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S. Roberto Bellarmino: “La cruz de los impíos y de los pecadores”

febrero 11, 2017

SAN ROBERTO  BELARMINO

CARDENAL Y DOCTOR DE LA IGLESIA

SEGUNDA  PALABRA

“Amen dico tibi : Hodie mecum eris in paradiso”

II

“La cruz de los impíos y de los pecadores”.

Ni los impíos ni los pecadores viven en el  mundo sin su cruz. Es cierto que no sufren persecución por parte de los justos, pero la padecen por parte de otros impíos, de sus propios vicios y de su mala conciencia.

El sabio rey Salomón, que parecía el más feliz de todos los mortales, tuvo que confesar no haber podido esquivar la cruz. “He visto en todas las cosas, escribe, vanidad y aflicción de espíritu. Se me hizo tediosa la vida viendo los males que hay bajo el sol, observando que todas las cosas no son más que vanidad y aflicción de espíritu”, (Eccl, 1,4).

  1. Agustín dice: “La mayor tribulación es la conciencia de los propios delitos”, (In. Ps, 45).
  1. Cipriano demuestra que desde la cuna está el hombre destinado a la tribulación y la cruz, de que son muestras prematuras sus primeras lágrimas.  “Cada uno  de nosotros, escribe, al nacer y ser recibido en el hospicio de este mundo, comienza por llorar; y en aquel primer instante, inconsciente de todo, no hace sino llorar. Con previsión natural, lamenta ya las ansiedades y fatigas de esta vida mortal; el alma, inconsciente todavía, protesta ya contra las vicisitudes del mundo que le saldrán al encuentro”.

Manifiesto es, pues, que la cruz es carga común de buenos y malos. La cruz de los buenos es corta, ligera y llena de méritos, mientras que la de los impíos es mucho más larga, pesada y sin fruto alguno.  No cabe duda alguna que la cruz de los buenos es “corta”, ya que no se prolonga más allá de esta vida.  A los justos que mueren dice el Espíritu que reposarán de sus fatigas, y que Dios enjugará las lágrimas de sus ojos. La vida presente es brevísima, aunque en su transcurso parezca larga. Lo dice claramente la Sagrada Escritura :  “Cortos son los días del hombre”. “El hombre nacido de mujer vive poco tiempo”.

  1. Pablo, que parece haber llevado una cruz pesadísima y durante mucho tiempo, casi desde la adolescencia hasta la vejez, escribe a los corintios: “Un breve momento de ligera tribulación nos proporciona eterna plenitud de gloria”, (2 Cor. 4,17). Quiere decir con esto que sus más de treinta años de tribulación equivalen a un momento.  Llama tribulación ligera al hambre, a la sed, a la desnudez, a los reveses, a la continua persecución de que fue víctima, al haber sido azotado tres veces por los romanos, cinco por los judíos, a haber sido apresado una vez, naufragado tres, amén de haber padecido fatigas penosísimas, y frecuentemente herido y expuesto de continuo a la muerte.  ¿Qué tribulaciones, pues, pueden llamarse graves si a éstas las llama, y le son ligeras?

La cruz de los justos es no sólo corta y ligera, sino también “meritoria” y muy fecunda en riquísimos frutos, conforme a las palabras del Señor: “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.

  1. Pablo escribe a los romanos: “Los sufrimientos del tiempo presente no tienen comparación con la futura gloria que se revelará en nosotros”, (Rom. 8,18). Y S. Pedro añade:  “Gozáos de poder participar de los sufrimientos de Cristo, para que también os podáis alegrar en la manifestación de su gloria”, (1 Pet. 4,13).

La cruz de los malvados, por el contrario, es muy larga, muy pesada y sin premio alguno. Y esto se demuestra fácilmente, pues es cierto que la cruz del mal ladrón no terminó con la muerte, como la del ladrón arrepentido, sino que dura aún hoy en el infierno, y le durará por toda la eternidad.  “El gusano de los impíos no morirá (en el infierno), y su fuego no se extinguirá”. La cruz del rico Epulón labrada por la codicia de las riquezas, no terminó con la muerte, como la del mendigo Lázaro, sino que le acompaña perpetuamente en el infierno, lo amarra, lo atormenta y le hace exclamar: “!Oh, si tuviera una sola gota de agua en estas llamas que me devoran!” La cruz de los impíos, pues, jamás tendrá fin.

 Y cuán amarga y pesada la sienten en el tiempo presente, lo dice la voz de los que habla el libro de la Sabiduría : “Nos hemos cansado de andar por sendas de iniquidad y perdición y hemos caminado por caminos escabrosos”.  ¿No son acaso caminos escabrosos la ambición, la avaricia, la lujuria?   ¿No son caminos escabrosos las obras que nacen de estos vicios : las traiciones, las injurias, la calumnias, las heridas, las muertes? Sin duda alguna, y así, mientras intentan huir de una cruz, se acarrean sobre sí otra mucho más grave.

Y, ?qué ganancia reporta, a la postre, la cruz de los impíos?  ¿Cuál es su fruto? En verdad, fruto bueno, ninguno, porque los espinos no dan uvas, ni los abrojos, higos. El yugo del Señor nos trae la paz, según sus mismas palabras: “Tomad mi yugo sobre vosotros y hallaréis reposo para vuestras almas”, (Mth, 11, 29).  El  yugo del diablo, contrario al yugo de Cristo, ¿qué puede proporcionar sino afanes y ansiedad?.

Y lo que es más ponderable que todo lo dicho, la cruz de Cristo es escala que conduce a la eterna felicidad: “Fue necesario que Cristo padeciese y así entrase en su gloria”.  Pero la cruz del diablo es escala que conduce a los suplicios eternos, porque el Señor se expresará así en el día del juicio: “Id, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”.

Los que quieran ser, pues, verdaderos sabios, si están crucificados con Cristo, no han de procurar descender de la cruz, como neciamente intentó el mal ladrón ; antes bien, permanezcan crucificados al lado de Cristo, como el Buen Ladrón, y no pidan bajar de la cruz, sino súfranla con paciencia.

Así, los que padecen con Cristo, reinarán también con Él; más los que gimen bajo la cruz del diablo, si tienen juicio, se han de esforzar por sacudirla cuanto antes; si tienen un rayo de razón, procuren cambiar los “cinco yugos de bueyes por el único yugo de Cristo.

Los cinco yugos de bueyes parecen significar las fatigas y los afanes que sufren los hombres malos para satisfacer los cinco sentidos del cuerpo. Y se conmutan por el único, suave y ligero yugo de Cristo al someterse el hombre, con la ayuda divina, a las obras de penitencia, renunciando a las amarguras que le causaba la satisfacción de sus pasiones.

!Bienaventurada el alma que sabe crucificar la propia carne con sus vicios y concupiscencias, y comienza a dispensar en limosnas el dinero que antes gastaba en satisfacer sus pasiones, y las horas que perdía visitando y adulando a hombres poderosos con miras ambiciosas, las dedica a la oración y lectura espiritual con la única intención de ganarse la gracia de Dios y de los Príncipes de la corte celestial! 

No de otro modo se cambia la cruz del mal ladrón por la de Cristo.

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One Comment leave one →
  1. Inés. permalink
    febrero 14, 2017 12:52 am

    “LA SEÑAL DEL CRISTIANO ES LA SANTA CRUZ”, DICE EL MÁS ELEMENTAL CATECISMO.

    Y A LOS HOMBRES DE ESTE MUNDO EN QUE VIVIMOS, MÁS QUE MEDIO PAGANIZADOS (INCLUÍDOS MUCHOS MÁS BAUTIZADOS DE LOS QUE CREEMOS) , LES ESCANDALIZA ESA SANTÍSIMA CRUZ QUE REDIMIÓ AL MUNDO TANTO COMO LES ESCANDALIZÓ A JUDÍOS Y GENTILES.

    DICHO DE OTRO MODO : NO QUIEREN SABER NADA QUE NI REMOTAMENTE LES RECUERDE LA CRUZ. Y SIN EMBARGO LA LLEVAN, RENEGANDO Y SIN FRUTO ALGUNO, PERO LA LLEVAN…….

    Y CUANTO MÁS HUYEN DE ELLA MÁS PESADA SE LES VUELVE.

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