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Sobre el Bautismo (4ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 26, 2017
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San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia.

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA, mientras que San Alfonso Mª de Ligorio señala:

Teología Moral (libro 6º):

«Mas el bautismo del deseo es una conversión perfecta a Dios por contrición, o por amor a Él sobre todas las cosas, con deseo explícito o implícito del verdadero bautismo de agua, del cual toma su lugar en cuanto a la remisión de la culpa, pero no en cuanto a la impresión del carácter [bautismal] o a la supresión de toda deuda debida al castigo. Se llama de “viento” [flaminis] porque toma lugar bajo el impulso del Espíritu Santo, a quien se el da este nombre [flamen]. Ahora bien, es de fide que los hombres se salvan también por el bautismo del deseo, por virtud del canon Apostolicam De Presbytero Non Baptizato y del Concilio de Trento, sesión 6ª, capítulo 4º, donde está dicho que nadie puede salvarse “sin el bautismo o su deseo”».

SAN  BERNARDO

TRATADO SOBRE EL BAUTISMO

“PRÚEBASE QUE HAY PECADOS DE IGNORANCIA”

PARTE IV

Para tratar de la tercera proposición que sostiene el mencionado autor, y refutarla y destruirla, no creo que hayamos menester de mucho trabajo; no sólo porque es manifiestamente falsa, sino porque además el mismo autor la contradice en su primera proposición.

Cuando en la plática secreta sostenida entre Jesús y Nicodemo, a escondidas y durante la noche, hace él como un lazo tendido a la ignorancia de los hombres dispersos por todo el orbe de la tierra, pues afirma que nadie desde entonces podía salvarse sin el bautismo, ¿no reconoce ya por el mismo caso que se dan pecados de ignorancia y pecados mortales?

A no ser que su protervia le lleve a decir que Dios condena a los hombres sin tener ellos culpa alguna.

De todos modos, como es de temer que, si desdeñamos contestar al necio todavía crezca mucho más su necedad,  y presumiendo de sabio, y cobrando alas con nuestro silencio, multiplique por todas partes las semillas de su error, y así, hablando a los tontos, haga que sea infinito el número de los hijos de su tontería, pienso que será bueno confundir la mentira con algunos testimonios precisos y claros de la Verdad.

Es probable que ese hombre, que dice no existen pecados de ignorancia, consiguientemente no ruegue jamás a Dios que le perdone los que comete de este modo, sino que se burle y haga escarnio del Profeta cuando le oiga suplicar al Señor diciendo: “No os acordéis de los delitos de mi juventud ni de mis pecados de ignorancia”, (Ps. 24, 7).

Quizá se atreva con el mismo Dios y le reprenderá porque condena tales pecados y exige satisfacción por ellos, ya que por la boca de Moisés dice en el Levítico: “Si alguno peca por ignorancia y delinque en cualquier punto de lo que se prohíbe por la ley del Señor, y, reo de pecado, reconoce su iniquidad, debe ofrecer al sacerdote un cordero blanco sin mancha alguna, según la medida y estimación de su pecado”.

Si la ignorancia no puede ser nunca pecado, ¿por qué en la Epístola a los Hebreos se dice que el sumo Sacerdote entraba una vez al año en el “Sancta Sanctorum” y llevaba la sangre de las víctimas para ofrecerla al Señor por sus ignorancias y por las de su pueblo? Si el pecado de ignorancia no existe, digamos que Saulo no pecó cuando perseguía a la Iglesia de Dios, puesto que hacía esto en completa ignorancia, permaneciendo en su incredulidad.

Al contrario, más bien se habrá de decir que obraba muy bien cuando blasfemaba, cuando perseguía a los cristianos y los colmaba de injurias, cuando no respiraba más que odio y muerte contra los discípulos de Jesucristo, puesto que no buscaba otra cosa que señalarse en el celo por las tradiciones de sus padres. Por tanto, no debió decir: “He alcanzado misericordia”, sino: He recibido mi recompensa, puesto que la ignorancia le guardaba inmune de pecado, y encima de esto, el celo le hacía digno de galardones.

Si por ignorancia nunca se peca, ¿por qué condenar a los tiranos y verdugos de los Apóstoles, ya que ellos no sabían que hacían mal cuando mataban, sino que creían prestar servicio a Dios?

¿Por qué el mismo Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, clavado en la cruz, oraba por sus verdugos, puesto que según el testimonio del mismo Cristo no sabían lo que se hacían, y por consiguiente no pecaban, según nuestro autor?

No podemos creer, Dios nos libre de ello, que el Señor mintió cuando dijo claramente que los judíos ignoraban lo que hacían, aún cuando supusiéramos que el Apóstol había querido excusar a los de su casta, como hombre al fin y al cabo, en aquellas palabras: “Si le hubieran conocido, jamás hubieran crucificado al Señor de la gloria”, (1 Cor. 2, 8).

¿Qué? ¿Todos estos pasajes de la Escritura no muestran suficientemente en qué tinieblas de ignorancia está sumido quién osa afirmar que no se puede pecar por ignorancia? ¿A qué añadir más?

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