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Noviembre 15. San Alberto Magno, mentor y amigo de Santo Tomás de Aquino

noviembre 15, 2016
San Alberto Magno con su discípulo Santo Tomás de Aquino.

San Alberto Magno con su discípulo Santo Tomás de Aquino.

La historia le llama Magno y Mago. Con ello justiprecia sus méritos y hace a la vez un juego malabar. Es preciso distinguir el ocultismo y el conocimiento de lo oculto. Alberto fue muy grande en muchas cosas, entre ellas en el espíritu de observación. Por él llegó a saber mucho que en su tiempo se desconocía. Conoció las propiedades de los cuerpos y las fuerzas de la naturaleza, fue físico, químico, geógrafo, astrónomo, naturalista. Y teólogo, naturalmente. No supo nada de esto por malas artes. Lo aprendió noblemente. Leyó libros de magia, pero no para aprender sus artes, sino, como él mismo dice, “para no ser tentado por sus procedimientos, que juzgo inválidos e inadmisibles”. Los sensatos y los sabios le llaman Magno. Los insensatos y los ignorantes siguen llamándole todavía Mago. Con este nombre le dedicaron una plaza en París, en el lugar mismo que llenaban sus alumnos cuando no cabían para oírle en las aulas de la Universidad.

Nació el año 1206 en Lauingen, ciudad de la Suevia bávara, asentada a las orillas del Danubio. Su familia era militar; tenía una historia gastada al servicio del emperador y un castillo a dos millas de la ciudad. En él pasó Alberto los primeros años de la infancia. Luego, en la escuela de la catedral, empezó a aprender las letras y afianzó su corazón en la piedad.

Pero la vida del joven necesitaba más horizonte. No le llamaba la milicia. Le atraía la observación de la naturaleza, y por eso se dirigió a Padua, en cuya Universidad a la sazón se aprendían especialmente las artes liberales del Trivium y del Quatrivium. Sin embargo, la ciencia sola no le convenció nunca. Tampoco quería ser sólo santo. Le atraían las dos cosas. Por eso frecuentaba la iglesia de unos frailes de reciente fundación. Se decía que habían roto los moldes del monaquismo tradicional y que acompasaban la institución monástica con las necesidades culturales y apostólicas de la época. El fundador era un español, Domingo de Guzmán, quien quiso que sus religiosos fueran predicadores y doctores.Acababa de morir, dejando la institución en manos de un compatriota de Alberto, Jordán de Sajonia. Dios había dado a Jordán un tacto especial para tratar y convencer a gentes de universidad. Más de mil vistieron el hábito durante su gobierno, salidos de los claustros universitarios de Nápoles, de Bolonia, de Padua, de París, de Oxford y de Colonia. Y no era infrecuente el caso en que, al frente de los estudiantes y capitaneando el grupo, lo vistiera también algún renombrado profesor.

Alberto cayó en sus redes. Un sueño en el que la Virgen le invitaba a hacerse religioso y el hecho de que Jordán le adivinara las indecisiones que le atormentaban, le indujeron a dar el paso. Con ello no abandonó los estudios de la Universidad. Domingo quería sabios a sus frailes; sólo que a la sabiduría clásica debían añadir el conocimiento profundo de las verdades reveladas. El joven novicio dedicó cinco años a la formación que le daban los nuevos maestros, y el Chronicon de Helsford resume su vida .de estos años diciendo que era “humilde, puro, afable, estudioso y muy entregado a Dios”. La Leyenda de Rodolfo lo describe como “un alumno piadoso, que en breve tiempo llegó a superar de tal modo a sus compañeros y alcanzó con tal facilidad la meta de todos los conocimientos, que sus condiscípulos y sus maestros le llamaban el filósofo”.

Terminados los estudios empiezan la docencia y la carrera de escritor, menesteres en que consumiría su vida, salvo dos paréntesis administrativos, uno al frente de la provincia dominicana de Germania, y otro, ya obispo, al frente de la diócesis de Ratisbona. Su vida docente empezó en Colonia. Después pasó a regentar cátedra en Hildesheim, en Friburgo, en Estrasburgo, de nuevo en Colonia y en París. Simultaneó la labor de cátedra con la de escritor y comentó los libros de Aristóteles, los del Maestro de las Sentencias y la Sagrada Escritura. Pedro de Prusia escribió este elogio de la obra de Alberto: Cunctis luxisti, / scriptis praeclarus fuisti, / mundo luxisti, / quia totum scibile scisti: “Ilustraste a todos; fuiste preclaro por tus escritos; iluminaste al mundo al escribir de todo cuanto se podía saber.”

Para desarrollar su labor docente y escrita le había dotado Dios de un fino espíritu de observación. Estudió las propiedades de los minerales y de las hierbas, montando en su convento lo que hoy llamaríamos un laboratorio de química. Estudió también las costumbres de los animales y las leyes de la naturaleza y del universo. Movilizó un equipo de ayudantes, hizo con ellos excursiones audaces y peligrosas a lugares difíciles, viajó mucho, gastando lo que pudo y más de lo que pudo, todo con el fin de robar sus secretos a la obra de la creación.

A la observación añadió la habilidad, y al laboratorio conventual de química sumó lo que llamaríamos gabinete de física y taller mecánico. Dice la leyenda que construyó una cabeza parlante, destruida a golpes por su discípulo Tomás de Aquino al creerla obra del demonio. La anécdota, que no es histórica, ilustra el espíritu positivo y práctico del Santo, que sí lo es. Por todo ello entre los elementos formadores del carácter alemán, sentimental, artista, práctico y exacto, cuenta Ozanam a los Nibelungos, al Parsifal, a la obra poética de Gualter de Vogelweide y a las obras de San Alberto Magno.

Su labor no terminó con el estudio de las criaturas. Además de naturalista era teólogo y santo. Precisamente para serlo se decidió en Padua a simultanear la Escritura con el Trivium y el Quatriyium y a frecuentar a la vez la Universidad y el convento de dominicos. No es extraño, pues, que, cuando se puso a escribir sus veinte volúmenes en folio, lo hiciera señalándose a sí mismo una meta clara: Et intentionem nostram in scientiis divinis finiemus: “Terminaremos todos hablando de las cosas de Dios”. Y así, a la Summa de creaturis siguieron los Comentarios a las Sentencias, los Comentarios a la Biblia y una serie de opúsculos de muy subida espiritualidad. Nada tenía interés para él si no terminaba en Dios. De estudiante lo vimos ya piadoso y sobrenaturalizador de su vida estudiantil. Tomás de Cantimprano describe así su vida de maestro: “Lo ví con mis ojos durante mucho tiempo, y observé cómo diariamente, terminada la cátedra, decía el Salterio de David y se entregaba con mucha dedicación a contemplar lo divino y a meditar”.

Se dijo más arriba que su paso por la vida no fue sólo el de un maestro y un escritor, fue también el de un gobernante. Metido en la barahúnda de la administración, se distinguió como árbitro, como pacificador, como reformador. Acaeció su muerte el 15 de noviembre de 1280, cuando tenía setenta y cuatro años. Le precedieron unos meses de obnubilación, como si esto fuera privilegio de los genios. También la sufrieron Tomás de Aquino, Newton y Galileo. En realidad la ciencia de aquí era nada para el conocimiento que con la muerte le iba a sobrevenir en la contemplación de Dios.

Quedan aquí señalados algunos de sus muchos merecimientos. Recordaremos otro singular. Alberto descubrió a Tomás de Aquino entre sus muchos alumnos de Colonia. Lo formó con mimo y con amor, porque adivinó las inmensas posibilidades de este napolitano. Luego influyó para que, joven aún, ocupara en París la cátedra más alta de la cristiandad. El Doctor Angélico murió antes que él. Algunos doctores parisinos quisieron proscribir sus doctrinas, y era preciso defenderlas. El Santo, ya viejo, cubre a pie las largas etapas que separan Colonia de París para defender a su discípulo. Su intervención fue eficaz y decisiva. La Iglesia y el mundo, que le deben mucho por lo que fue y por lo que hizo, le son deudores también en gran parte de lo que fue y de lo que hizo Santo Tomás.

EMILIO SAURAS, O. P.
Texto de Mercaba

16 comentarios leave one →
  1. Apologeta permalink
    noviembre 16, 2014 12:30 pm

    Maravillosos seres que han habitado nuestro hermoso planeta. ¡Cuanta falta hace gente así!

  2. noviembre 16, 2014 7:58 pm

    Santos que fueron y son martillo de la herejía.
    San Alberto Magno ora pro nobis!

  3. noviembre 15, 2015 6:55 pm

    ¿La Iglesia no puede existir sin un papa, o al menos no puede existir durante cuarenta años sin un papa, como dicen los sedevacantistas?

    • noviembre 17, 2015 5:09 pm

      Calderón.

      ¿Lo dices por tu cuenta o te lo dijeron otros?.

      La Iglesia Católica es una institución divina, perenne, y por tanto no requiere de un Papa viviente para existir. Si fuera el absurdo que afirman los cómplices de la Sinagoga, los 260 interregnos hubieran acabado con la Iglesia, cada uno en su momento…

      Como está profetizado, habría un momento en que uno o varios usurpadores se harían del sillón papal. Por eso la horrible crisis previa al final de los tiempos.

      Lo dijeron claramente los profetas San Daniel y San Juan, que si esos tiempos no fueran acortados, no quedaría ningún fiel sobre la faz de la Tierra. Pero al final Jesús y María triunfarán en el orbe, tal y como lo hicieron en la Eternidad.

      Unidad en la Verdad

    • salvador mena permalink
      noviembre 22, 2016 5:29 pm

      Aun y apesar el siglo de hierro casi de 10 Papas des filando por el “Sillón” de Pedro, a La Iglesia no le falto “Pontífices” aun anti-papas, como dijere San Roberto Belarmino Dr. Papal:”Algunos Papas Dios los quiere, a otros Papas Dios los permite, a otros Papas Dios los tolera” a La muerte de Angelo Roncalli los Papas legítimos no rompieron la cadena, Montini, Lucciani, Wojtyla, Ratzinger Tauber y Bergoglio, solo han fungido como “Obispejos” de Roma, Como lo revelo la legitima Sor Lucia de Fatima: “El 3° Secreto de Fatima tiene que ver coon el Papado, es la voluntad de Dios que apartir 1960 ya no hayan Papas electos en Cónclave sino Místicamente”…Un día se aclarara la confusión concerniente a los Papas CLEMENTE XV y GREGORIO XVII.
      Salvador Mena-Teólogo Católico
      Hermano en lucha contra en modernismo y tradicionalismo, las 2 Babilonias…

      • noviembre 23, 2016 1:25 pm

        Mena.

        ¿De dónde obtuviste esa versión del Secreto de Fátima?.

        Unidad en la Verdad

      • rot permalink
        noviembre 25, 2016 6:43 am

        Pues Dios quiso a Siri no a roncalli….. roncalli comenzó la línea usurpatoria.

      • noviembre 25, 2016 9:48 am

        Rot.

        Tampoco estamos seguros de que así haya sido. Lo que sí es verdad es que Siri accedió al plan, sin conocimiento, o con éste. Lo cual nos lleva a que no lo podemos autenticar como un papa verdadero, no tiene sentido lógico.

        Unidad en la Verdad

      • rot permalink
        noviembre 28, 2016 5:29 am

        Dios quiso a Siri, un pastor según Su Corazón.

      • noviembre 28, 2016 11:35 am

        rot.

        Realmente no lo sabemos, por el silencio del mismo Siri. Pero sí sabemos que Siri siguió el juego a Montini, Luciani y Wojtyla.

        Unidad en la Verdad

      • rot permalink
        noviembre 28, 2016 6:43 pm

        Eso es lo que los modernistas quieren que crean, que Siri les siguió el juego.

      • noviembre 29, 2016 8:15 pm

        Pues aquí aparece Siri celebrando la Nueva Misa Montiniana…

        http://www.catolicosalerta.com.ar/cardenal-siri/cardenal-siri-celebrando-el-novus-ordo.html

        ¿Es un montaje?.

        Unidad en la Verdad

  4. noviembre 16, 2015 7:41 am

    Foro Católico tengo una duda. Yahvé es el Dios de los judíos, sus elegidos ¿por qué Jesús no nombra nunca a Yahvé y habla del Dios Universal? ¿Es Yahvé el Padre del Nuevo Testamento?

    • noviembre 17, 2015 5:15 pm

      Jesús lo nombra Mi Padre, porque es Su Padre.

      Los judíos lo llamaban Yahvé, con su nombre teológico (El que Es). Los cristianos lo llamamos Dios Padre, conocedores del dogma de la Santísima Trinidad.

      Unidad en la Verdad

  5. noviembre 17, 2015 7:39 am

    DOMINACIÓN CRISTIANA

    Durante la Edad Media, a través de persecuciones que resultaban en muertes, encarcelamientos de por vida y destierros, los elementos librepensadores, progresistas e intelectuales fueron persistentemente eliminados en grandes zonas, dejando la perpetuación de la Raza en manos de los brutos, los serviles y los estúpidos. Ahora es imposible decir hasta qué punto la Iglesia Romana ha dañado la capacidad cerebral de Europa con estos métodos.
    (Madison Grant, “The passing of the great race”).

    La llegada del cristianismo sumió a la filosofía clásica en siglos de olvido, y chocó con la establecida y antigua creencia europea en la desigualdad de los hombres. Extendiéndose primero entre los esclavos y las clases más bajas del Imperio Romano, el cristianismo vino a enseñar que todos los hombres eran iguales ante los ojos de un Dios creador universal, una idea que era totalmente alógena al antiguo pensamiento europeo, que había reconocido una jerarquía de competencia entre los hombres —e incluso entre los dioses. Oponiéndose a las tradiciones de la filosofía clásica y de la indagación científica, el cristianismo introdujo el concepto de un “Dios de la historia” único y omnipotente, el cual controlaba todos los fenómenos del universo —siendo los hombres y las mujeres creaciones de tal dios. Ya que todos los hombres y mujeres eran “hijos de Dios”, ¡todos eran iguales ante su Divino Creador! La fe en las interpretaciones de revelaciones supuestamente proféticas por parte de la Iglesia llegaron a ser más importantes que la investigación científica o filosófica; y cuestionar la visión de la realidad que tenía la Iglesia llegó a ser percibido como pecaminoso.
    (Roger Pearson, “The concept of heredity”, Parte 1).

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