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“DE LAS CUALIDADES DE LOS CUERPOS GLORIOSOS Y RENOVACIÓN DE TODAS LAS COSAS”

agosto 29, 2018

En la Encíclica “Pascendi”, al ofrecer remedios contra al Modernismo, San Pío X, siguiendo a su ilustre predecesor, pone en primer lugar “la filosofía Escolástica, especialmente como fue enseñada por Tomás de Aquino”. Santo Tomás sigue siendo “El Ángel de las Escuelas”.

MONS. J. J. GAUME

DE SU OBRA : “ESTA VIDA NO ES LA VIDA, O EL GRAN ERROR DEL SIGLO”
APOSTOLADO DE LA PRENSA
MADRID, 1909

En la tierra de los vivientes todo será vida; nada ya de muerte, ni total ni parcial ; nada de trabajos ni de debilidad. No hay allí noche, ni tempestades, ni nieves, ni lluvias, ni vientos molestos. Nuestro cuerpo, poseyendo toda su integridad, estará dotado de cuatro cualidades, que le proporcionarán por siempre jamás la plenitud de la vida: “la impasibilidad, la sutileza, la agilidad y la claridad”.

Esto es de fe.  “Esperamos del cielo, dice San Pablo, al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, que reformará nuestro cuerpo miserable según el modelo de su cuerpo glorioso”. Ahora bien, es de fe que, después de la resurrección, el cuerpo de nuestro Señor era “impasible”, más no insensible; “sutil”, pero palpable, según su voluntad. Además, nuestro Señor hablaba, y comía, y hacía uso de todos sus sentidos.

“!Y qué!, exclama a este propósito San Juan Crisóstomo. !Nuestro cuerpo será semejante a ese cuerpo que está sentado a la diestra del Padre, a ese cuerpo que adoran los ángeles penetrados de respeto, a ese cuerpo elevado sobre todos los principados, virtudes y potestades del cielo!  Si el orbe entero se derritiera en lágrimas, ¿habría bastantes para llorar la infelicidad de los que renunciaron a tal esperanza?”

Impasibilidad. Tal será, pues, la primera cualidad de nuestro cuerpo gloriosamente resucitado. Despojado durante su estancia en el sepulcro de todas las imperfecciones y enfermedades, tristes efectos del pecado, vuelto a la vida en la edad del vigor y la hermosura, gozará de eterno gozo e inalterable salud.

Pobres enfermos que compráis a peso de oro la salud que os falta; mundanos y mundanas que tan apasionadamente anheláis la hermosura, hasta el punto de que las deformidades corporales os son a veces tan insoportables como la muerte; que tenéis delirio por la hermosura, y para consolaros gustáis de atribuiros algún reflejo de ella; vosotros, en fin, que pasáis tantos cuidados por conservar esa sombra de belleza, y por repararla y por suspender, si posible fuera, los deterioros que produce el tiempo…., haceos dignos de habitar un día en la tierra de los vivientes…, y con esto tendréis la seguridad  de gozar eternamente de perfecta salud, y de poseer una hermosura superior a todas las hermosuras visibles.

He dicho “seguridad”, porque a más de la prometida semejanza de nuestro cuerpo con el del nuevo Adán, la impasibilidad será efecto necesario de la glorificación. En las cosas corruptibles, el principio vital no domina a la materia tan perfectamente que pueda preservarla de todo ataque contrario a su voluntad. Pero después de la resurrección, el alma de los santos será completamente señora del cuerpo.

Este señorío será inmutable, por cuanto el alma estará inmutablemente bajo el señorío de Dios. Será perfecto, porque el alma misma será perfecta, y por consiguiente, dotada del poder y voluntad de impedir todo lo que pueda perjudicar al cuerpo. Además, en el cielo la felicidad del hombre ha de ser completa, y no lo sería si el cuerpo permaneciera sujeto al dolor o a cualquier deformidad.

La impasibilidad no destruirá la sensibilidad. Sin perjuicio de conservar en su integridad la naturaleza de los cuerpos, el poder divino puede quitarle ciertas cualidades. Así, en el horno de Babilonia quitó al fuego la virtud de quemar los cuerpos de los tres jóvenes hebreos, y le dejó la de quemar otras cosas, y de hecho la leña se quemó. Lo mismo sucederá en los cuerpos gloriosos. Dios les quitará la pasibilidad y les conservará la sensibilidad.

Y si los cuerpos gloriosos no fueran sensibles, la vida de los santos, después de la resurrección, ni sería la vida en su plenitud, ni aún la vida ordinaria, ni siquiera el sueño, que es la vida a medias, sino que sería una especie de adormecimiento, incompatible con la felicidad completa.

Sutil.  El cuerpo, antes animal, resucitará glorioso; por consiguiente, sutil.  Todos sabemos que la sutileza es una de las principales cualidades de los espíritus, y que la de los seres espirituales aventaja infinitamente a la de los corporales.  Los cuerpos gloriosos, siendo espirituales, serán, pues, muy sutiles.  La sutileza de un cuerpo consiste en poder penetrar a través de otro, poco más o menos, como el rayo luminoso penetra el cristal sin descomponerlo ni alterarlo.  De este modo el nuevo Adán, después de su resurrección, entró, estando cerradas las puertas, en la habitación donde los discípulos se encontraban reunidos.

Dos causas naturales hacen esto posible : lo tenue del cuerpo que penetra, y la existencia de poros o espacios entre las partes del cuerpo penetrado. Pero el verdadero principio de la sutileza de los cuerpos gloriosos está en su perfecta dependencia del alma glorificada. El primer efecto de esta sumisión será hacer, dentro de los límites de lo posible, que el cuerpo participe de la naturaleza del alma, y, por consiguiente, de sus operaciones.  De modo que no habrá obstáculo para las más íntimas comunicaciones de los santos entre sí y con todas las partes de la tierra de los vivientes, (Sto. Thom., q. 83, art, I). 

No obstante, los cuerpos gloriosos permanecerán palpables. Reformados como la fe nos enseña, según el modelo del cuerpo de Cristo resucitado, tendrá sus mismas cualidades. El cuerpo de Jesucristo resucitado era palpable: “Palpad y ved, decía el divino Maestro a sus discípulos asombrados; palpad y ved: el espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”, (Lc. XXIV).

Es, además, un artículo de fe, sancionado por la Iglesia en la condenación de Eutiques, Patriarca de Constantinopla, el cual sostenía la impalpabilidad de los cuerpos gloriosos.

La agilidad. En los cuerpos gloriosos la agilidad es consecuencia necesaria de la espiritualidad. El alma está unida al cuerpo, no solamente como principio vital, sino como principio motor.  En uno y otro concepto el cuerpo glorificado le estará perfectamente sometido. El alma, como principio vital, le comunicará una cualidad especial, la sutileza, y como principio motor, la extrema facilidad de moverse, que se llama agilidad. En lugar de serle un peso, el cuerpo será para el alma lo que son para los pájaros las alas. 

Poder trasladarse sin trabajo alguno y en un instante imperceptible de un lugar a otro, diste lo que distare, y regresar con igual prontitud al de partida, será deliciosa prerrogativa de los cuerpos gloriosos.  He dicho “deliciosa”, porque entre todas las cualidades de los cuerpos, la agilidad es la que el mundo actual, obedeciendo a no sé qué instinto misterioso, parece buscar con mayor ardor.  No quiere distancias, el peso de la materia le aburre; a toda costa quiere verse libre de ella, pone en prensa el ingenio, y mil prodigios, a cuál más sorprendente, vienen a coronar sus esfuerzos. 

Aspira a dar la vuelta el mundo con la rapidez del pensamiento, y los resultados que ha obtenido y los que acaricia en su mente, le proporcionan increíbles goces. Las montañas se allanan delante de él, o bien abren sus costados para darle paso, y en unas pocas horas recorren espacios inmensos. Y todo esto no son más que débiles imágenes de la rapidez con que el alma, libre de estorbos, nos trasladará de cabo a cabo en la tierra de los vivientes. Nada hay tan ágil como el espíritu. 

La claridad.  El cuerpo que yace inmoble resucitará glorioso, es decir, “luminoso”. Este sentido da el Apóstol a la palabra “glorioso”, supuesto que compara la gloria de los cuerpos a la claridad de las estrellas, (Cor., XV, 40). Dios, que es luz increada y la fuente de toda luz, aun de la material, hará luminoso todo lo que le está íntimamente unido.  “En la renovación universal, dice Sto. Tomás, todos los seres serán engrandecidos. Los espíritus inferiores, las almas, adquirirán las propiedades de los espíritus superiores, que son los ángeles. Así lo enseña el mismo Evangelio: “Los hombres serán semejantes a los ángeles”.  

Por lo cual los cuerpos inferiores adquirirán las propiedades de los cuerpos superiores, y como de éstos no pueden tomar más que la claridad, se sigue necesariamente que serán luminosos. De esta manera todos los elementos serán como revestidos de un manto de luz, no por igual, sino cada cual según su naturaleza. Esta luz no quitará a los cuerpos su propio color, y de esto tenemos la prueba de que, en la naturaleza, hay cuerpos opacos que son luminosos, como la luciérnaga y otros varios. Sobre lo cual, un ilustre doctor de la Iglesia hace esta reflexión:  “Brillarán los justos como los astros del firmamento. Previendo el Señor la incredulidad de los hombres respecto de este milagro, dio un cuerpo luminoso a algunos gusanillos, para que el espectáculo de lo que vemos nos haga creer lo que esperamos”. En efecto; el que pudo dar el rayo podrá dar el foco, y el que hace luminoso a un insecto podrá, con más razón dar esta cualidad al hombre justo, a quien tanto ama, (S.Cyril. Hierosol., Cathech., VIII).  

“Añadamos que la luz de los cuerpos gloriosos les vendrá de la superabundante que tiene el alma glorificada. Señora absoluta del cuerpo, al que estará unida con la más íntima unión, lo penetrará de parte a parte y lo envolverá completamente con su luz. Esta atmósfera luminosa será tanto más brillante cuanto más santa sea el alma, esto es, más próxima a Dios. De este modo, por la claridad del cuerpo se formará juicio de la gloria del alma, como a través del cristal se conoce el color del líquido contenido en el vaso”, (Sto. Tomás., Suppl., q. 85, art. I) 

Impasible, ágil, sutil, luminoso, ha de ser, no por espacio de un día o de algunos años, que pasan rápidamente, sino por toda la eternidad el cuerpo de los elegidos, el tuyo, el mío, si tenemos la dicha de contarnos en este número. !Oh hombres!  !Amáis tanto vuestro cuerpo, y no anheláis el cielo! 

De la glorificación del hombre en su alma resultará, como consecuencia necesaria, la glorificación de todos los elementos. La naturaleza física sigue la condición del hombre, que es su señor; fue magnífica mientras el hombre fue inocente; se degradó cuando el hombre se hizo culpable, y recobrará todo el esplendor de la hermosura cuando el hombre sea glorificado. El cielo será la plena y eterna realización de este voto, que en nombre de toda la creación expresó San Pablo: “Toda criatura, dice el grande Apóstol, espera con impaciencia la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación está sometida a usos vanos, no voluntariamente, sino por voluntad de Aquel que así lo dispuso, dándole esperanza de restaurarla. Ahora bien; restaurada, quedará libre de la servidumbre, de la corrupción, y pasará a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que al presente todas las criaturas gimen, como si tuvieran dolores de parto. Y no solo ellas, sino también nosotros, que tenemos las primicias del espíritu…. y esperamos la adopción de hijos de Dios y la redención de nuestro cuerpo”, (Rom., VIII, 19-23). 

¿Qué significan esos suspiros, esas lágrimas de toda la naturaleza? Significa que para las criaturas materiales, igual que para el hombre, la creación no ha llegado a su fin. Significan que la vida presente, si no hubiera otra, sería una amarga ironía.  Significa, que la creación entera aspira, no a su destrucción, sino a su renovación, y que a su modo dirige a Dios, lo mismo que el hombre, esta petición del “Padre nuestro: Venga a nos el tu reino”. 

“Todo ser, dice Sto. Tomás, rehúye invenciblemente su destrucción. Por tanto, cuando las criaturas desean ardientemente el fin de este mundo, no desean su aniquilamiento, sino su libertad y renovación.”  De aquí infieren lógicamente los doctores que las criaturas no serán destruídas, sino purificadas por el fuego al fin del mundo, al modo que el oro no se destruye al pasar por el crisol, sino que se purifica y abrillanta. El razonamiento de los Padres y teólogos se funda en las más sólidas razones, y tiene además su apoyo en la Escritura, la cual en ninguna parte da a entender que Dios haya de aniquilar ninguna de sus obras. Dice, por el contrario, que todas, sin excepción, subsistirán “perpetuamente, eternamente, por los siglos de los siglos; que es una ley, y que esta ley no será jamás anulada ni violada”. 

Hablando en especial del destino reservado a los cielos y a la tierra en el día postrero, se expresa de este modo:  “He aquí que he creado unos cielos nuevos y una nueva tierra… Y vi el cielo nuevo y la nueva tierra”,  (Apoc. XXI, I). Sobre lo cual San Jerónimo hace esta observación: “La Escritura no dice “otros cielos”, “otra tierra”, sino “nuevos” cielos y “nueva” tierra, para significar el mejoramiento de los antiguos: “Non dixit: alios coelos et aliam terram videbimus, sed veteres et antiquos in melius commutatus”.  San Agustín es todavía más explícito: “El fuego que abrasará al mundo el último día, cambiará las cualidades de los elementos corruptibles; y lo que era conveniente a nuestros cuerpos, sujetos a corrupción, será reemplazado por otras cualidades, que les corresponderán, una vez sean cambiados en incorruptibles; de modo que el mundo, así renovado, se encontrará en armonía con la naturaleza de los cuerpos resucitados. Por mudanza pasará este mundo, más no perecerá totalmente. Pasará la figura, no la naturaleza”, (De Civit. Dei, lib. XX, cap.  XVI y XIX). 

Lo mismo enseñan San Gregorio, San Epifanio, Proclo, Metodio y Sto. Tomás.   “Cuando la Escritura, dice el último, habla de nuevos cielos y nueva tierra, no quiere decir que Dios los criará nuevos, sino que renovará los antiguos”. 

Y San Gregorio: “Al modo que nosotros hacemos pasar por el fuego los metales sin ánimo de destruírlos, así abrasará Dios el mundo, más no lo destruirá”, (Morl. lib. XVII, in Job).   “La creación sufre cruelmente, dice San Juan Crisóstomo, y espera con impaciencia los bienes que nos han sido prometidos…. Por ti la naturaleza se hizo corruptible, más no le hiciste perjuicio, pues por ti se hará de nuevo incorruptible. Será libertada y participará de la hermosura de tu cuerpo. Al modo que, hecho tú corruptible, también ella se corrompió ; así cuando te hayas tornado incorruptible, ella lo será igualmente”, (In Epist. ad Rom., Homil. XIV, n. 4). “La glorificación, pues, de la naturaleza consistirá en participar de la gloria del hombre y de su incorruptibilidad. En la tierra de los vivientes el cuerpo del hombre será luminoso, y la naturaleza también será luminosa. En efecto, los elementos del cuerpo del hombre serán luminosos, y como éstos corresponden a los tres reinos de la naturaleza, mineral, vegetal y animal, la condición de todo seguirá la condición de las partes, y toda la creación se tornará luminosa. Así como existe un orden jerárquico entre los espíritus superiores y los inferiores, lo hay también entre los cuerpos celestes y los terrestres. Mas en la renovación universal las almas humanas adquirirán las propiedades de los ángeles. Por la misma razón los cuerpos inferiores adquirirán las propiedades de los cuerpos superiores. Y como no pueden tomar de ellos más que la claridad, se sigue necesariamente que serán luminosos”, (Sto. Tomás). 
 
“Además, continúa Sto, Tomás, la renovación del mundo tendrá por fin poner al hombre en estado de descubrir por medio de los sentidos en las criaturas corporales los indicios manifiestos de la divinidad; y de todos nuestros sentidos, el más sutil y penetrante es la vista. Por consiguiente, en cuanto a las cualidades “visuales”, cuyo principio es la luz, los cuerpos inferiores tienen que mejorar de condición. De donde resulta que todos los elementos serán revestidos como de un manto de luz, no de igual brillo para todos, sino conforme a la naturaleza de cada cuerpo. Y así se dice que la tierra, hasta cierta profundidad, será transparente como el vidrio, el agua como el cristal, el aire como el cielo, el fuego como las antorchas del firmamento”, (Suppl., q. 91, art. IV).

De esta gloria indecible participarán las plantas, los árboles y todos los seres conservados por la sabiduría infinita para dicha del hombre. “Por eso, dice un sabio comentador, el río del paraíso, los árboles y frutos de que habla la Escritura, pueden tomarse a la letra. ¿Y por qué no? Si en el paraíso terrenal gozó Adán de todos estos bienes, con más razón los bienaventurados podrán tenerlos en el paraíso celestial, pues el primero no fue más que una muestra e imagen del segundo”, (Corn. a Lap., In Apoc., XXII, 2). 

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One Comment leave one →
  1. Inés. permalink
    agosto 31, 2018 1:34 am

    ¿QUIÉN PODRÁ DUDAR DE SU VERACIDAD, TRAS LEER ESTA MAGNÍFICA EXPLICACIÓN DE LAS CUALIDADES DE LOS CUERPOS GLORIOSOS, RESUCITADOS?

    ¿ Y QUIÉN EN SU SANO JUICIO RENUNCIARÁ A GOZAR DE ELLAS A CAMBIO DE LOS GOCES EFÍMEROS Y DELEZNABLES DE ESTE MUNDO, QUE SE ESFUMAN COMO EL HUMO CASI AL INSTANTE, EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS?

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