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Festeja Neo Iglesia 50 años de “planificación natural” con Humanae Vitae de Montini

julio 25, 2018

Dos antipapas fueron los principales promotores de la planificación “natural”.

Foro Católico: El Papa Pío XI definió con categoría vinculante la siguiente enseñanza:

«Cualquier uso del matrimonio en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se hacen culpables de grave delito» (Pío XI en su encíclica Casti connubii del 31 de diciembre de 1930).

A continuación transcribimos el análisis que contrapone las enseñanzas del Papa Pío  XI contra las enseñanzas de los herejes Pablo VI y Juan Pablo II.

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Pablo VI, autor de la Humanae Vitae 

Humanae vitae versus Casti connubii

Releamos Humanae vitae a la luz de Casti connubii

(Transcrito de Roberto de Mattei)

En los últimos decenios, Occidente ha experimentado una revolución antifamilia sin precedentes en la historia. Uno de las claves de este proceso de disgregación de la institución familiar ha sido la separación de los dos fines primarios del matrimonio: el procreativo y el unitivo.

El fin procreativo, separado de la unión conyugal, ha llevado a la fecundación in vitro y a los vientres de alquiler. El fin unitivo, emancipado de la procreación, ha desembocado en la apoteosis del amor libre, hetero u homosexual. Entre los frutos de esta aberración está el recurso de las parejas homosexuales a los vientres de alquiler para realizar una grotesca caricatura de la familia natural.

La encíclica Humanae vitae de Pablo VI, cuyo quincuagésimo aniversario se cumplirá el próximo 25 de julio, tuvo el  mérito de reiterar la inseparabilidad de los dos sentidos del matrimonio y de condenar sin medias tintas la contracepción artificial, que desde los años sesenta del pasado siglo había hecho posible la píldora del doctor Pinkus.

Sin embargo, la Humanae vitae tiene una responsabilidad: no afirmó con igual claridad la jerarquía de los fines, es decir la prioridad del fin procreativo por encima del unitivo. Dos principios o valores no están jamás en un plano de igualdad. Uno queda siempre subordinado al otro.

Así sucede con la relación entre la fe y la razón, la gracia y la naturaleza, la Iglesia y el Estado, etc. Se trata de realidades inseparables, pero distintas, y ordenadas jerárquicamente. Si no se  especifica el orden de dicha relación, habrá tensiones y conflictos, y a larga se trastornarán los principios. Desde esta perspectiva, el proceso de disgregación moral interna en la Iglesia tiene también entre sus causas la falta de una definición clara del fin primario del matrimonio en la encíclica de Pablo VI.

La doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio fue declarada definitiva y vinculante por el papa Pío XI en su encíclica Casti connubii del 31 de diciembre de 1930. En dicho documento, el Sumo Pontífice orienta a toda la Iglesia y todo el género humano hacia las verdades fundamentales sobre la naturaleza del matrimonio, que no es una institución humana, sino creada por el propio Dios, y sobre las bendiciones y ventajas que de ello se derivan para la sociedad.

El primero de los fines es la procreación: que no sólo significa traer hijos al mundo, sino educarlos intelectual, moral y sobre todo espiritualmente, a fin de encaminarlos a su destino eterno, que es el Cielo. El segundo fin es la asistencia mutua entre los esposos, que no es sólo material, ni tampoco un acuerdo meramente sexual o sentimental, sino ante todo una asistencia y una unión espiritual.

La encíclica contiene una clara y enérgica condena del empleo de los medios anticonceptivos, a los que califica de «acción torpe e intrínsecamente deshonesta». Por eso, «cualquier uso del matrimonio en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se hacen culpables de grave delito».

En muchos de sus discursos, Pío XII confirmó las enseñanzas de su predecesor. El esquema original sobre la familia y el matrimonio del Concilio Vaticano II, aprobado por Juan XXIII en julio de 1962 pero rechazado al inicio de la labor de los padres conciliares, reiteró la mencionada doctrina, condenando explícitamente «las teorías que invierten el debido orden de los valores, colocando el fin primario del matrimonio en un segundo plano con respecto a valores biológicos y personales de los cónyuges y que, en el mismo orden objetivo, señalan al amor conyugal como fin primario» (nº 14).

El fin procreativo, objetivo y fundamentado en la naturaleza, jamás debe sufrir menoscabo. El fin unitivo, que es subjetivo y se basa en la voluntad de los esposos, puede desaparecer. La prioridad del fin procreativo salva al matrimonio; la del unitivo lo expone a graves riesgos.

No debemos olvidar por otra parte que el matrimonio no tiene solamente esos dos fines, ya que existe incluso, subordinado, el de remedio a la concupiscencia. Nadie habla de este tercer fin del matrimonio, porque se ha perdido la noción de concupiscencia, la cual en muchos casos es confundida con el pecado, a la manera luterana.

La concupiscencia, presente en todo hombre excepto en la bienaventurada Virgen María, inmune del pecado original, nos recuerda que la vida sobre la Tierra es una lucha incesante, porque, como dice San Juan en el mundo hay «concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida» (1 Jn. 2, 16).

La exaltación de los instintos sexuales, inoculada en la cultura dominante por el marxismo-freudismo, no es otra cosa que la glorificación de la concupiscencia y, consecuentemente, del pecado original.

Esta inversión de los fines del matrimonio, que conduce inevitablemente a un estallido de la concupiscencia en la sociedad, aflora en la exhortación del papa Francisco Amoris laetitia, del 8 de abril de 2016, en cuyo número 36 se puede leer «con frecuencia presentamos el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, el llamado a crecer en el amor y el ideal de ayuda mutua, quedó opacado por un acento casi excluyente en el deber de la procreación.».

Estas palabras repiten casi textualmente las pronunciadas el 29 de octubre de 1964 en el aula conciliar por el cardenal Leo-Joseph Suenens, en un discurso que escandalizó a Pablo VI: «Puede suceder –dijo el cardenal arzobispo de Bruselas– que hayamos aceptado las palabras de la Escritura “creced y multiplicaos” hasta de dejar eclipsadas otras palabras divinas: “Los dos serán una sola carne…” (…) A la Comisión le corresponderá determinar si no habremos concedido excesiva importancia al primero de los fines, que es la procreación, en desmedro de una finalidad igual de imperativa, que es el cultivo de la unión conyugal».

Insinúa el cardenal Suenens que la finalidad primaria del matrimonio no es crecer y multiplicarse, sino que los dos sean una sola carne. Se pasa de una definición teológica y filosófica a una descripción psicológica del matrimonio, que no es presentado como un vínculo que hunde sus raíces en la naturaleza y tiene por objeto la propagación de la especie humana, sino como una íntima comunión, que encuentra su finalidad en el amor mutuo de los esposos.

Pero una vez que el matrimonio se reduce a una comunidad de amor, el control de natalidad, ya sea natural o artificial, se ve como un bien digno de ser fomentado con el nombre de paternidad responsable, ya que contribuye a reforzar el bien primario de la unión conyugal. La consecuencia inevitable es que, en el momento en que llegara a faltar esa íntima comunión, el matrimonio debería disolverse.

La inversión de los fines viene acompañada de una inversión de funciones en la unión conyugal. El bienestar psico-físico de la mujer suplanta su misión de madre. El nacimiento de un hijo se ve como un factor que puede alterar la íntima comunión amorosa de los esposos. De ese modo, el niño puede considerarse como alguien que interrumpe injustamente el equilibro familiar y del que hay que defenderse por medio de la anticoncepción o, en casos extremos, con el aborto.

Nuestra interpretación de las palabras del cardenal Suenens no está forzada. En coherencia con su discurso, el cardenal primado de Bélgica encabezó en 1968 la revuelta de los obispos y teólogos que se alzaron contra la Humanae vitae. La declaración del episcopado belga del 30 agosto de ese mismo año contra la encíclica de Pablo VI fue, junto con la del episcopado alemán, una de las primeras redactadas por una conferencia episcopal, y sirvió de modelo de protesta a otros episcopados.

A los herederos de aquella protesta que nos proponen reinterpretar Humanae vitae a la luz de Amoris laetitia, respondemos enérgicamente que seguiremos interpretando la encíclica de Pablo VI a la luz de Casti connubii y del Magisterio perenne de la Iglesia.


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Así introdujo Pablo VI la mentalidad planificacionista en la Iglesia conciliar hace 50 años:

“Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa índole. Se trata, ante todo, del rápido desarrollo demográfico. Muchos manifiestan el temor de que la población mundial aumente más rápidamente que las reservas de que dispone, con creciente angustia para tantas familias y pueblos en vía de desarrollo, siendo grande la tentación de las autoridades de oponer a este peligro medidas radicales. Además, las condiciones de trabajo y de vivienda y las múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y en el de la educación, con frecuencia hacen hoy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos.”

Se asiste también a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad de la mujer y su puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir al amor conyugal dentro del matrimonio y en el aprecio que se debe dar al significado de los actos conyugales en relación con este amor.

Finalmente, y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de la vida.

Licitud del recurso a los periodos infecundos

Algunos se preguntan: actualmente, ¿no es quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos? A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.

Por consiguiente, si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar.

La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los periodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto. 

(Encíclica Humanae Vitae, Pablo VI, julio 25 de 1968).

(Transcrito de Religión Digital)

¿Cuál es la buena noticia que hemos de dar a nuestros conciudadanos en lo que toca a la sexualidad desde nuestra fe en Cristo en el siglo XXI? El 50 aniversario de la publicación de la encíclica Humanae Vitae, emitida el 25 de julio de 1968 por Pablo VI, trae preguntas como ésta al tratarse de la doctrina de la Iglesia católica de la regulación de la natalidad, el aborto, los métodos anticonceptivos y otras medidas relacionadas con la vida sexual humana.

Su recuerdo infunde reflexiones interesantes sobre el papel de la iglesia en este sentido. El Grupo de Comunicación Loyola quiere contribuir de alguna manera a que el análisis sea rico y fructuoso destacando dos propuestas clave: el número de julio de la revista Sal Terrae Hacia un nuevo modelo de moral sexual y el libro del profesor de la Universidad Pontifica Comillas Javier de la Torre, Humanae vitae 14: una propuesta desde Amoris laetitia, del sello Sal Terrae, autor que participa en la revista en su segundo capítulo. Diversas perspectivas que ponen el foco en el mismo documento, uno de los más discutidos de la historia y cuya recepción eclesial ha supuesto grandes dificultades para los creyentes.

El profesor de Moral de la Persona en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas y director de la Cátedra de Bioética, Javier de la Torre, aborda esta cuestión desde una perspectiva histórica, eclesiológica, teológico-moral y filosófico-moral. “Pretende humildemente ampliar, desarrollar y complementar en un pequeño punto (HV 14) la perspectiva del Magisterio católico para hacerlo más cercano a muchos católicos y muchos hombres y mujeres de buena voluntad que ni comprenden ni aceptan algunos puntos del mensaje”. Una propuesta que parte de dos exhortaciones apostólicas del papa Francisco: Evangelii gaudium y Amoris laetitia.

Para ello hace ver, en primer lugar, que la doctrina de HV 14 es fruto de una larga tradición, en la que ha habido un notable desarrollo. Muchos comportamientos que en el pasado parecían pecaminosos hoy no son vistos como tales. En segundo lugar, recuerda que HV 14 no es infalible, es reformable, y que en estos cincuenta años no ha habido una recepción clara del texto. En tercer lugar, sugiere una reforma desde una profunda eclesiología de comunión, pues los desarrollos no pueden reducirse a un mero cambio de norma. En cuarto lugar, propone avanzar en la hermenéutica integradora iniciada por algunas conferencias episcopales en sus comentarios a HV, descubriendo nuevos principios y orientaciones más allá de las excepciones y las circunstancias. Por último, invita a plantear una racionalidad moral más amplia, que supere los debates limitados en torno a HV 14 que han distanciado la doctrina de la experiencia de las personas.

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4 comentarios leave one →
  1. Gálatas permalink
    julio 25, 2018 5:33 am

    Una pregunta que me hacen mucho pero que no sé responder es: “Sí desautorizásemos a estos papas ¿Qué nos quedaría? Aunque no sean intachables, mantienen la institución. En la historia ha habido muchos papas corrompidos y nada santos. Aún así, la Iglesia católica ha permanecido y esa es su grandeza. Por encima de tropiezos, la iglesia vive.”

    • julio 25, 2018 1:44 pm

      Esa pregunta sí tiene más nivel de malicia…

      “Autorizar”, es decir aceptar, a los “papas” actuales, es decir a herejes modernistas, es lo mismo que “autorizar” a Lutero, Arrio, Nestorio, Simón el Mago y otros muchos herejes.

      Y la respuesta te la da la misma Iglesia a través de los papas verdaderos como Pablo IV y San Pío V:

      “Excomunión ipso facto para los que favorezcan a herejes o cismáticos.

      Incurren en excomunión ipso facto todos los que conscientemente osen acoger, defender o favorecer a los desviados o les den crédito, o divulguen sus doctrinas; sean considerados infames, y no sean admitidos a funciones públicas o privadas, ni en los Consejos o Sínodos, ni en los Concilios Generales o Provinciales, ni en el Cónclave de Cardenales, o en cualquiera reunión de fieles o en cualquier otra elección.”

      Bula Cum ex apostolatus de Pablo IV y San Pío V

  2. Gálatas permalink
    julio 26, 2018 8:39 am

    La gente sabe que es un pecado la “planificación natural (PFN)” con Humanae Vitae de Montini

    A continuación presentamos unos testimonios muy interesantes de personas que, o utilizaron la PFN o se les enseñó la PFN. Sus comentarios fueron tomados de la sección “Cartas al editor” de una publicación que llevaba un artículo acerca de la PFN (http://www.seattlecatholic.com). (Sus nombres aparecen en las cartas originales). Estas cartas demuestran que la mujer que usa la PFN (como también los hombres que la toleran o cooperan en ella) está convencida de que es pecaminoso por la ley natural que está escrita en su corazón. Quienes usan la PFN saben que están frustrando la voluntad de Dios y practicando la anticoncepción.

    “Estimado editor… Yo era una divorciada pagana sin religión antes de conocer a mi esposo quien, en aquel entonces, era un católico muy poco practicante. Yo me hice católica en 1993 y nos casamos en 1994. Yo no tenía idea que en aquel tiempo se les permitía a los católicos hacer alguna cosa para evitar la prole. Yo nunca había oído hablar de la PFN hasta que el sacerdote con quien nos reunimos por seis meses antes de nuestro matrimonio, me dio un paquete de papeles y básicamente me dijo ‘tenga, usted querrá aprender esto’. Cuando llegué a casa, brevemente ojeé los papeles. Vi los calendarios, calcomanías, y gráficos. Para ser honesta, me pareció totalmente alucinante que las personas hicieran todo esfuerzo para tener relaciones íntimas sin consecuencias. ¡También fue impactante para mí que esto lo promovieran incluso antes que tomara mis votos en el día de mi boda! El paquete lo tire a la basura y nunca volví a verlo. Estoy agradecida de que nunca aprendí la PFN… Me pregunto ¿cuál de mis hijos no estaría aquí si hubiese decidido quedarme con esos papeles y hubiera aprendido la PFN?”.

    “Estimado editor… Soy madre de siete hijos y puedo compartir mis propias experiencias. La PFN no ayudó en mi matrimonio. Luché con reconciliarme a mí misma con el hecho que las Escrituras declaran que el marido y la mujer deben ser sumisos y no separarse salvo en la oración. Estábamos evitando el embarazo… simple y llanamente. No puede haber nada espiritual en decirle al esposo que no puedes participar en el abrazo conyugal, por temor a que un niño sea concebido. El diccionario de Webster define la anticoncepción como: ‘impedimento deliberado de la concepción o fecundación’. Registrar y revisar sistemáticamente cuáles son los días fértiles es evitar deliberadamente la concepción. Yo conozco amigas que la usan. He hablado con ellas de manera muy personal. Ellas no quieren más hijos. Ellas están usando la PFN como un control de la natalidad, puesto que eso es lo que es. Y una amiga lo ha estado usando por 11 años y ‘no ha tenido ningún accidente’. … Puedo expresar que San Agustín tenía toda la razón cuando escribió en Las costumbres de los maniqueos: ‘El matrimonio, como proclaman las mismas tablas del matrimonio, une al varón y la mujer para la procreación de la prole. El que dice que procrear hijos es un pecado peor que la copulación, con ello prohíbe el propósito del matrimonio; y hace que la mujer no sea más una esposa, sino una ramera que se une con el marido para satisfacer su lujuria cuando recibe ciertos obsequios de él. Si hay esposa, hay matrimonio. Pero no hay matrimonio donde se evita la maternidad, puesto que entonces no habría esposa’. … Mi comentario favorito fue hecho recientemente por otro autor donde comparó la PFN a un cultivador que planta su maíz en pleno invierno como para evitar una cosecha fructífera”.

    “Estimado editor… Permítame simplificar el debate de la PFN: si vuestra intención es evitar la prole en realidad no importa que método utilicéis. Ya cometisteis el pecado. Sin embargo, si utilizáis el anticonceptivo como vuestro método preferible, añadís un segundo pecado al primero. En cuanto a la tan repetida mantra de ‘graves motivos’, permítaseme decir lo siguiente: nombradme uno. Miraos bien dentro de vuestro corazón y nombradme uno que sea pero verdaderamente grave… Nosotros hicimos la PFN por algún tiempo… y he sentido una repugnancia desde entonces. Durante ese tiempo podríamos haber tenido al menos dos hijos más”.

    “Al editor: La PFN es una de las infiltraciones principales de la secta del sexo new-age dentro de la Iglesia, junto con la educación sexual y la inmodestia en el vestir… A medida que los católicos modernos han sido condicionados a abrazar al mismo tiempo ideas contradictorias a la vez que las defienden como consonantes, se han dejado engañar fácilmente por la noción de que la PFN, como se practica comúnmente, es, de alguna manera, diferente del control de la natalidad. No tengo formación en teología moral, no obstante, yo sé incluso que el objetivo de una acción es lo que determina su substancia. Cuando una pareja se une en relaciones deliberadamente estériles, se conoce como un anticonceptivo, así de claro y simple”.

  3. Rufo permalink
    agosto 13, 2018 2:31 pm

    Hungría expulsa a la ideología de género de sus universidades por ser una pseudociencia
    EUROPA DEL ESTE NOS MARCA EL CAMINO
    https://www.actuall.com/criterio/educacion/hungria-expulsa-la-ideologia-genero-universidades-una-pseudociencia/

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