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Apostata Vaticueva honrando a Lutero y su luciferina reforma mediante un sello postal… y lo defiende la “católica” Aleteia

noviembre 10, 2017
estampilla Lutero

Estampilla oficial del Vaticano ¡celebrando la Reforma Protestante!.

Foro Católico: Justo en el centenario de las advertencias de Fátima, el heresiarca Bergoglio lanza esta flecha directa al corazón de la Iglesia. Si este acto público de apostasía de la Vaticueva y de Bergoglio no es suficiente para que los católicos perplejos abran los ojos y vean quién está verdaderamente sentado en el Trono Pontificio; no se puede esperar ya mucho de esas pobres almas extraviadas por los pastores lefebrvianos, quienes continúan contemporizando con los enemigos de Cristo y de la Iglesia.

(Transcrito de Aleteia)

Cinco siglos han pasado desde que Martín Lutero denunció que algo no estaba bien si la gente tenía que pagar por el perdón de sus pecados. Sin embargo, el precio fue muy alto: la división impulsada por motivos políticos más que religiosos. El Vaticano recuerda el evento con una estampilla que evoca el compromiso ecuménico de la unidad alrededor de la cruz de Cristo.

La Oficina Filatélica y Numismática de la Gobernación de la Ciudad del Vaticano venderá a partir del próximo 23 de noviembre de 2017, un sello que representa en primer plano a Jesús crucificado sobre un fondo dorado y atemporal de la ciudad de Wittenberg.

Las dos figuras de los lados son significativas; se presentan en actitud de penitencia, arrodillados respectivamente a la izquierda y a la derecha de la Cruz, Martín Lutero que sostiene una Biblia, fuente y meta de su doctrina, mientras Felipe Melanchton, teólogo amigo de Lutero, una de las mayores personalidades de la Reforma, tiene en mano la Confesión de Augsburgo, la primera exposición oficial de los principios del protestantismo redactada por él.

Esta estampilla del valor de un euro es una imagen símbolo que se une a las palabras del Papa y el signo del camino ecuménico renovado hace 50 años con el Concilio Vaticano II para el diálogo y el entendimiento recíproco de los elementos que causaron la división y, especialmente, resaltar aquellos que nunca han dividido.

El Vaticano se apoya en las palabras del papa Francisco – incluidas en la hoja que acompaña la estampilla -para confirmar que el V Centenario de la Reforma Protestante es una oportunidad para vivir este evento desde un “espíritu renovado y consciente de que la unidad entre los cristianos es una prioridad, porque reconocemos que entre nosotros es mucho más lo que nos une que los que nos separa”. Lo dijo en ocasión de su viaje a Suecia en octubre de 2016.

Lutero quería discutir los problemas que habían en la Iglesia Católica de su tiempo. Pero lo que pasó en Wittenberg el 31 de octubre de 1517 cambió para siempre la historia del mundo cristiano, especialmente por la división que golpeó Europa y el mundo de Occidente.

Al respecto, Francisco indicó que “luteranos y católicos han herido la unidad visible de la Iglesia. Diferencias teológicas han sido acompañadas por perjuicios y conflictos y la religión ha sido instrumentalizada para fines políticos”.

En el Vaticano se organizó un Congreso Internacional de Estudios organizado por el Pontificio Comité de Ciencias Históricas dedicado al tema : Lutero 500 años después en marzo 2017, y en otros lugares del mundo se realizan eventos sobre el acontecimiento que provocó la Reforma y el nacimiento del protestantismo.

Un año antes, Francisco realizó un viaje apostólico del 31 al 1 de noviembre de 2016 a Lund, Suecia. Allí participó de una oración ecuménica conjunta en la Catedral luterana, donde aseguró que el Padre (Dios) “nos mira, y su mirada de amor nos anima a purificar nuestro pasado y a trabajar en el presente para hacer realidad ese futuro de unidad que tanto anhela”.

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Monseñor Fulton John Sheen: El Anticristo será “tan parecido a Cristo que engañaría aun a los escogidos”

noviembre 9, 2017

(Transcrito de Gloria TV)

El Arzobispo Fulton Sheen dijo en 1950 : “Estamos viviendo en los días del Apocalipsis – los últimos días de nuestra era …. Las dos grandes fuerzas del Cuerpo Místico de Cristo y el cuerpo místico de anticristo están empezando a elaborar las líneas de batalla para el concurso catastrófico.”

( Flynn T & L. El Trueno de la Justicia. Maxkol Comunicaciones , Sterling, VA , 1993 , p . 20 )

También dijo: “El Falso Profeta tendra una religión sin cruz . Una religión sin un mundo por venir. Una religión para destruir las religiones. Habrá una iglesia falsa. La Iglesia de Cristo [ la Iglesia Católica ] será una. Y el falso profeta va a crear otra. La falsa iglesia será mundana, ecuménica y mundial. Va a ser una federación de iglesias. Y las religiones formarán algún tipo de asociación global. Un parlamento mundial de iglesias. Vaciadas de todo contenido divino y será el cuerpo místico del anticristo. El cuerpo místico en la tierra hoy tendrá su Judas Iscariote , y él será el falso profeta. Satanás lo reclutará de entre nuestros obispos.

En su libro titulado El comunismo y la conciencia de Occidente, el Arzobispo Fulton John Sheen advirtió que “El Anticristo no será llamado así; de lo contrario, no tendría seguidores. Él no va a usar medias rojas, ni vomitar azufre, ni a llevar un tridente, ni agitar una cola con forma de flecha como Mefistófeles en el Fausto. Esta mascarada ha ayudado a convencer a los hombres que él diablo no existe. Cuando nadie lo reconoce, más poder ejerce. Dios se ha definido a si mismo como “Yo soy el que es” , y el diablo como “yo soy el que no es.”

Anticristo

“El Anticristo no será llamado así; de lo contrario, no tendría seguidores… Nuestro Señor nos dice que va a ser tan parecido a sí mismo que engañaría aun a los escogidos.”

En ninguna parte de la Sagrada Escritura hallamos justificado el mito popular de que el diablo es un bufón que se viste principalmente de “rojo”. Más bien se le describe como un ángel caído del cielo, como “el príncipe de este mundo”, cuya misión es que nos diga que no hay otro mundo. Su lógica es simple: si no hay cielo no hay infierno , y si no hay infierno, entonces no hay pecado, y si no hay pecado , entonces no hay ningún juez, y si no hay juicio entonces el mal es bueno y lo bueno es malo. Pero por encima de todas estas descripciones, Nuestro Señor nos dice que va a ser tan parecido a sí mismo que engañaría aun a los escogidos– y ciertamente ninguna imagen del diablo visto en libros jamás podría engañar aun a los escogidos . ¿Entonces cómo va a entrar en esta nueva era para ganar adeptos a su religión?

La creencia de Rusia pre – comunista es que él vendrá disfrazado como un gran humanitario; él hablará de paz , de prosperidad y de abundancia no como medios para llevarnos a Dios, sino como fines en sí mismos. . . .

. . . La tercera tentación en la cual Satanás tentó a Cristo para adorarlo y que todos los reinos de la tierra serían suyos, se convertirá en la tentación de tener una nueva religión sin una cruz , una liturgia sin un mundo por venir, una religión para destruir la religión, o una política que es una religión – una que hace que se le de al César, incluso las cosas que son de Dios.

En medio de todo su amor aparente para la humanidad y su verborrea de la libertad y la igualdad, tendrá un gran secreto que él le dirá a nadie: él no va a creer en Dios. Debido a que su religión será la hermandad sin la paternidad de Dios, va a engañar aun a los escogidos. Él creará un anti- iglesia que será el mono de la Iglesia, porque él, el diablo, es el mono de Dios. Contará con todas las notas y características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciado de su contenido divino. Será un cuerpo místico del anticristo que en todas las cosas externas se parecerá al cuerpo místico de Cristo. . . 

. . . Pero el siglo XX se unirá a la anti iglesia porque afirma ser infalible cuando su cabeza visible habla ex cathedra de Moscú sobre el tema de la economía y la política, y como pastor principal del comunismo mundial. ( Arzobispo Fulton J. Sheen, el comunismo y la conciencia de Occidente [ Bobbs – Merril , Indianapolis, 1948 ] , pp 24-25).

La predicación del Anticrsito, de Signorelli.

La predicación del Anticrsito, de Signorelli.

El “cardenal” John O´Connor de NY era hebreo, lo confirma su hermana

noviembre 8, 2017

De acuerdo a la halakha, o ley hebrea tradicional, quien tenga madre hebrea es considerado hebreo.

De acuerdo a la halakha, o ley hebrea tradicional, quien tenga madre hebrea es considerado hebreo.

Que el cardenal probablemente no supiera de su propia conexión con el judaísmo parece aún más inusual, dada su implicación con dicha comunidad. Sin embargo, su hermana dice: “Yo creo que hubiera estado muy orgulloso de ello.” (Tablet, a new read in a jewish life)

(Tomado del diario hebreo Haaretz/ Traducción de Foro Católico)

El Cardenal John O’Connor, fallecido arzobispo de Nueva York, era técnicamente judío, según una reciente investigación.

La hermana de O’Connor, Mary O’Connor Ward, descubrió recientemente a través de una investigación genealógica que su madre, Dorothy Gumple O’Connor, nació judía, pero se convirtió al catolicismo antes de conocer y casarse con el padre de los O’Connors’.

Ward, dijo al periódico Catholic New York que no sabe si el difunto cardenal, quien murió en 2000 a los 80 años, supo que su madre había sido judía. Ward dijo que su madre nunca hablaba de sus raíces judías, pero que cuando aún era pequeña, ella “supuso” que su madre era conversa.

De acuerdo con la halajá o ley tradicional judía, cualquier persona con una madre judía es considerada judía.

O´Connor -como Bergoglio y Szcorca, fue coautor de un libro junto al fallecido alcalde de Nueva York, Ed Koch, quien era hebreo.

O´Connor -como Kaifas Bergoglio y el rabino Abraham Skorka, fue coautor de un libro junto al fallecido alcalde de Nueva York, Ed Koch, quien era hebreo.

O’Connor tenía estrechos lazos con la comunidad judía de Nueva York y fue coautor de un libro junto al fallecido alcalde de Nueva York, Ed Koch, quien era judío. O’Connor describió a menudo a los judíos como los “hermanos mayores” de los católicos, marchó en protesta para liberar a los judíos soviéticos, visitó el campo de concentración de Dachau y se unió a los judíos en la conmemoración del Holocausto.

Nacido en Filadelfia, O’Connor se convirtió en obispo auxiliar en 1979 y en obispo de Scranton, Pensilvania, en 1983. En 1984, el Papa Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Nueva York, cargo que ocupó hasta su muerte.  O ‘ Connor fue nombrado cardenal en 1985.

Ward dijo que su hermano probablemente se habría sentido orgulloso de sus raíces judías. Ella atribuye a su hija, Eileen Ward Christian, el esfuerzo  para llevar a cabo la investigación que condujo al descubrimiento de su origen judío.

JohnO'Connor

(Tomado de Catholic New York/ Traducción de Foro Católico)

El Cardenal John O’Connor, quien como arzobispo de Nueva York cultivó y apreció fuertes lazos con la comunidad judía , nació de madre judía.

No se sabe si él sabía que su madre, Dorothy Gumple O’Connor , nació judía; y que se convirtió al catolicismo antes de que conociera y se casara con Thomas O’Connor , padre del difunto cardenal.

Mary O’Connor Ward, hermana del cardenal, dijo a Catholic New York en una entrevista exclusiva que su madre nunca habló de haber pertenecido a otra fe.

El hecho de que la Sra. O’Connor era judía de nacimiento salió a la luz durante una búsqueda genealógica realizada por la señora Ward a instancias de una de sus hijas , Eileen Ward Christian, quie había comenzado la investigación de su historia familiar. La señora Ward dijo en una entrevista que cuando era niña supuso que su madre era conversa , pero que la familia nunca discutía el asunto.

Ellos son sus antepasados ​​, y son los míos". " Me siento orgulloso de ser el día de hoy , con ustedes, judío".

Ellos son sus antepasados ​​, y son los míos”. ” Me siento orgulloso de ser el día de hoy , con ustedes, judío”.

Cuestionada sobre si el Cardenal O’Connor fue consciente de su linaje judío , ella respondió: ” No tengo forma de saberlo. ” Sin embargo, agregó , “Es sólo que no entiendo , si lo sabía, ¿por qué no habría surgido antes. Él estaba muy cerca de la comunidad judía”.

Meditando acerca de su probable reacción a la noticia , dijo, “Creo que él habría estado muy orgulloso.” Ella misma dijo que estaba muy orgullosa por descubrir su ascendencia judía , y señaló que el Cardenal O’Connor habló a menudo del pueblo judío como “nuestros hermanos mayores” en la fe .

“Yo no creo que se pueda ser católico y no sentir esa conexión “, dijo la señora Ward.

Y añadió: ” Me siento orgulloso de ser el día de hoy , con ustedes, judío.”

La versión larga del Obispo Fulton Sheen acerca del Anticristo y su Anti Iglesia

noviembre 7, 2017

Obispo Fulton Sheen (1947): En el siglo XX el Anticristo “fundará una anti-Iglesia que en lo exterior se parecerá a la Iglesia”

noviembre 6, 2017
Sheen Photo 1

Obispo Fulton Sheen

Lo dijo Monseñor Fulton Sheen hace 70 años: 

El Anticristo “fundará una anti-Iglesia, que será una imitación de la Iglesia. Contará con todas las notas y características de la Iglesia, pero vaciado de su contenido divino. Será el cuerpo místico del Anticristo, que en todo lo exterior se parecerá al Cuerpo Místico de Cristo, pero el siglo XX se unirá a la Anti Iglesia”.

(Transcrito de ReL/ Carmelo López Arias)

La presencia del Anticristo es una de las señales que los Padres de la Iglesia y la mayor parte de los teólogos sugieren como precursoras del fin del mundo.

Así consta en las Sagradas Escrituras, donde es definido por San Juan como “el mentiroso, el que niega que Jesús es el Cristo, el que niega al Padre y al Hijo” (1 Jn 2, 22) y por San Pablo como “el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios” (2 Tes, 3-4).

En su estudio de la cuestión, el jesuita Francisco Suárez (1548-1617) afirma como próximo a la fe que será una persona, y no, como en ocasiones se ha interpretado, un movimiento o una ideología:

“El Anticristo no sólo será verdadero hombre, sino también verdadera persona humana, persona propia y connatural a la humanidad; así que no será la persona de un demonio encarnada”.

Apariencia de santón humanitario, incluso cristiano

El obispo Fulton J. Sheen (1895-1979), hizo un inquietante retrato del Anticristo (leer transcripción aquí) en un sermón radiofónico del 26 de enero de 1947:

“El Anticristo no se llamará así, de otra forma no tendría seguidores”, advertía el obispo Sheen: “No llevará vestiduras rojas, no vomitará azufre, no llevará tridente. En aquel momento Sheen era solo un sacerdote que deslumbraba en la radio y en la naciente televisión con sus predicaciones y ya había escrito varios libros. Destacaba por su anticomunismo, al que consagraría en 1948 su obra El comunismo y la conciencia occidental, pero no sería hasta 1951 que fue nombrado obispo auxiliar de Nueva York, y en 1966 obispo de la diócesis neoyorquina de Rochester.

El gran objetivo del Anticristo, explicaba Sheen, será, como el del demonio, parecerse a Dios: “¿Cómo conseguirá entonces seguidores para su religión?”. 

Sinagoglio

Nunca un papa verdadero dialogó, oró y contemporizó con los emisarios de Lucifer, desde cabalistas hebreos, los mahometanos, los luteranos, los sodomitas, los abortistas, los comunistas ateos, los espiritistas y un sinfín de agentes demoníacos. (Foto AP)

Y el obispo Futon Sheen  desgranó estas características:

(Versión corta)

“-Se disfrazará como el Gran Humanitario: hablará de la paz, de la prosperidad y de la abundancia no como medios para llevarnos a Dios, sino como fines en sí mismos.

»-Escribirá libros sobre la nueva idea de Dios para acomodarlas a como vive la gente.

»-Divulgará la fe en la astrología para que sean las estrellas, y no la voluntad, las responsables de nuestros pecados.

»-Justificará la culpa como sexo reprimido, hará que los hombres se avergüencen de no ser considerados abiertos de mente y progresistas por sus compañeros.

»-Identificará la tolerancia con la indiferencia entre el bien y el mal.

»-Fomentará el divorcio bajo de que es “necesario” que haya una tercera persona.

»-Hará que crezca el amor por el amor y decrezca el amor por las personas.

»-Invocará la religión (falsa) para destruir la religión.

»-Incluso hablará de Cristo y dirá que es el mayor hombre que jamás haya vivido.

»-Dirá que su misión es liberar a los hombres de las servidumbres de la superstición y el fascismo, a los que nunca definirá.

»-En medio de todo su aparente amor por la humanidad y su fácil verborrea sobre la libertad y la igualdad, guardará un secreto que no dirá a nadie: él no creerá en Dios. Y como su religión será la hermandad sin la paternidad de Dios, embaucará incluso a los elegidos.

»-Fundará una anti-Iglesia, que será una imitación de la Iglesia porque el demonio es el mono de Dios. Será el cuerpo místico del Anticristo, que en todo lo exterior se parecerá a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. En su búsqueda desesperada de Dios, inducirá al hombre moderno, en su soledad y frustración, a comprometerse cada vez más en su comunidad, que dará al hombre una visión más amplia de las cosas sin necesidad alguna de conversión personal y sin admitir la culpa individual. Son días en los que el demonio se le soltará particularmente la cuerda”.

Pese a estos preocupantes signos, “los cristianos deben comprender que un momento de crisis no es un momento de desesperación, sino una oportunidad”, y que tras la Crucifixión viene la Resurrección.

Para no figurar entre los engañados

Y proponía un plan de vida para estar preparados ante los engaños del Anticristo:

-Colgar un crucifijo en casa “para recordar que tenemos una cruz que llevar”.

-Rezar cada noche el Santo Rosario en familia.

-Ir diariamente a misa.

-Hacer a diario la Hora Santa ante el Santísimo, “especialmente en parroquias cuyos párrocos son conscientes de las necesidades del mundo y llevan a cabo actos de reparación“.

-Rezar a la Santísima Virgen, “porque le ha sido dado el poder de aplastar la cabeza de la serpiente”.

-Rezar a San Miguel Arcángel, recordándole que ya venció una vez el orgullo de Lucifer.

-“Conservar el estado de gracia quienes tengan fe, y quienes no la tengan que empiecen a buscarla, porque en los tiempos que vienen solo habrá una forma de que las rodillas dejen de temblar, y será caer sobre ellas y rezar“.

San Pío V, inquisidor y papa; confirmó el Rito de la Misa y definió que un hereje no puede ser Papa

noviembre 5, 2017

piux-v

Nació en un pueblo llamado Bosco, en Italia, en 1504. Sus padres eran muy piadosos y muy pobres. Aunque era un niño muy inteligente, sin embargo hasta los 14 años tuvo que dedicarse a cuidad ovejas en el campo, porque los papás no tenían con qué costearle estudios.

Pero la vida retirada en la soledad del campo le sirvió mucho para dedicarse a la piedad y a la meditación, y la pobreza de la familia le fue muy útil para adquirir gran fortaleza para soportar los sufrimientos de la vida. Más tarde será también Pastor de toda la Iglesia.

Una familia rica notó que su hijo Antonio se comportaba mejor desde que era amigo de nuestro santo, y entonces dispuso costearle los estudios para que acompañara a Antonio y le ayudara a ser mejor. Y así pudo ir a estudiar con los Padres Dominicos y llegar a ser religiosos de esa comunidad. Nunca olvidará el futuro Pontífice este gran favor de tan generosa familia. En la comunidad le fueron dando cargos de muchos importancia: maestro de novicios, superior de varios conventos. Ayunaba, hacía penitencia, pasaba muchas horas por la noche meditación y oración. Viajaba a pie, sin capa, en silencio profundo o hablando únicamente a sus compañeros de las cosas de Dios. Y muy pronto el Sumo Padre, el Papa Pablo IV, lo nombró obispo. Tenía especiales cualidades para gobernar.

Gran defensor de la Fe, se dio a la tarea de perseguir las herejías y confirmar a perpetuidad las condenas contra los herejes y los agentes ocultos de la Sinagoga, especialmente las condenas establecidas por el Papa Pablo IV en la Bula
Gran defensor de la Fe, se dio a la tarea de perseguir las herejías y confirmar a perpetuidad las condenas contra los herejes y los agentes ocultos de la Sinagoga, especialmente confirmó las condenas establecidas por su antecesor y padre espiritual, Papa Pablo IV, en la Bula “Cum ex apostolatus officio”.

El cuerpo incorrupto de San Pío V permanece en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

El cuerpo incorrupto de San Pío V permanece en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

El protestantismo estaba invadiendo todas las regiones y amenazaba con quitarle la verdadera fe a muchísimos católicos. Su celo contra la herejía lo ocasionó ser elegido como inquisidor de la fe en Milán y Lombardía y en 1557 el Papa Pablo IV le nombró cardenal e inquisidor general para toda la cristiandad. Y él, viajando casi siempre a pie y con gran pobreza, fue visitando pueblos y ciudades, previniendo a los católicos contra los errores de los evangélicos y luteranos, y oponiéndose fuertemente a todos los que querían atacar nuestra religión.

Muchas veces estuvo en peligro de ser asesinado, pero nunca se dejaba vencer por el temor. Con los de buena voluntad era sumamente bondadoso y generoso, pero para con los herejes demostraba su gran ciencia y sus dotes oratorias y los iba confundiendo y alejando, en los sitios a donde llegaba.

 En 1559 fue transferido a Mondovi donde restauró la pureza de la fe y la disciplina, gravemente dañadas por las guerras del Piamonte. Frecuentemente llamado a Roma, mostró su firme celo en todos los asuntos en que fue consultado. Así ofreció una insuperable oposición a Pío IV cuando éste quiso admitir a Fernando de Medici, entonces con sólo trece años, en el Sacro Colegio. De nuevo fue él quien derrotó el proyecto de Maximiliano II, emperador de Alemania, de abolir el celibato eclesiástico.

Al morir el Papa Pío IV, San Carlos Borromeo les dijo a los demás cardenales que el candidato más apropiados para ser elegido Papa era este santo cardenal. A pesar de oponerse entre lágrimas y súplicas, fue elegido papa, con gran alegría de toda la Iglesia.

Antes se acostumbraba que al posesionarse del cargo un nuevo Pontífice, se diera un gran banquete a los embajadores y a los jefes políticos y militares de Roma. Pío Quinto ordenó que todo lo que se iba a gastar en ese banquete se empleara en darles ayudas a los pobres y en llevar remedios para los enfermos más necesitados de los hospitales. Cuando recién posesionado, iba en procesión por Roma, vio en una calle al antiguo amigo Antonio, aquel cuyos papás le habían costeado a él los estudios y lo llamó y lo nombró gobernador del Castillo Santángelo, que era el cuartel del Papa.

La gente se admiró al saber que el nuevo Pontífice había sido un niño muy pobre y comentaban que había llegado al más alto cargo en la Iglesia, siendo de una de las familias más pobres del país.

Pío Quinto parecía un verdadero monje en su modo de vivir, de rezar y de mortificarse. Comía muy poco. Pasaba muchas horas rezando. Tenía tres devociones preferidas La Eucaristía (celebraba la Misa con gran fervor y pasaba largos ratos de rodillas ante el Santo Sacramento) el Santo Rosario, que recomendaba a todos los que podía. Icono de Santa Catalina de Siena y la Santísima Virgen por la cual sentía una gran devoción y mucha confianza y de quién obtuvo maravillosos favores.

Las gentes comentaban admiradas: – Este sí que era el Papa que la gente necesitaba”. Lo primero que ordenó fue que todo obispo y que todo párroco debía vivir en el sitio para donde habían sido nombrados (porque había la dañosa costumbre de que se iban a vivir a las ciudades y descuidaban la diócesis o la parroquia para la cual los habían nombrado). Prohibió la pornografía. Hizo perseguir y poner presos a los centenares de bandoleros que atracaban a la gente en los alrededores de Roma.

En su caridad visitó hospitales y se sentaba al lado de la cama del enfermo, consolándoles y preparándoles para morir. Lavó los pies de los pobres y abrazó a los leprosos. Se comenta que un noble inglés se convirtió al verle besar los pies de un mendigo cubiertos con úlceras. Era muy austero y desterró el lujo de su corte, elevó el orden moral, trabajó con su amigo íntimo, San Carlos Borromeo, para reformar el clero, obligó a los obispos a que residieran en sus diócesis y a los cardenales a llevar vidas de simplicidad y piedad. Disminuyó los escándalos públicos relegando a las prostitutas a barrios distantes y prohibiendo la lidia de toros.

Puso tal orden en Roma que los enemigos le decían que él quería convertir a Roma en un monasterio, pero los amigos proclamaban que en 300 años no había habido un Papa tan santo como él. Las gentes obedecían sus leyes porque le profesaban una gran veneración.

En las procesiones con el Santísimo Sacramento los fieles se admiraban al verlo llevar la custodia, con los ojos fijos en la Santa Hostia, y recorriendo a pie las calles de Roma con gran piedad y devoción. Parecía estar viendo a Nuestro Señor.

Publicó el Misal de siempre (Bula Quo Primum Temore)  y la edición de La Liturgia de Las Horas, o sea los 150 Salmos que los sacerdotes deben rezar. Publicó también un Catecismo Universal. Dio gran importancia a la enseñanza de las doctrinas de Santo Tomás de Aquino en los seminarios, porque por no haber aprendido esas enseñanzas muchos sacerdotes se habían vuelto protestantes.

Aunque era flaco, calvo, de barba muy blanca y bastante pálido las gentes comentaban: “El Papa tiene energías para diez años y reformas para mil años más”.

Reforzó la observancia de la disciplina del Concilio de Trento, reformó el Císter y apoyó las misiones del Nuevo Mundo. En la Bula In Cuna Domini proclamó los principios tradicionales de la Iglesia de Roma y la supremacía de la Santa Sede sobre el poder civil.

Pero el gran pensamiento y la preocupación constante de su pontificado parecen haber sido la lucha contra los herejes. 

En Alemania apoyó a los católicos oprimidos por los príncipes heréticos. En Francia animó la Liga con sus consejos y con ayuda pecuniaria. En los Países Bajos apoyó a España. En Inglaterra, finalmente, excomulgó a Isabel I, abrazó la causa de María Estuardo y le escribió para consolarla en prisión. En el ardor de su fe no dudó en mostrar severidad contra los disidentes, cuando fue necesario, y en dar un nuevo impulso a la actividad de la Santa Inquisición, por lo que ha sido inculpado por ciertos historiadores que han exagerado y mentido sobre su conducta. En 1566 proclamó el Motu Proprio Inter munltiplices, en el cual confirmaba todas las enseñanzas y sanciones dadas por el Papa Pablo IV en su eminentísima Cum ex apostolatus officio, declarando nula la elección de un hereje como Papa. 

San Pío V Lepanto

San Pío V recibe la visión de la victoria católica en Lepanto

LEPANTO

En 1570 cuando Soliman II atacó Chipre, amenazando toda la cristiandad occidental, no descansó hasta unir las fuerzas de Venecia, España, y la Santa Sede. Los mahometanos amenazaban con invadir a toda Europa y acabar con la Religión Católica. Venían desde Turquía destruyendo a sangre y fuego todas las poblaciones católicas que encontraban. Y anunciaron que convertirían la Basílica de San Pedro en pesebrera para sus caballos. Ningún rey se atrevía a salir a combatirlos.

Trabajó incesantemente por unir a los príncipes cristianos contra el enemigo heredado; los turcos. En el primer año de su pontificado ordenó un jubileo solemne, exhortando a los creyentes a la penitencia y a la limosna para obtener de Dios la victoria. Apoyó a los Caballeros de Malta, enviando dinero para la fortificación de las ciudades libres de Italia, suministrando contribuciones mensuales a los cristianos de Hungría, y se esforzó sobre todo para unir a Maximiliano, Felipe II y Carlos para defender la cristiandad. En 1567, con el mismo propósito, recogió de todos los conventos el diezmo de sus réditos. Por su cuenta organizó una gran armada con barcos dotados de lo mejor que en aquel tiempo se podía desear para una batalla.

Obtuvo que la República de Venecia le enviara todos sus barcos de guerra y que el rey de España Felipe II le colaborara con todas sus naves de combate. Y así organizó una gran flota para ir a detener a los turcos que venían a tratar de destruir la religión de Cristo. Envió su bendición a D. Juan de Austria, comandante en jefe de la expedición, recomendando que dejara atrás a todos los soldados de mala vida. Puso como condición para estar seguros de obtener de Dios la victoria, que todos los combatientes deberían ir bien confesados y habiendo comulgado.

Hizo llegar una gran cantidad de frailes capuchinos, franciscanos y dominicos para confesar a los marineros y antes de zarpar, todos oyeron misa y comulgaron. Mientras ellos iban a combatir en las aguas del mar, el Papa y las gentes piadosas de Roma recorrían las calles, descalzos, rezando el Rosario para pedir la victoria.

Los mahometanos los esperaban en el mar lejano con 60 barcos grandes de guerra, 220 barcos medianos, 750 cañones, 34,000 soldados especializados, 13,000 marineros y 43,000 esclavos que iban remando. El ejército del Papa estaba dirigido por don Juan de Austria (hermano del rey de España).

Los católicos eran muy inferiores en número a los mahometanos. Los dos ejércitos se encontraron en el Golfo de Lepanto, cerca de Grecia. El Papa Pío V oraba por largos ratos con los brazos en cruz, pidiendo a Dios la victoria de los cristianos. Los jefes de la armada católica hicieron que todos sus soldados rezaran el Rosario antes de empezar la batalla.

Era el 7 de octubre de 1571 a mediodía. Todos combatían con admirable valor, pero el viento soplaba en dirección contraria a las naves católicas y por eso había que emplear muchas fuerzas remando. Y he aquí que de un momento a otro, misteriosamente el viento cambió de dirección y entonces los católicos, soltando los remos se lanzaron todos al ataque. Uno de esos soldados católicos era Miguel de Cervantes Saavedra, el autor de El Quijote.

Don Juan de Austria con los suyos atacó la nave capitana de los mahometanos donde estaba su supremo Almirante, Alí, le dieron muerte a éste e inmediatamente los demás empezaron a retroceder espantados. En pocas horas, quedaron prisioneros 10,000 mahometanos. De sus barcos fueron hundidos 111 y 117 quedaron en poder de los vencedores. 12,000 esclavos que estaban remando en poder de los turcos quedaron libres.

En aquel tiempo las noticias duraban mucho en llegar y Lepanto quedaba muy lejos de Roma.

Pero ese 7 de octubre de 1571, el Papa Pío V estaba trabajando con los cardenales, cuando, de repente, interrumpiendo su trabajo, abriendo la ventana y mirando el cielo, exclamó, “Un alto en el trabajos; nuestra gran tarea ahora es dar gracias a Dios por la victoria que acaba de dar al ejército cristiano”.  Varios días después llegó desde el lejano Golfo de Lepanto, la noticia del enorme triunfo. Estalló en las lágrimas cuando oyó hablar de la victoria que dio al poder turco un golpe del que nunca se recuperó.

El Papa en acción de gracias mandó que cada año se celebre el 7 de octubre la fiesta de Nuestra Señora del Rosario y que en la Letanía de Loreto se colocara esta oración “María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros”. Propagador del título de Auxiliadora fue este Pontífice nacido en un pueblecito llamado Bosco. Más tarde un sacerdote llamado San Juan Bosco, será el propagandista de la devoción a María Auxiliadora.

piux-v santo

El único papa canonizado en más de 600 años. Antes de él habían pasado tres siglos después del último papa canonizado, y después de él pasaron otros tres siglos hasta la canonización de San Pío X.

San Pío V acabó con el poder del Islam formando una alianza global de las ciudades italianas, Polonia, Francia, y toda la Europa cristiana, y comenzó las negociaciones para este propósito cuando murió de litiasis, repitiendo “ ¡Oh Señor, aumenta mis sufrimientos y mi paciencia!”. Era el 1° de mayo de 1572 y contaba 68 años. Dejó un recuerdo de una virtud poco común y una integridad inagotable e inflexible.

Fue beatificado cien años más tarde por Clemente X (1672), y canonizado por Clemente XI en 1712. A sus muchos milagros se puede añadir su cuerpo incorrupto, el cual puede ser visto a menos de dos metros de distancia en un altar lateral de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

 

(Con información de MENDHAM, Vida y Pontificado de San. Pío V (Londres, 1832 y 1835); Acta SS., I mayo; TOURON, Hombres ilustres de la orden de Santo Domingo, IV; FALLOUX, Historia de San Pío V (París, 1853); PASTOR, Gesch. der Papste, ARTAUD DE MONTOR, Historia de los Papas (Nueva York, 1867); Papa Pío V, el Padre de la Cristiandad, en Dublín Review, LIX (Londres, 1866), 273.

San Carlos Borromeo (4 de noviembre) defensor de la Fe y ejemplo de obispo

noviembre 4, 2017
Borromeo

San Carlos Borromeo.

(Transcrito de Año Cristiano de Juan Crtoiset)

San  Carlos,   de  la  ilustre  familia   de  los Borromeos, nació  en el  castillo  de Arona el  día 2 de Octubre del año 1538, siendo sumo  pontífice  Paulo  III y  emperador  Carlos V, quien se había apoderado del Milanés. La noche que nació vieron los soldados que hacían la centinela iluminado todo el castillo con una resplandeciente luz, dando el Cielo a entender el resplandor de santidad que algún día había de derramar aquel niño recién nacido en toda la Iglesia de Dios, quien desde su más tierna infancia le previno con todas las bendiciones de dulzura.

Huía cuidadosamente la compañía de aquellos niños en quienes notaba atolondramiento en las acciones, o inmodestia en las palabras, gustando de estar solo, y se ocupaba en hacer altares y adornarlos, con cuyas acciones manifestó su inclinación al estado eclesiástico; y habiéndosele conferido la primera tonsura, logró cuanto deseaba su devoto corazón.

Enviáronle a Pavía para acabar sus estudios; y aun que reinaba mucho el desorden en aquella ciudad, Carlos supo adelantarse en las letras sin perjuicio de la virtud. Conociendo lo inficionado que estaba el aire de aquel pueblo, evitó la infección con la oración, con la penitencia y con la frecuencia de los sacramentos: Recurrió a la Virgen María por excelencia; puso en sus manos el tesoro de su virginidad, escogiola por Madre suya, por su Protectora y por su Abogada. No añadiré que no le engañó su confianza, porque a ninguno engañó jamás, la que colocó en esta divina Madre!, que llevó en su vientre la Sabiduría encarnada. Fuéle muy necesaria la protección de esta Reina de las vírgenes: pusiéronse asechanzas a su fidelidad; pero el fuego de la tentación sólo sirvió para purificar más el oro de su virginal entereza.

Habiendo sido creado papa el cardenal de Médicis, su tío, con nombre de Pío IV, le llamó a Roma, donde, con el capelo de cardenal, le hizo arzobispo de Milán, y le encargó la principal administración de los negocios, que desempeñó con la mayor integridad, solicitando sobre todo la conclusión del Concilio de Trento. Vivía en Roma con esplendor, pero pensando algunas veces en retirarse. La muerte de su hermano mayor le determinó, en fin, a mudar de vida. Reformose según las constituciones del Concilio, y Dios, que nunca se deja vencer en liberalidad, se comunicó a su siervo con particulares dones, dándole en la oración ciertas efusiones o derramamientos de amor que le enternecían.

Quiso retirarse de los negocios públicos para entregarse con mayor libertad a la oración; pero se lo disuadió D. Fr. Bartolomé de los Mártires, arzobispo de Braga, diciéndole que un verdadero cardenal debía ser activo, esforzado y laborioso, siendo conveniente poner a la vista del mundo el ejemplo de un Nepote del Papa, que se interesaba más en la gloria de la Esposa de Jesucristo que en la grandeza de su casa. Rindióse el Santo, y prosiguió trabajando como antes. Era arzobispo de Milán; pero, como el Papa le detenía en Roma cerca de su persona, envió a Milán al célebre Nicolás Ormanet, y él se ensayó en predicar para habilitarse a ejercitar este ministerio por sí mismo. Obtuvo, en fin, licencia para retirarse a su iglesia, donde fue magníficamente recibido.

Predicó el domingo siguiente, y tomó por texto aquellas palabras: Con deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros. No era muy elocuente; pero, como era santo y era obispo, su santidad movía los corazones, y la fuerza del espíritu pastoral daba peso a sus palabras. Convocó un Concilio provincial; arreglose en él lo que tocaba a la vida de los obispos, de los sacerdotes, gobierno de las parroquias, administración de los sacramentos, con algunos estatutos acerca de las religiosas. Era cosa tan nueva en Milán un Concilio provincial, que de todas partes concurrían a verle. No acababan las gentes de admirarse viendo un cardenal en la flor de sus años subir al púlpito con frecuencia, administrar los sacramentos, negarse a todas las diversiones, por desempeñar todos los ministerios de la dignidad episcopal.

Extendida la fama por toda Italia, llegó a los oídos del Papa, con tanto gozo suyo, que escribió un breve a su sobrino con expresiones de la mayor satisfacción.  Renunció el Cardenal todos los beneficios que tenía, y en un solo día perdió doscientas mil pesetas de renta. Poco acostumbrado el mundo a semejantes rasgos de generosidad, apenas lo podía creer; pero lo vio y lo admiró. La caridad, que tenía su domicilio en el corazón del buen pastor, le comunicó su natural actividad para buscar las ovejas descarriadas. Emprendió la visita de los Valles, en el país de los suizos, y en ella le veían todos caminar a pie, sufriendo el hambre, la sed y todas las injurias del tiempo. Era su comida y su bebida la salvación de las almas; a precio de ésta le eran estimables todos los trabajos.

El celo le infundía ligereza de ciervo para trepar los riscos más escarpados, y para buscar entre los precipicios alguna oveja desmandada del aprisco. A las rebeldes las trataba con dulzura, se compadecía tiernamente de su descamino; mostrábales tal amor, que las ganaba la confianza;  ésta las obligaba a franquearle el corazón, y, una vez franqueado éste, las insinuaciones de la caridad pastoral, juntas a la gracia de Jesucristo, las arrancaba del error. ¿A cuántos no sacó de los desvaríos de la herejía? ¿A cuántos no llamó a la admirable lumbre de la fe, retirándolos de la región de las tinieblas y de la sombra de la muerte? No se hartaban de verle, siguiéndole de aldea en aldea y de: choza en choza. Era buen olor de Jesucristo, y los pueblos corrían tras la fragancia que exhalaba su santidad.

Estableció en la catedral de Milán un orden admirable. La devoción de los eclesiásticos, la magnificencia de los ornamentos y el esplendor de las ceremonias eran un espectáculo que verdaderamente suspendía. Erigió muchos Seminarios, y fundó un colegio para la nobleza, cuyos edificios son soberbios, y cuyos estatutos caracterizan la prudencia del santo fundador. Introdujo en Milán a los clérigos teatinos, o de San Cayetano, a quienes estimaba singularmente por su pobreza y por su confianza en Dios.

Antes había introducido a los Padres de la Compañía de Jesús y fundó una congregación de clérigos seculares, libres de toda suerte de votos, y sólo dependientes de él, como de su primera cabeza, para emplearlos a su arbitrio donde lo pidiese la necesidad del arzobispado. Llamó a esta congregación de los oblatos de San Ambrosio, poniéndola bajo la protección de la Santísima Virgen y del santo doctor. Instituyó otros muchos piadosos gremios, muy útiles a su Iglesia, desahogándose y desarrollándose su caridad en estos establecimientos, centellas del divino amor que abrasaba su corazón, y tesoros escondidos con que enriquecía a su Esposa. Reformó la Orden de los Franciscanos y de los Humillados. Con ocasión de la reforma de los segundos sucedió un portento singular.

Fue asalariado un asesino para que quitase la vida al santo reformador. Entró el asesino en la capilla donde el Cardenal estaba rezando con su familia, y le disparó un mosquetazo, casi a boca de cañón, cuya bala, conducida por el demonio, llegó a la carne, y en la superficie de ella la aplastó el Ángel tutelar de la diócesis, penetrando mantelete, roquete y vestidos hasta el mismo cutis, donde se detuvo como respetándole; pero el santo cardenal, inmóvil y sereno, como si nada hubiera sucedido, prosiguió rezando con el mayor sosiego. Al ruido del asesinato concurrió a Palacio toda la ciudad. El gobernador y el Senado le aseguraron que harían justicia como se descubriese al reo. Logrose  prenderle,  y  el  Santo  no dejó piedra por mover para que se le perdonase la vida; pero a pesar de sus caritativas instancias fue castigado como merecía, y el Papa abolió la Orden de los Humillados. Afligió Dios a la ciudad de Milán con el azote de la peste.

Hizo San Carlos prodigios de caridad. Aconsejáronle que se retirase a algún lugar sano para conservar una vida que era tan necesaria a toda la diócesis; pero el Santo no dio oídos a semejante consejo, horrorizándole más que la muerte la falta de caridad: víctima de esta virtud, miraba a la muerte como corona suya. Parecía que la caridad le multiplicaba en muchos: padeciendo sus ovejas, padecía en todas ellas como buen pastor. Día y noche andaba por las calles, llevando a todas partes palabras de paz, de confianza y de amor. Su presencia suavizaba los dolores.

Retratada en su semblante la alegría de los santos, se desprendía de su boca el consuelo del Señor, por lo que la gente no se saciaba de verle. El mismo administró el Viático a uno de sus curas que murió herido de la peste, la que no le tocó al Santo, sirviéndole de preservativo su misma caridad; asilo que no acierta a violar el mal más contagioso.

Deshacíase a penitencias, como si aquella pública calamidad del rebaño fuese castigó por las culpas del pastor. ¡Cuántas veces se ofreció a Dios para que descargase sólo en él todo el peso de su cólera! Para aplacarla instituyó procesiones generales; pero ¡qué no hizo en ellas! No es posible explicar lo que ejecutó  visitando las parroquias de su diócesis mientras duró este azote del Cielo. Estaba en continuo movimiento, dormía poco y comía a caballo por no perder tiempo. Logró en aquel tiempo una abundante cosecha, hasta que, compadecida la divina Piedad del pastor y del rebaño, levantó la mano del castigo, restituyó la serenidad y admitió gustosa el sacrificio de su amor.

Escribiéronle mil enhorabuenas de todas partes, y recibió cartas llenas de elogios, escritas por los mayores príncipes de la corte romana; pero nada alteró la modesta humildad de su corazón, como quien conocía muy bien el verdadero origen de todas las gracias y estaba perfectamente instruido de sus obligaciones. Respondió que en aquello no había hecho más que cumplir con la obligación de Obispo, teniendo presente la doctrina de Jesucristo, según la cual el pastor debe dar la vida por sus ovejas; sacrificio indispensable en quien está encargado de guardar el rebaño de Jesucristo.

Vivió otros siete años después que cesó la peste, trabajando en la salvación de su diócesis y de toda la provincia de Milán con infatigable cuidado, y con una vigilancia pastoral que, nunca reconoció flaqueza ni desaliento. Decía que el Obispo demasiadamente cuidadoso de su salud no podía cumplir bien con su encargo; añadiendo que a un obispo, como él quiera, nunca le puede faltar que trabajar; por lo que reprendió severamente a cierto Prelado que le escribió se hallaba sin tener qué hacer, respondiéndole que no acertaba a concebir cómo podía estar desocupado el que tenía sobre sí el cuidado de una diócesis.

Aconsejando la residencia a un Cardenal, y excusándose éste con la ceñida extensión de su obispado, le replicó el Santo que una sola alma merecía la presencia de su Obispo, por elevada que fuese su dignidad. Para recogerse mejor algunos días, se retiró  el santo arzobispo al monte Voral, donde hizo unos ejercicios, siendo su director el Padre Adorno, jesuita, que fue su confesor por muchos años y le mereció la más estrecha confianza. Hízolos con extraordinario fervor, como quien presentía que le habían de servir de preparación para la muerte.

Sus oraciones, sus penitencias y sus ayunos rindieron las fuerzas del cuerpo. Cayó malo, pero disimuló la primera calentura; a la segunda se descubrió con el P. Adorno, que moderó las oraciones, mortificaciones y vigilias. Continuando la calentura, se restituyó a Milán, donde se redobló la fiebre. Avisaron los médicos al P. Adorno que no había que perder tiempo, y que era preciso intimar al Cardenal que se dispusiese para morir; noticia que no sobresaltó a un hombre que había vivido tan santamente y acababa de lavar, por medio de una confesión general, las menores manchas en la sangre del Cordero. Pidió el santo Viático,  trajéronsele;  pero  ¡con  qué  devoción  le  recibió!.

¡Cuáles fueron sus amorosos deliquios á vista del Dios de su salvación, de aquel Dios que, al consumar el amor que nos tiene, quiere ser el Dios de las gracias antes de ejercer el oficio de juez de los hombres! Después que recibió el pan celestial, se le administró la Extremaunción; y porque siempre había deseado morir como penitente, le tendieron sobre un cilicio cubierto de ceniza bendita. En este aparato de penitencia entró en una apacible agonía, que duró algunas horas, y después fue a recibir en el Cielo el premio de sus trabajos, a los cuarenta y siete años de su edad, en que había entrado un mes antes, sábado 3 de Noviembre de 1584.

Publicada en Milán la noticia de su muerte, cada uno creyó haber perdido a su padre en el padre común de todos, juzgando que aun debía el Señor estar muy irritado contra aquel pueblo, pues le privaba de un Obispo tan santo en lo mejor de su edad. Hiciéronsele magníficos funerales, celebrando la Misa del entierro el Cardenal Sfrondati, Obispo de Cremona, y predicando el P. Panigarola la oración fúnebre, que muchas veces interrumpieron; o, por mejor decir, continuaron con mayor elocuencia las lágrimas del auditorio. Glorificó el Señor al Santo Cardenal con tantos milagros, que en breve tiempo se vio rodeada de votos su sepultura, a cuyo ruido y a la fama de sus virtudes le canonizó primero la voz del pueblo, y ésta, en fin, obligó al Papa Paulo V a ponerle en el catálogo de los Santos el día 1.° de Noviembre del año 1601, mandando que se celebrase su fiesta el 4 del mismo mes. Luego que el papa Gregorio XIII tuvo noticia de su muerte, exclamó: apagose la  lumbrera  de  Israel.

 

San Carlos Borromeo,

¡Ruega por nosotros!

Neo cardenal hebreo Dolan de NY, disminuye misas por razones financieras

noviembre 3, 2017
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Dolan (Mathew) ahora se disfraza de… dólares.

Foro Católico: para el converso Timothy (Mathew) Dolan Radcliff, es más importante la rentabilidad financiera, que la supuesta misa.

(Cameron Doody)

Pese a tener una de las más valiosas carteras de inversiones tanto financieras como inmobiliarias de cualquier diócesis del mundo, la archidiócesis de Nueva York se encuentra con que sus arcas están cada vez más vacías y sus costes cada vez más elevados. Es por eso -para intentar ahorrar gastos- que el arzobispo de la ciudad, el (neo)cardenal Timothy (Mathew) Dolan, está presionando a sus curas a que oficien menos misas.

La prueba de la nueva estrategia del purpurado norteamericano a celebrar menos eucaristías para tener más dinero se encuentra en el boletín parroquial publicado este pasado fin de semana en la parroquia de St. Patrick’s, Yorktown Heights.

En este folleto, monseñor Joseph Giandurco, explica el nuevo horario de celebraciones eucarísticas que se ha propuesto para la parroquia.

Para estas navidades habrá una reducción en el número de comuniones, admite el sacerdote, debido a ausencias de otros curas que colaboran en la comunidad y también la necesidad de “ser realistas” con el horario de misas. Pero esto no es nada comparado con el horario previsto para el próximo verano, desde cuando desaparecerá al menos una misa dominical a la que ha venido asistiendo gran parte de la comunidad.

“Muchos católicos en la archidiócesis de Nueva York no saben que el cardenal Dolan ha pedido a todos los pastores intentar recortar el número de misas en todas nuestras parroquias debido a varios factores: menos gente que vienen a misa; menos curas disponibles en parroquias; [y] gastos crecientes para todo lo relacionado con el tener demasiadas misas”, explica monseñor Giandurco en su nota.

El párroco añade que “honestamente” ni él ni el cardenal Dolan quieren recortar las misas, “pero es por razones prácticas que lo estamos considerando”.

Retrocede Müller en señalamientos de herejía contra Bergoglio: “en comunión de divorciados… puede haber atenuantes”

noviembre 3, 2017

Muller retrocede 

B.: Gerardo… ¿ya entendiste quién manda…?

 

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Müller: Sí jefe…. por eso decía yo…. que sí pueden comulgar los divorciados…

Foro Católico: la desvergüenza del convenenciero Müller es tal, que a pocos días de haber apedreado el tejado de Bergoglio acusándolo de hereje, ahora sale con que el tema no es tan importante como decía, y que en el caso de los divorciados que pretenden comulgar, “puede haber atenuantes”. 

Leer aquí el antecedente: 

Müller contradice y deplora magisterio de Bergoglio sobre divorciados: “confunde teología de Santo Tomás”

Continúa Müller apedreando el tejado de Bergoglio: “Lutero hizo una revolución, no una reforma”

(RD/J. Bastante)

¿Marcha atrás? Las últimas palabras del (neo)cardenal Müller, otrora poderoso prefecto de Doctrina de la Fe, acerca de Amoris Laetitia, resultan cuando menos paradójicas. Así, en el prefacio de un libro de Rocco Buttiglione, que verá la luz a mediados de noviembre en Italia, bajo el título “Respuestas amigables a los críticos de «Amoris laetitia»” (ediciones Ares), el purpurado alemán recalca que, en el caso la comunión de los divorciados vueltos a casar “puede haber atenuantes”.

En su informe, el filósofo Buttiglione, que se ha convertido en uno de los más firmes defensores de la exhortación apostólica del (anti)Papa Francisco, responde a las críticas dirigidas contra Bergoglio por los cardenales de los ‘dubia’, los intelectuales de la ‘Correctio Filialis’ y otros, entre los que se incluyen el propio Müller.

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Müller: “Desde lo profundo del corazón agradezco a Rocco Buttiglione por el gran servicio que hace con este libro a la unidad de la Iglesia y a la verdad del Evangelio”.

En dicho prefacio, que hoy adelanta Vatican Insider, Müller califica de “lamentable” la “áspera controversia” sobre el capítulo dedicado a la comunión de los divorciados vueltos a casar. Esta cuestión, admite el cardenal, “ha sido elevada, falsamente, al rango de cuestión decisiva del catolicismo y piedra angular ideológica para decidir si uno es conservador o liberal, si uno está a favor o contra el (anti)Papa”.

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Müller: “No era para tanto… no se pongan tan radicales”

 

“En medio de estas tentaciones cismáticas y de esta confusión dogmática tan peligrosa para la unidad de la Iglesia, que se basa en la verdad de la Revelación, Rocco Buttiglione, como un auténtico católico de comprobada competencia en el campo de la teología moral, ofrece, con los artículos y ensayos reunidos en este volumen, una respuesta clara y convincente”, asegura Müller, quien denuncia a los ‘críticos’ a Bergoglio, cuyas inspiraciones nacen de las famosas cinco ‘dubias’ de los cardenales.

A continuación, Müller entra en las dos tesis principales del libro de Buttiglione, con las que -afirma- “concuerdo con absoluta convicción:

1. Las doctrinas dogmáticas y las exhortaciones pastorales del 8o capítulo de «Amoris laetitia» pueden y deben ser comprendidas en sentido ortodoxo. 
2. «Amoris laetitia» no implica ningún cambio magisterial hacia una ética de la situación y, por lo tanto, ninguna contradicción con la encíclica «Veritatis Splendor» del (anti)Papa san Juan Pablo II.   

Al tiempo, y refiriéndose a la “conciencia subjetiva” que podría permitir que un divorciado vuelto a casar pudiera acceder a la comunión, el cardenal alemán sugiere que “sigue siendo válida la doctrina de «Veritatis splendor» (art. 56; 79) incluso con respecto a «Amoris Laetitia» (art.303), según la cual existen normas morales absolutas a las que no se da ninguna excepción”. Y apunta que “es evidente que «Amoris Laetitia» (art. 300-305) no enseña y no propone creer de manera vinculante que el cristiano en una condición de pecado mortal actual y habitual pueda recibir la absolución y la comunión sin arrepentirse por sus pecados y sin formular el propósito de ya no pecar”.

Sin embargo, añade, “existen diferentes niveles de gravedad según el tipo de pecado”. Así, “para la imputabilidad de la culpa en el juicio de Dios hay que considerar los factores subjetivos como la plena conciencia y el deliberado consenso en la grave falta contra los mandamientos de Dios que tiene como consecuencia la pérdida de la gracia santificante y de la capacidad de la fe de hacerse eficaz en la caridad”, afirma, citando -como el (anti)Papa Francisco- a Santo Tomás de Aquino.

“En la valoración de la culpa, puede haber atenuantes y las circunstancias y elementos accesorios de una convivencia irregular semejante al matrimonio pueden ser presentadas también ante Dios en su valor ético en la valoración de conjunto del juicio (por ejemplo el cuidado de los hijos en común que es un deber que deriva del derecho natural)”, admite el ex prefecto de Doctrina de la Fe, que añade que el (anti)Papa, en ‘Amoris Laetitia’, “no ha propuesto ninguna doctrina que deba ser creída de manera vinculante y que esté en contradicción abierta o implícita con la clara doctrina de la Sagrada Escritura y con los dogmas definidos por la Iglesia sobre los sacramentos del matrimonio, de la penitencia y de la eucaristía”.

“Las situaciones existenciales son muy diferentes y complejas, y la influencia de ideologías enemigas del matrimonio a menudo es preponderante. El cristiano puede encontrarse sin su culpa en la dura crisis del ser abandonado y de no lograr encontrar ninguna otra vía de escape que encomendarse a una persona de buen corazón y el resultado son relaciones semejantes a las relaciones matrimoniales, apunta Müller, quien añade que “se necesita una particular capacidad de discernimiento espiritual en el fuero interior por parte del confesor para encontrar un recorrido de conversión y de re-orientación hacia Cristo que sea adecuado para la persona, yendo más allá de una fácil adaptación al espíritu relativista del tiempo o de una fría aplicación de los preceptos dogmáticos y de las disposiciones canónicas, a la luz de la verdad del Evangelio y con la ayuda de la gracia antecedente”.

2 de noviembre; CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

noviembre 2, 2017
Los Fieles Difuntos

Los Fieles Difuntos

Aquellos que nos han dejado 

no están ausentes,sino invisibles.

Tienen sus ojos llenos de gloria, 

fijos en los nuestros, 

llenos de lágrimas.

(San Agustín)

LA CONMEMORACIÓN
DE LOS FIELES DIFUNTOS

2 DE NOVIEMBRE

(Transcrito de Mercaba)

Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los “que siguen al Cordero”, nuestro pensamiento acompaña a “los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz”. Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?

De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor…

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos “para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz”. Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de “viatores”. Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también “signos del futuro”, desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.

El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la “ciudad santa de Jerusalén”, donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el “somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: “Aquí yace polvo, ceniza y nada”.

A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas…

Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: “Espero la resurrección de los muertos”.

El cristiano “no se muere”, en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que “muere”, es decir, entrega su alma al Creador”. Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.

Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el “Manual Toledano” para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .

En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente… 

Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad

Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta… evocan muchas ceremonias del rito bautismal.

Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).

Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dió en la aguas bautismales, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de “celebración pascual” que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este “tránsito” o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados “graduales”.

Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.

El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de “morir en el Señor”, que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: “Dichosos los difuntos que mueren en el Señor” (Apoc. 14.13).

Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.

Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el “socorro del viaje” que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.

Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la “recomendación del alma”.

Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la “letanía de los santos”. Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.

Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: “Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc.”

Después se realiza solemnemente la entrega:

“Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente… Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo…”

Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite “Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo”.

Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un “acto jurídico”, en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.

Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.

Porque el difunto murió “con el sello de la fe”, según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman “cementerios”, palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna. 

Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.

La muerte no es una “pérdida irreparable”, el cementerio no es la “última morada’. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: “No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús mueió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él… Consolaos, pues, con tales pensamientos” (1 Thess. 4,12-13.17).

Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la “vida del siglo futuro”.

“A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre” (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.

El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros “puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer” y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, “porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección” (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta pon la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, “el sacrificio de nuestra redención”, o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, “sacrificio por los que durmieron”. La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima “representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio” (San Cirilo de Jerusalén).

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: “Allí siempre estaremos con el Señor”. En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica “están en el Señor”.

Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.

Tú que a María absolviste
y al ladrón oíste,
también a mí esperanza diste.

Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos. 

Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.

El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio “y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar”.

El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos . “meses de ánimas” y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.

Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!

Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: “Tu misericordia y tu juicio cantaré”.

En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.

Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:

El paraíso.
La ciudad santa de Jerusalén.
El cortejo de los ángeles y los santos.
El seno de Abraham.
El descanso eterno.
La luz eterna.
La paz.
El refrigerio.

La imagen del “paraíso” aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.

El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.

El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, como resumiendo la dicha suma.

En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.

“Jerusalén” es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.

Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.

Esta Jerusalén es la “patria del paraíso”, como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.

La liturgia menciona él “cortejo de los ángeles y los santos”. La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.

En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.

Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el “descanso eterno”, sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: “Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos” (Apoc. 1 4,16) .

“Dios es luz, y en sí no existen tinieblas”, dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos “la luz eterna”, la claridad inextinguible en el foco divino, para “ver la luz en su luz”, como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).

“Lucha es la vida del hombre sobre la tierra”, decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la “paz”, el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.

Por último, los textos litúrgicos hablan del “refrigerio”, tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del “refrigerio, de la luz y de la paz” se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.

Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la “conmemoración de los fieles difuntos”. San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.

Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.

Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria toties quoties del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

 

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