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Cómo una joven campesina cambió el destino de su Patria, y la salvó de sus enemigos

mayo 30, 2018

Fue juzgada por un poder extranjero en su propia patria. Sus enemigos decidieron que no debía quedar el menor vestigio de su cuerpo, y que aun su memoria fuera destruida. Por eso, una vez que la muchacha cayó cautiva en sus manos, desistieron de ejecutarla de inmediato, porque —pensaban—, eso podía volverse como un búmeran en su contra, pues no haría sino catapultarla y ensalzar su fama.

En su lugar, y a pesar del miedo que les producía la posibilidad de que la prisionera se les pudiese escapar, prefirieron simular un proceso legal en el que su condena estuviera asegurada antes de comenzar el juicio, y al cabo del cual fuera desenmascarada como mentirosa digna del suplicio. Una bruja, una hechicera, una embaucadora que había engañado a muchos pretextando escuchar voces procedentes del Cielo, cuando en realidad —a esta conclusión debían arribar— no se había tratado sino de influencias demoníacas.

En realidad, el asunto religioso en sí les importaba un rábano. Necesitaban matar a joven para saciar su deseo de venganza por una parte, y por otra, por motivos políticos. El odio contra ella era tremendo, pues aquella jovencita los había dejado en ridículo con tan solo 17 años. Una aldeana analfabeta que en su vida había salido de su pueblito de apenas cuarenta casas, se había convertido de la noche a la mañana en jefa de un ejército. Ni siquiera una mujer. Apenas una jovencita vestida como varón que se movía a sus anchas por el campo de batalla montada en su caballo blanco, portando un gran estandarte, venerada por capitanes y soldados, obedecida por todos, audaz y resuelta, distinguida por un singular genio militar que dejaba patitiesos a los experimentados jefes militares cada vez que daba a conocer su estrategia, la cual resultaba desconcertante por la osadía o extrema peligrosidad que representaba.

Cuando los jefes del ejército, perplejos al escuchar el plan de la recién llegada, resistieron sus órdenes por lo descabelladas que les resultaban, y recibieron una terminante respuesta, tal como era su estilo de pocas palabras, pero palabras de acero: «Ustedes han tenido su consejo, yo tengo el mío; y crean que el consejo de mi Señor se cumplirá y triunfará y que el vuestro fracasará».

Eran momentos dramáticos, pues, tras la ciudad, caería el reino que se encontraba sin rey, y postrado, derrotado militar, política y moralmente. Venía arrastrando una larga y penosa contienda, machacados una y otra vez por sus enemigos, que pretendía apoderarse de la corona que reclamaba para sí, y que creía ya tener casi en su puño. Por si fuera poco, sus compatriotas se habían enfrascado en una guerra civil, y alguna región,  había hecho alianza con los invasores. Cansados de tanta lucha, de perder tanto y durante tanto tiempo, malquistados unos con otros, habían bajado la cabeza, y habían aceptado el yugo del ejército invasor. El caos político auspiciaba el pillaje y favorecía la suerte de los bandidos. La capital estaba con los invasores, y la famosa Universidad del reino se había involucrado hasta los tuétanos, por el que se había declarado herederos del trono al rey invasor y a sus sucesores.

De este modo, el destino del errante, debilitado y cobardón príncipe heredero se presentaba más que negro. Para poder despejarles todavía más el camino a los enemigos, su propia madre lo tachó de bastardo, y de esta manera, lo dejaba fuera de toda aspiración a convertirse en rey. Reducido casi a la nada, zangoloteado por tantas calamidades, el príncipe deambulaba de aquí para allá con la breve esperanza de diferir al menos el golpe fatal, moviéndose sigiloso de un punto a otro para no caer en la ratonera, mortificado por la duda de si gozaba siquiera de los derechos legítimos sobre la corona. No solo no tenía certezas de adónde ir, sino, tampoco, de dónde venía. El que creía su padre había muerto desquiciado por la locura; la que creía su madre lo traicionaba.

Solo una pequeña aldea, que desde hacía siete meses libraba solitaria una resistencia feroz y desesperada, mantenía la llama encendida de quienes aún aguardaban la milagrosa liberación del reino. Fue en esta hora precisa y sonada que se cruzó en el camino del príncipe una campesina que decía estar asistida por la voz de Dios que le ordenaba liberar a su Patria y coronar como rey al desanimado heredero. Y este detalle trastornará el plan que los enemigos de su Nación creían ya consumado. Y estos mismos enemigos la llevarán a la hoguera. No solo para perder su cuerpo, sino también su crédito. Pues desopinar a Juana de Arco era quitarse de encima a Carlos VII, cuyo acceso al trono se fundaba en la voluntad de Dios, quien, contrariando la calumnia materna, defendía la legitimidad del delfín.

Juana de Arco

Una aldeana analfabeta que en su vida había salido de su pueblito de apenas cuarenta casas, se había convertido de la noche a la mañana en jefa de un ejército.

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