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The Guardian: sorprenden palabras (blasfemias) de Bergoglio sobre Dios como creador de “gay people” (sodomitas)

mayo 23, 2018

Bergolgio The Guardian gay

(Transcrito de The Guardian/ Ruth Hunt. Traducción de Foro  Católico)

Es inmensamente impactante escuchar que el Papa Francisco, líder de la Iglesia Católica Romana, le dijo al homosexual Juan Carlos Cruz: “Dios te hizo así y te quiere así”.

Cruz sobrevive a los abusos sexuales por parte de un clérigo, y habló en privado con el Papa hace unas semanas; luego dio a conocer su conversación a periódicos españoles. El violador, Fernando Karadima, fue declarado culpable de abuso sexual por el Vaticano en 2011.

Como católico practicante, me resulta profundamente conmovedor que el Papa Francisco confirme lo que muchos católicos ya sabíamos: Dios nos hizo como deberíamos ser, no hay errores.

Las personas lesbianas, homosexuales, bi y trans existen en cada comunidad, de cada origen étnico y en cada religión. Sin embargo, la religión a menudo puede ser la parte de su vida que estas personas encuentran más difícil conciliar con su identidad. Algunos dirán que las personas LGBT no pueden existir en las comunidades de fe; que las comunidades de fe no aceptan las relaciones del mismo sexo o aquellas cuyo género no coincide con el que se les asignó en el momento del nacimiento. Algunos creen que las personas LGBT pueden y deben ser “curadas”. Como resultado de estas creencias, las personas LGBT a menudo necesitan encontrar por sí mismos un camino hacia Dios a pesar de sus líderes, y sin la ayuda de estos. Pero las palabras del Papa son una afirmación sorprendente de que las personas de fe, aunque LGBT, pertenecen a la iglesia y a las comunidades religiosas.

Nunca me he sentido excluido de la iglesia y siempre me han hecho sentir bienvenido. Pero he conocido a muchas personas que han tenido experiencias diferentes; personas que han sido lastimadas al exigirles que nieguen su sexualidad o que se sientan rechazados por Dios.

Las iglesias pueden ser espacios unificadores. Las religiones enseñan que Dios es amor, por lo que debe ser integral que todos los miembros de la comunidad y sus relaciones sean respetados. Así como las personas LGBT necesitan respeto y aceptación en la sociedad en general, también deben ser incluidas en sus comunidades de fe.

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Ruth Hunt, celebra y proclama al prosodomita Bergoglio.

Las palabras de Francisco pueden ayudar a construir puentes entre la Iglesia Católica y las personas LGBT que se han sentido rechazadas y excluidas. Muchas comunidades religiosas, grupos y lugares de culto ya incluyen a personas LGBT. La iglesia acepta que las personas LGBT existen, pero quiero que lleguemos a un punto donde nuestro amor sea reconocido como tan válido como cualquier otro. Si bien tenemos una forma de celebrar nuestro amor a través de las uniones civiles y el matrimonio entre personas del mismo sexo, también debemos seguir trabajando para permitir que las personas de fe LGBT se casen en la iglesia y declaren su amor a los ojos de Dios.

Me gustaría ver la aparente apertura del Papa reflejada en otros dentro de la Iglesia Católica Romana. Quiero vivir en un mundo donde todas las personas serán aceptadas, sin excepción, por sus creencias, su fe, su orientación sexual, su identidad de género y todo lo demás. Las palabras del Papa Francisco a Juan Carlos Cruz me dan la esperanza de que nos estamos moviendo en esa dirección.

Ruth Hunt es la presidenta ejecutiva de Stonewall UK

 

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“Dios te hizo gay y te quiere así”: Bergoglio a sodomita chileno

mayo 22, 2018

Juan Carlos Cruz

‘Juan Carlos, que tú seas gay no importa. Dios te hizo así y te quiere así y a mí no me importa. El Papa te quiere así, tú tienes que estar feliz con quien tú eres’”: (Jorge Mario Bergoglio)

(Transcrito de Agencias/laprensaaustral.cl)

Juan Carlos Cruz, una de las víctimas de Fernando Karadima, que a fines de abril se reunió con el Papa Francisco para conversar de los casos de abuso sexual y encubrimiento en la Iglesia Católica chilena, reveló que también conversó de su homosexualidad con el Pontífice quien lo acogió más allá de la postura clásica del cristianismo.

En conversación con el diario español El País, el periodista chileno contó que habló con el Papa sobre cómo lo hicieron sufrir más por ser homosexual. “A él (Francisco) le habían dicho prácticamente que yo era un perverso”, dijo Cruz.

“Ahí le expliqué que yo no soy la reencarnación de san Luis Gonzaga, pero no soy una mala persona, trato de no hacerle daño a nadie. Me dijo ‘Juan Carlos, que tú seas gay no importa. Dios te hizo así y te quiere así y a mí no me importa. El Papa te quiere así, tú tienes que estar feliz con quien tú eres’”, relató uno de los principales denunciantes de Karadima.

besito de sodomitas

Bergolglio se besa con una pareja gay en la Vaticueva.

Para el diario The Guardian, que recogió esta entrevista, los dichos del Pontífice argentino “son el comentario más sorprendente sobre la homosexualidad que ha pronunciado un líder de la Iglesia Católica Romana”.

Respecto al encuentro con el Papa sobre el comportamiento del clero chileno y a las consecuencias que vinieron después -incluida la renuncia de 34 obispos-, Cruz reconoció que está “sobrepasado”.

Después de pasar una semana en casa del Papa hablando con él horas, como si lo conociera de toda la vida, y él tan cariñoso, ahora ver que él en la carta a los obispos chilenos les decía muchas cosas de las que hablamos (…). Me emocionó que él se tomase tan en serio lo que conversamos. Sentí que nuestra visita no fue una cosa de protocolo, de relaciones públicas”, afirmó.

Juan Carlos Cruz también contó a El País que Jorge Bergoglio se disculpó con él. “Lo primero que me dijo fue ‘te quiero pedir perdón, a nombre del Papa y de la Iglesia por todo lo que has pasado. Te pido perdón por mí, porque fui causa de esta situación que te causó tanto dolor en estos últimos meses’”.

“Yo le contesté que no puede ser que esté rodeado de personas como el nuncio (Ivo Scapolo) que es nefasto, al cardenal Errázuriz que lo mal informa, que es tóxico. Y después tiene obispos que son una verdadera mafia, que todo lo tapan, lo minimizan”, añadió.

Según Cruz, “el Papa estaba espantado. Le dije que esos hombres han hundido su imagen en Chile, por eso se encontró que había poca gente en las misas. El me dijo que le encantó ir a Chile pero había visto cosas raras. Lo vi dolido por haber ido a Chile con tan mala información, por eso le creo”.

Juan Carlos Cruz afirmó al diario español que le contó de los abusos de Karadima “con mucho detalle. Yo lloré y a él se le notaba dolido. Me puso la mano en el hombro y me dijo ‘llora chiquillo’”.

El periodista chileno cree que Francisco se tomó “muy en serio” los casos de abuso, asegurando que “pedirle la renuncia a toda una Conferencia Episcopal es un paso enorme, no lo habíamos visto antes”.

En esa línea, manifestó que Jorge Bergoglio “está dando pasos inéditos, sabe que esto lo está viendo todo el mundo. Estoy optimista, no quiero pecar de ‘naif’ pero sí”.

“Todo esto tiene un efecto tsunami, ya está el precedente chileno, pasará en otros países. Estamos muy esperanzados. Esta gente es muy malvada, lo único que queremos en Chile es que se vayan para su casa. El Papa nos trató como reyes en Santa Marta y a los obispos como niños. Está claro que nos creyó a nosotros. Cuando viajó a Chile tenía mala información, quiero darle una segunda oportunidad, se la merece como todo el mundo”, puntualizó.

Consagración del obispo Mark Anthony Pivarunas CMRI. Septiembre 24 de 1991

mayo 22, 2018

Este documento presenta la consagración episcopal de Monseñor Mark Anthony Pivarunas, CMRI, el día 24 de septiembre de 1991 por el Excelentísimo obispo Moisés Carmona y Rivera.

Monseñor Carmona, quien falleció 38 días más tarde, a su vez fue  consagrado obispo en 1982 por monseñor Pietrus Martinus Ngo Dinh Thuc, hermano del presidente católico de Vietnam asesinado por los comunistas,  y quien en 1938 fue consagrado por los obispos Antonin-Fernand Drapier, O.P.; Isidore-Marie-Joseph Dumortier, M.E.P. y Dominique Maria Ho Ngoc Cân.

En una época en la cual campeaba la infiltración en Roma, el consagrante principal,  Arzobispo Antonin-Fernand Drapier, O.P.; fue providencialmente consagrado obispo en 1929 por tres obispos de tres diferentes iglesias orientales: un obispo caldeo (François Daoud),  un obispo de Siria (Athanase Cyrille Georges Dallal); y un obispo armenio (Jacques Nessimian). 

Además el obispo Isidore-Marie-Joseph Dumortier, M.E.P., co consagrante principal de Ngo Dinh Thuc, fue consagrado por los obispos Constantino Ajutti (del linaje episcopal de los papas Benedicto XIII, Benedicto XIV; Clemente XIII, San Pío X y Benedicto XV); Damien Grangeon, M.E.P. (del linaje episcopal de los papas Benedicto XIII, Benedicto XIV; Clemente XIII y Pío VI ) y Jean-Claude Bouchut, M.E.P. (del linaje episcopal de los papas Sixto IV, Julio II, León X, Clemente VII y San Pío V).

El segundo co consagrante de Ngo Dinh Thuc, el vietnamita Dominique Maria Ho Ngoc Cân, pasando por los papas Benedicto XIII, Benedicto XIV y Clemente XIII, desciende del linaje clásico del cardenal Rebiba, patriara de Constantinopla, quien se cree fue consagrado por San Pío V y designado por éste para consagrar a la mayoría de los linajes episcopales de toda la Iglesia.

 

 

 

 

Bergoglio “canonizará” al modernista Pablo VI y al comunista Óscar Romero en octubre 14

mayo 21, 2018
Montini

Batista Montini Alghisi. De vientre hebreo.

El Vaticano confirmó que el ultramodernista Pablo VI y el comunista Óscar Romero serán “canonizados” el domingo 14 de octubre en Roma durante del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes y las vocaciones convocado por el (anti)Papa Francisco del 3 al 28 del mismo mes.

En un consistorio público para la “canonización de beatos”, el usurpador pseudo Pontífice también decretó esta fecha para la ceremonia de “canonización” de Francesco Spinelli, sacerdote fundador del Instituto de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento; del sacerdote Vincenzo Romano, de María Caterina Kasper, fundadora del instituto de las Pobres Siervas de Jesucristo y de Nazaria Ignazia de Santa Teresa de Jesús.

“Hay dos obispos de Roma (recientes) que ya son santos”, dijo Bergoglio en referencia a Juan XXIII y Juan Pablo II. “Pablo VI será santo este año. Uno con la causa de beatificación en curso, Juan Pablo I, su causa está abierta”.

“Y Benedicto y yo, en lista de espera: ¡rezad por nosotros!”, bromeó.

Acta secreta de reunión con Pablo VI en 1976 demuestra la dualidad de Lefebvre

mayo 20, 2018

Lefebvre

“Pero hay que recordar que el arzobispo francés firmó tanto la Constitución conciliar sobre la liturgia como la misma declaración sobre la libertad religiosa. También hay que recordar que Lefebvre celebró la misa de 1965 con las primeras reformas experimentales introducidas por el “consilium” guiado por el cardenal Giacomo Lercaro y por el entonces padre Annibale Bugnini. “

(Transcrito de Vatican Insider)

«Tal vez haya habido algo poco apropiado en mis palabras, en mis escritos; pero no he querido referirme a su persona, nunca he tenido esa intención… Yo no puedo comprender por qué de repente se me condene porque formo a sacerdotes en la obediencia de la santa tradición de la santa Iglesia». «No es cierto. Se le dijo y escribió muchas veces que usted se equivocaba y por qué se equivocaba. Usted no ha querido escuchar nunca… Usted lo ha dicho y lo ha escrito. Sería un Papa modernista. Aplicando un Concilio Ecuménico, yo habría traicionado a la Iglesia. Usted comprenderá que, si así fuese, tendría que renunciar; e invitarle a usted a ocupar mi sitio para dirigir a la Iglesia». 

Se trata de un dramático documento, un mecanoscrito en lengua italiana con algunas partes en francés. El Papa Montini recibió el 11 de septiembre de 1976 en Castel Gandolfo al arzobispo francés Marcel Lefebvre, jefe de la Fraternidad San Pío X y gran crítico del Concilio. El redactor del acta fue, por voluntad del mismo Pablo VI, el Sustituto de la Secretaría de Estado, Giovanni Benelli (que pocos meses después fue promovido a arzobispo de Florencia y creado cardenal). Participó también en el encuentro su secretario particular, Pasquale Macchi. Benelli fue, pues, un asistente excepcional: diez años antes había sido pro-nuncio en Senegal, en donde fue obispo misionero el prelado francés. La transcripción de ese encuentro (entre el Papa que condujo el Concilio hacia su conclusión y que promulgó la reforma litúrgica, y el obispo rebelde que desafiaba la autoridad del Pontífice) ahora es publicada en el libro “La barca de Pablo”, escrito por el regente de la Casa Pontificia Leonardo Sapienza. 

Antes de indicar cuáles son las partes más importantes de esta conversación, es importante recordar que Giovanni Battista Montini y Marcel Lefebvre se conocían desde hacía tiempo. En los archivos de la diócesis de Milán hay una carta dirigida por el prelado francés al entonces arzobispo ambrosiano sobre los problemas misioneros del episcopado africano. Montini respondió diciéndose complacido «por la acción apostólica» de Lefebvre. Además, tanto el cardenal Montini como Lefebvre habían participaro en las sesines de trabajo de la Comisión central preparatoria del Concilio. Durante el Vaticano II, Lefebvre fue uno de los protagonistas de la minoría conservadora que se formó alrededor del “coetus internationalis patrum”. Estaba en primera línea en la lucha contra la colegialidad, pidió la condena del comunismo y una lucha feroz contra la libertad religiosa, derecho que el Concilio habría garantizado con la declaración “Dignitatis humanae”. Pero hay que recordar que el arzobispo francés firmó tanto la Constitución conciliar sobre la liturgia como la misma declaración sobre la libertad religiosa. También hay que recordar que Lefebvre celebró la misa de 1965 con las primeras reformas experimentales introducidas por el “consilium” guiado por el cardenal Giacomo Lercaro y por el entonces padre Annibale Bugnini

Después de haber dejado el puesto de superior de su congregación, Lefebvre fundó en 1970 la Fraternidad sacerdotal San Pío X, con un seminario propio en Ecône, en la diócesis suiza de Friburgo y con el reconocimiento del obispo diocesano, François Charrière. La Fraternidad se niega a celebrar según el nuevo misal romano, y en 1974 el arzobispo indica que las novedades introducidas por el Concilio Vaticano II son «novedades destructoras de la Iglesia». Pierre Mamie, el obispo que sucedió a Charrière, de acuerdo con la Conferencia Episcopal helvética y con el Vaticano, retira el reconocimiento canónico al seminario de Ecône y pide su clausura. 

La Santa Sede trata de dialogar con Lefebvre: el Papa instituye una comisión para escuchar las instancias del prelado, conformada por los cardenales Garrone, prefecto de la Educación Católica, John Joseph Wright, prefecto del clero, y Arturo Tabera Araoz, prefecto de los religiosos. En 1975, Roma invita a Lefebvre a cerrar el seminario de Ecône y a no proceder con nuevas ordenaciones sacerdotales. En tres ocasiones Pablo VI escribió al arzobispo y envió prelados de confianza a visitar la sede de los tradicionalistas. Pero después del enésimo “No”, Lefebvre fue suspendido “a divinis”, es decir de los derechos y deberes que derivan del sacerdocio y del episcopado. Ya no podía celebrar, pero, a pesar de ello, en agosto de ese año, preside la misa ante diez mil fieles y cuatrocientos periodistas, obteniendo una enorme resonancia mediática. En septiembre de 1976 Lefebvre fue recibido por el Papa Montini para una audiencia en Castel Gandolfo. 

El encuentro, se lee en el acta ahora publicada, duró poco más de media hora, de las 10.27 a las 11.05. La transcripción mecanoscrita llena ocho páginas. «Su Santidad ha encargado al Sustituto que haga constar en acta Su conversación con Monse. Lefebvre: si, durante el coloquio, hubiere considerado oportuna su intervención, le habría hecho un gesto». Pero no parece que haya intervenido Benelli. A pesar de la presencia de dos testigos, el Sustituto y el secretario Macchi, el diálogo siempre se desarrolla entre el Papa y Lefebvre, alternando entre el francés y el italiano. 

«Espero encontrarme frente a un hermano, un hijo, un amigo. Desgraciadamente, la posición que usted ha tomado es la de un antipapa –comienza Pablo VI. ¿Qué quiere que diga? Usted no ha consentido ninguna medida en sus palabras, en sus actos, en su comportamiento. No se ha negado a venir a verme. Y a mí me gustaría poder resolver un caso tan penoso. Escucharé; y le invitaré a reflexionar. Sé que soy un hombre pobre. Pero aquí no es la persona la que está en juego: es el Papa. Y usted ha juzgado al Papa como infiel a la Fe de la que es supremo garante. Tal vez sea esta la primera vez en la historia que sucede. Usted ha dicho al mundo entero que el Papa no tiene fe, que no cree, que es modernista, y cosas así. Debo, sí, ser humilde. Pero usted se encuentra en una posición terrible. Lleva a cabo actos, ante el mundo, de extrema gravedad».  

Lefebvre se defiende diciendo que no era su intención atacar la persona del Papa y admite: «Tal vez haya habido algo poco apropiado en mis palabras, en mis escritos». Y añade que no es el único, pues son él están «obispos, sacerdotes, numerosos fieles». Afirma que «la situación en la Iglesia después del Concilio» es «tal que nosotros ya no sabemos qué hacer. Con todos estos cambios o corremos el peligro de perder la fe o damos la impresión de desobedecer. Yo quisiera ponerme de rodillas y aceptar todo; pero no puedo ir contra mi conciencia. No soy yo quien ha creado un movimiento», sino los fieles «que no aceptan esta situación. Yo no soy el jefe de los tradicionalistas… Yo me comporto exactamente como me comportaba antes del Concilio. Yo no puedo comprender cómo, de repente, se me condene porque formo a sacerdotes en la obediencia de la santa tradición de la santa Iglesia».   

Pablo VI interviene para desmentir: «No es cierto. Se le dijo y escribió muchas veces que usted se equivocaba y por qué se equivocaba. Usted no ha querido escuchar nunca. Continúe con su exposición». Lefebvre retoma la palabra: «Muchos sacerdotes y muchos fieles piensan que es difícil aceptar las tendencias que se hicieron día después [sic! Así aparece en la transcripción, ndr.] del Concilio Ecuménico Vaticano II, sobre la liturgia, sobre la libertad religiosa, sobre la formación de los sacerdotes, sobre las relaciones de la Iglesia con los Estados católicos, sobre las relaciones de la Iglesia con los protestantes. Y, repito, no soy yo el que lo piensa. Hay mucha gente que piensa de esta manera. Gente que se aferra a mí y me empuja, a menudo contra mi voluntad, a no abandonarla… En Lille, por ejemplo, no fui yo el que quiso esa manifestación…». Usted lo ha dicho y lo ha escrito. Sería un Papa modernista. Aplicando un Concilio Ecuménico, yo habría traicionado a la Iglesia. Usted comprenderá que, si así fuese, tendría que renunciar; e invitarle a usted a ocupar mi sitio para dirigir a la Iglesia». 

«Pero, ¿qué está diciendo?», interrumpe el Papa Montini. «No soy yo… es la televisión», balbucea Lefebvre para defenderse. «Pero la televisión –replica Pablo VI, que se demuestra bien informado sobre todo– transmitió lo que usted dijo. Fue usted el que habló, y de manera durísima, contra el Papa». El arzobispo francés insiste culpando a los periodistas: «Usted lo sabe, a menudo son los periodistas los que obligan a hablar… Y yo tengo derecho de defenderme. Los cardenales que me han juzgado en Roma me han calumniado: y creo que tengo el derecho de decir que son calumnias… Ya no sé qué hacer. Trato de formar sacerdotes según la fe y en la fe. Cuando veo los demás Seminarios sufro terriblemente: situaciones inimaginables. Y luego: los religiosos que llevan el hábito son condenados o despreciados por los obispos: los que son apreciados, en cambio, son los que viven una vida secularizada, los que se comportan como la gente del mundo»

El Papa Montini observa: «Pero nosotros no aprobamos estos comportamientos. Todos los días trabajamos con gran esfuerzo y con igual tenacidad para eliminar ciertos abusos, no conformes a la ley vigente de la Iglesia, que es la del Concilio y de la Tradición. Si usted se hubiera esforzado por ver, comprender lo que hago y digo todos los días, para asegurar la fidelidad de la Iglesia al ayer y la correspondencia al hoy y al mañana, no habría llegado este punto doloroso en el que se encuentra. Somos los primeros en deplorar los excesos. Somos los primeros y los más preocupados para encontrar un remedio. Pero este remedio no se puede encontrar en un desafío a la autoridad de la Iglesia. Se lo he escrito en repetidas ocasiones. Usted no ha tenido en cuenta mis palabras». 

Lefebvre responde afirmando querer hablar de la libertad religiosa, porque «lo que se lee en el documento conciliar va en contra de lo que han dicho sus Predecesores». El Papa dice que no son argumentos que se discutan durante una audiencia, «pero –asegura– tomo nota de su perplejidad: es su actitud contra el Concilio…». «No estoy en contra del Concilio –interrumpe Lefebvre–, sino solamente en contra de algunos de sus textos». «Si no está en contra del Concilio –responde Pablo VI– debe sumarse a él, a todos sus documentos». El arzobispo francés replica: «Hay que elegir entre lo que ha dicho el Concilio y lo que han dicho sus Predecesores».  

Después Lefebvre dirige al Papa una petición: «¿No sería posible prescribir que los obispos aprueben, en las iglesias, una capilla en la que la gente pueda rezar como antes del Concilio? Ahora se le permite todo a todos: ¿por qué no permitirnos algo también a nosotros?» Responde Pablo VI: «Somos una comunidad. No podemos permitir autonomías de comportamiento a las diferentes partes». Lefebvre argumenta: «El Concilio admite la pluralidad. Pedimos que tal principio también se aplique a nosotros. Si Su Santidad lo hiciese, se resolvería todo. Habría un aumento de las vocaciones. Los aspirantes al sacerdocio quieren ser formados en la piedad verdadera. Su Santidad tiene la solución del problema en las manos…». Después el arzobispo tradicionalista francés se dice dispuesto a que alguien de la Congregación para los Religiosos «vigile mi Seminario», se dice listo para dejar de dar conferencias y a quedarse en su Seminario «sin salir». 

Pablo VI le recuerda a Lefebvre que el obispo Adam (Nestor Adam, obispo de Sión, ndr.) «vino para hablarme en nombre de la Conferencia Episcopal Suiza, para decirme que ya no podía tolerar su actividad… ¿Qué debo hacer? Trate de volver al orden. ¿Cómo pueden considerarse en comunión con Nosotros, cuando toma posiciones contra la Iglesia?». «Nunca ha sido mi intención…», se defiende Lefebvre. Pero el Papa Montini replica: «Usted lo ha dicho y lo ha escrito. Que sería un Papa modernista. Que aplicando un Concilio Ecuménico, yo habría traicionado a la Iglesia. Usted comprenderá que, si así fuese, tendría que renunciar; e invitarle a usted a ocupar mi sitio para dirigir a la Iglesia». Y Lefebvre responde: «La crisis de la Iglesia existe». Pablo VI: «Sufrimos por ello profundamente. Usted ha contribuido para empeorarla, con su solemne desobediencia, con su desafío abierto contra el Papa». 

Lefebvre replica: «No se me juzga como se debería». Montini responde: «El Derecho Canónico le juzga. ¿Se ha dado cuenta del escándalo y del daño que ha provocado en la Iglesia? ¿Está consciente de ello? ¿Le gustaría ir así ante Dios? Haga un diagnóstico de la situación, un examen de conciencia y luego pregúntese, ante Dios: ¿qué debo hacer?»

El arzobispo propone: «A mí me parece que abriendo un poco el abanico de las posibilidades de hacer hoy lo que se hacía en el pasado, todo se ajustaría. Esta sería la solución inmediata. Como he dicho, yo no soy el jefe de ningún movimiento. Estoy listo a permanecer encerrado para siempre en mi Seminario. La gente entra en contacto con mis sacerdotes y queda edificada. Son jóvenes que tienen el sentido de la Iglesia: son respetados en la calle, en el metro, por todas partes. Los demás sacerdotes ya no llevan el hábito talar, ya no confiesan, ya no rezan. Y la gente ha elegido: estos son los sacerdotes que queremos». (Los sacerdotes formados por monseñor Lefebvre, anota quien está escribiendo el acta.) 

Entonces Lefebvre le pregunta al Papa si está al corriente de que hay «por lo menos catorce cánones que se utilizan en Francia para la oración Eucarística». Pablo VI responde: «No solo catorce, sino cientos… Hay abusos; pero es grande el bien que ha traído el Concilio. No quiero justificar todo; como he dicho, estoy tratando de corregir en donde sea necesario. Pero es un deber, al mismo tiempo, reconocer que hay signos, gracias al Concilio, de vigorosa recuperación espiritual entre los jóvenes, un aumento del sentido de responsabilidad entre los fieles, los sacerdotes y los obispos». 

El arzobispo responde: «No digo que todo sea negativo. Yo quisiera colaborar en la edificación de la Iglesia». Y afirma Montini: «Pero no es así, lo que es seguro es que usted concurre en la edificación de la Iglesia. Pero, ¿está usted consciente de lo que hace? ¿Está consciente de que va directamente contra la Iglesia, contra el Papa, contra el Concilio Ecuménico? ¿Cómo puede adjudicarse el derecho de juzgar un Concilio? Un Concilio, después de todo, cuyas actas, en gran medida, fueron firmadas también por usted. Recemos y reflexionemos, subordinando todo a Cristo y a su Iglesia. También yo reflexionaré. Acepto con humildad sus reproches. Yo estoy al final de mi vida. Su severidad es para mí una ocasión de reflexión. Consultaré también mis oficinas, como, por ejemplo, la S.C. para los obispos, etc. Estoy seguro de que usted también reflexionará. Usted sabe que le estimo, que he reconocido sus beneméritos, que nos hemos encontrado de acuerdo, en el Concilio, sobre muchos problemas…». «Es cierto», reconoce Lefebvre.  

«Usted comprenderá –concluye Pablo VI– que no puedo permitir, incluso por razones que llamaría “personales”, que usted se vuelva culpable de un cisma. Haga una declaración pública, con la que se retiren sus recientes declaraciones y sus recientes comportamientos, de los cuales todos tienen noticia como actos no para edificar la Iglesia, sino para dividirla y hacerle daño. Desde que usted se encontró con los tres cardenales romanos, ha habido una ruptura. Debemos volver a encontrar la unión en la oración y en la reflexión». El Sustituto Benelli concluye la transcripción de la conversación con esta anotación: «El Santo Padre después ha invitado a Mons. Lefebvre a recitar con Él el “Pater Noster”, el “Ave María”, el “Veni Sancte Spiritus”». 

Como se sabe, las esperanzas y las peticiones del Papa Montini cayeron en saco roto. Aunque el cisma lefebvriano se habría verificado más de diez años después, durante el Pontificado de Juan Pablo II, cuando Lefebvre ya cerca de la muerte decidió ordenar nuevos obispos sin el mandato del Papa. Monseñor John Magee, segundo secretario de Pablo VI, recordó que Montini, después de aquella audiencia «esperaba que el arzobispo (Lefebvre, ndr.) hubiera decidido cambiar su manera de conducir los ataques contra la Iglesia y contra la enseñanza del Concilio, pero todo fue inútil. Desde ese momento, Pablo VI comenzó a ayunar. Recuerdo bien que no quería comer carne, quería reducir la cantidad de comida que tomada, aunque ya comiera demasiado poco. Decía que tenía que hacer penitencia, para ofrecerle al Señor, en nombre de la Iglesia, la justa reparación por todo lo que estaba sucediendo».

PENTECOSTÉS Y LA PLENITUD DE LA FUNDACIÓN DE LA IGLESIA

mayo 20, 2018

Resumen de Fiesta de Pentecostés escrito por el P. Juan Croisset en su Año Cristiano, traducido por D. José María Díaz Jiménez, presbítero; editado en 1864

(Texto completo en sección Espiritualidad)

Entre todas las creaturas no hay ninguna, dicen los Padres, a que Dios se haya aplicado más, por decirlo así, ni que le haya costado tanto como el hombre.

El Padre le delineó, por decirlo así, creándole: el Hijo lo perfeccionó, redimiéndole: el Espíritu Santo le acabó santificándole. El Padre, formando al hombre, dice un devoto orador cristiano, le dio la razón para conocer, el apetito para amar, la libertad para obrar con mérito: El Hijo, reformando a este mismo hombre le dio la Fe para gobernar su razón, la Caridad para dirigir y rectificar su apetito, la Gracia para fortificar su libertad; y el ESPÍRITU SANTO,  para dar la última mano a esta obra, añade la inteligencia a la Fe, el ardor y el celo a la Caridad, la fuerza y magnanimidad a la Gracia; de suerte que puede decirse que el Padre nos hizo hombres; que por Jesucristo hemos sido hechos cristianos, y que el ESPÍRITU SANTO nos hace santos. Este es en algún modo todo el fondo y la sustancia de este gran Misterio.

La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que hace el asunto de la solemnidad de este día, es propiamente la fiesta de la consumación de todos los misterios de la Religión y la célebre época de la publicación de la Ley y del establecimiento de la Iglesia. Esta Iglesia había sido formada por Jesucristo antes de su Ascensión a los cielos; pero estaba todavía digámoslo así, en la cuna aquellos diez días en que los Apóstoles y discípulos estuvieron encerrados en el Cenáculo; y hasta el día de Pentecostés no se mostró en público esta Esposa de Jesucristo: este día fue cuando tomó como posesión de la herencia prometida a los descendientes de Abraham, y entró en todos los derechos que había perdido la Sinagoga y en todas las prerrogativas que el Salvador le había dado; y así era justo que esta fiesta fuese una de las más solemnes. No se duda que los mismos Apóstoles, como se ha dicho, la instituyeron entre los primeros fieles por el interés que tenían por no dejar en el olvido un suceso que les era tan glorioso a ellos y tan ventajoso a la Iglesia. San Lucas refiere la prisa que tenía san Pablo de encontrarse en Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés: es probable que fuese ya la que celebraban los cristianos, porque no se ve que los Apóstoles celebrasen las fiestas de los judíos.

Habiendo llevado el Salvador a sus Apóstoles y discípulos al monte de las Olivas el día de su gloriosa ascensión para hacerles a todos testigos de su triunfo, les prometió enviarles el Espíritu consolador, que derramaría sobre ellos, todos sus dones, de los cuales quedarían llenos, todos ellos con cuyo auxilio comprenderían todas las verdades que él les había enseñado. Que abrasados entonces de aquel fuego divino, e ilustrados de las más puras luces de la gracia, se les infundiría un valor indecible y una fortaleza que les haría vencer sin trabajo los mayores obstáculos. Que entonces predicarían con una santa osadía y un suceso maravilloso su nombre y su Evangelio en medio de Jerusalén, en toda la Judea, en la Samaria, y por toda la tierra. Pero que para disponerse a recibir un don tan grande del Cielo, les ordenaba ir a encerrar en Jerusalén, y estar en retiro y en oración los diez días que faltaban. Esta orden fue ejecutada religiosa y exactamente. Habiendo subido Jesucristo al Cielo del modo que dijimos el día de la Ascensión; los doce Apóstoles y los demás discípulos, un número de unos ciento veinte, en los cuales consistía entonces toda la Iglesia, teniendo a su frente a la Santísima Virgen que era todo su consuelo, se retiraron a Jerusalén, y se encerraron en una casa grande que habían elegido para su retiro. El paraje más santo de esta casa era el cenáculo; que era una gran sala en lo más alto de la casa, sitio retirado, lejos del ruido, y muy apropósito para hacer oración.

Habiendo llegado el día de Pentecostés, estando congregados todos los discípulos con la Madre de Dios en el lugar donde acostumbraban hacer sus oraciones, a eso de las nueve de la mañana, estando en oración, se oyó de repente un gran ruido, como de un viento impetuoso que conmovió la casa, se oyó en toda la ciudad. Este ruido, este viento y esta impresión sensible eran símbolos de la presencia de la divinidad, y así como antiguamente en el Sinaí los truenos, los relámpagos y el monte echando humo la majestad de Dios se manifestó. Lo que sucedió entonces, fue todavía más prodigioso. El viento torbellino que venía del Cielo fue acompañado como de un globo de fuego, cuyas llamas, habiéndose parado repentinamente en forma de lenguas de fuego, se derramaron sobre toda aquella santa congregación, y se asentaron sobre la cabeza de cada uno de ellos. Lo que se veía no  era un fuego real y material, sino señales exteriores, y apariencias sensibles de los efectos que el Espíritu Santo producía interiormente en cada uno de los discípulos, llenos del Espíritu Santo, se sintieron al mismo instante abrasados de aquel divino fuego, ilustrados de las luces sobrenaturales que les daban una perfecta inteligencia de los más altos misterios y de las más sublimes verdades, animados de un valor y una santa osadía no conocían hasta este entonces, y, finalmente, convertidos de repente en otros hombres.

Había entonces en Jerusalén una infinidad de judíos que habían concurrido de todas las partes a celebrar la fiesta de Pentecostés. Porque aunque la distancia de los lugares pudiere dispensarles de encontrarse en Jerusalén en los días de las grandes festividades, no obstante, había muchos que acudían a tales fiestas por piedad y por devoción: por este motivo les llama la Escritura: viri religiosi: gentes amantes de la religión. Estos judíos extranjeros se juntaron con los de la ciudad, y acudieron al ruido que habían oído, de suerte que el Cenáculo, mejor dicho, la casa, fue rodeada bien presto de una multitud casi infinita de gentes de todas las naciones. Los Apóstoles, que sólo buscaban cómo comunicar el divino fuego de que estaban abrasados sus corazones, no aguardaron a que se les hiciese salir de su retiro, sino que se presentaron por sí mismos delante de todo aquel pueblo: no hubo quien no quedase sorprendido al ver que unos pobres pescadores, que apenas sabían la lengua de su país, hombres idiotas, groseros y estúpidos, predicaban públicamente a Jesucristo con una intrepidez, una elocuencia, una unción, que movían a todo el mundo; pero fue mucho mayor el pasmo, cuando todos aquellos diferentes pueblos, cada uno en su lenguaje diverso, advirtieron que cada cual los entendía, aunque no hablasen sino una sola lengua, que era la siriaca: lo cual aturdió a aquella multitud y les hizo decir: ¿Qué es esto que vemos? Jamás se vio cosa igual. ¿Estos hombres no son todos galileos? ¿Cómo entonces, les oímos hablar el lenguaje de nuestro país?

Todo esto acaba de cumplirse en la persona de aquellos en quienes admirarais tantos prodigios. Y aprovechándose el santo Apóstol de la disposición en que estaba aquella gente, y de la atención con que le oían, les hizo un sermón tan sólido, tan enérgico, tan eficaz, que no se sabía si el que les hablaba era hombre, o algún ángel. Les prueba sobre todo la divinidad de Jesucristo, del modo más fuerte del mundo; les dice cuánto es capaz de persuadirla en los más incrédulos, trae infinitas pruebas para ello; La establece por el testimonio de los Profetas, de modo que su razonamiento no tiene réplica. No disimula su perfidia y el deicidio que han cometido en la persona de su Salvador, del verdadero Mesías, a quien han crucificado: demuestra su gloriosa y triunfante resurrección; encuentra en la Sagrada Escritura toda la historia evangélica hasta la venida del Espíritu Santo, con todas las circunstancias de que este último misterio está acompañado: hace valer los textos que cita: desenvuelve el verdadero sentido de las figuras que trae: descubre su sentido oculto: apoya su explicación con razonamientos tan fuertes, tan sólidos, tan concluyentes, que se diría que había envejecido en el estudio de los libros santos, y que por medio de un largo uso se había formado en el arte de hablar y de discurrir según todas las reglas de la elocuencia. Cuando no hubiera habido otra maravilla en el misterio de este día, hubiera bastado esta para convencer a los espíritus más incrédulos.

¡Pedro, aquel pobre pescador, aquel hombre tan ignorante y tan grosero, qué jamás supo otra cosa que manejar sus redes; que casi se hizo viejo en una barca y en la pesca: aquel  Apóstol tímido y tan cobarde que negó a su buen maestro a la solo reconvención de una criada o de un criado! ¡Juan, Jacobo, Bartolomé, Tomás, Andrés y todos los demás Apóstoles, en una condición tan vil, de un entendimiento tan oscuro, de una ignorancia todavía más crasa, al momento que han recibido al Espíritu Santo transformarse en los doctores más profundos y más ilustrados, en los predicadores más fecundos y elocuentes, en los héroes más magnánimos de la antigüedad, en los oráculos del mundo, tan penetrados de las luces de Dios, y tan consumados en la ciencia del Reino de Dios, como hasta entonces habían sido ignorantes, llenos de errores e incrédulos. ¿Cuánto no le costó a aquel divino Maestro el hacerles entender la celestial doctrina que había venido a establecer sobre la tierra, por más cuidado que había puesto en darles una inteligencia perfecta de ella? Todo lo que miraba a su divina persona estaba todavía escondido para ellos: su humildad les chocaba: su cruz era para ellos un escándalo: nada concebían en las promesas que les hacía: en lugar de la verdadera redención que debían esperar de Él, se figuraban una redención quimera, una redención temporal, cuya vana esperanza les tenía engañados. Veis aquí  cuales eran estos hombres groseros, ignorantes y carnales antes de recibir el Espíritu Santo. Estos son, dice san Crisóstomo, los sujetos que el Espíritu Santo elige para hacerlos los doctores de la Religión y los oráculos del mundo. Le conviene que sean de este carácter; si hubieran sido menos idiotas y menos groseros, no hubieran sido una prueba tan clara y tan convincente de la divinidad de Jesucristo, de la virtud omnipotente del Espíritu Santo, de la verdad y autenticidad de nuestra Religión, de la santidad y de la verdad de su doctrina.

Así este prodigio hizo tanta impresión en los espíritus que el fruto de este primer sermón de san Pedro fue la conversión de  tres mil personas. Nadie ignora las pasmosas maravillas que se siguieron. ¡Qué de milagros, qué de conversiones milagrosas en medio de Jerusalén! ¡Qué de prodigios en toda la Judea, en la Samaria, y conforme a la palabra de Jesucristo, en todo el mundo! Eran precisos los milagros para establecer la Iglesia de Jesucristo: en todos tiempos habrá milagros en esta Iglesia, pero ¿No puede decirse que el establecimiento de la Iglesia es un milagro permanente y el más grande y el más estupendo y el más convincente de todos los milagros?

Doce pobres pescadores, tales como los hemos pintado, sin armas, sin dinero, sin arte, sin apoyo, forman el designio de establecer en todo el mundo una nueva religión, y de empezar la obra construyendo y condenado todas las demás religiones del mundo.

Todos estos pueblos creyeron y abrazaron esta santa Ley, se sujetaron a esta moral a pesar de la corrupción del corazón humano, a pesar de la soberbia del espíritu, a pesar de todas las preocupaciones de interés y de nacimiento. La Religión cristiana ha visto expirar el paganismo en medio de los fuegos que se encendían de todas las partes para exterminar a los cristianos. La sangre de más de diez y seis millones de Mártires ha sido como la semilla de los fieles. No solo han abrazado la fe las ciudades, sino que los más vastos desiertos se han poblado de santos anacoretas. La Cruz se ha plantado hasta sobre la corona de los Emperadores, y hace su más bello adorno. Buscad después de esto, pedid otro mayor milagro. Este milagro es permanente, y subsistirá hasta la consumación de los siglos, y este milagro es el maravilloso efecto de la bajada del Espíritu Santo en este día. Veis aquí cual ha sido la virtud de este misterio que celebramos, y cuál ha sido el fruto de la fiesta de Pentecostés.

Unidad en la Fe

Bergoglio dice que está preparado para renunciar: vaticanista Sandro Magister

mayo 19, 2018

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(Transcrito de Settimo Cielo/ Sandro Magister)

Con una curiosa suma de coincidencias, las palabras “testamento” y “dimisión” han estado muchas veces, durante los días pasados, en la boca y en la pluma del papa Francisco, en alguna medida aplicadas también a sí mismo.

Para comenzar, en la homilía matutina en Santa Marta, el martes 15 de mayo, Francisco recomendó a todos, pero en especial a los obispos, que estén preparados para “redactar un testamento”, similar al hecho por el apóstol san Pablo cuando se despidió de la comunidad de Éfeso, tal como se relata en el capítulo 20 de los Hechos de los Apóstoles, leído en las Misas de ese día y del día siguiente.

No un testamento “mundano” – ha explicado el Papa – como cuando se dice: “Esto lo dejo a aquél, eso a aquél otro, aquello a otro…”, con “muchos bienes” para distribuir. Sino un testamento “que nos haga ver el camino de cada obispo en el momento de despedirse” y que suene como “una especie de examen de conciencia del obispo frente a su presbiterio”.

En esta homilía Francisco repitió una afirmación que está en su corazón y sobre la que vuelve con frecuencia: que san Pablo, al hacer un balance de su propia vida, “se jacta de sus propios pecados”. Cosa que en los escritos de san Pablo precisamente no es así, y ni siquiera en sus discursos informados en los Hechos de los Apóstoles, como Settimo Cielo ya puso en evidencia.

Pero no es éste el punto. Más bien, es la insistencia del papa Francisco sobre la obediencia a lo que dicta el Espíritu Santo, más aún, lo que “obliga” a hacer, aunque esto signifique para el pastor dejar la grey, con la cual “no nos veremos más”.

*

Al día siguiente, el miércoles 16 de mayo, la cuestión del testamento y de la renuncia se ha planteado todavía con más vigor, esta vez involucrando en primera persona no a uno sino a dos Papas.

“L’Osservatore Romano” anticipó el texto de un manuscrito inédito de Pablo VI, reproducido en un libro de monseñor Leonardo Sapienza sobre ese Papa, salido a la venta en estos días: “La barca di Paolo”, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo, 2018.

El manuscrito tiene la fecha del 2 de mayo de 1965 y es una carta para el Decano de los cardenales, carta en la que Giovanni Battista Montini – que en esa fecha era Papa por menos de dos años – se dice dispuesto a renunciar al papado “en caso de enfermedad que se presuma incurable o de larga duración, y que impida ejercer suficientemente las funciones de nuestro ministerio apostólico; o bien en el caso que otro impedimento grave y prolongado constituya también un obstáculo para ese ejercicio”.

Pocas semanas más tarde, el 30 de junio de 1965, Pablo VI escribió también las célebres “Notas para nuestro testamento”, completadas por breves agregados en 1972 y 1973. Pero estos agregados ya son conocidos, mientras que la carta de su renuncia es publicada ahora por primera vez.

 

Pero hay más. Porque “L’Osservatore Romano” ha publicado también las breves palabras que el papa Francisco escribió, el 8 de diciembre de 2017, como comentario a ese texto de Pablo VI.

A partir de esto sabemos que Jorge Mario Bergoglio comparte plenamente el paso dado por su predecesor.

En efecto, escribe Francisco:

“Lo que a él [a Pablo VI – ndr] le importan son las necesidades de la Iglesia y del mundo. Y un Papa impedido por una grave enfermedad no podría ejercer con suficiente eficacia el ministerio apostólico. Por eso, en conciencia, y luego de una madura reflexión, él señala su voluntad precisa, para el bien superior de la Santa Iglesia”.

Esto permite entender que también Francisco, en caso de que se hicieran presentes los impedimentos evocados por Pablo VI, estaría dispuesto a renunciar al papado, como además ya había planteado la hipótesis en otras oportunidades.

*

Una vez suministrados estos pronunciamientos del papa Francisco respecto a su voluntad última y a la de otros pastores de la Iglesia, se señala además que recientemente la Secretaría de Estado ha distribuido a todos los cardenales, a los nuncios apostólicos y a los superiores de curia cinco páginas de “Indicaciones para la redacción del testamento”, fechadas el 18 de febrero de 2018.

El motivo principal de estas instrucciones se declara en ellas inmediatamente: “No generar discusiones y divisiones, especialmente entre los parientes”.

La primera indicación es redactar el testamento “con el Notario vaticano”, o bien escribirlo con un bolígrafo desde el principio al fin, firmarlo y fecharlo en cada una de sus páginas y conservarlo en un sobre cerrado, no en casa sino “en un lugar seguro, por ejemplo, en el Instituto para las Obras de Religión, que dispone de una oficina especial”.

En segundo lugar, “puestos a salvo los derechos que la ley reserva a los herederos legitimados”, se sugiere indicar como “heredero universal” a un ente eclesiástico civilmente reconocido y “exento de impuestos a la sucesión”, con la advertencia de “indicar las finalidades no lucrativas por las cuales se han traspasado los bienes a ese ente determinado”.

Por ejemplo, “si el heredero es el Santo Padre, la finalidad será: ‘para sus obras de caridad, o bien para el Óbolo de San Pedro’”, mientras que “si el heredero es una Congregación religiosa, la finalidad será ‘para las obras de caridad del Instituto’”.

Las últimas dos páginas de las “Indicaciones” están justamente ocupadas por el facsímil de un testamento, con la indicación en el encabezamiento del “heredero universal” (el Papa, la diócesis, la Orden religiosa, el seminario, etc.) al cual dejar los bienes y la obligación de asignar algunos a quien se indique (la casa, el automóvil, los libros, los muebles, etc.), además del encargo de cubrir los gastoso para la sepultura y los honorarios para el albacea testamentario.

Todo esto con la finalidad de “no usar el cargo eclesiástico para aumentar el patrimonio de la propia familia”. Porque, por el contrario, “todo lo que se ha recibido de la comunidad cristiana, o del ministerio sagrado, debe volver a estar al servicio de la misma y, en especial, de los pobres”.

Jaculatoria del Santo Rosario; ¿Cuál fue la oración dictada por la Virgen a los tres pastorcitos en Fátima?

mayo 19, 2018
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¿Solo una mala traducción o alteración insidiosa?

Foro Católico: El español Pedro Rizo, quien se destaca filo lefebvriano y se ha visto cercano a declarar “sede vacante”,  realiza un análisis a la jaculatoria que se reza en el Santo Rosario por las almas de los pecadores y que fue dictado por la Santísima Virgen María en su tercera aparición en Fátima, el 13 e julio de 1917. 

De acuerdo a Pedro Rizo la oración fue torpemente traducida al castellano con las palabras “todas las almas”, sin embargo, existen muchas versiones en portugués -incluida la del sitio de la FSSPX- que presentan la versión que Rizo deplora:

“Ó meu Jesus, perdoai-nos, livrai-nos do fogo do inferno, levai as almas todas para o Céu, e socorrei principalmente as que mais precisarem”.

FSSPX PortugalOración de Fátima

(Texto transcrito de Pedro Rizo/ Plano Picado)

Sugiero a mi lector considerar el error en que caemos los españoles al seguir, muy mal, la jaculatoria que se propuso en Fátima para el final del Rosario, hace ya un siglo. Se trata de la que malinterpretamos diciendo esta tontería:

¡Oh, Jesús mío! Perdonad nuestros pecados, libradnos del fuego del infierno, llevad a todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas de vuestra misericordia.

Tal traducción, hecha quizás por un marciano, está pidiendo un absurdo: ni a Jesús, el Redentor, hay que instarle a hacer lo que Él quiere, ni todos los que vivimos en este mundo merecemos el cielo. Con esta jaculatoria los rezadores españoles desmontamos la vigencia de los Evangelios y mandamos a la porra toda la doctrina de salvación. Además, si se supone que todos podemos “librarnos del fuego del Infierno” ¿para qué el Bautismo, por ejemplo? Esto no es sólo una ñoñería sino una maldad muy bien introducida para destruir nuestra religión. Es la adopción de los postulados masónicos de los que se entiende que nadie va al infierno eterno, porque “tal cosa no es comprensible de un Dios amoroso”.

Contra esta afición de falso bien es que debemos ser fieles a lo que se dice en portugués.

O meu Jesus, perdoai-nos e livrai-nos do fogo do inferno! Aliviai as alminhas especialmente as mais abandonadas.

[¡Oh, Jesús mío! Perdónanos y líbranos del fuego del Infierno! (Primera petición) Aliviad las Ánimas del Purgatorio (segunda), especialmente las más abandonadas. (Tercera, las almas que más sufren o por la cuales nadie reza.]
—————
Alminhas es como se llama en portugués a nuestras “Ánimas benditas del Purgatorio”

¿Tiene sentido pedirle a Jesús que lleve todas las almas al cielo, con la tácita inclusión en ese “todas” de las que no le creen ni le siguen, sino que le niegan o le persiguen? Porque, entendámonos, esas almas “todas” no están en el Purgatorio. En el Purgatorio están solamente las almas ya salvadas, en antesala purificadora para volver al Padre. Por eso podemos pedirle que acelere esa “cuarentena”.

ASÍS no es un estornudo

Es curioso este buenismo que hace innecesarias todas las religiones. Poco a poco, a partir del Concilio Vaticano II, todos los dioses se han convertido en “emanaciones del mismo Dios” no importando las contradictorias diferencias respecto a sus atributos. Y con la misma base de bondades subnormales, el suponer o afirmar que todas las almas, crean en quien crean o hayan obrado como lo hicieran, son merecedoras del cielo. Inclusive las que no creen en nada. Ya, ya sabemos… Es obvio que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad… y etcétera, pero… En los Evangelios, los de siempre, se nos enseña que no hay bajo el cielo otro nombre que el de Jesús por el que podamos salvarnos de la muerte. (Hch 4, 12) ¿Salvarnos?

Qué generosos somos con la pólvora del rey proponíendo como efecto universal la intención antecedente, sin detenernos en la realidad consecuente de la respuesta de cada criatura. Que aun siendo “muchos los llamados ─en el corazón de Cristo─ son muy pocos los elegidos”. (Mt 22, 14). Más claro todavía si leemos:

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida –“que lleva a la Vida”, luego la Vida no es la que se consume sino la que dura siempre y, por eso, verdadera-; y cuán pocos son los que la encuentran! (Mt 7, 13-14)

Contrariamente a los textos ininteligibles, en repetidos pasajes de los Evangelios se nos advierte de la existencia del Infierno. Leánse las citas Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48. Lo que nos importa ─debería decir lo que “me importa a mí”, porque es cada “mí” el que decide el “nos”─ no es el hecho de que exista el infierno sino que está destinado para los que, teniendo noticia de que Cristo existió, deciden ignorarle. Contra esto los “doctores de la misericordia” nos arguyen: “Dios no puede ser tan cruel con sus criaturas que mande al infierno a las que, por error invencible, le rechazaron.” Mas, no somos nosotros los que ponemos las reglas pues que tendemos a la parcialidad de nuestro egoismo: “Ahora hago lo que me gusta y quiero; después ya veremos.”

Los que niegan al de Nazaret su divinidad, lógicamente se enfrentan o menosprecian a los que le aman. Colocados en la increencia con mimética religiosidad, la otra religión del ateo, se vuelcan en todo lo contrario. Blasfeman y persiguen a muerte a Cristo, a los cristianos y a su civilización aún viva, de cuyas riquezas se aprovechan. Es estupendo para muchos de sus “intelectuales” argüir la bondad divina en favor de la conversión de sus propios enemigos (!), pero, tal bondad se vuelve imposible si vulnera la justicia… Y la justicia de Dios no contradice su infinita bondad. ¿No fue Sócrates quien dijo que la Justicia es hija del Bien?

El infierno es una realidad.

La cruda verdad expresada por Jesús, el Mesías, en cuya persona se justifica toda la Ley y los Profetas (cf Maimónides), es que solo por Él se va al Padre (Jn 14, 6). Más claro, que a quienes en su oportunidad prefirieran rechazarlo les advirtió que enviaría a sus ángeles para arrojarles al horno ardiente: los cuales recogerán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran la iniquidad y los arrojarán al horno de fuego; allá será el llanto y el rechinar de dientes. (Mt 13, 41-42) Estas palabras deberían ser recordadas como regla periódica de predicación.

Por supuesto, agarrado cada cual a la gratitud de lo recibido, decirle con el místico: (¡Oh, mi Jesús!) “no me mueve el infierno, tan temido, para dejar por eso de ofenderte (pues) que, aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.” Pero, darle preferencia al Dios del perdón y de la misericordia soy de la opinión de que nos desvía gravemente hacia la hueca sensiblería. Cosa mona de esta era es imponernos la loca doctrina de que todos los humanos merecemos por igual el Paraíso, no importando si en vida servimos al mal porque sus “consejos” siempre son: “todo esto te daré si me adoras” (Mt 4, 9).

El Purgatorio como bendición

Valga esta disquisición para terminar en ese Segundo Infierno de que se habló en las canónicas apariciones de Fátima. Es decir, en el Purgatorio. Sobre esto será bueno echar mano del Catecismo de Trento (cf. Catecismo Romano, del 5º Artículo ─”Descendió a los infiernos…”─, Cap. VI, 3):

En conclusión, existe un fuego propio del Purgatorio ─atención, ‘un fuego’ es otro fuego diferente─, en donde se purifican las almas de los justos. ─Atención, ‘de los justos’─ las sometidas a purificación durante tiempo limitado para que se les pueda franquear la entrada en la patria eterna, donde nada manchado entra.

Por cierto, oigamos a San Pablo y engordemos nuestra esperanza:

(Nosotros) predicamos la sabiduría recóndita, la cual preparó Dios antes de todos los siglos para gloria nuestra; sabiduría que ninguno de los príncipes de este mundo ha entendido: que si la hubiesen entendido nunca habrían crucificado al Señor de la gloria, de la que está escrito que ni ojo alguno vió, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman… (1 Co 7-9)

Retomo que estoy hablando de la jaculatoria referida a las alminhas. La que procede de las apariciones de Fátima dicha y entendida en portugués, en referencia a las que en España llamábamos “Ánimas Benditas del Purgatorio”. Sabiendo esto, busqué y vi documentos emitidos por la autoridad apostólica de Portugal, contemporánea de la vidente Lucía. Desde luego mucho antes de los mensajes de 1973-75, en Akita, Japón, que los refrenda. También encontré la que el hispanista y converso William T. Walsh le hizo en 1946. Justo en esa ocasión Lucía le repitió su texto, que ya transcribí y ahora repito:

O meu Jesus, perdoai-nos e livrai nos do fogo do inferno! Levai as alminhas todas para o Ceu, principalmente aquellas que mais precisarem!

Es dogma la existencia del Purgatorio

Para cerrar este post reforzaré, pues, el dogma del Purgatorio y sus “alminhas”. Y para rectificar que no pedimos, porque no se puede, para que vayan al cielo todas las almas del mundo, indiscriminadas e incluidas las del Infierno y la increencia. Esa idea no tiene nada que ver con nuestra fe, ni con los Apóstoles ni con la religión cristiana. En la jaculatoria del rosario se pide por aquellos deudos nuestros que murieron en su fe cristiana y esperan purificarse en el Purgatorio para gozar en la compañía de Dios. Siempre habíamos rezado por ellos, hasta que llegamos a este tiempo de atorrante laicismo.

No distraigamos, pues, la realidad del Infierno, que es dogma de nuestra santa religión apoyado en las palabras del Salvador: “Por eso os digo: todo otro pecado y blasfemia se perdonará a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y quien dijere palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; mas quien la dijere contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero.” (Mt 12, 31-32; Mc 3, 28-30)

De lo que se deriva entender que algunos pecados pueden ser perdonados después de la muerte y, por ende, que el Purgatorio existe. Y entendamos también que el pecar contra el Espíritu Santo no es común a todos los fieles sino en sentido estricto cosa de pontífices pervertidos .

— — —
NOTA.- Agradezco vivamente al Dr. Luiz Sena su ayuda, por el visionado de documentos de la época y sus ricos comentarios, sin los cuales estas indagaciones no habrían obtenido tan claras evidencias.

Dictámenes científicos sobre la Sábana Santa: “un caso único en la historia”

mayo 18, 2018

“Hay personas que opinan que es falsificación, hay personas que opinan que es auténtica;  la diferencia es que los primeros no la han estudiado y los segundos sí”.

Jorge Manuel Rodríguez Almenar, Presidente del Centro Español de Sindonología

Insinúa Bergoglio, otra vez, su renuncia

mayo 17, 2018

“Cuando leo esto pienso en mí, porque también yo soy Obispo y deberé despedirme”

(Transcrito de ACI)

Este martes diversos medios de comunicación informaron que el Papa Francisco habría “pensado” en la hora de despedirse, especulando sobre una posible renuncia del Santo Padre.

Los medios se basaron en las palabras del Papa en la Misa celebrada en la Casa Santa Marta, donde invitó a los obispos a reflexionar sobre el testamento de San Pablo, quien –como narra los Hechos de los Apóstoles– se reúne con los ancianos de la Iglesia y los presbíteros en Éfeso para hacer examen de conciencia y despedirse de ellos.

“El testamento de Pablo es un testimonio. Y también es un anuncio, e incluso un desafío: ‘Yo ya he hecho el camino. Continuad vosotros’ (…). Pablo no tenía nada, sólo la gracia de Dios, la valentía apostólica, la revelación de Jesucristo y la salvación que el Señor le había dado”, dijo el Papa.

Luego, Francisco hizo una reflexión personal: “Cuando leo esto pienso en mí, porque también yo soy Obispo y deberé despedirme”. Esta fue la frase que usaron varios medios para hablar de una posible renuncia el Papa.

“Pido al Señor la gracia de poder despedirme así”. “Que el Señor nos de la gracia a todos nosotros de poder despedirnos así, con este espíritu, con esta fuerza, con este amor a Jesucristo, con esta confianza en el Espíritu Santo”, añadió Francisco.

Sin embargo, en declaraciones a ACI Prensa, el Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, señaló que “no es la primera vez que el Papa habla de este pasaje de San Pablo”, el cual “claramente le gusta”.

El 30 de mayo de 2017, el Papa Francisco reflexionó también sobre este pasaje de los Hechos de los Apóstoles para reflexionar sobre las actitudes que debe tener todo pastor y que en cierto momento de la vida todo obispo debe “despedirse”.

“Todos los obispos debemos despedirnos. Llega un momento en el que el Señor nos dice: ‘ve a otro sitio, ve allí, ven aquí, ven conmigo’. Y uno de los pasos que debe dar un pastor es también prepararse para irse bien, no irse a la mitad. El pastor que no aprende a despedirse es porque tiene algún lazo de unión no bueno con la grey, una unión que no está purificada por la Cruz de Jesús”, indicó esa vez.

Ratzinger

Ratzinger Tauber, el gran elector…

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