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11 de Febrero. Nuestra Señora de Lourdes

La Gruta de Lourdes: lugar de las apariciones de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción

La Gruta de Lourdes: lugar de las apariciones de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción

LOURDES

Folleto EVC 409

Autor: Pedro Sembrador

“La Virgen Santísima confirma el Dogma de la Inmaculada Concepción”

Entre los días más grandes que ha tenido nuestra Iglesia en su paso triunfar a través de los siglos, está escrito con letras de oro el día 8 de diciembre de 1854, en que S. S. el Papa Pío IX, declaró dogma de Fe la Inmaculada Concepción de la Virgen Santísima, es decir, que la Virgen María no había heredado de nuestros primeros padres la mancha del pecado original.

Y la alegría de la tierra llegó hasta los cielos y la Santísima Virgen quiso volver al mundo una vez más para ratificar, Ella misma, esta definición Papal y la Divinidad de la Santa Iglesia dándose a sí misma como nombre “La Inmaculada Concepción” y para dejar sobre la tierra un lugar en que, con mano pródiga, mostraría constantemente que Ella es verdadero “CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS”.

EI lugar escogido por la Santísima Virgen para su nueva visita a la tierra, fue Lourdes, una aldea de Francia perdida en la cordillera de los Pirineos que la limitan con España y que era en aquel entonces casi desconocida.

La aldea de Lourdes está situada a la entrada de varias gargantas de montañas; y a corta distancia de ella y al oeste, se levantan las rocas llamadas “Massabielle” que quiere decir “rocas viejas”.

Casi al pie de este acantilado, corre el Río Gave que se forma con las aguas que descienden de las montañas y que lleva agua a un molino y a un aserradero.

La naturaleza ha ahuecado una gruta como de 3 metros y medio de ancha por 3 metros y medio de alto, en la muralla formada por las rocas Massabielle y la derecha, en un extremo de ella a la altura de 2 mts. y medio del suelo hay una excavación en forma de nicho que tiene 1.80 mts. de alto. Este es el lugar escogido por la Providencia Divina para que la Santísima Virgen diera, una vez más, pruebas de su bondad apareciéndose a Bernardita Souvirous.

Bernardita Souvirous

María Bernardita Souvirous vivía en Lourdes con sus padres y aquel año de 1958 tenía apenas 14 años de edad. Era pequeña, débil y enfermiza, de familia pobre, casi miserable, y había pasado gran parte de su vida cuidando un rebaño de ovejas.

Bernardita era como todos los niños de su edad y salvo la inocencia de su corazón, en nada se diferenciaba de ellos. Era dócil y piadosa en la oración y un día el Párroco de la Aldea, al verla tan inocente dijo. “Así deben ser los niños a los que se aparece la Virgen”; no sabía el buen Sacerdote que sus palabras eran una profecía y que la Virgen se le aparecería a la niña no una, sino 18 veces.

La primera aparición

La primera aparición tuvo lugar el día 11 de febrero de 1858. Bernardita había ido a acompañar a su hermana María y a una vecinita a recoger ramas secas a la orilla del Gave, al pie de las rocas Massabielle.

Alegremente se habían puesto en camino hacia las 11 de la mañana y cogiendo ramas muertas llegaron frente a la Gruta. Las compañeras de Bernardita se descalzaron y atravesaron el Gave. Ella dudaba mojarse los pies pues además del asma que padecía, estaba acatarrada. Por fin se resolvió y apoyada en una piedra se inclinó para descalzarse, cuando un ruido extraño, como de un fuerte viento, la hizo volver la cabeza; cosa rara, las copas de los árboles estaban quietas. Me habrá equivocado, pensó y volvió a inclinarse para quitarse las medias, pero aquel ruido extraño volvió a oírse, pareciendo concentrarse en la gruta.

Bernardita mira hacia ella y queda estupefacta; quiere gritar, pero la voz se le apaga en la garganta. En medio de una luz espléndida como la del sol, pero apacible y suave como venida del cielo, Bernardita ve a una Dama admirablemente hermosa, en todo el esplendor de la juventud. Su talla era ordinaria; vestía una túnica blanca toda resplandeciente que le llegaba hasta los pies, anudada a la cintura con un lazo flotante de color azul. Un largo velo blanco como la túnica cubría su cabeza y envolviendo su cuerpo caía hasta el suelo.

Sus pies desnudos, de una pureza virginal, estaban ornados con dos rosas de oro; sus manos unidas ante el pecho como en una fervorosa plegaria. Tenía un largo rosario de cuentas blancas como la nieve engarzadas en una cadena de oro y una cruz también de oro lo remataba.

La niña estaba estática de emoción, no podía dar crédito a lo que veía y la Dama le sonreía inclinándose corno para saludarla.

Instintivamente Bernardita busca la cruz de su rosario y quiere levantar su mano para hacer la señal de la cruz, pero su brazo no la obedece. La Dama toma entonces la cruz de su rosario y hace un gran signo de la cruz, sonríe a la niña como invitándola a hacer lo mismo, ella la imita y su mano obedece en seguida. La Dama va pasando las cuentas de su rosario y Bernardita hace lo mismo.

Terminado el rezo del Rosario, la Dama se inclina, sonríe dulcemente a la niña como diciéndole adios y desaparece. Bernardita ve la roca gris desnuda y oye a sus compañeras que juegan alegremente. La visión ha desaparecido…

Las demás apariciones de la Virgen

Lástima que por lo reducido del espacio de que disponemos, no podamos detenernos a detallar una por una las 18 apariciones de la Santísima, Virgen a Bernardita, y así únicamente nos concretamos a Llamar la atención sobra los puntos más salientes de ellas.

El día de la tercera aparición Bernardita, a instancias de sus compañeras, pide a la Señora que le escriba su nombre y lo que desea, a lo que Ella contestó: “Lo que tengo que decirte, no hay necesidad de escribirlo, hazme favor solamente, de venir aquí durante 15 días y yo en cambio te prometo hacerte feliz no en esta vida, sino en la otra”. Bernardita prometió así y durante 15 días siguió yendo a la gruta.

En todos estos días, la Dama mandaba siempre a Bernardita que hiciera penitencia por los pecadores y que pidiera en su nombre a los Sacerdotes que edificaran un Santuario al que debía irse en procesión. Bernardita a su vez suplicaba siempre a la Señora que le dijera su nombre, sin tener respuesta a esta pregunta.

La fuente milagrosa

El jueves 25 de febrero, después de su coloquio con la niña, la Virgen le dijo: “Bebe del agua de la fuente y lávate con ella y come las hierbas que están aquí”.

Bernardita fue hacia el Gave, pues nunca había habido en la gruta ninguna fuente, pero la Virgen le dijo: “No vayas allá; ven a la fuente que está aquí” y con el dedo señaló el lugar. Bernardita rascó el suelo haciendo un agujero en el lugar señalado y repentinamente la cavidad formada se humedeció y apareció el agua que pronto la llenó. El agua que brotaba de la fuente nueva comenzó a correr y ese día tan solo humedeció la arena. Bernardita, sin saberlo, había abierto la fuente maravillosa de las curaciones y los milagros.

En pocos días brotaba límpido y puro un chorro como del grueso del brazo de un niño y desde entonces se conserva constante, dando 85 litros por minuto, es decir, 122 metros cúbicos por día.

Las primeras curaciones milagrosas

Al día siguiente a la aparición de la fuente, se ‘operó la primera curación milagrosa.

Había en Lourdes un obrero cantero llamado Louis Bourriete, cuyos ojos habían sido mutilados al explotar una mina, hacía 20 años. El sabía de las cosas maravillosas que pasaban en la gruta y sobre todo de la fuente milagrosa que había brotado, y así dijo a su hija: “Ve a traerme de esa agua, que si la Virgen quiere, bien puede curarme”.

Con el agua aún rebotada, frotó sus ojos perdidos mientras oraba fervorosamente y pronto las tinieblas que hacía 20 años lo tenían ciego, se desvanecieron quedando una bruma que se fue disipando a medida que Bourriete se lavaba los ojos hasta que pudo distinguir perfectamente los objetos.

¡Estoy curado! decía al día siguiente al doctor Dozores que lo atendía. El doctor, dudando, saca su agenda escribe algo que da a leer a Bourriete y éste lee. “Bourriete tiene una amaurosa incurable de la que no sanará”.

-No puedo negarlo- dice el doctor estupefacto;- es un milagro, un verdadero milagro-

Desde entonces el nombre de la Virgen está en todos los labios, pues nadie dudaba que Ella fuera la que obrara tales maravillas.

El último de los 15 días que Bernardita prometió a la Virgen ir a la gruta se obró otro gran milagro.

Un pequeño niño, llamado Justino, se moría paralítico en una pobre casa de Lourdes. Había entrado ya en agonía y una vecina piadosa preparaba el sudario.

-Ya murió- dijo el padre; pero la madre no lloraba; pues tenía esperanza sobre toda esperanza que había nacido en su pecho. Tomó en sus brazos el cuerpo rígido de su hijo y corrió a la gruta. Eran cerca de las 5 de la tarde y todavía había frente a la gruta cerca de 600 personas.

La madre cayó de rodillas y con su niño moribundo en los brazos oró con fervor. De rodillas fue hasta la fuente y sumergió en las aguas el cuerpo de su hijo. Hacía mucho frío y el agua estaba helada; algunos de los presentes trataron de impedir lo que la madre hacia, pues pensaban que estaba loca y que mataría a su hijo, pero ella defendio con ahínco y los espectadores creyendo que el niño estaba muerto la dejaron hacer.

Cerca de un cuarto de hora tuvo el cuerpo del niño dentro del agua helada; luego lo sacó y envolviéndolo en su delantal lo llevó a su casa, llena de esperanza. Ahí lo acostó en su cuna arropándolo con cuidado. Poco tiempo después notó que el niño respiraba. ¡El milagro estaba hecho! Toda la noche continuó la respiración fuerte y regular y dos días después, al regresar la madre a casa donde había dejado a su hijo dormido vió con sorpresa que el niño paralítico antes, corría alegremente de un lado para otro. Este milagro fue constatado por 3 médicos.

Así quiso cerrar la Santísima Virgen su quincena. En adelante se sucederían constantemente las Peregrinaciones y la fuente de las gracias, salida del corazón de María, correría fecunda y consoladora para nunca agotarse.

Los enemigos de la Religión, entran en actividad

Por supuesto que los enemigos de la Religión no permanecieron inactivos durante todo este tiempo y que de mil maneras hostilizaron a Bernardita, que gracias a la ayuda de Dios y al Abate Peyremale, pude escapar de las furias desatadas contra ella.

El Prefecto de Policía, para acabar con la “superstición”, ordenó que se recogieran todos los objetos de piedad que había en la gruta y que se impidiera con una prohibición terminante y con la amenaza de grandes castigos, acercarse a ella. Pero a pesar de todo y de los centinelas apostados para impedir la entrada a la gruta, muchas personas iban a ella furtivamente, lo que dio lugar a infinidad de procesos y atentados, y gracias a la discreción del Cura de Lourdes, la indignación del pueblo pudo contenerse y evitarse los actos violentos.

Pero el número de personas sorprendidas fue muy considerable y entre ellas se encontraban extranjeros distinguidos, lo que trajo complicaciones a la policía, la que comprendiendo que estaba haciéndose odiosa acabó por dejar hacer.

Volvió entonces su odio contra el agua de la fuente, negando su poder milagroso, haciendo que un químico vendido declarara que era un agua mineral de grande potencia curativa, pero pronto análisis fidedignos pusieron en claro la ausencia de toda substancia mineral.

YO SOY LA INMACULADA CONCEPCION

Pero volviendo a Bernardita, desde el fin de la quincena iba todos los días a la gruta a rezar su Rosario, sin que la dulce visión apareciera.

El día 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, fue un gran día en la historia de las apariciones.

Bernardita fue a la gruta atraída poderosamente a ella y se sorprendió de encontrar una enorme cantidad de personas. Empezó a rezar su Rosario y Pronto su semblante transfigurado anunciaba la celestial visión.

Bernardita como siempre lo hacía, dice a la Dama: “Oh Señora mía, tened la bondad de decirme vuestro nombre”.

La visión pareció irradiar más aún, pero por toda respuesta sonrió más benignamente. Varias veces Bernardita repitió la pregunta y al fin la Dama separando sus manos hizo deslizar su Rosario sobre su brazo, elevó juntas las manos, su cabeza irradio más que nunca y fijando su mirada en la Gloria del Cielo, dijo: “YO SOY LA INMACULADA CONCEPCION” y sin otra mirada para la niña, sin otra sonrisa, sin el adiós acostumbrado, se desvaneció hasta desaparecer, conservando la misma actitud y fijando en el alma de la niña al mismo tiempo su nombre y su imagen.

Bernardita no comprendió el nombre que la Virgen lo daba, pues era la primera vez que lo oía y repitiéndolo para no olvidarlo, fue a decírselo al Señor Cura, quien nunca antes había dado crédito a las palabras de Bernardita, pero que, al oírla ahora, comprendió y con él todo el pueblo, que eran reales las apariciones, así como que la Señora que se había aparecido era la Virgen María, la Madre de Dios.

De entonces en adelante, en honor de la Inmaculada Concepción brotarán de la fuente innumerables curaciones maravillosas y por Ella los pecadores encontrarán consuelo y misericordia.

Los cirios prendidos bajo las rocas, honrarán con sus llamas la pureza Inmaculada de María. A Ella acudirán en procesión los pueblos todos de la tierra y todos los fieles en la Capilla pedida, la alabarán sin cesar.

Las últimas apariciones

El milagro del cirio

Diez días después, el 5 de abril, tuvo lugar otra apanción y otro milagro. Bernardita de rodillas contemplaba a la Reina de los cielos, teniendo con una mano un cirio que apoyaba en el suelo. Sin darse cuenta, unió sus manos que quedaron enlazadas sobre la llama del cirio que pasaba a través de sus dedos. Todas las gentes al mirar esto, dijeron. ¡Se quema, se quema!

Un médico que estaba cerca, observó el caso; sacó su reloj y durante más de un cuarto de hora vio pasar entre los dedos de la niña la llama del cirio; al fin separó sus manos y el doctor las examinó: Estaban intactas.

Aquel prodigio dejó una impresión profunda en más de 9,000 personas.

Fue este el último día en que la Virgen manifestó su presencia a las multitudes haciendo brillar el reflejo de su esplendor sobre el rostro angélico de aquélla niña transfigurada en éxtasis.

Algún tiempo después, el 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, Bernardita recibió el último adiós de la Virgen.

El Juicio Episcopal. Institución Canónica de las peregrinaciones

A pesar de la fanática resistencia de las impías autoridades civiles y de las mil dificultades que a ello pusieron, las peregrinaciones a la gruta Massabielle quedaron canónicamente instituidas el año de 1862, con un Decreto solemne publicado por Monseñor Laurence, Obispo de Tarbes, que terminaba así: “Juzgamos que la Inmaculada María Madre de Dios, se ha aparecido realmente a Bernardita Souvirous en número de 18 veces en la gruta Massabielle cerca de la aldea de Lourdes; que esta aparición reviste todos los caracteres de la verdad y que los fieles tienen fundamento bastante para creerla cierta”.

Monseñor Laurence añadía que sometía este dictamen al juicio del Romano Pontífice y que autorizaba para toda su Diócesis, el culto de Nuestra Señora de Lourdes y hacia un llamado a todos los fieles para que cooperaran a la construcción del Santuario pedido por la Virgen.

Once años más tarde, S. S. el Pipa Pío IX confirmó la sentencia del Obispo de Tarbes y en octubre de 1862, comenzaron los trabajos para la construcción de la Iglesia gótica cuyo proyecto se habla aceptado.

La Santa Misa fue celebrada por primera vez en la Cripta sobre la que se alzaría el nuevo Santuario, el 21 de marzo de 1866, pero éste no quedará concluido hasta el año 1875, y todavía pasarán muchos años más para que queden terminadas todas las obras que fue necesario emprender, para adaptar debidamente sus alrededores a las necesidades, tanto de los enfermos, como de sus acompañantes y de los fieles en general.

LOS MILAGROS DE LOURDES

Para saber estimar y aquilatar los milagros de Lourdes, se requiere tener un concepto correcto de lo que es un milagro, pues como expusimos en el foll. E. V. C. 54 “¿Son realmente ciertos los milagros?” Hay acerca de ello las más equivocadas ideas originadas tanto por exceso de credulidad, como por exceso de resistencia para aceptar lo sobrenatural.

En efecto: hay personas muy creyentes que por no saber distinguir entre una gracia y un milagro, suelen ver milagro en todo: cualquiera gracia o favor que puedan haber recibido de Dios, de la Virgen o de algún Santo, lo toman como un milagro, por ejemplo: haber sanado de una pulmonía, haber salido bien de una operación quirúrgica, en fin de cualquiera enfermedad o situación que de ninguna manera era forzoso hubiera de resolverse fatalmente con la muerte.

Todavía más: muchas personas que no solamente son creyentes, sino crédulas, aceptan, atribuyéndola a milagro, la realidad de hechos de lo más inverosímiles, que están lejísimos de haber sido comprobados. Ejemplo de esto, entre tantos, la creencia que era tan general hace unos cuantos años, entre muchas señoras, de que el Arcángel Gabriel, tomando forma humana servía de chauffeur y guardián a cierta señorita que decían, entre otras cosas, que en el transcurso de una mañana la llevó en su coche a la Ciudad de los Angeles, a desempeñar una comisión secreta y la volvió a traer de regreso.

Y en cambio, hay otras personas que por el contrario niegan los milagros por tener respecto de ellos las más descabelladas ideas. Se han formado de los milagros un concepto, absurdo que naturalmente su razón rechaza, dicen así por ejemplo: ¿Cómo va a ser cierto que un albañil que se cae de un andamio de más de 20 metros de alto, quede suspendido en el aire 20 centímetros antes de tocar suelo?, ¿Cómo va a ser posible que vuelva a crecerle a una persona una pierna que le ha sido amputada? Estas personas identifican el milagro con el ABSURDO.

Así pues, comencemos por tener una idea correcta de lo que es un milagro.

La siguiente definición basta para nuestro objeto: El MILAGRO es un hecho a la vez 1) SENSIBLE, 2) EXTRAORDINARIO y 3) DIVINO.

Expliquemos esta definición:

1) SENSIBLE, es decir: que puede ser apreciable por nuestros sentidos. Por ejemplo: la licuefacción de la sangre de San Jenaro en Nápoles, que tiene lugar todos los años el día del aniversario de la muerte de este Santo, acaecida hace 1,600 años, milagro que es sensible al sentido de la vista.

Otro milagro también sensible al sentido de la vista fue la aparición de las 5 llagas de N. S. Jesucristo, en las manos pies y costado de San Francisco de Asís.

Y nótese que según lo que venirnos explicando, no es un milagro la transubstanciación, porque ninguno de nuestros sentidos percibe el maravillosísirno cambio que tiene lugar a la hora de la Consagración.

2) EXTRAORDINARIO, es decir: fuera del orden habitual de los FENOMENOS de la naturaleza.

Nótese bien que decirnos de los FENOMENOS y no de las LEYES. Muchas personas, objetan la posibilidad del milagro diciendo que es CONTRA las leyes de la naturaleza dadas por el mismo Dios, quién no puede empezar dicen, por transgredir sus leyes.

Hacer ver a las personas que no tienen la preparación filosófica necesaria hasta qué punto es errado pensar en esta forma, no es cosa fácil y menos cuando ello se explica tan brevemente como debemos hacerlo aquí.

Tratemos sin embargo de explicarlo: Dios no podrá transgredir las leyes morales, pues una acción mala sí no puede hacerla buena; pero tratándose de las leyes físicas, las cosas son enteramente diferentes, pues cómo no va a poder El alterar las Leyes que El mismo dió. Aún más ¿qué sabemos nosotros con certeza absoluta de la inmutabilidad de las Leyes de la naturaleza? Nosotros observamos que ciertos fenómenos se producen habitualmente en una forma determinada y de ello deducimos que así seguirán produciéndose y llamamos a ello una ley; pero tenemos que admitir que no hay razón para que forzosamente siga siendo así.

Y todavía más: es un gran error pensar que los milagros se producen CONTRA las Leyes de la naturaleza. La ley sigue obrando, pero a ella ha venido a añadirse otra causa que hace que el fenómeno se produzca fuera de lo ordinario.

Para explicar esto, demos algunos ejemplos de fenómenos extraordinarios producidos ya no por Dios, sino por el hombre mismo.

Es una ley de la naturaleza que el manzano dé manzanas, el hombre, mediante un injerto lo hace dar peras; ¿destruye por esto la ley? No, sino que en este caso particular, añadió una nueva circunstancia que hizo variar el fenómeno, la ley subsiste.

Es una ley de la naturaleza que la amputación de un miembro sea dolorosa, la supresión del dolor por la anestesia es un hecho extraordinario, pero la ley subsiste.

Innumerables hechos extraordinarios, como éstos, podríamos citar si hubiera espacio para ello. El hombre en todos ellos ha puesto la mano sobre el fenómeno, pero no ha tocado la ley. El fenómeno, en realidad ha estado bajo la influencia de dos leyes que han obrado y reobrado una sobre otra y producido un hecho que es extraordinario, si se considera como el resultado de una ley.

Reflexionando así se verá que todo milagro puede explicarse sin que haya habido abdicación, ni aún momentáneamente, de las leyes de la naturaleza. Es una ley que todo cuerpo abandonado a sí mismo camina de arriba a abajo; pero si al abandonarlo a sí mismo lo arrojo en el aire, puedo hacerlo ir de abajo arriba. Así, si Dios por su voluntad obra sobre las aguas del Jordán, ellas remontarán su curso, Del mismo modo es una ley que “La naturaleza no resucita a los muertos”; al llamar Jesús a Lázaro a la vida El no toca la ley en cuestión la deja que no obre, y es El, Dios, el que obra en virtud de esta otra ley que el que ha creado al hombre, bien puede hacerlo revivir.

3) DIVINO. Para que un hecho sensible y extraordinario, constituya un milagro, es preciso que bien examinado todo, no pueda atribuirse más que al poder de Dios, a influencia divina. Hay hechos que sólo pueden atribuirse a Dios y son así divinos en sí mismos, por ejemplo: la resurrección de un muerto; por lo tanto, comprobado este hecho queda comprobado el milagro.

Hay otros, por el contrario, que no pueden conocerse como divinos en sí mismos, sino por las circunstancias en las cuales se producen, como por ejemplo: la curación de un ciego, que no es en si un hecho divino, pues la medicina ha podido producir hechos semejantes, pero el que tal curación sea operada por una palabra, de repente y sin remedios, sobrepasa las fuerzas de la medicina y son las circunstancias del hecho las que lo denotan como divino.

Racionalidad de los milagros

Hemos dicho que hay personal que niegan los milagros pensando equivocadamente que para que haya un milagro se requiere la verificación de un ABSURDO.

Ahora bien: ciertamente que hay personas demasiado crédulas que nos hablan de supuestos milagros que insultan nuestra inteligencia, que son verdaderos absurdos, semejantes a aquellos en los que creen los fieles de otras religiones; ejemplo: este milagro que los mahometanos o islamitas creen hizo Mahoma:

“Mahoma dividio con su alfange de un tajo en dos la luna, obligó después a cada una de éstas partes a pasar por las mangas de su túnica y las volvió a juntar en el espacio”.

Pero dichos milagros son producto de una torpe credulidad, y ellos están muy lejos de ser aceptados oficialmente por nuestra Santa Iglesia; los que ella acepta no tienen nada de absurdos; ciertamente que son hechos extraordinarios, pero no van contra la razón.

Ejemplo típico de los milagros que acepta nuestra Iglesia los tenemos en los que hacía N. S. Jesucristo: ¿ qué de absurdo hay en que haya cambiado el agua en vino, en que haya calmado la tempestad, en que haya secado la higuera, marchado sobre las aguas, hecho aparecer la dracma en la boca de un pez, en que haya resucitado a los muertos?,¿ Qué de absurdo tiene el que Cristo haya impreso sus llagas en San Francisco de Asís?

Necesidad de los milagros

Como en el Protestantismo no se producen milagros, los protestantes (que se han cambiado el nombre por el de “evangélicos” para no inspirar desconfianza a los católicos”) niegan los de la Iglesia Católica, so pretexto de que ya no son necesarios.

Ellos aceptan, por supuesto, la posibilidad del milagro, pues tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se narran multitud de ellos, pero sostienen que si los hubo en el Antiguo Testamento, fue porque eran necesarios para probar la divinidad de la Religión de Moisés; del mismo modo que los que se relatan en el Nuevo Testamento eran necesarios Para probar la divinidad de N. S. Jesucristo; pero que una vez que Nuestro Señor subió a los cielos, ya no tienen caso los milagros y por eso ya no los hay.

Ahora bien: fácil es ver que están equivocados, cierto que es un principio teológico que Dios, no prodiga innecesariamente sus milagros, pero después de la Ascensión de Cristo ellos fueron necesarios para probar la divinidad de su Iglesia.

Fue gracias a ellos que pudo extenderse tan rápidamente la Religión de Cristo por todo el mundo, y si se niegan esos milagros, tendrá que aceptarse uno aún mayor que todos ellos juntos, y es que sin milagros haya podido extenderse en el mundo entero, sumido entonces en la, inmoralidad máxima, una Religión que venía a contrariar todos los placeres que cautivaban a los paganos.

Siempre ha habido y hay milagros en la verdadera Iglesia de Cristo y que se producen en pleno día, y se exponen a la observación de cualquiera que se interese por constatarlos. Ejemplo entre tantos: la licuefacción de la sangre de San Jenaro, la espina de la Corona de N. S. Jesucristo que Sangra en la Catedral de Santa Andrea en Italia, los numerosos milagros de Lourdes; la estabilidad del Papado a pesar de tantos enemigos y de tantas visisitudes, y la subsistencia de las Ordenes Religiosas. (Ver Foll. E.V.C. No. 54).

En Lurdes abundan los milagros

Las gracias alcanzadas en Lourdes son innumerables. Los hechos extraordinarios reconocidos por la Ciencia como prodigiosos e inexplicables, pasaban ya al principiar este siglo de 7,600, y de éstos, los Sumos Pontífices habían reconocido tan solo como milagros verdaderos 33, lo que da idea de lo delgado que se hila en Roma lo que no quiere decir, por supuesto, que los demás no puedan ser también hechos milagrosos.

Las curaciones maravillosas de Lourdes se efectúan de manera tal, que a la inteligencia humana parece caprichosa y que desconcierta por completo a los incrédulos que, contra lo que ven sus propios ojos, quieren explicarse los milagros de una manera natural.

Los hay así que pretenden que es la fe de los enfermos la que los cura, pero esto es de todo punto falso, ya que muchos enfermos llenos de fe no se curan y en cambio obtienen la salud los incrédulos.

Se ha pretendido también que las curaciones de Lourdes se obraban por sugestión, pero prueba de que esto no es así, es que se curan niños de pecho, locos, o idiotas, que no pueden ser sugestionados.

En fin, todas las explicaciones que a las curaciones, maravillosas de Lourdes han querido dar los incrédulos, no han hecho más que poner en evidencia su mala fe y su imbecilidad.

Mala fe y ceguedad de los incrédulos.

Para dar idea de la mala fe de los incrédulos que niegan los milagros de Lourdes creemos baste con mencionar dos casos debidos uno al escritor Emilio Zolá y el otro a la Doctora esposa del Doctor Alexis Carrel.

EMILIO ZOLA para escribir su infame novela que tituló “Lourdes”, quiso ir allí acompañando a una de las peregrinaciones de enfermos que salen con frecuencia de París. Ya en camino recorría todos los trenes platicando con los enfermos, A todos les hablaba de lo vano de sus esperanzas, les aseguraba que todo lo que de Lourdes se contaba no eran sino ilusiones, que él iba precisamente a Lourdes a demostrarlo con hechos ciertos. ¡Quién iba a creer en el siglo XIX en los milagros! El se conformaba, decía, con ver simplemente una cortada de un dedo, cicatrizada al ser bañada con el agua maravillosa de Lourdes para creer en ellos.

Entre los numerosos enfermos que él auscultaba con cuidado para no ir a ser víctima de un engaño, se encontraba María Lemarchand; Zolá mismo describe el estado desastroso en que la encontró: “Era un caso de lupus que habla roído la nariz y la boca de la infeliz mujer. El cartílago de la nariz había sido ya destruido por completo, toda la cara no era sino una masa informe de carne destilando sangre”. Zolá, además, no observó que ella tenía calentura todas las noches, que continuamente tosía y arrojaba sangre por la boca, que ambos pulmones estaban afectados y que tenía úlceras en diversas partes del cuerpo.

Zolá mismo pudo verla en Lourdes entrando en la piscina de la que un minuto más tarde había de salir enteramente sanada; el Doctor Boissarie, Director de la Oficina de Comprobaciones, le dice: “Señor Zolá,¡he aquí ante vuestros ojos el caso que usted deseaba!” Y bien, ¿Sabéis lo que contestó éste? pues: “Ah, no, cierto es que ha sanado, pero eso no prueba la existencia del milagro. ¿Qué sabemos nosotros del funcionamiento de las leyes desconocidas de la naturaleza? y así aunque viera yo todos los enfermos de Lourdes curados al mismo tiempo, no creería en los milagros.

Estos son los hombres que admiran las muchedumbres, estos son los enemigos de nuestra Iglesia.

No, Zolá no sabía nada del funcionamiento de las leyes ocultas de la naturaleza, lo que sabía muy bien era urdir MENTIRAS; asi en su falsa novela “LOURDES”, hace morir a las personas que él vio ser sanadas ahí, y cuando el Dr. Boissarie se las presenta vivas, y le objeta que ¿Cómo puede hacerlas aparecer como muertos en su novela? Él se limita a contestarle: “Mis personajes son míos, como engendros que son de mi imaginación, yo puedo pues hacerlos morir o no, como me plazca, lo importante es conservar el interés de la novela” (Ver The miracles of Lourdes, by Woodlock, pag. 11.- y Lourdes Les G’uerisons, por el Dr. Boissarie, Tomo II, ps. 23, 39).

Y cuando el Dr. Boissarie tratando de contrarrestar la perniciosa influencia que en la fe y en las conciencias de sus lectores hacía la novela de Zolá, da una serie de conferencias en París, presentando VIVAS a las personas milagrosamente curadas en Lourdes, que éste autor hace morir en su novela, éste se ingenia para alejarlas de la ciudad haciéndoles proposiciones de trabajos en Bélgica, lo que por supuesto no logra.

La mala fe de Zolá ni a las piedras se les oculta, y la hace más manifiesta aún, el hecho de que no haya aceptado el desafío del Sr. M. E. ARTUS, quien depositó en París, en la Notaría del Sr. Truquet, la suma de 10,000 francos y después 100,000 para que fueran entregados a cualquiera persona que probara la falsedad de uno solo de los hechos milagrosos que el Sr. Enrique Lasserre refiere en su obra “Histoire de Lourdes”.

MADAME CARREL.La esposa del Dr. Alexis Carrel, médico eminente, hombre de ciencia a quien se debe la Clorasena o agua de Carrel, para la curación de la gangrena, es también Doctora como él e incrédula como él era.

Fue en compañía de su esposo a estudiar los hechos maravillosos de Lourdes. Allí encontró a un niño de 2 años, ciego de nacimiento, por el que sintió especial interés y simpatía. Cierto día lo llevó en sus brazos a la explanada a la hora en que los enfermos reciben la bendición con el Santísimo. El niño, al recibirla, dio un grito; la señora Carrel lo miró y se dio cuenta de que el niño veía, lo que le produjo una impresión tan grande que se sintió desfallecer.

Llevado el niño a la Oficina de Constataciones, felicitaron a la señora Carrel porque hubiera tenido la suerte de presenciar un milagro, a lo que ella dijo: “que el niño era ciego y repentinamente haya adquirido la vista es un hecho que no puede negarse; pero ¿qué seguridad podemos tener de que ello se deba a la intervención de Dios?; yo sentí una impresión muy fuerte, me sentí desfallecer puede esto haber sido originado por alguna virtud que salió de mí y dió, la vista al niño!”

Así pues, la señora Carrel que niega que Dios pueda hacer milagros, se siente muy capaz de poder hacerlos ella misma.

En cuanto al Dr. Carrel, diremos que en otra visita que hizo a Lourdes, pudo observar directamente un milagro palpable que dio lugar a que recuperara la Fe.

En el número del mes de diciembre de 1950 de la Revista mensual “Selecciones del Readers Digest”, por cierto nada sospechosa de parcialidad, aparece un resumen de la obra que este sabio Doctor escribió narrando tanto dicho milagro, como la maravilla de su conversión.

Reciente curación milagrosa de un conocido Doctor Mexicano.

No querernos terminar este capítulo sin narrar un milagro del que quien esto escribe tuvo conocimiento de primera fuente, pues pudo oírlo contar el día 10 de noviembre de 1953, de labios del propio beneficiado.

Se trata del Dr. Don Manuel Camelo Camacho, residente en la Ciudad de Monterrey, donde es muy conocido y estimado, su domicilio en aquella Ciudad es Padre Mier 1675 Pte. He aquí sus palabras :

“Siendo estudiante de Preparatoria en 1918, sufrí una laringitis que me produjo una afonía molestísima, principalmente porque me hacía emitir un tono de voz agudo, femenino, desagradable, discordante, que me hacía reprimirme de hablar, lo que interfería con mis estudios. Ello no obstante los continué y pasé a la escuela de Medicina donde terminé mi carrera.

“En México me trataron por años varios médicos especialistas sin lograr ninguna mejoría”.

“Ya recibido de Médico, fui a Europa en viaje de estudio, y estando en París en otoño de 1930, consulté a un especialista notable cuyo diagnóstico fue muy desfavorable, pues temía que la hipertrofia de las cuerdas vocales y de la laringe, ocasionara una asfixia, máxime dado el clima de París, por lo que su opinión era que regresara a México cuanto antes”.

“El me recomendó sin embargo, que viera a otro especialista que radicaba en Viena. Hice el viaje allá para consultarlo y opinó que mi caso era incurable”.

“De regreso a París me recomendaron otro especialista más, un judío radicado en Londres, el Dr. Stern, y fue allá a consultarlo”.

“Después de auscultarme con gran cuidado, me dijo que mi mal era incurable, que solo podría curarme un milagro. ¿Usted es católico? Me preguntó cuando vio pendiente de mi cuello una medalla de la Virgen Santísima sí, le contesté. Entonces pida Usted un milagro, que, si Usted se cura, yo me convierto a su Religión.

“Hacía mucho tiempo que tenía yo el deseo de visitar Lourdes, y pensé inmediatamente ir allá a pedir a la Virgen Santísima mi curación”.

“Eran los últimos días del mes de enero de 1931. Estuve en Lourdes precisamente a tiempo de pasar ahí el 11 de febrero, día de Ntra. Señora de Lourdes. Ni qué decir el estado de angustia con que llegué a la Gruta Masabielle. Toda mi vida, desde que estaba enfermo, había pedido a la Virgen Santísima mi curación, con fervor verdadero y especialmente la había pedido a la Virgen de Lourdes. Ahora estaba ahí, de rodillas era la explanada, mientras pasaba la procesión con el Santísimo después de que se había dado la bendición con su Divina Majestad a cada uno de los enfermos. Me sentía más enfermo que nunca; casi no podía hablar. Cuantos me veían notaban mi angustia”.

“Estando de rodillas se acercó un grupo de españoles que venía en la procesión entonando el Ave María de Lourdes… sentí un impulso incontenible de cantar con ellos y haciendo un esfuerzo canté sin darme cuenta y luego me quedé sorprendido de oírme a mí mismo. Mi voz era la misma que habla perdido hacía tantos años” ¡Estaba curado!

“Inmediatamente pensé en regresar a Londres para ver al Doctor Stern. Así lo hice. El Doctor me auscultó de nuevo encontrándome enteramente curado y ofreció hacer cuanto antes un viaje a Lourdes para bautizarse ahí”.

“Regresé a México y poco después recibí la noticia que el Doctor Stern. me daba de haberse bautizado precisamente en Lourdes. Después no he vuelto a tener noticias suyas. Vino la guerra y he perdido todo contacto con él”.

Dice el Dr. Camelo Camacho que él no sabe si ya en el espíritu del Doctor Stern habría sospechas respecto a la verdad del Catolicismo, si ya tendría alguna inquietud espiritual que su curación vino a afirmar y que lo decidió a convertirse.

Dice que en el consultorio del Dr. Stern había una escultura de la Virgen, de gran tamaño, muy antigua, estucada, y que alguna vez él le preguntó por qué la tenía si era judío y que él le contestó que por ser una obra de arte. ¿Quién sabe lo que esa imagen de la Virgen Santísima pudo haber, influido en su conversión?

El Doctor Camelo se ha convertido ahora en un gran propagandista de la devoción a la Virgen Santísima de Lourdes y ha tenido la satisfacción de ver que, alentada por él, la Sra. Magdalena Gómez Vda. de Sada construyera en Monterrey, de su propio peculio, un Templo y lo dedicara a la Virgen Santísima de Lourdes.

¿COMO ES LOURDES?

Como ya dijimos, Lourdes se encuentra situada en los Pirineos, en medio de una naturaleza privilegiada, rodeada de montañas a una de las cuales puede ascenderse con gran facilidad, gracias a un funicular que llega hasta su cumbre, desde la que se goza de un espectáculo de maravilla.

Cerca de Lourdes se encuentran hermosas cascadas, un lago, ruinas de un castillo antiguo, etc., etc., a los que se tiene fácil acceso y que podrían deleitar al turista si su espíritu no se embargara en Lourdes con ese ambiente, de religión y de milagro que, en él se respira y que aparta al espíritu de todo interés por las bellezas naturales.

Así, pues, para darse idea de cómo es Lourdes, hay que dar la preferencia a lo que hay en él de religioso y de extraordinario, de lo cual lo más importante es: la imagen de la Virgen; las 3 iglesias, la gruta, la explanada, los hospitales, el grandioso Vía Crucis, las piscinas.

Vamos a proceder a dar alguna información acerca de estas cosas presentando algunas ilustraciones para su mejor conocimiento, suplicando instantemente al lector detenga su atención en ellas.

Y después de haber presentado el aspecto físico de Lourdes, procuraremos dar una idea de él en acción, en movimiento, en fin, de su aspecto cuando llegan y permanecen en él las peregrinaciones de enfermos que vienen buscado la salud.

Presentaremos al amable lector una de estas peregrinaciones desde su salida de París en el Tren Blanco y veremos después:

– cómo son transportados los enfermos en París y en Lourdes,

– su llegada al hospital,

– la Oficina de auscultación y de comprobaciones,

– las piscinas, y las espitas de agua milagrosa,

– las procesiones con el Santísimo,

– la bendición a los enfermos y terminaremos relatando

– el milagro observado por el Dr. Alexis Carrel siendo ateo y

– su maravillosa conversión.

La Santidad no es esclavitud, ni encanijamiento, ni tristeza, es libertad, es fuerza, es alegría.

San Francisco de Sales nos dice que “Un santo triste es un triste santo”.

La imagén de la virgen.

He aquí la hermosa escultura de la que Bernardita dijo:“Qué hermosa es, pero cuánto le falta para parecerse a Ella”. La estatua de la Virgen tiene un halo con letras de oro en el que se leen estas palabras: “YO SOY LA INMACULADA CONCEPCION” en el dialecto en que Ella habló a Bernardita.

Su túnica blanca y muy larga, deja ver sus pies que están desnudos, con una rosa de oro en cada empeine. Su blanco velo oculta su cabello y sus mangas ajustadas a la muñeca, tienen por único ornato el rosario formado por cuentas blancas, como la nieve, engarzadas en oro. Sus manos unidas ante el pecho están en la actitud que tomó cuando al fin obsequiando la, petición de Bernardita, proclamó su identidad.

Las tres Iglesias.

La Basílica, cuya esbelta torre claramente indica el lugar en que se encuentra, se levanta sobre la Cripta que está bajo ella y la iglesia del Rosario que está a sus pies.

Así pues en éste lugar se encuentran realmente 3 iglesias superpuestas.

Se entra a la Cripta por una puerta pequeña que está inmediatamente debajo de la puerta de entrada a la Basílica. La Cripta fue la única de las 3 Iglesias que vio construida Bernardita. Ella estaba presente confundida entre las Hijas de María cuando fue la cripta consagrada .

La Iglesia del Rosario, cuya localización indica la cúpula que la cubre en parte se encuentra bajo la Cripta.

Es un Templo inmenso, capaz de contener sentados varios millares de fieles.

Tiene una forma muy particular, pues su planta es semejante a un inmenso trébol, cada una de cuyas 3 hojas tuviera 5 ondas en su contorno, el tallo de la hoja sería la nave principal; cada hoja separada está dedicada a 5 de los 15 misterios del Rosario. El Altar Mayor se encuentra en una de éstas hojas, la que está dedicada a los Misterios Dolorosos. La Iglesia está completamente decorada con mosaicos riquísimos que representan los diferentes Misterios del Rosario.

Frente a la Iglesia del Rosario está la explanada (especie de atrio inmenso) donde tiene lugar la bendición de los enfermos; se baja a ella por dos escaleras colocadas a derecha e izquierda de la puerta de entrada de la Iglesia del Rosario. Estas escaleras conducen de la explanada a una plataforma sobre la que las Hijas de María, vestidas de blanco y azul, asisten a la bendición de los enfermos, mientras que coros de hombres llevando estandartes y cirios, llenan el espacio abierto que se encuentra entre las dos escaleras justamente al frente de la Iglesia.

Una rampa soportada por dos series de arcos conduce del nivel del Río Gave al de la Basílica.

La Gruta de Lourdes.

Poco es lo que ha cambiado en sí la Gruta en que se apareció la Santísima Virgen, pues las Autoridades Eclesiásticas, con toda devoción y respeto, han procurado conservar intactos tan santos lugares.

La Gruta es la meca de los peregrinos que van a Lourdes.

En ella encuentran una paz y tranquilidad que es de gran consuelo para los enfermos que se sienten en ella como niños pequeños que han llegado a los brazos de su Madre.

Allí le cuentan todas sus penas y la Virgen los calma y los conforta. Ahí le dan gracias por todas las bendiciones que Dios les ha concedido y la Virgen les promete que sus pobres acciones de gracias llegarán al Cielo, con todo el valor de su amor para su Hijo y para nosotros.

¡Cuántos son los enfermos y peregrinos que han encontrado en la Gruta de Lourdes, una abundancia de paz que ha llenado sus almas con una alegría tal que las palabras son incapaces de definir!

Nos sentimos tan felices en la Gruta, que por largo tiempo toda nuestra sensación es de estar contentos porque ya estamos en ella, sin hacer ningún esfuerzo consciente por hacer determinada oración o para observar lo que pasa a nuestro al rededor. Pero seguramente que vueltos a la realidad, la primera cosa que fija nuestros ojos es la blanca estatua de mármol de la Virgen Santísima, que encontramos en el mismo lugar y posición en que se apareció a Bernardita.

La siguiente cosa que notamos en la Gruta, son las llamas de los cirios que se queman en honor de nuestra Señora. Hay un árbol de ellos a la entrada de la Gruta y una verdadera selva en el fondo. Cirios, velas de bastante grueso, velas delgaditas; las hay de todas clases, expresando la oración de una miríada de almas y respirando anhelos y resignación.

Su humo ha ennegrecido el techo de la cueva, así como una hilera de muletas dejadas ahí desde hace largo tiempo como un testimonio del inmenso poder de nuestra Señora. Muletas más recientes están amontonadas fuera de la Gruta, a la izquierda, juntas con aparatos de piernas y de brazos y corsés para los bustos de los enfermos.

Del pie de la cueva brota continuamente un manantial que está protegido por un vidrio despulido. El agua que de él brota atraviesa bajo la fila de velas más inferior.

El centro del espacio que se encuentra dentro de la Gruta, está ocupado por un Altar y desde el púlpito que está fuera de la reja, el Sacerdote que guía una peregrinación, dirige la palabra a los peregrinos, así como sus oraciones y sus cantos.

La Sacristía está del lado opuesto al púlpito y cerca de él la tienda donde pueden comprarse las velas. El espacio entre ellas está reservado para los enfermos, excepto cuando no hay peregrinaciones.

Durante el tiempo que duramos observando la Gruta, numerosas personas vienen a visitarla. Entran hasta cerca del púlpito, besan la roca que re encuentra debajo de la imagen de la Santísima Virgen y tocan a aquélla sus objetos de piedad.

Algunos de ellos arrojan al fondo de la Gruta una pequeña oración escrita pidiéndolo o dándole gracias a Nuestra Señora y salen del otro lado pasando por detrás del Altar y las filas de velas.

Si las llaves de la fuente están abiertas, los peregrinos se detienen cerca de la Sacristía un minuto, para beber de ella y se santiguan con agua bendita y vuelven a sus oraciones o se van a sus carros y a sus hoteles.

El Vía Crucis de Lourdes.

Una de las maravillas de Lourdes es el tan gigantesco como artístico Vía Crucis que ha sido construido aprovechando la colina boscosa que se levanta detrás de la Basílica.

En vez de estar representada cada una de sus 14 Estaciones por un pequeño cuadro, corno los que vemos en nuestras Iglesias, se ha hecho vivir con esculturas de bronce de tamaño mayor que el natural, representando los diversos pasos de la Pasión de N. S. Jesucristo.

Para llegar a la Primera Estación hay que subir una escalera de piedra que reproduce la Escala Santa. Al final de ella se encuentra Pilatos sentado en su trono, rodeado de sus guardias y a la izquierda aparece la augusta figura de N. S. Jesucristo condenado a muerte.

A pesar de lo empinado del sendero, muchas personas descalzas frecuentemente se afanan por subir, algunas veces llevando los enfermos hasta la duodécima Estación, donde se celebra la Misa, para seguir después a la décima tercia y décima cuarta que de una manera tan extraordinariamente real representan tan dolorosísima escenas.

Duodécima Estación.

Bien que supo el escultor aprovechar este paraje único, en medio de tanta vegetación, para llevar a nuestro espíritu la desolación del Calvario.

Nuestro Señor está representado en ella en el momento de recomendar su Madre Santísima al discípulo amado. La escena es de tal realismo que al verla parece que se ya a oír a Nuestro Señor pedir a su Padre perdón para sus verdugos, Poner su alma en las manos de su Eterno Padre, anunciar que todo está consumado y que lo vamos a ver expirar otra vez ante nosotros, y a entristecerse a la naturaleza entera que parece querer anonadarse viendo expirar a su Creador, y proclamar su Divinidad negada por muchas de sus criaturas.

Llegados a la última Estación, el estado de ánimo de los peregrinos está tan entristecido, se encuentran tan llenos del espíritu de Dios, que generalmente no tienen ni una mirada para contemplar el maravilloso paisaje que a su vista se extiende. Y generalmente tampoco durante su estancia en Lourdes emplean su tiempo en visitar sus hermosuras naturales, a pesar de las facilidades que para ello se les proporcionan.

LAS PEREGRINACIONES DE LOURDES .

Esperando que lo que hemos dicho haya dado al lector una idea bastante clara del aspecto físico de Lourdes, pasamos a presentarlo ahora bajo su aspecto más interesante: animado por la presencia de una peregrinación.

Continuamente salen de París peregrinaciones de enfermos que van buscando a Lourdes la curación o al menos el consuelo en sus males. Se ha dado el nombre de Trenes Blancos a los convoyes dedicados al transporte de estos enfermos.

Se ha procurado hacer este Tren tan confortable como es posible, pues el viaje de París a Lourdes es muy largo y si fatiga a una persona sana, mucho más fatigará a los enfermos, muchos de los cuales son traídos de sus camas de los Hospitales después de meses y algunas veces años de estar procurando encontrar una curación humana. Conviene no olvidar el hecho de que la mayor parte de los enfermos que van a Lourdes en peregrinación son casos incurables. Imaginemos con qué esperanza nueva y radiante dejan sus camas después de tanto tiempo: esperanza que los acompaña y sostiene en todo el viaje.

Los enfermos no son llevados a los trenes por cargadores de profesión, sino por católicos de la mejor clase social que se prestan a hacer, por amor de Dios, oficio de camilleros.

Cada convoy lleva un vagón dedicado a las enfermeras. Su misión no es nada fácil, pues viajan en esos trenes multitud de pacientes gravemente enfermos.

En el camino las oraciones, los himnos, se oyen por doquier y hacen que el viaje parezca menos largo.

Al fin la vista de los que estando menos enfermos se han podido recrear contemplando la hermosura del camino, percibe el magnífico Río de Burdeos, después de cruzarlo, el tren corre a través de una región de pinos y pronto en el horizonte del Sur una mancha ligeramente gris se destaca en el cielo, se agiganta a medida que el tren corra hacia ella, éste se hunde en una garganta rocallosa, toma una curva y después de pasar ante las 3 Iglesias se llega a Lourdes.

Transporte de los enfermos.

Una vez en Lourdes, los enfermos son llevados de la Estación del Ferrocarril, al Asilo o al Hospital, después de éstos, a las piscinas, a la gruta, a la Basílica y a la explanada, por los miembros de la “Sociedad de la Hospitalidad o de los camilleros” cuyas ambulancias, pintadas de blanco y azul en honor de Nuestra Señora, han sido construidas especialmente para colocar en ellas las camillas.

Los miembros de esta Sociedad son camilleros bien entrenados, personas decentes, en general de buena posición social, que llevan con orgullo los cargadores que los acreditan como miembros de ella, cargadores que son de cuero, cuando sus poseedores son miembros de planta o solamente tejidos cuando ellos son camilleros accidentales.

No hay palabras con qué describir la suavidad y devoción de estos siervos de Nuestra Señora y la observación de su generosidad y falta de egoísmo han sido causa de no pocas conversiones de personas cuyos corazones estaban endurecidos por el error.

Hay dos principales Hospitales en Lourdes: el Hospital de Ntra. Señora de los Siete Dolores y el “Asilo de Nuestra Señora de “Lourdes”.

El primero de ellos está atendido por monjas de San Fre, que se asemejan mucho a nuestras Hermanas de la Caridad y ha sido campo de algunos de los más extraordinarios milagros, porque no todos los milagros tienen lugar en las piscinas ni en la Basílica, ni en la explanada, a la hora en que se da a los enfermos la bendición con el Santísimo.

El segundo Hospital, el “asilo de Nuestra Señora de Lourdes” está cuidado por Hermanas de Nevers.

En ocasiones hay en Lourdes más de un millar de enfermos, y en tiempo de las peregrinaciones nacionales fácilmente llegan a pasar de 1,200.

Las monjas de estos dos Hospitales son ayudadas durante la temporada de peregrinaciones, por muchas señoras piadosas, como la Princesa Bearne, cuya familia, en un tiempo, era propietaria del magnífico Castillo de Pau, que se ve desde el tren, cuando éste se acerca a “Lourdes; algunas de ellas han sido objeto de extraordinarias curaciones y se han dedicado a esto trabajo caritativo en acción de gracias”.

La Oficina de Auscultaciones.

Hay establecida en Lourdes, desde hace muchísimos años, una oficina de comprobaciones científicas, localizada debajo de los arcos que soportan la rampa que conduce a la cripta de la Basílica. A ella son llevados los enfermos apenas llegan a Lourdes. Cualquier doctor, sea católico o hereje, es admitido en esta oficina para que examine los enfermos, así como para discutir las curaciones, pues tienen voz en los debates. Cualquiera cosa que tengan que decir en defensa o en contra de una curación, es escuchada con interés, y tomado en consideración su modo de ver las cosas.

En esta Oficina se discuten así científicamente las curaciones para determinar si el carácter de ellas es o no indudablemente milagroso. Si por cualquier otro motivo, como pueden ser los nervios la sugestión u otras cosas semejantes pudiera explicarse la curación, el pretendido milagro es desechado y el paciente que se consideraba a sí mismo curado milagrosamente, debe quedar contento con su curación y perder la esperanza de que se le considere como un milagreado.

La Oficina de Comprobaciones.

Esta oficina es así, bajo el punto de vista humano y médico, una de las oficinas más interesantes, si no es que la más interesante del mundo entero; y esto no es una exageración, pues el hombre de ciencia puede colocar su dedo en la úlcera viviente y comprobar, fuera de toda duda, si donde él lo ha puesto después lo ha colocado Dios, y que lo que él pensó imposible de realizarse por las leyes de la naturaleza, se realizó sin embargo, por el poder de alguien que es superior a la misma naturaleza.

Todos los muros de esta oficina están tapizados con fotografías de casos que fuera de toda duda son curaciones médicas extraordinarias y en una sección puede verse una reproducción en yeso, de los huesos de la pierna de Pedro Rudder cuya consolidación instantánea, después de 8 años de rotura, es uno de los mayores milagros de la Virgen de Lourdes.

Vista exterior de las piscinas.

Una de las cosas que más desean los enfermos que llegan a Lourdes, es ir a bañarse al agua milagrosa de las piscinas, con la esperanza de hallar en ellas la curación.

Las piscinas se encuentran abajo de la Basílica, del lado del Río Gave, entre éste y ellas hay un espacio de terreno donde los peregrinos esperan su turno para ser bañados, siguiendo las instrucciones precisas que Nuestra Señora dio a Bernardita.

En tiempo de peregrinaciones, éste lugar presenta una escena de movimiento inusitado. Van y vienen los camilleros así como los enfermos en sus sillones de ruedas. Los Sacerdotes y peregrinos hacen oración. Nadie puede observar ésta multitud doliente sin unir sus oraciones a las suyas y todas ellas suben a los cielos como un grito, implorando piedad y alivio.

Como hemos dicho las piscinas son 3 y están cubiertas por techos de dos aguas.

Los peregrinos ante el agua milagrosa.

Obedeciendo las palabras de Nuestra Señora a Bernardita “bebe del agua de la fuente”, vienen los enfermos a beber y a llevar el agua que sale de la hilera de llaves que se encuentran en una de las paredes laterales de la piscina. Podemos verlos durante todo el día llenando sus botellas y jarras de todas formas y tamaños y llevándoselas de ahí.

Algunas veces hay, tal cantidad de peregrinos, que llega a ser cosa difícil acercarse lo bastante para poder llenar una botella. Pero en Lourdes a nadie so le ve impaciente.

N. S. Jesucristo no solamente vino al mundo a redimirnos muriendo en la Cruz, sino que vino a enseñarnos lo que debíamos saber para tener Vida Sobrenatural y en MAS ABUNDANCIA.

Los que desconocen las enseñanzas de Nuestro Señor, son tan sólo redimidos a medias, no seas tú uno de ellos, INSTRTUYETE BIEN EN RELIGION.

Partida de la Procesión.

La principal ceremonia del día en Lourdes es la Procesión que se organiza todas las tardes de verano.

Se inicia la Procesión en la gruta cantando el “Oh Salutaris”. Es precedida por cientos y algunas veces millares de hombres que llevan sus velas encendidas. Vienen en seguida las niñas llevando sus estandartes y después de ellas va el Santísimo Sacramento, que es llevado y escoltado por Prelados, Sacerdotes y Médicos.

Recorre la Procesión un buen trecho a la orilla del Gave y da vuelta para llegar a la, entrada de la explanada, en la que ya se encuentran los enfermos esperando el paso del Santísimo Sacramento.

Frecuentemente hay en la explanada 2 o 3 hileras de enfermos sentados en sus sillas de ruedas y delante de ellos una doble fila de enfermos encamillados, algunos de los cuales todavía pueden volver su cabeza observando la marcha de la Procesión; otros muchos están quietos, con sus manos inertes, conservando solamente en sus ojos brillo bastante para indicar que aún viven.

Otros de ellos son como sombras monstruosas, deformes y tristes; otros, aún peor, son algo horrible de verse a causa de sus espantosas llagas. Algunos de ellos no tienen conciencia de lo que pasa a su alrededor y sin embargo Nuestro Señor ha levantado repentinamente a la vida buen número de éstos, y es por esta razón y con esta esperanza, por lo que han sido llevados por caminos largos y penosos hasta Lourdes.

Se requeriría no tener corazón o tener muerta el alma para no sentirse conmovido por esta vista y al oír la petición: ¡Perdónanos Señor!, ¡Perdona a tu pueblo!, ¡Oh, María, muestra que eres nuestra Madre!

En las grandes fiestas llega a haber hasta 40,000 personas detrás de los enfermos.

“Si los mundanos te preguntan, dice San Francisco de Sales, por qué comulgas tan frecuentemente, respóndeles que por aprender a amar a Dios, por purificarse de tus imperfecciones, por librarte de tus miserias, por consolarte en tus aflicciones, por fortificarse en tus flaquezas”.

“Diles que dos suertes de gentes deben comulgar a menudo: los perfectos, porque, estando bien dispuestos harían mal si no se llegasen al manantial y fuente de la perfección, y los imperfectos, para poder justamente pretender la perfeccionó los fuertes, para no venir a ser flacos; los flacos para hacerse fuertes; los enfermos, para verse sanos, y los sanos, para no estar enfermos”…

“Diles que recibes el Santísimo Sacramento, para aprender a recibirlo bien, porque es casi imposible hacer una acción bien hecha no habiéndola ejecutado mucho”.

Cuantas noches, al hacer tu examen de conciencia y preguntarte: ¿Qué buena obra he hecho este día en bien del prójimo? Descubres con tristeza, que no haz hecho ninguna.

Pero si fueras Sacerdote ¡qué contestación tan Secunda darías a la misma pregunta!,¡Cuántos pecados perdonados!, ¡Cuántas comuniones dadas!, ¡Cuántos niños bautizados!, ¡Cuántas penas escuchadas y consoladas!, ¡Cuántos enfermos ayudados a bien morir!,¡Cuántos niños instruidos en la doctrina!, ¡Cuántos adultos acercados a Dios! ,¡Y la celebración de la Santa Misa!, ¡Ah!, ¡Cuánto, CUANTO BIEN hacen nuestros Sacerdotes!, ¡BENDITOS SEAN!

La Bendición a los enfermos.

El Obispo trayendo al Santísimo Sacramento alrededor de la explanada, da la bendición individualmente a cada enfermo. Este momento, es indescriptible. Los enfermos levantan sus manos en súplica, los ojos se elevan llenos de esperanza, y entonces pasa Nuestro Señor y como no se nota ningún signo visible, los ojos se bajan otra vez con resignación. Los Sacerdotes en el centro hacen mientras tanto ferviente oración y la multitud contesta diciendo. “¡Señor, haz que yo vea!,¡Señor haz que oiga! ,¡Señor haz que pueda andar!, ¡Di solamente una palabra Señor y tu siervo será sano!”… Y después, instantemente, con una persistencia que quisiera romper el corazón: “¡Señor aquél a quien tu amas está, enfermo… ¡ ¡Nuestra Señora de Lourdes ruega por nosotros… ¡, ¡Santa Bernardita, ruega por nosotros!”…

No hay lugar sobre la tierra en que la oración sea más ardiente que en Lourdes.

Termina la procesión llevando al Santísimo sobre la terraza, ante la Iglesia del Rosario; las escaleras que conducen a esta terraza frecuentemente están ocupadas por la sociedad de ayudantes conocida con el nombre de “Pájaros azules” a causa de que el color de sus uniformes nos recuerda que su misión es llevar felicidad a los enfermos.

Entonces se canta el Tantuum Ergo y se da bendición general con el Santísimo. “Nos haz dado a comer el Pan del cielo que encierra en sí todas las delicias”… Y todos los enfermos regresan a sus lechos, si no sanos, al menos confortados y llenos de consuelo.

Algunos de ellos, más afortunados tal vez que los demás, vuelven a su País milagrosamente curados.

Todas las religiones que tal merecen llamarse, procuran hacer bueno al hombre, pero hay una que no solamente trata de hacerlo bueno, sino de hacerlo Santo, esta es la Religión Católica la única que entiende, practica y rinde culto a la Santidad.

Ella propone a sus fieles una Moral SUPERIOR a la decaída naturaleza humana: tal al soltero la castidad absoluta; al casado que no evite artificialmente los nacimientos, que guarde a su cónyuge una fidelidad completa; condena absolutamente el divorcio; exige no solamente al que hurta, sino también a sus cómplices y encubridores, que restituyan la robado; quiere que los fieles amen a sus enemigos, que devuelvan bien por mal, etc.

Y puede exigir todo esto y espera verlo cumplido, porque proporciona al hombre con sus SACRAMENTOS, todo el auxilio sobrenatural, divino, necesario, principalmente con el de la Confesión y la Sagrada Comunión.

Quien no sabe estimar los Sacramentos, nunca podrá darse cuenta de la excelencia del Catolicismo, quien no los frecuenta, está desperdiciando lo mejor de lo mejor, lo mejor de su Religión, lo mejor de cielos y tierra.

Aún los no católicos, cuando son de buena fe, reconocen los milagros de Lourdes. Ejemplo entre tantos el artículo titulado “El milagro de Lourdes” escrito por Ruth Cranston, protestante, que apareció en el número de marzo de 1956, en la Revista Selecciones del Readers’s Digent.

Santa Bernardita Souvirous

Era Bernardita Souvirous, cuando se le apareció la Virgen Santísima, una pobre campesina tan desprovista de dones de la naturaleza, que a semejanza del Santo Cura de Ars, era tenida por una persona tonta, atrasada; su madrina solía encolerizarse con ella tanto, cuando trataba de enseñarle el Catecismo, que no pocas veces arrojó el libro sobre la cabeza de la niña; cierto que trataba de enseñárselo en Francés, idioma que Bernardita apenas conocía, pues ella hablaba el dialecto local derivado del viejo latín que discrepa mucho del francés.

Bernardita además, era muy débil, consecuencia de la mala alimentación por la pobreza extrema de sus padres y corno hemos dicho, sufría además de asma crónica, era en total una criatura de la que nadie pensaba mayor cosa, pero que daba ejemplo de mansedumbre, de humildad y más tarde de agudeza de juicio y de la fuerza de voluntad necesaria para alcalzar la santidad.

Después de las apariciones, siguió siendo la misma. La Virgen quiso conservarla en su inocencia y simplicidad. Hizo su Primera Comunión el día 3 de junio de aquél mismo año, la Fiesta del Corpus y aunque todos esperaban ese día sucediera algo extraordinario, no hubo más que una mira que hacía llena de fervor, una buena primera Comunión.

En 1860, las Hermanas de la Caridad de Nevers le ofrecieron abrigo bajo el techo del Hospicio y a partir de ese día permaneció ahí, sin ocultarse a las miradas ni a las preguntas e indiscreciones de los peregrinos y curiosos cuya afluencia aumentaba cada día más.

Ni Bernardita ni sus padres quisieron aceptar nunca las seductoras proposiciones que les hicieron más de una vez sus visitantes y por la firmeza con que ella rehusaba, se cree que ésta haya sido una de las recomendaciones secretas hechas por la Virgen Santísima.

En julio de 1866, Bernardita entró como Novicia en las Hermanas de la Caridad de Nevers, y en 1867 hizo sus votos bajo el nombre de Sor María Bernarda. Tenía entonces 23 años.

Trece años más permaneció Bernardita en el convento, edificando a las religiosas con sus virtudes, hasta el día 16 de abril de 1879 en que voló al cielo y el día 8 de diciembre de 1933, es decir, 54 años después de su muerte, S. S. Pío XI la elevó al honor de los Altares.

Consolatrix Aflictoruin.

De ninguna manera mejor podía el artista haber representado los sentimientos de la Virgen Santísima, Madre de los afligidos, que como ella aparece en este grupo escultórico que todo el mundo admira en Lourdes,

En él la Virgen de Lourdes, dejando la imovilidad en que siempre aparece en sus imágenes, pidiendo a su divino Hijo perdón para los pecadores, la vemos en un arranque incontenible de su amoroso corazón de Madre, queriendo lanzarse a remediar nuestras necesidades.

Muchos son los enfermos que van a Lourdes y que, a pesar de los deseos de nuestra Madre no se ven curados de sus dolencias, otros son los designios de su Padre y la Virgen Santísima tiene que sujetarse a ellos, pero si no les da la salud, siempre encuentran en Lourdes mucho consuelo a sus penas, un consuelo que no les puede negar la que en ninguna parte del mundo merece más que en Lourdes el nombre de CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS.

DOS MILAGROS DE LOURDES

Dar siquiera una idea en el espacio tan reducido de que disponemos, de los numerosas milagros de Lourdes, sería tentar lo imposible.

Muchos libros se han escrito narrándolos. En la Biblioteca E.V.C. se encuentran los 4 tomos escritos por el Dr. Boissarie titulados “Lourdes, Les Guerisons” en que se narran buen número de ellos; el escritor inglés Woodlock publicó también una obra sobre los milagros de Lourdes, así como Enrique Lasserre en su obra “Histoire de Lourdes”; como hemos dicho, el Sr. M. E. Artus depositó, en la Notaría del Sr. Truquet la suma de 10,000 francos y después de 100,000 para que fuera entregada a cualquier persona que probara la falsedad de uno sólo de los hechos milagrosos narrados en esta última obra. El milagro palpita en Lourdes, todo su ambiente está saturado de milagros.

En el curso de este Folleto se han presentado algunos de ellos: la fuente de las curaciones que brotó milagrosamente, la curación del obrero Bourrieté, la del niño Justino; la del Dr. Camelo Camacho; la conversión del Dr. Stern,- el milagro del cirio encendido cuya flama no quemó los dedos de Bernardita; vamos a añadir a éstos solamente dos más: la curación milagrosa de la Srita. María Ferrand, presenciada por el Dr. Alexis Carrel y la conversión del mismo.

El Dr. Carrel intrigado por las curaciones dé Lourdes.

El Dr. Alexis Carrel, premio Novel de Cirugía, que como al principio de este Folleto dijimos, era un hombre de ciencia, pero ignorante enteramente en Religión, por haber sido educado en la escuela laica, había perdido por completo la Fe; pero intrigado por lo que tanto se decía de las maravillosas curaciones de Lourdes, resolvió investigar por sí mismo lo que pudiera haber de cierto en ellas.

El mismo escribió el relato de lo que ahí presenció, usando en su narración el seudónimo de Lerrac, que es su mismo nombre leído al revés.

Un resumen de su libro fue publicado en el número del mes de diciembre de 1950, de la Revista “Selecciones del Reader’s Digest”, nada sospechosa de parcialidad. Ahí encontrará el lector, expuesto con relativa amplitud, lo que aquí nosotros podemos apuntar tan sólo:

El Dr. Carrel parte para Lourdes …

Aprovechando la oportunidad que en el año de 1903 se le presentó, de ocupar el puesto del medico que acostumbra acompañar las peregrinaciones de enfermos a Lourdes, el Dr. Carrel partió para esta Ciudad, e invitado por el Abate Bernole, Sacerdote encargado de la peregrinación, se instaló en el compartimento del tren marcado “Administración”, donde ‘se puso a trabajar en la clasificación dé las observaciones que acerca de los enfermos había podido hacer antes de iniciarse la peregrinación, pues como miembro que era de la Facultad de Medicina de la Universidad de Lyon, había recogido muchos datos acerca de los enfermos que en el mismo tren iban y estaba así en circunstancias de poder comprobar la autenticidad de las curaciones de Lourdes.

Pasada la primera noche de camino, encontró Carrel en el tren al Abate Olivier, SubDirector de la peregrinación, quien le dijo: “Va ahí una joven a quien me han recomendado cuidar especialmente agradecería a usted mucho que se encargara de ella. Está tan débil que temo un desastre”.

El estado de María Ferrand era desesperado.

El Dr. Carrel encontró a esta joven, que se llamaba María Ferrand, yaciendo sobre un colchón que obstruía completamente la entrada del compartimiento del tren en que se hallaba, su rostro estaba enjuto y pálido, sus labios desposeídos de todo color.

Sufro mucho, le dijo, pero me alegro de haber venido. Las Hermanas no querían darme permiso.

Después de haberle auscultado, dijo Carrel al Abate Olivier: “No da muchas esperanzas el estado de su enferma”.

Pasada la segunda noche de camino y antes de que amaneciera, la enfermera voluntaria que se había encargado toda la noche del cuidado de María Ferrand, mandó; llamar apresuradamente a Carrel.

Parecía que agonizaba con cada parada brusca del tren le dijo: yo creía que iba a desmayarse y no sabía qué hacerle.

El Doctor la encontró tendida en su colchón casi inconsciente,¡No llegaré a Lourdes! Dijo suspirando angustiada.

El Doctor la ausculta con cuidado: la piel del vientre, abultado en exceso, estaba lustrosa y sumamente tensa y a los lados sobresalían muy pronunciadas las costillas, la hinchazón Parecía causada por masas sólidas y se percibía una bolsa de fluido bajo el ombligo.

Tenía también las piernas hinchadas,la temperatura era superior a la normal, el pulso y la respiración acelerados. El Doctor diagnosticó: un caso típico de peritonitis tuberculoso..

Carrel comprobó entonces lo que le habla informado la monja que llevó a María Ferrand al tren los padres de la muchacha habían muerto de males semejantes, María había estado enferma durante toda su vida; a los 17 años había padecido una tos seca y esputado sangre; a los 18 había sufrido una pleuresía y le habían extraído fluido del pulmón izquierdo. Nunca había podido restablecerse del todo y desde hacía 8 meses, cuando entró al Hospital, el abdonien había empezado a hinchársele, se sostenía la fiebre y el médico le había diagnosticado también peritonitis tuberculoso. Pocos días antes de la peregrinación se había pensado en operaria, pero el cirujano Jefe conceptuó que el estado de la joven era demasiado delicado y se resolvió avisarle a la familia que el caso era desesperado. Pero María se había mostrado tan decidida a hacer el viaje a Lourdes, que al fin había sido necesario convenir en ello.

La llegada a Lourdes.

A eso de las dos de la tarde, el tren iba llegando a su destino. Una voz empezó a entonar el himno sagrado: “Ave María Stella, Del Mater alma…” oración que fue propagándose de vagón en vagón y saliendo de todos los pechos. En medio de gran Murmullo, se distinguían las voces agudas de los niños, las voces fuertes y graves le los Sacerdotes y las voces de las mujeres y, acompañado por este himno de felicidad y esperanza, fue entrando el tren en la estación de Lourdes.

Encuentra Carrel un condiscípulo.

Poco antes del medio día, salió de su hotel el Dr. Alexis Carrel y dirigió sus pasos hacia el gran edificio del Hospital de Nuestra Señora de los Siete Dolores.

El jefe de camilleros voluntarios, condecorado por S. S. el Papa, rodeado de un grupo de camilleros, nerviosa, ansiosamente y con mirada de arrobamiento, daba órdenes a sus subordinados cual un general antes de la batalla.

Entre estos voluntarios distinguió Carrel a un antiguo condiscípulo suyo, Antonin Duval, que era uno de los camilleros; y como faltara aún hora y media para llevar a los enfermos a las piscinas, lo invitó a que salieran a caminar un poco. Y caminaron hasta llegar a un cafetín en el que se hicieron servir un café. Duval pidió pluma y papel y empezó a escribir una carta para su joven esposa que estaba en París esperando la llegada de un niño.

Carrel, mientras tanto, estudiaba la fisonomía de su amigo: le sorprendía que un hombre de mundo como Antonin Duval hubiera querido viajar en coche de tercera clase con todos esos seres desvalidos, malolientes, repugnantes, para consagrarse a cuidarlos y después a tirar de uno de esos carritos de los enfermos por las calles públicas, rezando mientras tanto oraciones en voz alta.

Reflexionaba Carrel sobre la diferencia de caminos que habían seguido los dos amigos. Bien clara estaba la firmeza de la fe de Duval y en cambio las ideas religiosas de él, absorbido por sus estudios científicos, había sido destruida al fin, dejándole solo el amado recuerdo de un bello y delicado sueño, habiéndose refugiado en un escepticismo tolerante que ocultaba en el fondo de su corazón un dolor secreto, una sed insaciable de certidumbre, de tranquilidad y de amor.

Cuando su amigo hubo terminado su carta le preguntó: ¿Sabes tú si esta mañana hubo enfermos curados en las piscinas? – No; contestó Duval; pero en la gruta presencié un milagro: el de una monja anciana que a consecuencia de una torcedura que sufrió hace unos dos meses, contrajo una enfermedad incurable en un pie. Quedó curada y arrojó las muletas.

Carrel niega la intervención de Dios en las curaciones extraordinarias.

Carrel examinó rápidamente las páginas de su libreta de notas y preguntó:

– ¿No es la Hermana Luisa que estuvo enferma en el Hospital General de Lyon?

– Sí, la misma.

– Esa curación es un caso interesante de autosugestión. Ocurre que ella es uno de los pacientes a quienes me tocó examinar. El pie de la torsión estaba perfectamente sano, pero la buena Hermana había llegado a persuadirse de que nunca volvería a andar normalmente. Se había vuelto neurasténica. Vino a Lourdes y quedó curada. ¿Habrá cosa más natural?

– Pero ¿cómo explicas tú que Lourdes lograra curarla cuando otros tratamientos no habían dado resultado ninguno?

– Porque en una peregrinación hay un poder de sugestión increíble. Una multitud exaltada y unida en la oración puede provocar efectos tremendos sobre el sistema nervioso, pero ninguno sobre una enfermedad orgánica. Yo mismo presencié esta mañana un fiasco que prueba que Lourdes es impotente contra la enfermedad orgánica.

– A pesar de todo, replicó Duval, la enfermedad orgánica real, como un tumor por ejemplo, puede desaparecer. Pero tú no lo crees porque estás convencido de que los milagros son imposibles. Con todo, está enteramente en el poder de Dios suspender las Leyes de la naturaleza, puesto que El mismo es quien las ha dictado.

– Naturalmente, contestó Carrel. Si Dios existe los milagros son posibles. Pero ¿Existe Dios objetivamente? ,¿Cómo lo sabemos? Lo único que yo sé es que no hay milagro alguno que se haya observado científicamente. Para el entendimiento científico el milagro es un absurdo.

-¿Qué clase de enfermedad desearías tú ver curada para convencerte de que sí ocurren milagros?

– Tendría que ver curada una enfermedad orgánica: la reproducción de una pierna después de amputada; la desaparición de un cáncer; una dislocación congénita desaparecida súbitamente; Si alguna vez vieran mis ojos semejantes fenómenos, echaría a la basura todas las teorías e hipótesis del mundo; pero hay muy poco peligro de que tal suceda. Te aseguro que si en verdad una herida se cierra y sana ante mi vista, o me convierto en un creyente fanático o me vuelvo loco.

Carrel piensa que sólo un milagro sanaría a María Ferrand.

Sin embargo, continuó diciendo Carrel, no es ello muy probable, porque he tenido ocasión de examinar los pocos pacientes de enfermedades orgánicas; los demás son víctimas de parálisis nerviosas o histerias traumáticas y los enfermos de esta clase pueden ser curados fácilmente o por lo menos mejorados; pero hay una paciente que está más cerca de la tumba que ningún otro de los demás enfermos. Se llama María Ferrand; si se curara un caso como el suyo sería indudablemente un milagro; yo no volvería a dudar jamás. Sería realmente un milagro si alcanzara a regresar viva a su casa. Ven conmigo, vamos a verla un momento.

Cuando llegaron los Doctores a la sala de la Inmaculada, donde se encontraba María Ferrand, la enfermera voluntaria que la atendía dijo a Carrel: Doctor, lo hemos estado esperando ansiosamente. Ya apenas puede hablar. Temo que esté acabándose rápidamente,

-¿Cómo se siente? Le preguntó Carrel. La enferma no fue capaz ni de pronunciar una palabra inteligible. El Doctor le tomó el pulso que encontró muy rápido e irregular; el corazón flaqueaba; tuvo que ponerle una inyección de cafeína.

Volvió a auscultarla: el, abdomen permanecía tan distendido como antes; ahí estaban las masas sólidas; en el centro, bajo el ombligo, pudo el médico percibir el fluido.

Volviéndose Carrel hacia Duval le observó: ¿Ves ahí precisamente lo que te habla dicho? Peritonitis tuberculoso muy avanzado; puede vivir unos días más, pero está sentenciada a muerte. Su fin está muy cerca.

Se disponía a salir Carrel, cuando la enfermera lo detuvo: – Doctor ¿podemos llevar a María Ferrand a las piscinas?

Carrel la miró con sorpresa,¿Y si muere en el camino? – Pero ella está decidida a hacerse bañar; para eso hizo este viaje tan largo.

El Dr. Journet opina también que María Ferrand está a punto de Morir.

En ese momento entró en la sala el Dr. Journet, que ejercía su profesión en un pueblo vecino de Burdeos y que habla acompañado a sus pacientes a Lourdes.

Carrel le pidió su opinión acerca de si seria conveniente llevar a María Ferrand a las piscinas.

Una vez más se despojó de cobertores el cuerpo de la enferma, para que lo examinara el Dr. Journet.

– Está a punto de morir, dijo éste, bien puede suceder que fallezca en la piscina.

– La muchacha no tiene nada qué perder. dijo la Madre Superiora que estaba también presente, y sería cruel privaría de la felicidad suprema de llevarla a la gruta, aunque bien me temo que no alcance a llegar viva.

– En todo caso yo estaré en las piscinas, dijo Carrel. Si entra en coma llámenme.

A las 2 de la tarde Mario Ferrand estaba moribunda.

Cerca de las 2 de la tarde Carrel se dirigió a las piscinas y se sentó en un banco cercano a la puerta de la piscina de mujeres.

Entre los peregrinos descubrió a Duval, que con otro voluntario, llevaba la camilla en la que yacía María Ferrand. La enferma parecía estar inconsciente. Carrel le tomo el pulso que era más rápido que nunca. Tenía la cara cenicienta y era indudable que estaba moribunda.

Carrel vio cuando entraban a María Ferrand en las piscinas y minutos después la vio salir de ellas. Corrió a su lado. El estado de la enferma era el mismo de antes.

– Apenas pudimos verter una poca de agua sobre el abdomen, dijo la señorita que la atendía; no se atrevieron a sumergirla, la llevamos ahora a la gruta de Massabielle.

– Estaré con ustedes dentro de un momento, dijo Carrel, no veo cambio ninguno, si me necesitan háganme llamar.

Cuando Carrel llegó a la gruta un Sacerdote estaba arrodillado dando frente a la fila de pacientes. Levantó los brazos y los extendió en cruz para exclamar con emoción: “Virgen santísima cura a nuestros enfermos”, etc. “Jesús te adoramos, Jesús te bendecidos;”, etc.

Las voces de la multitud atronaban el espacio; la gente mantenía en alto los brazos; los enfermos trataban de incorporarse en, las camillas; el Sacerdote se puso de pie y exclamó: –“¡Hermanos míos, levantemos los brazos y oremos!”…

Un bosque de brazos se levantaron a estas palabras. Parecía como si soplara un vendaval sobre la multitud: silencioso, intangible, poderoso, irresistible, azotándolos a todos como la tempestad en la montaña. Carrel sintió su impacto. A la orilla del arroyo observó entre la muchedumbre al Doctor Gouyot joven interno de un hospital de Burdeos, a quien había conocido el día anterior. después de, saludarlo le preguntó:

-¿Han registrado ustedes algunas curaciones?

– No, unos pocos casos de histeria han mejorado, pero no ha habido nada extraordinario.

– Venga usted conmigo a ver a mi enferma, le dijo Carrel. Este caso nada tiene de extraño, pero me parece que está a punto de morir.

– La vi hace unos pocos minutos, contestó Gouyot, ¡Qué pena que la hayan dejado venir a Lourdes!

Eran ya cerca de las 2.30. Entre la multitud Carrel reconoció la esbelta figura de la enfermera de María Ferrand. El y Gouyot se dirigieron ahí y deteniéndose cerca de la cama de la enferma, se apoyaron contra el pequeño muro. María Ferrand no hacía movimiento alguno. Su respiración se sostenía acelerada y poco profunda, parecía moribunda.

A las 2.40 María Ferrand empezó a dar muestras de alivio.

El Dr. Carrel dirigió una vez más la vista hacia Maria Ferrand. De pronto se quedó mirándola fijamente. Le parecía que se habla verificado un cambio, que las duras sombras de la cara le habían desaparecido, que la piel aparecía menos cenicienta, anotó apresuradamente la hora: faltaban, 20 minutos para las 3. Volviéndose a Gouyot le dijo:

– Mire a nuestra paciente otra vez. ¿No le parece que está un poco reanimada?

– A mí me parece igual que antes, contestó el otro, Lo único que puedo notar es que no está peor.

– Ahora es menos rápida la respiración, notó Carrel. – Ello debe deberse a que se está muriendo.

Nada contestó Carrel. Para él era claro que se había presentado una mejoría notable. Algo estaba pasando. Se hacía fuerza para resistir el estremecimiento de la emoción y concentró en María Ferrad todo su poder de observación. No le quitaba un momento los ojos de encima: María Ferrand continuaba cambiando lentamente. Esos ojos, antes tan apagados, ahora se abrían estáticos mirando hacia la gruta.

Súbitamente Carrel se puso pálido. La frazada que le cubría el distendido cuerpo a la enferma iba aplanándose lentamente.

A las 3 de la tarde, María Ferrand estaba curada.

Cuando la campana de la basílica daba las 3, ya no se notaba nada de distensión en el abdomen de María Ferrand.

Carrel se creía a punto de volverse loco. De pie junto a la enferma observaba fascinado los movimientos respiratorios y la pulsación de la región del cuello, el ritmo era regular.

-¿Cómo se siente? Le preguntó Carrel.

– Muy bien, contestó ella desfallecida. Todavía débil, pero me siento curada.

Ya no quedaba duda alguna, el estado de María Ferrand había mejorado tanto que casi estaba inconocible.

Carrel permanecía de pie, silencioso, profundamente desconcertado, incapaz de analizar lo que presenciaba. Este suceso, justamente lo contrario de lo que había esperado, no podía ser otra cosa que un sueño.

La señorita que atendía a María Ferrand, le ofreció una taza de leche que ella apuró totalmente. A los pocos minutos levantó la cabeza, volvió a mirar a su alrededor, movió un poco las piernas y en seguida se volvió sobre un lado sin dar muestras del menor dolor.

Carrel se separó bruscamente. Se alejó de la gruta abriéndose paso en medio de la multitud de peregrinos cuyas oracíones en coro apenas oía. Eran ya las 4 de la tarde.

Carrel regresó a su hotel decidido a abstenerse de sacar ninguna conclusión, hasta que pudiera descubrir con toda exactitrud que era lo que había sucedido.

A las 7.30 expectante y ardiendo de curiosidad, se dirigió al Hospital. Se llegó con presteza al lado de la cama de la joven. Con grande asombro se quedó contemplándola. La mudanza era desconcertante. María Ferrand estaba sentada en la cama con una chaqueta blanca. Aún cuando todavía tenía demacrada la cara, asomaba en ella un destello de vida, los ojos le brillaban y un débil color le apuntaba en las mejillas. Dirigiéndose a Carrel le dijo:

– Doctor, estoy completamente curada, me siento muy débil, pero creo que podría caminar.

Carrel le tomó la mano para observar el pulso que ahora era calmado y regular. También la respiración era completamente normal. Una gran confusión invadía el ánimo del médico. ¿Era esa una curación aparente, resultado de un violento estímulo de autosugestión?, ¿O se trataba de un hecho nuevo, un suceso pasmoso, un milagro en fin? Por un momento vaciló antes de someter a María Ferrand a la prueba suprema de examinarle el abdomen; más luego, tras la lucha de la esperanza con el temor, hizo a un lado la frazada. La piel aparecía lisa y blanca. Sobre las angostas caderas se extendía el pequeño abdomen ligeramente cóncavo de una niña desnutrida. Suavemente el médico recorrió con las manos la pared abdominal para palpar huellas de la distensión y de las masas duras que había encontrado antes. Todo había desaparecido como en un sueño.

El sudor inundó la frente de Carrel. Sintió como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. El corazón empezó a palpitarle violentamente pero se sostuvo con voluntad férrea en su determinación inicial.

Los Doctores Journet y Gouyot, testifican la curación de María Ferrand.

De pronto notó que estaban de pie a su lado los Doctores Journet y Gouyot.

– Parece estar curada, les dijo; no encuentro nada anormal, sírvanse ustedes examinarle.

Mientras los dos colegas palpaban cuidadosamente el abdomen de María Ferrand, Carrel permanecía a un lado mirándolos con ojos brillantes. No cabía duda que la muchacha estaba curada. Era ese un milagro de aquellos que sobrecogían al público como una tempestad y lo lanzaban en hordas sobre Lourdes. Otra vez pensó Carrel cuán afortunado era porque entre todos los pacientes que acudían a Lourdes aquél día, fue la enferma que él había conocido y estudiado cuidadosamente la que vio curar.

Volviéndose a Gouyot que estaba palpándole el abdomen a María Ferrand, le preguntó si encontraba síntomas de la enfermedad.

– No encuentro nada, contestó Gouyot, pero quisiera auscultarla.

María Ferrand fue de nuevo auscultada, probada, palpada, sobada y resobada; estaba radiante.

– Está curada, afirmó el Doctor Journet profundamente conmovido.

– No le encuentro nada anormal, dijo Gouyot; la respiración es regular, ya está buena; se puede levantar.

  • No tiene explicación esta curación, opinó el Doctor Journet.

La conversión de Carrel.

Después de examinar otros pocos pacientes más, Carrel salió a la calle. Era ya de noche. Al final de la vía alzaba hacia el cielo su mole la Basílica. Una cadena continua de luces se extendía hasta la entrada principal. La procesión de antorchas de los peregrinos formaba una serpentina luminosa, a medida que iban siguiendo las tortuosidades de la vía a lo largo de la explanada. De todas partes surgían las voces de la inmensa multitud que cantaba el himno de Lourdes con sus Avé, Avé, Avé, repetidos una y otra vez. Todo lo que antes había creído se le presentaba ahora al reves. Los moribundos se curaban en pocas horas. Estas peregrinaciones tenían de suyo un poder que producía resultados; sobre todo, enseñaban humildad.

Llegó a la gruta en la que permaneció largo rato sentado, contemplando los cirios que llameando en la obscuridad, lanzaban en su contorno un resplandor rojo. Miraba fijamente la estatua de la Virgen, la fila de espitas de cobre de donde salía el agua milagrosa…

Llegó la noche y cuando ya la luna apareció tras el cerro, todavía Carrel se hallaba en la gruta.

¿Cómo iba a explicar las curaciones de Lourdes? No se podía negar que era penosamente desagradable verse envuelto en usa milagro. La mayoría de los médicos se mostraban tan celosos de su prestigio, que aún cuando hubieran venido a Lourdes y visto lo que ahí pasa, no se atrevían a admitirlo, Temían que si mostraban algún interés se les tuviera por fanáticos, cuando no por tontos.

Pero Carrel era demasiado orgulloso para evadirse de responsabilidades. Determinó seguir adelante costara lo que costara. Pensaba que antes de que se descubriera que el trueno y el rayo son fenómenos naturales, los hombres los tenían erradamente como expresión de la cólera de Dios. Posible era, por lo tanto, que existieran leyes naturales todavía desconocidas para el hombre, que nos dieran la explicación de fenómenos tan extraordinarios como son los milagros de Lourdes.

Absorto en sus meditaciones Carrel recorrió de arriba abajo la terraza amurallada a la entrada de la Basílica. La quietud de una paz infinita parecía suspendida sobre la campiña. Seguía el conflicto en el alma de Carrel. Como él no conocía las pruebas de la existencia de Dios, dudaba de ella, pero se imponía a su razón que de ninguna manera podría negarla. Se maravillaba de pensar cómo los grandes hombres como Pasteur habían podido reconciliar su fe en la Religión con la Ciencia. Y llegó a pensar que tal vez la Religión y la Ciencia tenían cada una su sistema especial y se dio cuenta de que no es la Ciencia lo que alimenta la vida íntima del hombre, sino la fe del alma.

Subió los escalones de la Iglesia en medio del resplandor de las luces, mientras resonaban las notas del órgano y un millar de voces entonaban cánticos. Sentose en una silla en la parte posterior del templo, cerca de un viejo campesino y ahí permaneció por largo tiempo inmóvil con las manos en la cara escuchando los himnos. Luego, sin darse cuenta, empezó a rezar.. . “Señor, creo en Ti. Respondiste a mi súplica con un milagro resplandeciente. Todavía estoy ciego frente a él, todavía dudo. Pero el gran deseo de mi vida es creer, creer apasionadamente… Bajo la honda prevención de mi orgullo intelectual persiste un oculto anhelo. ¡Ay! Todavía no es más que un sueño, pero el más encantador de todos. Es el sueño de creer en ti y el de amarte con el espíritu resplandeciente de los hombres de Dios”.

Lentamente regresó Carrel a su cuarto del hotel y se puso a escribir las observaciones de ese día. Dieron las 3 de la mañana. La pálida luz de oriente empezó a rasgar el velo de la noche. Carrel sintió que la serenidad de la naturaleza le invadía dulcemente y le calmaba el alma. Se desvanecieron todas sus preocupaciones de la vida diaria, todas sus dudas intelectuales. Creyó tener ya una certidumbre y le pareció sentir la paz maravillosa que proporcionaba y que desterró hasta la última amenaza de impertinentes dudas.

En la inefable belleza del amanecer, el sueño le cerró los ojos. 

3 comentarios leave one →
  1. E. Mario permalink
    abril 10, 2013 3:45 pm

    MUNDO CRISTIANO

    La VICTORIA de Cristo y María es un HECHO. Falta ver quiénes caen de cuál lado.😯

    ¡¡¡CRISTO REY VENCIÓ A LA SINAGOGA DE SATANÁS CON SU RESURRECCIÓN!!!

    Acuérdense lo que pasó con las inundaciones que PROTEGIERON la Gruta de Lourdes e IMPIDIERON la llegada de las sacrílegas reliquias del multihereje/partisano/cabalista/usurpador Karol Wojtyła Kaczorowska. Tal acto se hubiese convertido en una GRAVÍSIMA profanación.

    LA SALETTE

  2. Carlos permalink
    septiembre 26, 2014 2:02 am

    Horrorizado!!!
    Cómo puede alguien pensar y hablar así del Santo Padre, el Papa Karol Wojtyła Kaczorowska. Quien le dedico su Papado a la Santísima Virgen María: Totus Tuus è stato il motto apostolico di Giovanni Paolo II. Significa ” tutto tuo”
    Por Dios, seamos mas humildes. Virgen de Lourdes intercede y perdona e ilumina a quien insulta al Santo Padre Juan Pablo II.

    • septiembre 26, 2014 9:45 am

      Carlos.

      No sabes el deseo que tenemos miles de que dijeras la verdad, de que estuvieras en lo cierto.

      Quisiéramos que en vez de tener un usurpador en el Vaticano engañando con su mercadotecnia hubiésemos tenido un verdadero pastor, no un lobo disfrazado.

      Pero los HECHOS lo delataron, esa realidad es parte de los últimos tiempos, en los cuales no todos tendrán la gracia y el valor de reconocer la Verdad.

      Unidad en la Verdad

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