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El Códice Calixtino narra 22 milagros de Santiago Apóstol. (Del décimo cuarto al décimo sexto)

enero 17, 2018

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Foro Católico: el Código Calixtino es considerado como uno de los libros europeos más antiguos. Bello manuscrito que narra, entre otras verdades, 22 milagros del Apóstol Santiago. En esta ocasión presentamos otras tres narraciones:

Del negociante a quien el Apóstol libró de la cárcel

En el año mil ciento siete de la encarnación del Señor, cierto mercader, queriendo ir a una feria con sus mercaderías, acudió al señor de aquella comarca a donde pensaba ir, que casualmente había llegado a la ciudad en que vivía el mercader, a pedirle y rogarle que le llevase consigo a aquella feria y le trajese salvo a su casa. El señor, accediendo a su petición, le prometió que lo haría y le dio palabra de honor. El mercader fiando, pues, en la palabra de hombre tan distinguido, marchó con sus mercancías a aquella tierra donde se celebraba la feria. Más luego que aquel que le había empeñado su palabra de guardarle a él con sus bienes y de llevarle y traerle salvo las vió, instigado por el demonio, cogió al mercader con sus cosas y le encerró en una cárcel fuertemente atado.

Pero éste trajo a la memoria innumerables milagros de Santiago, que había oído a muchos, y le llamó en su auxilio diciendo: Santiago, líbrame de esta cárcel y prometo darme a ti con mis bienes. Santiago, habiendo escuchado sus gemidos y súplicas, se le apareció una noche en la cárcel, estando todavía despiertos los guardianes, y le mandó que se levantase y le condujo hasta lo alto de una torre. Esta se inclinó tanto que se le vio poner su cima en tierra. Y apartándose de ella sin salto ni daño, el mercader marchó libre de ataduras. Los guardianes llegaron cerca de él persiguiéndole, y no hallándole volvieron atrás ofuscados. Pero las cadenas con que había estado sujeto las llevó consigo a la basílica del santo Apóstol Galicia, y hasta hoy, en testimonio de tan grande hecho, están colgadas delante del altar del gloriosísimo Santiago. Sea por ello para el Supremo Rey el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Así sea.

Del caballero a quien el santo Apóstol salvó en la guerra, muertos ya o prisioneros sus compañeros

Corriendo el año mil ciento diez de la encarnación del Señor, los caballeros de dos ciudades de Italia, enemigas entre sí, trabaron combate. Y vencida una parte por la otra, volvió las espaldas y emprendió la huída en desorden. Mas cierto caballero entre ellos, que solía venir al sepulcro de Santiago, viendo al huir que parte de sus compañeros fugitivos eran apresados y parte muertos, y desconfiando de salvar la vida, empezó a llamar a Santiago en auxilio para que le valiese, ya casi sin voz, pero con hondos gemidos. Y al fin, dijo con viva voz: Santiago, si te dignas librarme del peligro que me amenaza, sin tardanza iré presuroso a tu santuario, y con mi caballo, pues nada tengo que más estime, me presentaré a ti.

Hecha, pues, la súplica, el gloriosísimo Santiago, que no se niega a quienes piden con recto corazón, antes al contrario, acude en auxilio al punto, apareció entre él y los enemigos, que siguiéndole con mayor insistencia ansiaban alcanzarle, una vez que todos los demás habían sido suprimidos por la espada o la captura, y le libró, a lo largo de seis leguas que le persiguieron, con la protección de su escudo. Y para que no se atribuya este milagro más a las fuerzas del caballo que a la gloria de Santiago, como suele hacerse por los que odian el bien y atacan a la Iglesia, para alejar toda objeción de éstos, resultó que aquel caballo no valía veinte sueldos. El caballero, para no quedar deudor de su promesa, acudió con su caballo a la presencia del santo Apóstol, y a fin de cumplir enteramente lo que había prometido, pese a la oposición de los guardianes, se presentó ante las puertas del altar. Y con gozo por este milagro, clérigos y seglares, acudiendo a la iglesia según costumbre, dieron gracias a Dios con himnos y salmos. Esto fue realizado por el Señor, y es admirable a nuestro ver. Al mismo Señor honor y gloria por los siglos de los siglos. Así sea.

Del caballero a quien en agonía de la muerte, oprimido por los demonios, liberó el santo Apóstol por medio del báculo de un mendigo y el saquito de una mujercilla

Tres caballeros de la diócesis de Lyón y burgo de Donzy (2), se comprometieron a visitar a Santiago apóstol en tierras de Galicia para hacer oración y partieron. En el camino de la misma peregrinación encontraron a una mujer que llevaba en un saquito lo necesario para sí. Al ver a los caballeros les rogó que se compadeciesen de ella y le llevasen el hatillo en sus cabalgaduras, por amor del santo Apóstol, aliviándole el trabajo de tan largo camino. Y uno de ellos, accediendo a la petición de la peregrina, recogióle el morral y se lo llevaba. Luego, al llegar la noche, la mujer, que seguía a los caballeros, tomaba del hatillo lo que necesitaba y, al cantar los primeros gallos, entregaba el saquito al caballero, y así, expedita, caminaba más contenta. De este modo el caballero, prestando un servicio a la mujer por amor del Apóstol, se apresuraba hacia el deseado lugar de oración.

Pero cuando estaban a doce jornadas de la ciudad de Santiago halló en el camino a un pobre enfermo, que dió en pedirle que le cediera el caballo para montar y poder llegar hasta Santiago. De otro modo moriría en el camino, ya que no podía andar. Consintió el caballero, apeóse del caballo, acomodó en él al mendigo y tomó en la mano el bordón de éste, llevando también al hombro el hatillo de la mujer. Mas cuando así marchaba, agobiado por el excesivo ardor del sol y el cansancio del largo camino, empezó a sentirse enfermo. Al sentirse así, considerando que en muchas cosas y muchas veces había faltado mucho, soportó ecuánime la molestia por amor del Apóstol yendo a pie hasta su sepulcro. Allí, después de suplicarle y de tomar hospedaje, se acostó con aquella indisposición que había cogido en el camino, y por algunos días continuó agravándose su enfermedad. Y viendo esto los otros caballeros, compañeros suyos, se acercarón a él y le recomendaron que confesase sus pecados y procurase pedir lo que importa al cristiano y se apresurase a preparar su fin.

Al oír esto volvió la cara y no pudo responder. Y así estuvo tres días sin decir palabra, por lo que sus compañeros se afligieron con pena muy honda, primero, porque desesperaban de su salvación, y más aún porque no podían procurar remedio a su alma. Mas cierto día, cuando pensaban que iba a exhalar ya su espíritu, estando ellos sentados alrededor aguardando su muerte, suspiró profundamente y rompió a hablar diciendo: Doy gracias a Dios y a Santiago mi señor, porque ha quedado libre. Y al preguntar los presentes qué quería decir, agregó: Desde que sentí que se me agravaba la enfermedad, empecé a pensar para mí calladamente en confesar mis pecados, recibir la santa unción y fortificarme recibiendo el cuerpo del Señor. Pero mientras acordaba esto en silencio, vino de repente sobre mí una multitud de negros espíritus que me dominó hasta el punto de no poder indicar desde aquel momento, ni con palabras ni por señas, lo que tocaba a mi salvación. Yo bien entendía lo que decíais, mas de ningún modo podía responder. Pues los demonios que habían acudido, me apretaban unos la lengua, otros me cerraban los ojos y también algunos me volvían la cabeza y el cuerpo de acá para allá a su capricho, aunque yo no quisiera.

Pero, ahora, poco antes de que yo empezase a hablar, entró aquí Santiago trayendo en la mano izquierda el hatillo que yo cogí en el camino, de la mujer, y en la derecha, el bordón del mendigo que yo traje mientras éste cabalgaba en mi caballo el mismo día en que me agarró la enfermedad. Tenía el bordón por lanza y el hatillo por escudo de armas. Y viniendo enseguida hacía mí, como indignado y furioso, intentó alzar el bordón y pegar a los demonios que me tenían sujeto. Mas ellos huyeron aterrados y, persiguiéndolos hizo que salieran de aquí por aquel rincón. Y he aquí que por el favor de Dios y de Santiago, libre de ellos, que me oprimían y vejaban, puedo hablar. Pero mandad aprisa por un sacerdote que me dé el viático de la sagrada comunión, porque no se me permite permanecer por más tiempo en esta vida.

Y como hubiesen enviado, mientras aguardaba a que viniera, aconsejó públicamente a uno de sus compañeros diciéndole: Amigo, no sirvas más a tu señor Girinio Calvo (3), a quien hasta aquí has seguido, pues verdaderamente está condenado y pronto morirá de mala muerte. Y que esto era así lo probó la realidad de los hechos. Porque después que aquel peregrino descansó en una buena muerte y fue llevado a la sepultura, habiendo regresado los compañeros y contado lo ocurrido, el mencionado Girino, apellidado Calvo, que era un hombre rico, tuvo su relato por un sueño y no se enmendó de su maldad en cosa alguna. Y no muchos días después aconteció que al matar a un caballero atacándole con sus armas, pereció también él mismo traspasado por la lanza de aquél. Sea, pues el honor y la gloria para el Rey de reyes, Nuestro Señor Jesucristo, por los siglos de los siglos. Así sea.

(1) San Anselmo, (1033-1109) nacido en Aosta (Piamonte), fue monje y abad en Bec (Normandía) y arzobispo de Cantorbery en Inglaterra (1093). Prseguido por Guillermo II el Rojo por su fidelidad al papa Urbano II en la cuestión de las investiduras, fué desterrado por él y de nuevo su hermano y sucesor Enrique I el Sabio, hasta que por fin logró imponer la autoridad de la Iglesia. Gran teólogo cuyas obras representan el paso de la patrística a la escolástica, de la cual se le tiene como padre. Escribió su vida su secretario el monje Eadmer.
P.David no cree imposible que este milagro fuera desde luego recogido y divulgado por San Anselmo, ya que durante sus destierros, en 1097-98 y 1100 y en 1105-5, pasó bastante tiempo en Lyon y se dedicó a predicar por esta diócesis y las de Mâcon y Viena. Pero también juzga posible que la atribución al santo fuese obra de un refundidor, porque Vicente de Beauvais lo atribuye a Huberto de Besanzón y el siguiente, que aquí es también San Anselmo, lo da por anónimo.
(2) Donzy (Dumzeii en el original), antiguo castillo en Sail-en-Donzy, cantón de Feurs, departamento del Loira.
(3) Girino Calvo o el Calvo, señor de Donzy, conocido por varios documentos del cartulario de la abadía de Savigny. Estos señores de Donzt “se habían ganado al parecer una reputación bien fundada de violencia y de injusticia” al decir de P. David.
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