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Alvar Fáñez y su esposa (El Conde Lucanor)

noviembre 25, 2015

Alvar Fáñez

Alvar Fáñez Minaya

Alvar Fáñez Minaya, que había combatido valerosamente al lado del Cid Campeador en muy gloriosas batallas, llegado a la edad madura pobló la villa de Iscar y se retiró a vivir en ella, sin parientes ni amigos. Decidido a acabar con su soledad, cierto día fuese a ver al conde don Pedro Ansúrez, fundador y señor de Cuéllar. Mucho le agradeció el Conde la visita, y después de haber comido rogó a don Alvar Fáñez que le hiciese saber a qué causa debía el gozar la presencia de tan inesperado huésped.

– Es muy sencillo, dijo don Alvar Fáñez ; vengo a pediros una de vuestras hijas para casarme con ella. Pero si me queréis recibir por vuestro yerno habéis de hacer de modo que yo pueda hablar unos momentos a solas con cada una de ellas para escoger después la que mejor me parezca.

Viendo el Conde que mucho bien le vendría de tener por yerno a tan ilustre caballero, díjole que hiciera como quisiera.

Don Alvar Fáñez apartóse a un lado con la hija mayor y le dijo que quería casarse con ella, pero que antes de hablar del matrimonio había de hacerle saber que él no era ya nada mozo, y que con la fatiga de los años y las muchas heridas que había recibido en las guerras siempre estaba enfermo, lleno de dolores y necesitado de cuidados, y que con los sufrimientos habíasele agriado tanto el carácter, que injuriaba a cada paso a los que le rodeaban y a veces los maltrataba y hería. Y añadió otras muchas desfavorables cosas, con ánimo de probar a la doncella, pintando tal retrato de sí mismo, que cualquier mujer vulgar podría tenerse por muy dichosa libre de tal marido.

La hija del Conde respondió que no le tocaba a ella arreglar su casamiento, sino a sus padres, y que en aquello y en todo estaba dispuesta a hacer cuanto ellos le ordenasen. Pero después, tratando en secreto con el Conde y la Condesa, díjoles que prefería morir a ser esposa de aquel caballero. Lo mismo anunció la hija mediana, después de que don Alvar Fáñez hubo conversado con ella.

No faltaba ya sino hablar con la más joven, la cual, cuando Alvar Fáñez Minaya le hubo dicho lo que había asustado a sus hermanas, respondió que ni aquello ni mucho más bastaría a aminorar la honra de recibir por marido a tan insigne y famoso varón ; que si él era viejo y estaba enfermo, ella se tendría por dichosa con tratar de disminuir sus penas con sus cuidados y afecto, y que si era iracundo y colérico nada suponía para ella, pues estaba segura de que jamás había de disgustarlo ni en la cosa más pequeña.

Tantas razones análogas dijo la doncella, que don Alvar Fáñez dio gracias a Dios por haberle concedido hallar mujer de tanto entendimiento ; pidióla por esposa al Conde su padre, y de allí a poco fueron las bodas, en medio de muchas fiestas.

Don Alvar Fáñez llevó su mujer a su casa, y encontró en ella esposa tan cuerda y prudente, tan llena de buen juicio y tan conocedora del mundo, que en adelante no hizo cosa alguna sin consultarla primero con la dama ; se guió de la opinión de su mujer más que de la suya propia, fiado en que la gran discreción de la señora, unida al grandísimo deseo de acertar que tenía en cuanto pudiera redundar en honra y provecho de su esposo, daba doblado valor a sus consejos. Y esto fue causa de que, no sin cierto desprecio, se dijera entre los señores de la corte que don Alvar Fáñez Minaya, después de casado, no hacía más que lo que quería su esposa.

Llamado por el Rey, hubo de ir algún tiempo a palacio, y allí cobró grande afecto a un sobrino que en la corte tenía. Llegada la hora de los adioses, cuando don Alvar Minaya se volvía para su solar aldeano, preguntó a su sobrino qué opinión lo quedaba de él.

– En todo me parecéis perfecto caballero, dijo el sobrino, y ni yo ni nadie sabe poneros más que una sola tacha.

– ¿Cuál es?, preguntó sobresaltado Alvar Fáñez.

– Que dicen que en todo os dejáis llevar del consejo de vuestra mujer.

Nada respondió Minaya, echando la conversación por otro terreno, y en el momento de partir invitó a su sobrino para que lo acompañara hasta su casa. Aceptó el mozo, y los dos cabalgaron muy contentos.

Al cuarto día de viaje, a media jornada de la villa de Iscar, ya dentro de los estados de Minaya, salió a recibirlos la mujer de Alvar Fañez, noticiosa de que su esposo venía cercano. Muy alegre fue al encuentro, y cambiando los saludos de bienvenida, Fáñez Minaya y su sobrino cabalgaron algo delanteros, mostrándole el señor al huésped las tierras de su señorío.

A poco trecho vieron una numerosa vacada que pacía en unos prados. Y dijo Alvar Fáñez :

– ¿Dónde vísteis tan hermosas yeguas como las que pastan en aquella pradera?

– ¿Cómo yeguas, replicó el sobrino todo maravillado, si son vacas y terneros?

– ¿Queréis decírmelo a mí que soy su dueño?  Yeguas son, y bien yeguas ; de la casta de los caballos ligeros que desde la corte nos han traído tan rápidamente.

Volvió a decir el mancebo que no eran sino vacas, y el tío porfió de nuevo, afirmando que su sobrino debía tener enferma la vista o la inteligencia cuando no sabía reconocer aquellos animales por yeguas ; lo mismo, por la razón contraria, pensaba el mozo forastero.

Prolongó la disputa Alvar Fáñez hasta que su mujer se fue acercando adonde ellos estaban, y así que la vió vecina le dijo a su sobrino :

– Aquí viene mi mujer, quien podrá decidir cuál de los dos lleva razón en la contienda. Parecióle muy bien al sobrino, y cuando llegó la dama hablóle de esta suerte :

– Señora : Don Alvar Fáñez y yo estamos disputando porque él dice que estas vacas son yeguas y yo digo que son vacas, y tanto hemos porfiado, que él me tiene por loco y yo juzgo que él no está en su juicio ; dirimid vos, ahora, nuestra contienda.

A la dama no le cabía duda de que eran vacas los animales aquellos ; pero ya que su sobrino decía que Alvar Fáñez las había llamado yeguas, estuvo en seguida dispuesta a hacerlas pasar por tales ante el mundo entero.

– Bien me duele, sobrino mío, dijo, no poder daros la razón, ya que fiáis de mi juicio ; pero tengo que confesar que no ha sido de gran provecho para vuestra vista ni para vuestro entendimiento la estancia en los palacios del Rey cuando creéis que son vacas las yeguas.

Y fuéle describiendo una a una, con sus formas y colores, todas las presuntas yeguas, diciendo, al propio tiempo, cómo de lo afirmado por Alvar Fáñez no se podía dudar. Y tanto convencimiento ponía en su descripción, que el sobrino y los jinetes de la escolta acabaron por pensar que ella contemplaba lo verdadero, siendo ilusión de los ojos las vacas que veían ellos.

Hecho esto siguieron su camino, y Alvar Fáñez se adelantó algún tanto conversando con su huésped. Pero después descubrieron una yeguada que posaba en unos prados. Y no bien la hubieron visto cuando dijo Alvar Fáñez :

– Estas sí que son vacas y no las yeguas que antes queríais hacer pasar por tales.

– Por Dios, tío, dijo el mancebo todo sofocado , que ya voy pensando que el diablo me trajo con vos para que me vuelva loco en vuestras tierras ; que, o he perdido el entendimiento, o esas son yeguas aquí y en todas partes.

Don Alvar Fáñez sostuvo con grandes voces que eran vacas ; el sobrino no quería dejar de tenerlas por yeguas, y estuvieron disputando hasta que llegó la esposa de Fáñez Minaya, la cual, enterada de la cuestión, aunque a ella le parecía verdad lo que decía el sobrino, no pudo admitir que se  equivocara su marido ; creyó lo que él decía y adujo una porción de razones para aprobar la afirmación de Alvar Fáñez.

Fueron adelante, hasta llegar a un muy ancho río, cuya corriente movía buen número de  molinos que se alzaban sobre las aguas. Al abrevar las bestias, dijo don Alvar Fáñez que el río corría hacia su nacimiento y que a los molinos les entraba el agua por donde en realidad salía. Al oír aquello, se tuvo por completamente loco el sobrino ; pues si se había equivocado tomando a las vacas por yeguas, y a las yeguas por vacas, también caería en error ahora, al notar cómo las aguas corrían en dirección opuesta a la que decía don Alvar Minaya. Sin embargo, no se resignó a pasar por lo que su tío afirmara, contra lo que veían sus ojos, y discutió largamente con él, hasta que llegada la esposa y enterada de la disputa, aunque su vista daba razón al mozo, ya que Alvar Fáñez decía lo contrario, tuvo esto por cierto, y defendió con tantas razones lo dicho por su marido, que todos se dieron por convencidos de que el río corría cauce arriba.

Siguieron su camino, y el mancebo iba cabizbajo y entristecido, creyendo haber perdido el juicio, ya que nada era verdad de cuanto veían sus ojos. Al cabo de un buen trecho, don Alvar Fáñez acercó al suyo su caballo, y dándole una palmada en un hombro, le dijo :

– Ahora, sobrino, te he dado respuesta a lo que me dijiste el otro día de que las gentes me censuran, diciendo que en todo me dejo gobernar por mi esposa. Lo que ahora hice fue para que conocieras qué clase de mujer es la mía, y cómo puedo poner en su albedrío mi buena fama. Bien veía ella, como tú y yo, que eran vacas los primeros animales que encontramos ; pero como yo sostenía que eran yeguas, fiando más en las palabras de su esposo que en su vista, pues piensa ella que en ninguna cosa del mundo me puedo equivocar, al momento creyó y defendió con toda su alma cuanto yo decía, hasta haceros dudar a vos de la integridad de vuestro buen juicio. Idéntico fue con las yeguas, que yo convertí en vacas, y con el río, que hice correr huyendo de su desembocadura. En verdad puedo deciros que desde aquel día que con ella casé, en nada hizo sino lo que produjera el bien mío, ni nada quiso sino cumplir mi voluntad. ¿Qué mucho que de quien hasta ese punto me ama y desea mi honra y ventaja tome yo devotamente los consejos?

Mucho se alegró el sobrino con oír esto, comprendiendo que sólo bienes podían venir para Alvar Fáñez Minaya de atender a tal consejera. Y antes de puesto el sol llegaron al castillo, donde mucho se celebraron los acontecimientos de aquel día.

4 comentarios leave one →
  1. Jacob permalink
    noviembre 25, 2015 4:57 pm

    ECLESIASTICO 26

    1 ¡Feliz el marido de una buena esposa: se duplicará el número de sus días!

    2 La mujer hacendosa es la alegría de su marido y él vivirá en paz hasta el último de sus días.

    3 Una buena esposa es una gran fortuna, reservada en suerte a los que temen al Señor:

    4 sea rico o pobre, su corazón será dichosos y su rostro estará radiante en todo momento.

    5 Hay tres cosas que me inspiran temor, y por la cuarta imploro misericordia: ciudad dividida, multitud amotinada y falsa acusación son más penosas que la muerte.

    6 Pero pesadumbre y duelo es la mujer celosa de su rival, y en todo está presente el flagelo de la lengua.

    7 Un yugo mal ajustado es una mala mujer: tratar de sujetarla es agarrar un escorpión.

    8 Una mujer bebedora provoca indignación: ella no podrá ocultar si ignominia.

    9 en el descaro de la mirada y en sus pupilas se reconoce la procacidad de una mujer.

    10 Redobla la guardia ante una joven atrevida, no sea que descubra una ocasión se aproveche.

    11 Cuídate de las miradas provocativas y no te sorprendas si te incitan al mal.

    12 Ella abre la boca como un viajero sediento y bebe toda el agua que se le ofrece; se sienta ante cualquier estaca y abre su aljaba a todas las flechas.

    13 La gracia de una mujer deleita a su marido y su buen juicio lo llena de vigor.

    14 Una mujer discreta es un don del Señor y no tiene precio la esposa bien educada.

    15 Una mujer pudorosa es la mayor de las gracias y no hay escala para medir a la que es dueña de sí misma.

    16 Como el sol que se eleva por las alturas del Señor, así es el encanto de la buena esposa es una casa ordenada.

    17 Como una lámpara que brilla sobre el candelabro sagrado, así es la belleza del rostro sobre un cuerpo esbelto.

    18 Columnas de oro sobre un zócalo de plata son las piernas hermosas sobres talones firmes.

  2. Alvar Freyre permalink
    noviembre 25, 2015 7:27 pm

    Viva Cristo Rey!!

  3. Inés. permalink
    noviembre 26, 2015 5:50 am

    Hermosa y profunda historia magistralmente contada por el Infante Don Juan Manuel en su “El Conde Lucanor” ; no en vano era nieto del Rey de Castilla y León Fernando III el Santo.

    Ella , la esposa, entendió, y él, el esposo, supo entender con ella, que ambos eran una sola carne bendecida por un Sacramento que Nuestro Señor ha dispuesto sea indisoluble.

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