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Louis Pasteur: científico e inventor católico; padre de la microbiología

septiembre 28, 2016
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Pasteur, genio católico que desmontó la ateísta doctrina de la generación espontánea.

Se celebra en 2011 el Año de la Química. El CSIC lanzó a los medios su participación el 8 de febrero, en su sede central en Madrid. La relación de esta disciplina científica con la Iglesia Católica –algo de lo que a buen seguro no se habló– se ha dado en importantes y conocidos personajes cuyas raíces de fe son perfectamente desconocidas.

Es el caso del francés Louis Pasteur (1822-1895), padre de la microbiología y químico de profesión, que comenzó estudiando en el vino los cristales que lo enturbian, y terminó descubriendo las bacterias, las levaduras, elaboró la teoría infecciosa de las enfermedades que dio pie a la erradicación de las mismas (principal causa de la actual longevidad occidental, y también de que la esperanza media de vida en África sea poco más de cuarenta años), desarrolló las primeras vacunas, etc. Inventó la pasteurización. Era católico, apostólico y romano.

Parece que fuera su piadosísima mujer la que devolvió la fe a su esposo. Dejó escritas cosas tales como

…Mi filosofía sale del corazón y no de la inteligencia; por eso digamos me rindo ante el sentimiento de Eternidad que brota espontáneamente a la cabecera de un hijo querido a punto de exhalar su último suspiro. En esos momentos supremos, en lo profundo de nuestra alma, presentimos que el mundo debe ser algo más que una mera combinación de sucesos debida a un equilibrio mecánico, surgido simplemente del caos de los elementos por una acción gradual de las fuerzas de la materia.

   En su discurso de recepción en la Academia de Ciencias de Paris, decía:

   En cuanto a mí, que juzgo que las palabras progreso e invención son sinónimos, me pregunto en nombre de qué descubrimiento nuevo, filosófico o científico, se puede arrancar al alma humana estas altas preocupaciones (refiriéndose a la existencia de Dios, mencionada líneas atrás en dicho discurso)…

Me parecen ser de esencia eterna, porque el misterio que envuelve el universo y del cual éstas emanan es él mismo eterno de naturaleza. Se cuenta que el ilustre físico inglés Faraday, en las lecciones que daba en la Institución real de Londres, nunca pronunciaba el nombre de Dios, aunque sea profundamente religioso. Un día, excepcionalmente, soltó este nombre y se manifestó de repente un movimiento de aprobación simpático. Faraday, percibiéndolo, interrumpió su lección con esas palabras: «acabo de sorprenderos al pronunciar aquí el nombre de Dios. Si nunca me sucedió antes, es que soy un representante de la ciencia experimental en estas lecciones. Pero la noción y el respeto de Dios llegan a mi mente por vías tan seguras como las que nos conducen a verdades de orden físico…

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El positivismo no peca sólo en un error de método. En la trama de sus propios razonamientos, en apariencia muy rigurosos aparece una considerable laguna… consiste en que, en esta concepción positivista del mundo, no toma en cuenta la más importante de las nociones positivistas, la del infinito… La grandeza de las acciones humanas se mide con la inspiración que les da a luz. Dichoso el que lleva en sí a un Dios, un ideal de belleza y que le obedece: ideal del Arte, ideal de la ciencia, ideal de la patria, ideal de las virtudes del Evangelio. Son aquí fuentes vivas de grandes pensamientos y de grandes acciones. Todas se aclaran con los reflejos de lo infinito.

En la bóveda de su panteón están escritas algunas de éstas últimas palabras. Su sobrina nieta Maurice Vallery Radot, escribió sobre las creencias de su tío-abuelo en un artículo de prensa y un libro. Comentan que murió con un rosario en las manos.

La vacuna contra la rabia: el caso del partorcito

En julio de 1885 se le presentó a Pasteur el caso de Joseph Meister, un pastorcito de 9 años de edad que había sido atacado por un perro rabioso en una aldea de Alsacia, Francia, donde vivía. El médico del lugar temió por su vida y decidió enviarlo a París  para que lo examinara el famoso químico.

Pasteur quedó impresionado por las 12 o mas mordeduras profundas que el niño mostraba en manos y piernas. Ese mismo día el doctor Jacques Grancher, colega de Pasteur, le inyectó a Joseph líquido cefalorraquídeo tomado de la médula espinal de un conejo que había muerto de rabia 15 días antes. Joseph —que llegó acompañado de su madre— fue llevado al alojamiento que le había conseguido Pasteur, y entonces se inició una prolongada y angustiosa espera cada día le administraban una inyección más potente al niño.

“En los últimos días del tratamiento”,escribió después Pasteur, “le inoculé el germen más virulento que pude obtener: el de un perro… Mi justificación era la experiencia que había tenido con 50 perros rabiosos. Una vez que se ha adquirido la inmunidad, hasta el peor virus se puede inyectar sin efectos dañinos.’

Al cabo de dos semanas y aún sin resolverse el destino de Joseph, Pasteur no pudo soportar más la espera y se tomó unas breves vacaciones en la provincia de Borgoña. “Viví cada día con el temor de recibir un telegrama que me dijera que había ocurrido lo peor, escribiría después.

Pero el telegrama nunca llegó y Pasteur regresó a París para enterarse de que el niño se había recuperado por completo. Durante los 18 meses siguientes, unas 2.500 personas fueron curadas por Pasteur con el mismo tratamiento, tras  haber sido mordidas por animales rabiosos. Sobrevivieron todas menos diez.

Además de proveer un remedio para combatir la rabia, la labor de Pasteur abrió camino a la inmunología. Gracias a las vacunas hoy día es posible prevenir unas 30 enfermedades invalidantes o mortales, entre ellas el sarampión, la poliomielitis y la difteria. En 1888 se inauguró en París el Instituto Pasteur, en parte para emprender más investigaciones destinadas a la prevención y el tratamiento de la temible hidrofobia.

A pesar de una apoplejía que lo dejó semiparalizado, el ya famoso químico dirigió dicha institución hasta su muerte, el 28 de septiembre de 1895. Fue sepultado en una magnífica tumba de mármol dentro del Instituto, cuyo epitafio él mismo había dictado.

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4 comentarios leave one →
  1. Candela permalink
    septiembre 28, 2016 4:02 am

    Su funeral fue el propio de un jefe de estado en la Catedral de Notre Dame. En su lápida se leen hoy sus palabras: Feliz aquel que lleva consigo un ideal, un Dios interno, sea el ideal de la patria, el ideal de la ciencia o simplemente las virtudes del Evangelio.

  2. Candela permalink
    septiembre 28, 2016 4:16 am

    Declaraba:”Cuánto más conozco, tanto más cerca está mi fe de la de un campesino Bretón. Quisiera conocerlo todo y desearía la fe de una campesina Bretona”. Lo que el nunca habría comprendido, sobre todo, es el fracaso de los científicos a reconocer la demostración de la existencia de Dios presente en el mundo que nos rodea.

    Murió con su rosario en sus manos, después de escuchar la vida de San Vicente de Paúl, había suplicado que se la leyesen, pensaba que con su trabajo como el de San Vicente podría hacer mucho para salvar a los niños que sufrían.

  3. Candela permalink
    septiembre 28, 2016 5:23 am

    Y vaya si vivió, Meister y tantos otros como nosotros que en no poco le debemos la vida, claro que sí.

  4. Restaurador permalink
    septiembre 28, 2016 10:20 am

    ¡¡¡ EXCELENTE POST !!! 😯

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