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Testamento a Cicerón que deberían entender todos los políticos: Sobre la mujer

junio 5, 2016

roma3

(Transcrito de La Columna de Hierro, de Taylor Caldwell)

“…..  Siéntate, le dice su madre poco después, tengo que hablarte.  Marco obedeció, y vió que el rostro oliváceo de su madre se sonrojaba con el rosa se una doncella. A él le pareció tan joven como siempre.  Llevaba el pelo recogido en torno a su cabeza, aquel cabello que se parecía tanto al de Quinto, revoltoso, indomable, rizado y muy oscuro.  Estaba más rolliza que en su primera juventud y eso que no tenía más que treinta y dos años.  Se parece a Ceres, pensó Marco, la madre de la tierra y las cosechas.

Ya sé que tu abuelo, tu padre y tu maestro te han hablado, dijo, pero ahora debes recibir los consejos sensatos de una mujer. Los hombres piensan en sueños; las mujeres en realidades. Ambos son necesarios.

¿En qué consiste un hombre de verdad? ¿Qué sería de esos hombres si yo dejara mi rueca y mi cocina  y me sentara a sus pies para escucharles?  No tendrían ropas de lino ni de lana para vestirse y sus platos estarían vacíos a la hora de comer. A pesar de sus sueños y sus sesudas disquisiciones a los hombres les gusta mucho comer.  Tu abuelo es todo patriotismo y no sabe salir de ese tema. Pero si una esclava hace mal una costura, se pone furioso.  Tu padre no piensa más que en Dios, pero si un manjar no está bien cocido, lo aparta a un lado con disgusto. Una diría que tan grandes pensadores deberían estar por encima de esas pequeñeces. Pero a los hombres les gusta vivir cómodamente y se ofenden si no se les atiende bien. Si las mujeres se convirtieran en filósofas, científicas o artistas, y descuidaran el telar y las sartenes, ¿quiénes  serían los que más se quejarían aunque admiran el talento de las mujeres? Los hombres.

Somos criaturas de la tierra al igual que criaturas del pensamiento, prosiguió Helvia.  El abuelo se burla de lo que llama mi materialismo y mi preocupación por la rutina diaria. Pero es el primero en quejarse si la casa no marcha como debe. Tu padre, cuando ambos éramos jóvenes, me ofreció libros de poesía y filosofía, esperando sin duda que yo me convirtiera en otra Aspasia. Pero si sus botas no estaban forradas de piel en invierno y sus mantas estaban deshilachadas y no había otras disponibles, me echaba una mirada de reproche.  !Qué paciencia han de tener las mujeres con esas criaturas tan infantiles! 

Te hablaré de los hombres, dijo Helvia, y también de las mujeres, porque nosotras asimismo formamos parte del género humano y quizá seamos la parte más importante.   Los dioses masculinos se solazan entre ellos. Dejemos a un lado a Venus, que sólo se preocupa de las pasiones de los hombres. La sabiduría es patrimonio de las mujeres, como se ve en Minerva.  El dominio de la voluntad también es atributo femenino, fíjate si no en Diana. El cuidado de hombres y niños es cosa de mujeres, y ahí tienes a Juno. Observa que las diosas preocupadas con las pasiones de los hombres y en la satisfacción de tales pasiones son las diosas improductivas. No contribuyen en nada al mejoramiento de la vida y son fuerzas desintegradoras.

Cuando una mujer ha querido hacer el papel de un hombre ha provocado un cataclismo. Cada cosa en su sitio, y hombres y mujeres a cumplir sus papeles respectivos.  Observarás que tal como está ordenada la vida todo tiene una misión definitiva y cumplirla es su deber.  El hombre es el único desordenado, con sus demandas incongruentes.  Si pudiera, incluso doblegaría a Dios a hacer su voluntad. Con las mujeres no ocurre nada parecido ; las mujeres somos las servidoras de Dios. Sabemos cumplir con nuestro deber.

Las actuales mujeres romanas, prosiguió Helvia,  han sido persuadidas por los hombres y creen que deben tomar parte en las cosas hasta ahora reservadas al sexo masculino.  ¿Y cuál ha sido el resultado?  Las mujeres de hoy son tan extravagantes como los hombres y han asimilado todas sus maldades y trivialidades, sin que, en cambio, hayan alcanzado la noble inteligencia que tienen algunos. No han asimilado más que su infantilidad. Y son exigentes, insistentes, vengativas, enamoradas de su propio cuerpo, que las arrastra a la lujuria. Se han convertido en esclavas en todos los sentidos, aunque ellas  se crean mujeres emancipadas. Son juguetes que fastidian cuando se les pasa la juventud, no las Aspasias que creen ser. Cuando pierden su juventud y sus encantos, ¿qué les queda?  No saben ser amas de casa ni consolar. Son arpías que envejecen. Y si se meten en política, son un desastre. Corrompen, no elevan. Abandonan a sus hijos por los juegos, los deportes y la plaza del mercado. Y luego sus hijos reflejan su desorden y sus torpes delitos. No tienen respeto por sí mismas porque no son respetables, ni merecen respeto. Y sus esposos las deshonran, porque ellas en realidad nunca fueron esposas.

 Pero también habrá mujeres juiciosas, objetó Marco.

 Claro que las hay, repuso Helvia.  Son aquellas que, no importa dónde las arroje la vida, nunca olvidan que son mujeres. 

Consideremos de nuevo a Aspasia. Fue amada por Pericles, y él la consultaba porque era un hombre sensato y necesitaba los prudentes consejos de una mujer.  Pero ella nunca olvidó que era hembra, a diferencia de las mujeres de ahora, que no han traído más que desgracias. Ella dio todo a Pericles y no le pidió cosas que estuviesen por encima de su naturaleza. Fué siempre una mujer. Pero, ¿cuántas quedan como Aspasia hoy en Roma?

Hijo mío, cuando te dé consejos sobre tu futuro, harás bien en escucharme. Al hombre verdadero se le conoce porque domina sus apetitos.  Se caracteriza por su devoción  hacia su familia y los intereses familiares, y no se irrita fácilmente, honra al dinero porque representa al trabajo y rechaza todas las cosas que puedan perjudicar a su país, a sus dioses, a su familia. Es buen esposo, cuidadoso de todas sus cosas, con aguante para los sufrimientos e indiferente al dolor. Nunca se desilusiona porque jamás se deja llevar por  falsas fantasías y sueños imposibles.  Cumple con su deber, sobre todo cumple con su deber con prudencia y tras larga reflexión.

Años más tarde, Marco escribiría :   “Mi maestro, mi abuelo, mi padre y mi madre me dieron consejos muy diferentes. Sin embargo, al igual que los cuatro pétalos de una rosa silvestre de agradable aroma, formaron un solo conjunto, como si fuera una bella flor. En lo esencial estuvieron de acuerdo.   !Bendito el hombre que ha tenido un sabio maestro, un abuelo austero, un padre espiritual y tierno y una madre prudente”.

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3 comentarios leave one →
  1. Guillermo Hispánico permalink
    junio 5, 2016 11:02 am

    http://es.aleteia.org/2016/05/24/las-desgarradoras-oraciones-de-nietzsche-al-dios-desconocido/

    creo que sería interesante hacerse eco de esta noticia sobre Nietzsche y su dudoso ateísmo radical.

  2. Realismo permalink
    junio 6, 2016 7:36 am

    Bélgica: Una Iglesia católica se convierte en boutique de lujo
    http://traditioninaction.org/RevolutionPhotos/A681-Namur.htm

  3. junio 15, 2016 9:52 pm

    Se lo envie a unas feministas para que se instruyan.

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