Skip to content

Las vocación de Gonzalo

julio 27, 2015

“Los caballeros de Loyola”, de R. Pérez y Pérez,  es también un canto a lo que fue, y desdichadamente hace ya mucho que no es, la magnífica formación, académica y religiosa, que los muchachos recibían en los colegios de los jesuitas.  Es la historia de la vocación de Gonzalo, hijo único de la marquesa de Collalbo, educado en el  mismo internado en el que se educó Azorín, del que habla en algunos de sus libros con enorme cariño, el convento de Santo Domingo de  Orihuela, Alicante, que primeramente había sido Universidad de la Orden de Predicadores y que más tarde pasó a manos de los padres Jesuitas, soberbio edificio, milagrosamente en pie tras la criminal desamortización del judío Mendizábal. 

En el capítulo XIV Gonzalo, más que temeroso de que se oponga, le expone a su madre su vocación y su deseo de ingresar en el Noviciado de la Orden. 

– “¿Qué te pasa, Gonzalo?  ¿Es alguna mala noticia?

La voz de la Marquesa tenía un levísimo tinte de inquietud al elevarse en la quieta mansedumbre del gabinete donde acababan de llevarle la correspondencia de la mañana.  En Marafí se recibía el correo dos veces al día.  En el gabinete, a más de doña Magdalena, que leía atentamente sus periódicos, estaba don Cristino, muellemente retrepado en una butaca con “El Siglo Futuro” entre las manos. Era costumbre, luego de oír la Misa de ocho en la parroquia, acompañar a la hermana hasta su casa, desayunar con ella y abrir toda la correspondencia de negocios.

Al oír a la Marquesa, levantó los ojos del periódico y los puso en su sobrino, que terminaba en aquel momento de leer una larguísima carta respondiendo a la pregunta de su madre.

– Al contrario, mamá, muy agradable. ¿Tú te acuerdas de Ferreiro?  Aquel muchacho rubio que ha sido brigadier de la tercera cuando yo entré en Santo Domingo, y lo fue de la primera este año pasado?…  Pues acaba de llegar a Roma y me escribe desde allí.

– ¿A Roma? Pero…. ¿en viaje de recreo? , preguntó el Conde.

– No, señor, y precisamente eso es lo que más me alegra. Va como alumno de la Escuela española de Bellas Artes. Quiere ser pintor.

– !Qué disparate! , murmuró la Marquesa. Para triunfar en esa carrera se necesita ser una notabilidad.

– Se necesita simplemente tener condiciones de artista y un gran optimismo para no desmayar en los comienzos, objetó don Cristino.  ¿Qué sabes tú si Ferreiro los tiene?

– Sí, los tiene, y además mucho dinero y muchas relaciones. Sobre todo, el dinero es el factor principal que le permitirá dedicarse al arte sin malograr las disposiciones que tantos genios en embrión estrangularon para ganarse el pan de cada día.

– Eso sí, concedió la Marquesa.  Muchos no llegan porque las necesidades de la vida se interponen entre ellos y su concepción artística.

– Este pobre muchacho ha llevado una lucha tremenda con su familia.

– ¿No querían?

– !Ni oírlo nombrar!   Y eso que el Padre Benavente, que como saben ustedes es hombre de mucha pupila, le dijo varias veces a su padre que fracasaría en cualquier profesión a la que le dedicasen porque era una vocación manifiesta y definida la del muchacho.

– El padre, ¿qué es?

– Ingeniero de minas.

– Y por lo visto, ¿quería que el hijo fuese también ingeniero como él?

– Y el hijo no puede con las matemáticas. Mire usted que es inteligente, ¿eh?…. Pues suspenso en Aritmética y Geometría, suspenso en Álgebra, suspenso en Trigonometría. !Un desastre!

– !Buen ingeniero nos dé Dios!, rió en Conde.

– !Ya ve usted!  !Hasta que al fin el buen señor se ha tenido que convencer de que Dios no llamaba a su hijo por ese sendero, y por lo que se ve ha transigido con las aficiones artísticas del chico.

– Por ahí debió haber empezado, aseguró doña Magdalena.  No hay nada más sagrado que una vocación, sobre todo en materia de carreras. Nunca he pensado en contrariar la tuya, Gonzalo.  ¿Tú ves que me horrorizo de que seas militar?  Pues, sin embargo, ya ves ; de haberlo tomado muy a pecho, habría transigido seguramente.

A Gonzalo le dio un golpe el corazón al oír estas palabras de su madre.  ¿Sería posible que consintiese?….  Le parecía ver llegada la ocasión propicia que en vano había esperado día tras día, y una repentina decisión de hablar y romper de una vez aquella traba que le ahogaba, se apoderó de él.  El tío Cristino le facilitó aún más el terreno con unas breves frases.

– No es por ahí, Magdalena.  Me parece a mí que Gonzalo es más hombre de pluma que de espada.

– !Ojalá!  Me gustaría mucho la carrera diplomática. Muchos de nuestros familiares se distinguieron en ella.  ¿Tú has pensado ya algo sobre tu porvenir?  La Marquesa se dirigía a su hijo con mirada un poco ansiosa y actitud expectante.  Y Gonzalo sintió a Dios dentro de sí comunicándole una inesperada fortaleza al responder sin perder un ápice su serenidad.

– Si, mamá. He pensado y he decidido.

– ¿Y qué piensas estudiar?  ¿Derecho, desde luego?

– No, mamá ; pienso estudiar Teología y cantar misa en la Compañía de Jesús si mis superiores me juzgan digno de esa altísima merced.

Si el techo artesonado del mayestático gabinete se hubiese hundido en mil pedazos a los pies de la Marquesa y de su hermano  dejándoles milagrosamente ilesos, no fuera mayor el aturdimiento y el pasmo que se apoderaron de ambos hermanos. El primero que recobró su equilibrio espiritual, y con él el uso de la palabra, fue el señor de Llimiana, quien, demudado y con un hilo de voz, preguntó a su sobrino como aquel que no tiene la seguridad de haber oído bien.

– ¿Qué….?   ¿Qué es lo que has dicho?  

– Que quiero ser jesuita, tío, y dedicarme al apostolado en las misiones de China o de la India. Por lo tanto, sólo espero el permiso de mi madre para irme al Noviciado de la Compañía.

El Conde de Llimiana se le quedó mirando fijamente, impresionado más que  por las palabras de Gonzalo por la firmeza con que fueron dichas. Y al mirarle advirtió en los ojos del sobrino aquella luz de misterio, de exaltación y ascetismo que tantas veces había visto fulgurar como un relámpago, o alumbrar las pupilas con suavidades ultraterrenas en las miradas de aquellos varones de sacrificio, caballeros del ideal, paladines del amor de Dios, a quienes trató en intimidad en Colombia y Chile.

Al mismo tiempo sintió un toque extraño en el corazón. Experimentó una viva repugnancia a mezclarse en aquella vocación para contrariarla.  Grande y confuso fue el revuelo de encontrados sentimientos que alborotó el mar de aquel espíritu ; pero sobre el egoísmo, sobre las conveniencias humanas, sobre el amor y el orgullo, dominó aquel inesperado sentimiento de respeto hacia las convicciones de su sobrino, y la visión clara de los derechos de éste, de su libertad de elección y de la injusticia que significaría mezclarse en aquel negocio que una voz de lo alto parecía gritarle que era cosa de Dios.  El Conde de Llimiana se prometió a sí mismo no poner mano en la obra de Dios. Y este fue uno de los mayores milagros de la gracia en aquel santo asunto de Gonzalo, tan turbio y difícil. Porque la neutralidad de don Cristino de Osorio era factor muy importante restado a las armas de la Marquesa.

Ahora, iban a quedar frente a frente la madre y el hijo. En los ojos de la Marquesa centelleaba la cólera cuando las tinieblas del estupor descubrieron el fondo de las pupilas.  Era una mujer de genio fuerte, y como todos los caracteres violentos, el primer arranque de ella era terrible. Por muy domado que este carácter estuviese gracias a la disciplina cristiana y al hábito social, el momento era tan excepcional que rompió las vallas y se escapó en unas frases llenas de rebeldía y de protesta.

– !Vamos hombre!….  ¿Y eres capaz de haberte figurado que yo voy a consentírtelo?

– No se desconcertó Gonzalo lo más mínimo.   ¿Y por qué no, mamá?

– !Ah, pues porque no!  Sin más razones. Es decir, por una razón capital : porque no creo en tal vocación, ¿sabes? Porque esto no es más que un capricho piadoso sugerido por tu convivencia con los jesuitas.

– Mi vocación, mamá, es una vocación bien probada. De niño, hace muchos años, ya la sentí a raíz de unos Ejercicios Espirituales, los primeros que hice.

– !Claro!  Tenías la cabeza llena de ejemplos terroríficos sobre el infierno y el purgatorio, y de sutilezas y exquisiteces místicas.  Confundiste, seguramente, como les ocurre a muchos chicos, un anhelo fugaz, una impresión breve, un impulso instantáneo de mejoramiento y perfección, con una vocación real….

¿Qué sabes tú lo que es una vocación, criatura?  La culpa no es tuya. La culpa es de los Padres que harto saben lo que se pescan y debieron enviarte a paseo con tus romanticismos.

– Sí, señor ; y me enviaron y lo tomaron a chunga ; pero cuanto menos caso me hacían y cuanto más me prohibían pensar en ello y cuanto más me imponían el silencio, más crecía el anhelo de ir a Dios dentro de mí. He aceptado todos los plazos, he resistido todas las pruebas. Y siempre he oído en el silencio de mi corazón esa voz de lo alto que me llama en todo momento, de día, de noche, en el placer, en el tedio, en el amor, en el olvido….. , !siempre!  Por eso, ante las dudas de mis superiores mi corazón se ha sentido herido y maltratado…..  !Si usted supiera lo que he sufrido!

– Y lo que te queda de sufrir aún si te aferras a esa ridícula manía….!  !Pues no faltaba más sino que después de lo que yo me he sacrificado por ti en este mundo, ahora, con sus manos lavadas, se te llevaran los jesuitas a convertir chinos!  Que los conviertan otros.  De manera que si lo  tenías ya amasado con los Padres, puedes escribirles que llamen a otra puerta, que el marqués de Collalbo no se queda para vestir sotana.  !Egoísta, eres un egoísta!

– Magdalena, por Dios ; no ultrajes al muchacho, intervino el Conde de Llimiana asustado del giro que tomaba la conversación.

–  Mamá, no te pongas así. Yo te agradezco con toda mi alma cuantos sacrificios has hecho. Los agradezco y te quiero con toda mi alma, pero pienso que es Dios quién me llama.

– ¿Dios…..?   !Buen sacrilegio cometen los que ponen a Dios como tapadera de sus conveniencias!

– Magdalena, no disparates, volvió a insistir conciliador el señor de Llimiana.

– !Ah!…. ¿También tú vas a darle la razón a los jesuitas?

– No hija, no. ¿A santo de qué? Pero estoy viendo que saliéndote del terreno no vais a llegar a ninguna conclusión práctica.  Ante todo, hay que tener serenidad.

– Yo no la he perdido aún, tío.  Me he limitado a exponerle a mamá la vocación que creo tener y a rogarle con toda humildad que me permita marchar al Noviciado de la Compañía de Jesús.   ¿No pone usted en duda mi vocación, mamá?   Pues nada mejor para probarla que enviarme al Noviciado.  Usted carece de elementos de juicio para sentenciar en ese pleito espiritual en el que sólo maestros muy autorizados pueden juzgar con acierto.  Allí me someterán a pruebas que usted no imagina, y si no las resisto, volveré a Marafí curado de lo que entonces se podría calificar con acierto de capricho pasajero.  !Mamá, déjeme usted ir al Noviciado! 

La voz del joven vibraba ardiente y apasionada.  El Conde se sintió sacudido por un latigazo de emoción.  “Sintió” la verdad de la vocación de su sobrino.

– Antes ha dicho usted, mamá, que a pesar de repugnarle la carrera militar, no me hubiese negado su consentimiento para seguirla si me hubiese visto empeñado en ello.

– ¿Y qué?  ¿Eso, qué?

 – ¿Y el hijo que daría usted a la Patria, no quiere cederlo a Dios?…..

– ¿Ir al Noviciado?   Pero eso no sucederá ; soy tu madre, tengo autoridad sobre ti, eres menor de edad y no me arrancarás el permiso para entrar en un convento.

– Me lo prohíbe usted….. , ¿y con qué derecho? Ya sé que es usted mi madre y mi tutora, pero hay un terreno en el que su autoridad no puede entrar, y la prueba es que las mismas leyes limitan el tiempo en que deberé someterme a ese mundo. Yo obedeceré humildemente lo que usted dispone, pero obedeceré solamente mientras mi menor edad me obliga a ello.

–  !Mamá, no haga usted frente a la voluntad de Dios!  !Yo sé bien lo que pido! !Déjeme marchar al Noviciado!  !Usted es buena cristiana y no puede negarle a Dios el hijo que le dio! …… 

Como la pasiva actitud de su hermano, a quien miraba como un oráculo, le escociese bastante, se volvió cara a él con semblante agrio tan pronto como las pisadas de Gonzalo se perdieron en la lejanía.

– Esperaba que me hubieses apoyado, declaró resentida.

– Yo no he apoyado nunca sin razón, Magdalena. Harto hice en permanecer neutral. No tienes derecho a exigirme más.  El tono de Llimiana era breve y perentorio.

– Pero, ¿es que crees sinceramente que sea factible el deseo de Gonzalo?  Esa vocación, ¿no te parece un capricho?

– De su vocación nada te puedo decir ; no soy moralista ni teólogo.  En el caso de que tu hijo tenga una vocación verdadera, ¿cuál es tu deber como cristiana y como madre?

– Aconsejarle, saltó violenta la dama, iluminarle, dirigirle con acierto para que no se deje engañar por apariencias falsas ni sugestiones hábiles, para que no confunda la vocación con una exaltación de los sentimientos.

– ¿Has aconsejado a Gonzalo o te has impuesto coaccionando su libertad y cerrándole imperiosamente el camino que él mismo, por libre impulso de su corazón había elegido?

– Entonces, ¿qué?  ¿Opinas que soy una madre déspota?

– Yo no opino nada, mi querida Magdalena ; pero me preguntas si tienes razón y yo debo decirte francamente que creo no la tienes.   ¿Has pensado que retas y desafías al mismo Dios, que te pones frente a Él?   ¿Y las responsabilidades de orden moral que cargas sobre ti?  Pones a tu hijo en terreno falso, donde está expuesto a perder su equilibrio espiritual con frecuencia casi diaria porque se halla fuera del lugar donde la divina Providencia le llamó, y como desoyó el llamamiento, Dios no puede asistirle con su gracia.  ¿Sabes lo que significa eso?   Pues sencillamente, jugarse y comprometer la eterna salvación, Magdalena.  Piensa que al contacto con el mundo, esa vocación a la cual induces a tu hijo a que haga oídos sordos, es casi seguro que se enfriará y desaparecerá.

– En cuyo caso no sería muy firme ni verdadera, dijo con aire de triunfo la Marquesa, creyendo apabullara su hermano.

– ¿Crees eso?   También pudiera ser el perderla castigo de Dios, ofendido con el alma, a quien hizo la merced altísima de elegir, entre tantas que acaso lo desearan o lo mereciesen más. Si no se obedece al llamamiento de la gracia puede ser que éste no se repita. Grandes responsabilidades exigirá Dios a los que hicieron desprecio de su llamada.  ¿Y qué parte te alcanzará a ti en esas responsabilidades como inductora de los actos de tu hijo?-

 ¿Entonces dudas de la sinceridad de mis sentimientos religiosos porque no me entrego como un corderillo?. 

– Tus sentimientos son sinceros, pero tu soberbia los ahoga en este  momento, dijo gravemente el Conde. 

– ¿Llamas soberbia a mi amor por la raza cuya destrucción estoy luchando por evitar?

– LLamo soberbia a la resistencia que estás oponiendo a la voluntad divina.  ¿Has pensado alguna vez que desde el momento que nacemos, Dios tiene sobre cada uno de nosotros un designio particular, y que cada una de las circunstancias de nuestra vida tienden a conducirnos a Él?   ¿Y no sabes que ese destino se cumple pese a todos los obstáculos que el estúpido orgullo de los hombres interpone en su contra?

– Razón de más para que no tomes tan fuerte ese asunto ridículo. ¿Está de Dios que Gonzalo sea jesuita?  Pues ya será por encima de todo.

– ¿Y si así lo crees, porqué quieres enemistarte con Dios y traer sobre ti aquellas grandes responsabilidades de que te hablaba antes?  ¿No es más fácil y más cristiano acatar la voluntad de Él, cooperar a su obra, colaborar con ella….?

– Estoy mirando que por tu gusto, le vestías la sotana mañana mismo. Cualquiera diría que tienes un interés especial en acabar con tu apellido.

– Mi apellido ha muerto ya, Magdalena, y lo enterrarán conmigo. Le mataron los que llevados de un egoísmo disfrazado de amor y de un orgullo que se vistió de dignidad, rompieron mi vida.  Ellos atropellaron mi libertad con una coacción moral como la que impones a tu hijo, y retorcieron el amor, la ilusión y la fe en la vida allá en el fondo de mi alma, como tú quieres aplastar la vocación de Gonzalo.

Si mi apellido se hunde, si los títulos egregios de mi casa desaparecen en un día no muy lejano en el más doloroso olvido, no me culpes a mí.   Yo fui lo que ellos quisieron que fuese. Dios les haya perdonado. A estas horas ya habrán rendido estrechas cuentas en el Tribunal severo del otro mundo.

Yo sólo sé de mí, que he sufrido mucho, que mi vida ha sido algo vacío y estéril, sin atreverme a casarme con otra mujer por no engañarla con un amor que no sentía, y sentir yo sobre el páramo de mi corazón, el remordimiento de mi conciencia y la pena de ver mi propio hogar sin risas de niños y sin miradas de mujer.   Mi único pecado fue la cobardía, aquella cobardía que ha pesado como una maldición sobre mí.

Por eso, Magdalena, no puedo animarte en la sistemática oposición que has declarado a tu hijo; porque sufrí un error de vocación, no quiero verle atormentado como me veo yo.  No te pido que cierres los ojos y aceptes como bueno cuanto él te diga, pero ponle al menos en situación de que pupilas más experimentadas e imparciales que las tuyas vean lo que hay en el fondo de esa alma.”

5 comentarios leave one →
  1. Inés. permalink
    julio 29, 2015 12:03 am

    Preciosa historia.

    El mundo necesita muchos Gonzalos, con sotana y sin ella…….

  2. julio 29, 2015 12:23 pm

    Que bello cuadro cuando la Compañía era la élite de soldados de la Iglesia.

    Por cierto que opinion le merece a ud. Redacción la pelicula “La Misión” de Robert de Niro y Jeremy Irons, sobre la evangelización jesuita en las reducciones en suramérica.

    • julio 30, 2015 9:57 am

      Vincit.

      Salvo que pretende justificar la “Teología de la Liberación”, la historia del esclavista converso actuada por De Niro está muy bien lograda. Tienes sus claro oscuros. Y recuerda que El Camaleón (De Niro) es de vientre hebreo.

      Unidad en la Verdad

  3. Inés. permalink
    agosto 1, 2015 11:55 pm

    cristosvincit :

    Demasiado bello….

    La sinagoga puso sus ojos sobre la Compañía de Jesús no muchas décadas después de haber sido fundada por San Ignacio de Loyola. Lo mismo sucedió andando el tiempo con las demás Órdenes Religiosas : Dominicos, Franciscanos, Benedictinos, etc.

    Los resultados de esa lenta, pero progresiva infiltración y corrupción, están a la vista…..

    Decía Santa Teresa de Jesús que : “Son muy pocos los vasallos fieles que le han quedado al Rey de reyes y Señor de señores, y mucha la multitud que acompaña a Lucifer. Y lo que es peor, que se muestran amigos en lo público y véndenlo en lo secreto ; casi no se halla de quién se fiar”.

    • Jorgito Clarín permalink
      agosto 3, 2015 8:14 am

      Así es. Coincido plenamente.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: