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Sobre el Bautismo (3ª PARTE). Responde San Bernardo de Claraval a los dimonianos de “Vaticano Católico”

abril 25, 2017
Patriarcas

Patriarcas, Profetas y santos justos del Antiguo Testamento.

Los laicos Dimond, durante años se han caracterizado por presentarse en el “mercado sedevacantista” como la opción “más radical” acusando de herejes a todos los católicos que no comulgan con sus desvíos doctrinales, incluidas sendas excomuniones a quienes aceptan la doctrina del Bautismo de Deseo o de Sangre.

En síntesis, la aberración dimoniana afirma que: SIN EL BAUTISMO POR AGUA, NADIE SE SALVA, mientras que las Sagradas Escrituras demuestran que fueron por el agua no es la única forma de ser bautizados:

Hechos de los Apóstoles 10:47:

«Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?».

SAN  BERNARDO

OBRAS COMPLETAS

TOM0 IV

TRATADO SOBRE EL BAUTISMO

“LOS JUSTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO”

PARTE III

“Los justos del Antiguo Testamento no gozaron de un conocimiento tan claro de los misterios de nuestra fe como el que tenemos nosotros, después que se han realizado”.

Ese autor que decís afirmaba, además, según me expresáis, que todos los justos del Antiguo Testamento, cuantos precedieron a la venida de Jesucristo, habían tenido tanto conocimiento de las cosas que habían de suceder cual lo tenemos hoy nosotros de las que han sucedido ya; de tal modo que ni el justo más sencillo del Antiguo Testamento ignoró nada de cuanto el Evangelio nos ha revelado después, de forma que tanto la Encarnación del Verbo, como el parto de la Virgen y la doctrina del Salvador, y los milagros, y la cruz, y la muerte, y la sepultura, y el descenso a los infiernos, y la Resurrección, y la Ascensión, fueron tan clara  y distintamente conocidas de los justos antiguos, como lo fueron de los que vieron su cumplimiento y lo son hoy de nosotros, que las hemos sabido después de sucedidas, de tal modo que no fueron justos y no lograron salvarse más que aquellos que tuvieron una vista clara y distinta de todo. Esto es completamente falso.

Pero de tal modo habéis acumulado vos en vuestra carta argumentos para refutarlo, que no pienso añadir más. De todos modos el hombre que de tal manera discurrió, (casi con seguridad Pedro Abelardo), me permitirá decirle cuatro palabras sobre lo que siento de él mismo.

Paréceme que ama más la novedad que la verdad y que le pesa más que nada el seguir la opinión corriente de los otros y sostener lo que otros ya enseñaron, sin que pueda ser él el primero que lo enseñe y sostenga. De donde viene a suceder que no sabe guardar mesura en sus opiniones ni en sus palabras, o si sabe comedirse, no lo hace.

De ahí que pretenda equiparar el conocimiento de las cosas divinas que tuvieron todos los que precedieron a la Redención con los que tienen los que han venido después al mundo, presentándonos de este modo a Dios demasiado pródigo o demasiado avaro, con lo cual da clara muestra de no tener en cuenta para nada lo que pide la más elemental discreción.

Porque, o bien reduce el número de los elegidos en el tiempo antiguo a aquellos pocos que se señalaron por su virtud y santidad insigne, y a quienes el Espíritu Santo, por gracia singular, les reveló algunas cosas del tiempo futuro, según lo que se desprende de las Sagradas Escrituras, y en este caso acorta mucho la liberalidad y poder del Señor, pues, a excepción de esos pocos y señaladísimos varones, ninguno se habría salvado en la Ley Antigua; o bien, reconoce que los elegidos fueron en mucho mayor número, y en este segundo caso atribuye al pueblo de la antigua Alianza una profusión de gracia inaudita, pues supone que toda la multitud de los que se salvaron conoció plenamente los misterios de nuestra Redención.

Como ninguno de estos augustos misterios había sido señalado con evidencia en los Sagrados Libros, ni tampoco hubo ninguno que fuera públicamente anunciado, se sigue que no pudieron conocerlos más que por especial revelación del Espíritu Santo. De donde se deduciría que no hubo ningún justo que no fuese espiritual, perfecto y aún profeta de entre todos cuantos se salvaron antes de la venida del Mesías. Así, según esta opinión, o hemos de decir que en los antiguos tiempos fue rarísimo que se salvase algún hombre, o que la perfección fue entonces cosa corriente y llena de maravillosos privilegios. Cualquiera de estos dos extremos que sostenga es dar muestras de falta de discreción.

Pero si al dicho autor le parece que resulta más digno de Dios el enriquecer aquellos siglos y hacerlos fecundos en hombres perfectísimos, que el reducir los justos a un corto número, y si tiene por conveniente salvar a muchos más y llenarlos del don de profecía, hasta el punto de que penetraran con toda claridad los misterios aún no revelados: !bendito sea Dios por sus dones , pero en tal caso no veo qué es lo que reservó para el tiempo de gracia y de salvación, a menos que no debamos llamar así a aquel mismo tiempo en que Dios, según el anónimo escritor, derramaba con tanta prodigalidad las riquezas del Espíritu Santo.

Mas pregunto yo: ¿Nos trajo el Evangelio cosa que se pareciese a todo esto?  Vanamente, pues se hubiera gloriado San Pablo de haber recibido las primicias del Espíritu Santo junto con los Apóstoles, puesto que en su tiempo no pudo alcanzar a ver nada parecido. En efecto, él se preguntaba: “¿Acaso han recibido todos el don de profecía?”, (1 Cor. 12, 29). También sin motivo ni razón se hubiera gloriado como de un privilegio singular por haber recibido el Evangelio, no por ministerio de hombres, sino por revelación directa de Jesucristo, puesto que antes que a él  el Espíritu Santo lo habría revelado a todo el pueblo.

Igualmente carecería de fundamento lo que dice San Pedro al aplicar a su tiempo aquellas palabras de la Escritura: “Derramaré mi espíritu sobre vuestros hijos y vuestras hijas, y profetizarán”, (Joel, 2, 28), puesto que este mismo Espíritu Santo se habría derramado ya pródigamente en los siglos anteriores, y con mayor abundancia.  Si el Profeta, o mejor dicho, Dios, que por el Profeta hablaba, se hubiese querido referir al tiempo de los Apóstoles, en vez de decir: “Derramaré mi Espíritu”, debería haber dicho : “Retiraré mi espíritu”, por cuento suponemos en los antiguos justos tantas luces como en los hijos del Evangelio, estamos obligados a suponer en ellos mayores gracias, pues no fue la lectura ni la predicación la fuente de ellas, como sucede entre nosotros, sino que la misma unción del Espíritu Santo los habría instruído a todos acerca de todas las cosas.

Concedamos todo esto, y supongamos, aún con detrimento de la gloria de los Apóstoles, y para vergüenza y confusión nuestra, que los menores santos de la Ley Antigua fueron iguales en ciencia a los mayores justos de la Ley Nueva, y los sobrepujaron además en gracias celestiales. Pero esto no lo podemos conceder de ninguna manera, porque equivaldría a admitir que el Señor de la gloria se engañó alguna vez a sí mismo, o nos pudo querer engañar a nosotros. Jesucristo dijo que, entre todos los hombres nacidos de mujer no había habido otro mayor que Juan el Bautista.

Pues bien, tendríamos que argüir de falso este testimonio dado por la misma Verdad, si concediéramos tanto a los varones del Antiguo Testamento cuanto no osamos conceder al mismo San Juan. Porque sin hacer injuria al Bautista, podemos creer y decir que no llegó a saber todas las cosas, sin ignorar ninguna, ya que él mismo nos lo confiesa.

Ahora bien, si concedemos a otros lo que no atribuímos al mismo  Precursor de la Verdad, no sólo hacemos injuria al Santo, sino que blasfemamos contra la misma Verdad, pues a despecho de su testimonio la desmentimos.  ¿Cómo?  El amigo del Esposo duda y pregunta con vacilación: “¿Eres tú el que habías de venir o esperamos a otro?”, (Mat.  11, 3).  ¿Y nosotros aseguraremos mentirosamente que tantos miles de hombres tuvieron un conocimiento claro y preciso de todos los misterios de la Nueva Ley?

Más aún: Podemos afirmar terminantemente que ni siquiera los justos del Antiguo Testamento tuvieron tal concepto de sí mismos, ni creyeron nunca tal cosa.  Ved cómo se expresa Moisés, hablando de lo que decía el Señor : “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; y mi nombre de Adonai no se lo enseñé a ellos”, se sobreentiende como te lo he enseñado a ti. Suponía, pues, el caudillo del pueblo hebreo que él tenía más perfecta noticia de Dios, que la que habían tenido los otros Patriarcas que le precedieron.

El Salmista presume también audazmente de haber recibido mayor don de inteligencia que los maestros y ancianos de Israel : “Recibí, dice, mayor luz que aquellos mismos que me enseñaban. Más sé que los mismos ancianos”, (Ps. 118).  El profeta Daniel dice en el mismo sentido: “Pasarán muchos hombres y crecerá el conocimiento”, (Dan. 12, 4), como prometiendo a la posteridad más amplia noticia de las cosas divinas.

Si como discurre San Gregorio Papa, que conforme iban avanzando los tiempos iban creciendo también las luces que tenían los Patriarcas antiguos, y que cuanto más cercanos vivieron al tiempo de la venida del Salvador tanto más distintamente contemplaron el misterio de nuestra salvación, no podemos dudar un instante de que la vista misma de las cosas que se cumplían, y del mismo que las cumplía en su persona les dio un conocimiento más perfecto.

Por esto los que tal vieron merecieron oír de labios del Salvador: “Felices los ojos que ven lo que vosotros véis”, (Lc. 10, 23).  De aquí que dijera a los Apóstoles: “A vosotros os he llamado amigos, porque todas las cosas que he oído a mi Padre os las he dado a conocer”. Y en otra parte afirma: “Muchos reyes y profetas desearon ver lo que vosotros véis y no lo vieron, y quisieron oír lo que oís y no lo oyeron”.  ¿Por qué esto?

Claro está que porque aquellos reyes y profetas hubieran querido tener un conocimiento más amplio y claro que aquel por el que sólo presentían los futuros misterios. De no ser así, ¿por qué habían de querer ver y oír a Cristo en su carne mortal, si ya hubieran sido instruídos interiormente por el Espíritu Santo?  Y si es verdad que los profetas y los que parecían más ilustres en el pueblo judío o vieron todos las mismas cosas y con la misma luz, sino que unos entendieron más y otros menos conforme se lo enseñaba el Espíritu Santo, que repartía entre ellos sus luces según su divino beneplácito, con mucha más razón podemos pensar que aquellos justos que no fueron tan esclarecidos, debieron ignorar el tiempo, la manera y el orden de nuestra redención, la cual esperaban con no menos firme esperanza que viva fe, sin que su salvación peligrara por ello.

!Cuántos cristianos creen firmemente, y esperan y desean con ardor la vida eterna y las promesas del siglo venidero, sin jamás haber tenido la menor noción del estado y forma de la bienaventuranza! Del mismo modo, fueron también muchos los que se salvaron antes del nacimiento de Jesucristo, aguardando con fe su venida al mundo, esperando con firme confianza un Redentor y fiando en la omnipotencia de Dios que prometía rescatarlos gratuitamente si amaban a su bienhechor, y tenían absoluta confianza y fe en sus promesas, y eso aún cuando ninguno conocía el tiempo, ni el orden, ni la economía de nuestra Redención.

El venerable Beda, que vos mismo citáis en vuestra carta, claramente manifiesta que no todas las cosas referentes a la persona de Cristo fueron conocidas de todos antes de que se realizaran. 

“Moisés  y los Profetas, dice, hablaron antes que los Apóstoles del trofeo de la cruz del Señor, pero lo hicieron en términos oscuros y bajo figuras y metáforas, mientras que los Apóstoles y sus sucesores hablaron siempre, después que resplandeció la luz del Evangelio, de una manera clara y sin velos.”

De tal modo es esto así, que hoy día todo el pueblo cristiano debe saber y confesar la fe que sólo unos pocos varones conocían en la Antigüedad, mientras que el resto del pueblo sólo la poseía en figuras y la  admiraba en las ceremonias de la ley.

Muchos otros testimonios se me ocurren para confirmar lo que venimos diciendo, pero no se compadece con ellos la brevedad que debemos guardar en una carta; y por otro lado tampoco  los juzgo necesarios. Porque pienso que, aun cuando yo no respondiese nada, bastarían muy colmadamente los testimonios que aducís en la vuestra. Esto he añadido porque no pareciese que pasaba por alto alguno de los puntos que me proponíais.

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