pudieron oficializar su matrimonio en 2011, cuando la corte suprema brasileña reconoció la “unión estable” para las parejas del mismo sexo, lo que en la práctica equiparó sus derechos con los de las parejas heterosexuales, otorgándoles acceso a matrimonio, adopción, herencia y pensión por muerte.

En 2012 adoptaron a Allyson, un muchacho de 16 años y en 2014 a los hermanos Jéssica (14) y Filipe (11).

El (anti)papa Francisco dijo en 2016 que según el catecismo los homosexuales “no deben ser discriminados, sino respetados y acompañados en el plano pastoral“, repitiendo una formula utilizada durante el primer año de su pontificado, cuando sorprendió al mundo con su afirmación: “Si alguien es gay y busca al Señor con sinceridad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”.

Felicita Bergoglio a Marley por contratar vientre de afroamericana para implantar a su “próximo hijo”, quien fue fecundado artificialmente en una siberiana (¡!)

agosto 5, 2017

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Bergoglio no puso reparos siquiera en que se trataría de un “padre soltero”, menos en que era por la inmoral inseminación y, además, en un vientre alquilado…

 

Marley (47) viajó a Europa para grabar la nueva temporada de su programa Por el mundo, que se emitirá por la pantalla de Telefe. El conductor aprovechó su paso por Italia para visitar el Vaticano, donde tuvo un encuentro con el papa Francisco.

En su cuenta de Instagram, el conductor compartió con sus miles de seguidores una imagen junto con el Pontífice. “¡Emotivo encuentro con el Papa Francisco! Hablamos sobre mi bebé, le conté que voy a ser padre soltero. ¡Un momento único! Todo, muy pronto, en un Especial por Telefé”, escribió en la red social.

El 26 de agosto de 2015, Marley viajó a Los Ángeles para tener una reunión en Growing Generations, una agencia de maternidad subrogada, y cumplir su sueño de ser papá. Una siberiana de 26 años donó los óvulos y se eligió a una mujer negra norteamericana para implantar el embrión.

El 8 de noviembre nacerá su primer hijo, Mirko -nombre elegido en honor a su ascendencia rusa-, en una clínica de Chicago y él se instalará allí unos días antes junto a su madre para presenciar el parto.

“Sueño mucho con el bebé. Son distintos tipos de sueños: en algunos viene y me habla, una cosa rarísima. Cada vez me asombro más porque a veces nace y me empieza a hablar. Y yo digo: ‘¡No puede ser que ya me hable!’. Nos tentamos y nos reímos, como que tenemos buena onda. Es gracioso el pibe. Estoy súper ansioso”, dijo el presentador en una entrevista con Teleshow.

La decisión de ser padre la había tomado hace mucho, “a los veintipico”. Pero le llevó mucho tiempo materializarla “porque quería estar lo suficientemente maduro como para asumir semejante responsabilidad”. Y no es casualidad que haya elegido este momento para comenzar una nueva etapa: “Estoy en un momento de estabilidad, súper contento con todo lo que me ha pasado en la vida, con mis amigos y mi familia”.

 

Fin de Sursum Corda… y sin respuestas a las objeciones vs. sus últimas publicaciones

agosto 1, 2017

Hace poco más de un mes Raúl Miguel, bloger de Sursum Corda, anunció que cerraba su blog… para siempre…

Prometió responder, una a una, a las objeciones presentadas contra sus más recientes publicaciones.

En esos últimos posts reivindicaba los errores del falsario profesor Corbi. Aseguraba mentirosamente que no había pruebas documentales de las consagraciones realizadas por monseñor Petrus Martinus Ngo Dinh Thuc y, en el mejor de los casos, aseguraba que el obispo vietnamita era incapaz de realizar esas consagraciones en 1982 haciendo un pseudiagnóstico dizque psiquiátrico post mórtem y a distancia, en base a las perversas calumnias de la Logia Lefebvriana y del tal profesor Corbi, quien jamás conoció al obispo católico.

Ante docenas de objeciones realizadas por los integrantes de Foro Católico y por las propias evidencias de sus contradicciones, Raúl Miguel solamente contestó que sufría una profuna crisis espiritual (lógicamente) y que no publicaría nada por un tiempo… pero no nos dijo que sería en definitiva.

Tampoco nos dijo que se sintiera amenazado personal o familiarmente, solamente que había recibido insultos y ataques como bloger. Lo cual es el pan de cada día para quienes defienden la Verdad… y para quienes no la defienden también.

Finalmente, hoy nos enteramos de su carta de cierre y la republicamos a continuación:

 http://findesursumcordablog.blogspot.mx/2017/06/fin-de-sursum-corda.html

Fin de Sursum Corda

Cómo algunos de ustedes ya saben, desde hace casi dos meses decidí suspender la publicación digital “Sursum Corda”. Esta decisión fue tomada luego de reflexionar bastante sobre algunas cuestiones propias del movimiento tradicionalista y el comportamiento de la gente implicada en ese “sistema” (obispos, sacerdotes, fieles, amigos y enemigos).

Sursum Corda fue un proyecto que llevé adelante furante ocho años. Durante aquellos ocho años el blog alcanzó un total de 650 mil visitas. Fue visto en muchos países y contó con un total de 1628 entradas publicadas, de las cuales, la mayoría fueron de mi autoría, aunque conté con la colaboración de algunos amigos que enviaban artículos y comentarios muy interesantes.
Pero todo tiene un ciclo. Sursum Corda, el blog que yo llevé adelante y que tenía por fin el difundir la Fe Católica Tradicional, publicar estudios bíblicos, reflexiones sobre noticias y acontecimientos, que tenía como objetivo analizar la historia de la Iglesia (del pasado y del presente) y dónde se dieron importantes debates, llegó a su fin.
No es mi intención volver a abrir Sursum Corda. El blog fue cerrado de manera definitiva. Tampoco es mi intención contestar mensajes ni comentarios, razón por la cual esta entrada no tiene habilitada esa opción. Aunque al final de este breve y único artículo usted podrá encontrar una manera de comunicarse conmigo.
Como expliqué, no es mi intención volver a abrir el blog Sursum Corda. El cierre no se debió a un período de re-organización del contenido, ni a una mudanza del hosting; por esa razón no responderé a ningún pedido al respecto. Las razones que me han llevado a decidir esto, luego de ocho años de publicar y defender el catolicismo tradicional romano, son la cantidad de ataques personales que grupos tradicionalistas han lanzado contra mi persona y lo que es peor, en los últimos días, contra mi familia y mi trabajo, poniéndolos en riesgo. Eso es algo que no puedo permitir, menos sabiendo de quienes provienen estos ataques, que son personas a las que yo mismo alenté en el pasado y grupos a los que promoví, y que, por un cambio de perspectivas de mi parte, “entrando en pánico”, han creído que lo mejor era atacarme e insultarme hasta el cansancio.
Estos grupos me han insultado, me han calumniado, me han deseado todo tipode enfermedades, a mi y a mi familia. Y lo que es peor, en las últimas comunicaciones, hasta me enviaron datos privados de mis trabajos para asegurarme no sólo del nombre de cada uno de mis familiares y amigos, sino también, para que supiera que ellos conocen dónde trabajo. Estas mismas personas, y esos mismos grupos hoy pueden estar tranquilos. Sursum Corda no se publica más. Ellos pueden continuar aparentando una vida piadosa, costumbres cincuentistas y golpearse el pecho llenos de orgullos por ser “caballeros cristianos”, ejemplos “de padres de familia”, obedientes a sus “sacerdotes y obispos legítimos”, etc.
Yo no me hubiera asombrado de que esos ataque vinieran de personas ligadas a la Iglesia Conciliar, pero que provinieran de “tradicionalistas” fue demasiado.
Por esa misma razón, les informo que tampoco estoy interesado en contactarme con grupos, sacerdotes ni obispos tradicionalistas nunca más. No intente rezalizar una “cruzada” para salvarme el alma, ni tampoco una cadena de oración por mi pronta muerte y más acelerado castigo en el infiero. Y si lo hace, no me lo comunique. No me interesa.
Es por esta misma razón que, les informo, yo no recomiendo a ningún sacerdote, obispo, congregación, sociedad religiosa, unión pía, fraternidad sacerdotal, cenáculo, centro de Misa, grupo de fieles, ni nada que tenga que ver con el mundo tradicionalista.
Espero sepan ustedes comprender.
Sin otro particular, los saludo muy cordialmente,
Raúl Miguel
Ex administrador del blog Sursum Corda
sursumcordablog@hotmail.com

¿Qué pasó con Raúl Miguel y Sursum Corda?…

julio 26, 2017

El editor de Sursum Corda se comunicó hace unas semanas con Foro Católico, luego de una amplia controversia suscitada por sus dudas sobre la validez de órdenes sagradas  impartidas por Monseñor P. M. Ngo Dinh Thuc a sus legítimos sucesores en el episcopado (Gerard Des Lauriers, Moisés Carmona y Adolfo Zamora).

Foro Católico aportó diversos documentos y fuentes católicas para desmentir nuevamente las insidias de un tal profesor Corbi, pero Raúl Miguel ya no respondió a éstas y pidió tiempo para reflexionar y dar su definición…

Pero actualmente ya no encontramos el blog de Sursum Corda en su sitio original (sursumcordablog.blogspot.com) ni hemos recibido ninguna nueva comunicación de Raúl Miguel.

 

 

 

 

El apóstol Santiago y los orígenes del cristianismo en España y América

julio 25, 2017
MataMoros

Santiago el Mayor, “hijo del trueno” y apóstol para Hispanoamérica.

Testimonios documentales sobre la predicación del apóstol Santiago en España

  1. Entre los siglos V y IX se desarrolla la veneración hacia todos los Apóstoles. Se generalizan progresivamente sus fiestas, que en principio eran locales.

  Durante ese tiempo, en libros litúrgicos de Oriente y Occidente, o por separado, se compilan los datos referentes a todos los Apóstoles en breves Índices (calendarios de sus fiestas, breviarios, Nomina Apostolorum,…)

  Unos recogen datos biográficos (nacimiento, predicación, muerte, sepultura); otros se limitan a señalar la passio con el lugar de la muerte, que es lo que conmemora la fiesta correspondiente.

  Por lo que toca a Santiago, algunos textos orientales, como también la Passio latina, evocan su predicación en Judea y Samaria. Los actos griegos, coptos y etiópicos afirman la predicación a los judíos de la Diáspora.

  2. Distintos textos latinos añaden la predicación en Hispania o en Hispania et occidentalia loca.

    El Breviarium Apostolorum ex nomine ubi predicaverunt, orti vel obiti sunt (que circula por todo el Occidente desde finales del s.VI o comienzos del VII) dice de Santiago:

hic Spaniae et occidentalia loca praedicat…“.

  En el mismo sentido se puede citar la lista Nomina Apostolorum per singulos cibitates ubi predicaverunt evangelium (Norte de África, s.VIII y anteriores): Jacobus Zebedei in Spania.

  3. El opúsculo hispano de comienzos del s.VII, De ortu et obitu Patrum qui in Scriptura laudibus efferuntur, muy difundido también por Occidente, como obra de San Isidoro de Sevilla, en la noticia biográfica dedicada particularmente a Santiago (cap.71) dice:”Spaniae et occidentalium locorum Evangelium praedicavit et in occasum mundi lucem praedicationes infudit”.

  4. Una serie de textos que destacan la predicación de los Apóstoles por todo el mundo y su distribución según las sortes propias que cada uno había recibido, asignan Hispania a Santiago: San Isidoro de Sevilla, San Beda el Venerable, San Beato de Liébana

5. San Aldhelmo de Malmesbury (Inglaterra), a fines del s.VII, en el poema dedicado al altar de Santiago dentro de una basílica que los tenía dedicados a los Doce Apóstoles, señala la predicación en España:

primitus hispanas convertit dogmate gentes“.

  El himno a Santiago O Dei verbum, de la Liturgia hispana (s.VIII, reino de Asturias), asigna también al Apóstol como tierra de misión España, donde preside, cumpliéndose la petición de que los Zebedeos estuviesen a derecha e izquierda en el Reino de Jesús: Juan en Asia, Santiago en Hispania.

  Después del siglo XI, la creencia en la predicación de Santiago en España posee la universalidad en la Iglesia Occidental y se extiende también por Oriente. Es un dato firme de la literatura hagiográfica y de la liturgia.

  La polémica acerca de la cuestión se ha detenido excesivamente en el intento de demostrar con argumentos positivos que es imposible o inverosímil la predicación de Santiago en España. A la luz de la ciencia histórica actual esos argumentos no son válidos:

  • Si se admite la incierta opinión de que durante un buen número de años los Apóstoles no consideraban abierto el camino a los gentiles, solo puede entenderse de una prioridad a favor de los judíos, lo que no excluye a los judíos de la diáspora.
  • Deducir del libro de los Hechos que los Apóstoles no salieron de Jerusalén hasta después de la muerte de Santiago, supone violentar la verdadera estructura del libro que no es una historia completa de los Apóstoles.
  • El criterio paulino de predicar donde Cristo no había sido nombrado (Rom 15, 20), además de no tener un sentido absolutamente excluyente, no sería aplicable a territorios amplios donde pudieron quedar grandes zonas sin evangelizar. Acaso el proyecto paulino de ir a España responde también al programa de la última fase de su vida: consolidar cristiandades ya constituidas.
  • Por último, el máximo argumento, minuciosamente analizado por Duchesne, del silencio de los escritores españoles antiguos no tiene consistencia al advertir que, aún mayor, afecta a la predicación de San Pablo y a otros hechos importantes de la historia de la Iglesia antigua.
  • Donde tiene campo abierto la crítica histórica es en lo tocante a la génesis, propagación y valor, de la convicción occidental de los siglos VI-VIII.
  • Es una suposición infundada el que todos los textos deriven de otro único (elBreviarium) que habría sido manipulado para introducir en él la noticia de la predicación (Duchesne).
  •  Tampoco hay suficientes razones para sostener, como hace Lipsius, que la idea fue promovida por la Iglesia española del sigo VII con el fin de sustituir con otro Apóstol a San Pablo, cuya adscripción a España sería mal vista por Roma que lo reclamaba en exclusiva para sí. La principal razón es que la primera mención española de San Pablo aparece en San Isidoro, quien también habla de Santiago.
  • Gams supone que el hecho de la traslación del Cuerpo de Santiago muerto dio ocasión, en virtud de una modalidad lingüística, para que se terminara hablando del viaje de Santiago vivo. Pero esto exigiría una localización notoria de la sepultura antes de que aparezcan las menciones de la predicación.

  Por último cabe preguntarse si la convicción occidental de la alta Edad Media es manifestación de una tradición más antigua.

  De ella pueden encontrarse indicios en los numerosos textos (ss.IV-V) que, refiriéndose de un modo genérico a la predicación de los Apóstoles por todo el mundo, sin ligar necesariamente a cada Apóstol con un país determinado, mencionan expresamente a Hispania.Los textos, vistos aisladamente, podrían interpretarse de otra forma pero, a la luz de las menciones de los siglos VII-VIII pueden también entenderse como alusiones y vestigios de la misma corriente tradicional que aflora luego por escrito.

Féretro del Apóstol Santiago

Culto sepulcral y traslación

  1. Aunque la Passio y otros Actos Indices, de acuedo con Hch 12,2 ponen la muerte de Santiago bajo Herodes y la sitúan casi siempre en Jerusalén, añadiendo algunos ibique sepultus est, es notable que no haya noticia de un culto sepulcral, al menos duradero, en Jerusalén ni en otro lugar de Palestina.

  2. El De ortu et obitu Patrum, el Breviarium Apostolorum y otros textos, incluso orientales, señalan como lugar de la sepultura de Santiago un lugar designado por dos vocablos con variantes en los manuscritos:

a.      Acha o Achi (Aca – Aci) o Achaia (en copias tardías, Arca, Arce).

b.      Marmarica (o Marmorica).

  El modo como surge este topónimo en los textos sugiere la idea de una inventio o traslado. A partir de este tiempo, en los ss.VII-VIII, Santiago (que antes no se contaba entre los Apóstoles de culto extendido) comienza a tener iglesias dedicadas y veneración de reliquias en Galicia, Francia e Inglaterra lo que requiere un foco, un sepulcro, donde quiera que estuviese.

  Manuel Ximénez: “Traslado del cuerpo del apostol Santiago” (s.XV)

  3. En la primera mitad del siglo IX se nos manifiesta en Galicia un culto intenso y creciente al Cuerpo de Santiago, cuya presencia allí presupone un traslado. Ahora bien, ¿qué hay en el origen de esta veneración? ¿Un traslado contemporáneo? ¿Un descubrimiento inesperado del sepulcro? ¿Un lento proceso de identificación de un sepulcro ya conocido? ¿La simple exaltación de una devoción ya existente?

  Todas estas hipótesis tienen partidarios y coinciden en dar por seguro el dato de la tradición compostelana, según el cual hubo un descubrimiento en tiempos del obispo de Iría Teodomiro (c.813) y sólo difieren a la hora de interpretarlo: ¿fue un descubrimiento total? ¿o sólo el hallazgo y exhumación de un cuerpo que ya era objeto de culto local, mas no era accesible por estar soterrado?

  El lugar de Galicia en que recibe culto el Cuerpo de Santiago se denomina en la abundante documentación local de los ss.IX-XI Arcis, o ArchisMarmoricis Marmaricis y sin que se pueda establecer ninguna dependencia literaria con los textos antiguos que hemos citado.

  El hecho de la localización del Cuerpo de Santiago en Galicia, anterior a las leyendas explicativas, admitido con naturalidad por la Iglesia, sería inexplicable sin datos precedentes que permitiesen relacionar con Galicia una sepultura que los textos muy conocidos de los Hechos y de la Passio inducirían necesariamente a situar en Palestina. La búsqueda de esos datos es un quehacer pendiente:

  • ¿Traslación en el siglo I como suponen las narraciones medievales?: es posible, aunque menos normal que

  • ¿Traslación del siglo IV en adelante, con o sin etapas intermedias, en tiempo próximo a la mención del Arca Marmarica?: sería congruente con la abundancia de traslados de otros santos, con las adaptaciones del edificio sepulcral, con la cronología litúrgica (fiesta del 25-julio).

Iglesia de Santiago Tlatelolco (México) construida por orden de Hernán de Cortés y donde asistía Juan Diego al catecismo.

El Apóstol en tierras de la Nueva España

Bernal Díaz del Castillo, relata en su obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cómo los españoles invocaban la ayuda de Santiago Apóstol en sus expediciones por el Nuevo Mundo.

La primera ocasión que sucedió esto fue en el año de 1519 cuando Hernán Cortés y su tropa llegaron al río que ellos nombraron Grijalba y que se conocía por los naturales como Tabasco. Arribaron en la desembocadura de éste por medio de canoas porque no podían entrar los navíos grandes, ahí los indígenas les presentaron batalla a los españoles que todavía no habían tocado tierra, viéndose en apuros, sobre todo el capitán que se encontraba en una zona fangosa y:

[…] en aquella lama estaba Cortés peleando, y se le quedó un alpargato en el cieno que no le pudo sacar, y descalzo el un pie salió a tierra, y luego le sacaron el alpargato y se calzó. Y entre tanto que Cortés estaba en esto, todos nosotros, así capitanes como soldados, fuimos sobre ellos nombrando a Señor Santiago, y les hicimos retraer […].

Después del triunfo de la batalla para los españoles, Cortés tomó posesión de aquella tierra en nombre del rey. Más tarde los conquistadores pidieron nuevamente a Santiago que los ayudara en la batalla de Tlaxcala en 1519, donde Cortés lo invocó clamando ¡Santiago, y a ellos! , derrotando a los naturales comandados por Xicotenga. Igualmente cuando Cortés mandó pacificar la provincia de Chiapas, estando capitaneando Luis Marín, se percató de que eran tantos los contrarios que animó a sus compañeros gritándoles ¡Ea, señores, ¡Santiago y a ellos!, o cuando el capitán Gonzalo de Sandoval estuvo en la provincia de Chalco, donde le esperaron gente de campaña, en este lugar se escuchó una vez más el grito de guerra de los españoles.

Al leer a Díaz del Castillo se vuelve evidente que los conquistadores tenían una profunda devoción al Apóstol. Algunos de ellos llegaron a México vistiendo el hábito de Santiago. Como españoles, el nombrar al Apóstol era tener de inmediato su segura protección, porque a pesar de la valentía con que luchaban los indígenas, la mayoría de las veces se replegaban o salían derrotados.

  Santiago Apóstol preparó el camino para la Virgen María en España y también preparó su llegada al “Nuevo Mundo”. El es el Apóstol de la Virgen María, también es conocido como el Apóstol de la Paz.

En 1519, Cortes llegó a Veracruz, y en Lantigua construyó la primera Iglesia dedicada a Santiago Apóstol en el continente Americano. También en 1521, cuando México fue conquistada, Cortes construyó una Iglesia en las ruinas de los Aztecas que al igual fue dedicada a Santiago Apóstol. A esta Iglesia era que Juan Diego se dirigía el 9 de diciembre de 1531, para recibir clases de catecismo y oír la Santa Misa, ya que era la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Unidad en la Fe

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