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2 de noviembre; CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

noviembre 3, 2014
Los Fieles Difuntos

Los Fieles Difuntos

Aquellos que nos han dejado 

no están ausentes,sino invisibles.

Tienen sus ojos llenos de gloria, 

fijos en los nuestros, 

llenos de lágrimas.

(San Agustín)

LA CONMEMORACIÓN
DE LOS FIELES DIFUNTOS

2 DE NOVIEMBRE

(Transcrito de Mercaba)

Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los “que siguen al Cordero”, nuestro pensamiento acompaña a “los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz”. Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?

De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor…

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos “para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz”. Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de “viatores”. Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también “signos del futuro”, desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.

El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la “ciudad santa de Jerusalén”, donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el “somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: “Aquí yace polvo, ceniza y nada”.

A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas…

Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: “Espero la resurrección de los muertos”.

El cristiano “no se muere”, en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que “muere”, es decir, entrega su alma al Creador”. Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.

Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el “Manual Toledano” para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .

En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente… 

Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad

Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta… evocan muchas ceremonias del rito bautismal.

Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).

Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dió en la aguas bautismales, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de “celebración pascual” que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este “tránsito” o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados “graduales”.

Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.

El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de “morir en el Señor”, que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: “Dichosos los difuntos que mueren en el Señor” (Apoc. 14.13).

Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.

Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el “socorro del viaje” que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.

Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la “recomendación del alma”.

Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la “letanía de los santos”. Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.

Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: “Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc.”

Después se realiza solemnemente la entrega:

“Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente… Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo…”

Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite “Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo”.

Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un “acto jurídico”, en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.

Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.

Porque el difunto murió “con el sello de la fe”, según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman “cementerios”, palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna. 

Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.

La muerte no es una “pérdida irreparable”, el cementerio no es la “última morada’. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: “No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús mueió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él… Consolaos, pues, con tales pensamientos” (1 Thess. 4,12-13.17).

Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la “vida del siglo futuro”.

“A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre” (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.

El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros “puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer” y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, “porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección” (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta pon la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, “el sacrificio de nuestra redención”, o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, “sacrificio por los que durmieron”. La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima “representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio” (San Cirilo de Jerusalén).

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: “Allí siempre estaremos con el Señor”. En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica “están en el Señor”.

Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.

Tú que a María absolviste
y al ladrón oíste,
también a mí esperanza diste.

Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos. 

Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.

El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio “y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar”.

El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos . “meses de ánimas” y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.

Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!

Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: “Tu misericordia y tu juicio cantaré”.

En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.

Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:

El paraíso.
La ciudad santa de Jerusalén.
El cortejo de los ángeles y los santos.
El seno de Abraham.
El descanso eterno.
La luz eterna.
La paz.
El refrigerio.

La imagen del “paraíso” aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.

El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.

El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, como resumiendo la dicha suma.

En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.

“Jerusalén” es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.

Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.

Esta Jerusalén es la “patria del paraíso”, como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.

La liturgia menciona él “cortejo de los ángeles y los santos”. La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.

En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.

Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el “descanso eterno”, sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: “Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos” (Apoc. 1 4,16) .

“Dios es luz, y en sí no existen tinieblas”, dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos “la luz eterna”, la claridad inextinguible en el foco divino, para “ver la luz en su luz”, como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).

“Lucha es la vida del hombre sobre la tierra”, decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la “paz”, el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.

Por último, los textos litúrgicos hablan del “refrigerio”, tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del “refrigerio, de la luz y de la paz” se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.

Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la “conmemoración de los fieles difuntos”. San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.

Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.

Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria toties quoties del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

 

11 comentarios leave one →
  1. Candela permalink
    noviembre 10, 2014 4:50 pm

    Muy hermoso texto.

  2. Rosa Blanca permalink
    noviembre 12, 2014 3:02 pm

    La Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM en español o NDE en inglés) son la prueba de la existencia del alma inmorta,que sale del cuerpo al morir.Los médicos cada vez aceptan más la realidad de dichas experiencias,basándose en tres pruebas:

    1) Los experimentadores ven sus cuerpos y como son reanimados por el equipo médico.Se han echo numerosas investigaciones que han demostrado que lo de que vieron era verdad.

    2) Cuando el corazón se para,el cerebro deja de recibir oxígeno y glucosa,y deja de funcionar.No puede crear alucinaciones,ni recordar nada.Es como una computadora apagada.Si en cinco minutos la reanimación no consigue ponerlo en marcha,las neuronas mueren y se produce la muerte definitiva.

    3) La experiencia es universal.La viven de igual manera católicos,protestantes,musulmanes,hindúes,budistas,ateos,agnósticos,neopaganos…La viven de igual manera niños y adultos.Hay constancias de esas experiencias en siglos pasados.Todos son bañados en la amorosa Luz de Dios.

    Los que quieren dividir al mundo entre salvados y condenados están destinados a la frustración.Pero se les pasará cuando experimenten la theosis (unión con Dios).

    • noviembre 13, 2014 1:38 am

      Tus comentarios Carvajal, son taaaan “espirituales” …
      Es decir, así como tú ven la vida y la muerte quienes pertenecen al mundo

      • Rosa Blanca permalink
        noviembre 13, 2014 8:41 am

        Lourdes,dichas experiencias son así,aunque no te gusten.Siempre se puede pensar que son fruto del Demonio,para engañar y hacer pensar que entran más almas al Cielo que al Infierno o que Cristo sobra y no hace falta.Una idea muy pobre y penosa,quienes piensen que porque esas experiencias sean reales Cristo sobra.Supongo que elegirás ese camino,de pensar que son obras diabólicas.Pero en realidad no dicen eso,sino afirman una realidad que cada uno elegirá si es Dios o del Demonio.

        Pero te recuerdo que Dios lo puede todo.Pero el Demonio no.Tiene poder sobre la materia,pero limitado.¿Pero tiene poder sobre el alma que sale del cuerpo? lo dudo.El alma es solo de Dios.

        Que un hindú o un budista vaya al Cielo ¿te molesta?.Puede seguir la ley natural y merecerlo.No son culpables de no conocer a Cristo.Hasta el Santo Padre Pio IX (que no era nada modernista) y Padres de la Iglesia como San Agustín reconocen que el que no es cristiano por ignorancia insalvable no son culpables ente Dios.

        Incluso creo que Santo Tomás de Aquino afirmó que si alguien es hereje porque sus padres le educaron para serlo,no es culpable por decisión propia,sino por desconocimiento y eso disminuye o anula su culpabilidad.

        No es lo mismo no conocer a Cristo que rechazarlo.Y yo soy católica,pero tambien intento ser espiritual.¿Y que es ser espiritual? Es llevar las 24 horas del dia a Dios en la mente y en el corazón.Soy de este mundo Lourdes,como tu tambien lo eres.Lo que no soy es mundana,porque suspiro por el Cielo.

  3. Inés. permalink
    noviembre 13, 2014 12:57 am

    No da Vd. una en el clavo, Sra. Colón de Carvajal, y quiero pensar en su beneficio, que por ignorancia.

    Es una VERDAD DE FE CATÓLICA que hay salvados , y por desgracia , también condenados. Mejor dicho, almas que por propia elección se condenan por negarse a la conversión, que ése es el verdadero motivo de tan tristísimo final.

    Recuerde el Cap. 25 del Evangelio de S. Mateo, por poner tan solo un ejemplo :

    “Cuando el Hijo del hombre vuelva en su gloria…… , separará a los hombres unos de otros….. Y colocará a las ovejas a su derecha, y a los cabritos a su izquierda . (Y examinando las obras de unos y otros), dirá a los de la derecha : “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”.

    Y dirá también a los de la izquierda : “Alejáos de Mí, malditos, el fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”.

    “Y éstos irán al suplicio eterno ; mas los justos a la vida eterna”.

    “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, dice San Agustín. Pensar lo contrario es un engaño trágico, en el cual está más que interesado Satanás. Sería muy bueno que lo meditara.

    • noviembre 13, 2014 11:43 pm

      Supones mal Carvajal. Y quizá no entiendas que tu visión del Cielo y de espiritualidad es bastante mundana porque estás judaizada hasta la médula. (Al igual que millones de almas gracias a la usurpación)

  4. Inés. permalink
    noviembre 14, 2014 12:07 am

    Sra. Colón de Carvajal :

    Tan cierto como lo que dije antes es esta otra verdad : “QUE HAY MUERTE, JUICIO, INFIERNO Y GLORIA”. Y la muerte fue introducida en el mundo por el pecado. Y son las obras de los hombres las que establecen la distinción entre salvados y condenados……. , y según ellas se nos premiará o se nos castigará, y nadie podrá decir que injustamente.

    Sólo conozco a “uno” que desea con todas sus fuerzas que todos en el mundo estén en el segundo grupo, es decir, en el de los condenados : SATANÁS.

    Entre los que inculpablemente desconocen a Cristo habrá quienes estén a la derecha y a la izquierda, pues nadie estará exento del Juicio de Dios, y también ellos serán juzgados por su buena o mala vida, por sus buenas o malas obras, que es el baremo por el que se nos medirá a todos.

  5. Candela permalink
    noviembre 16, 2014 1:31 pm

    Sra. Colón de Carvajal.

    Por una parte, le recomiendo la lectura de un libro esencial, como ejemplo:

    EL CRITERIO. JAIME BALMES. Ed. Espasa Calpe. acabado de imprimir el día de San Isidro de 1940.

    Capítulo XII. El entendimiento práctico.
    XLI. Hipocresía del hombre consigo mismo. El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a otros. Rara vez se da así propio exacta cuenta del móvil de sus acciones, y por eso aún en las virtudes acendradas hay escoria. El oro enteramente puro no se obtiene sino en el crisol de un perfecto amor divino, y este amor, en toda su perfección, está reservado para regiones más celestiales. Pero, a pesar de tamaña debilidad, no deja de brillar en el fondo de nuestra alma aquella luz inesxtinguible , encendida en ella por la mano del Criador, y esa luz nos hace distinguir entre el bien y el mal, sirviéndonos de guía en nuestrso pasos y de remordimiento en nuestros extravíos. Por esta causa nos esforzamos a engañarnos a nosotros mismos para no ponernos en contradicción demasiado patente con el díctamen de la conciencia; nos tapamos los oídos para no oír lo que ella nos dice, cerramos los ojos para no ver lo que ella nos muestra, procuramos hacernos la ilusión de que el principio que nos inculca no es aplicable al caso presente. Para esto sirven lastimosamente las pasiones, sugiriéndonos insidiosamente discursos sofísticos. Cuéstale mucho al hombre parecer malo ni aún a sus propios ojos, no se atreve, se hace el hipócrita.
    XLII El conocimiento de sí mismo…’Conócete a tí mismo…. De esta pasión dominante se resienten todas las otras… ella constituye lo que se llama el carácter.
    XLIII El hombre huye de sí mismo. Si no tuviésemos la inclinación funesta de huir de nosotros mismos… Desgraciadamente, de nadie huimos tanto como de nosotros mismos, nada estudiamos menos que lo que tenemos cerca y más nos interesa… Vense entendimientos claros, corazones bellísimos que no guardan para sí ninguna de las preciosidades con las que los ha enriquecido el Criador, que derraman, por decirlo así, en calles y plazas el aroma exquisito que , guardado en el fondo de su interior, podría servirles de confortación y regalo…
    Se refiere Pascal que, habiéndose dedicado con grande ahinco a las mates… hallar pocas personas con quienes conversar…en estudiar el hombre eran todavía menor número… Esto se verifica ahora como en tiempo de Pascal.

  6. Candela permalink
    noviembre 16, 2014 2:09 pm

    Sra. Colón de Carvajal.
    Por otra, no sólo ‘el Santo Padre Pio IX (que no era nada modernista) y Padres de la Iglesia como San Agustín’; primero, revelado por Dios, nos dice, el Rey David: «el cual retribuirá a cada uno según sus obras» (Sal 62,13). Y, después, San Pablo: Romanos. 2: 7 a quienes, siendo constantes en el bien obrar, buscan gloria, honra e inmortalidad, les dará vida eterna; 8 pero a quienes, obstinándose en la rebeldía y resistiendo a la verdad, se entregan a la perversión, los hará objeto de ira y furor. 9 Tribulación y angustia para todo hombre que se entrega al mal: tanto para el judío, primeramente, como también para el griego…14 Y así, los gentiles, que no tienen ley, cuando cumplen por naturaleza lo que ordena la ley, a pesar de no tener ley, ellos mismos son su ley. 15 Ellos dan prueba de que la realidad de la ley está grabada -mejor traducción de la Vulgata, sería: ‘los gentiles por los efectos de su bien obrar (paz interior), conocen la ley de Dios’, pues, del texto latino, asíse deduce según el jurista Lois Estévez; ahora, la metáfora es preciosa- en su corazón, testificándolo su propia conciencia y los razonamientos con que se acusan y defienden recíprocamente. 16 Así se verá en el día en que, según mi Evangelio, Dios juzgue las interioridades de los hombres por medio de Jesucristo…

    Fundamento escriturístico del Bautizo de deseo. Lourdes e Inés, lógicamente, no habrán insistido en ello, por tantas veces repetido en el Foro.

    Y, añade todavía más: Romanos. 2, 21 Pues bien: tú que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas no robar, ¿robas? 22 Tú que dices que no hay que cometer adulterio, ¿lo cometes? Tú que abominas de los ídolos, ¿saqueas sus templos? 23 Tú que te sientes ufano de la ley, ¿deshonras a Dios con la transgresión de la ley? 24 Pues, según está escrito, «el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles a causa de vosotros» (Is 52,5). 25 La circuncisión, desde luego, tiene su valor si observas la ley; pero si eres transgresor de la ley, el estar circuncidado viene a ser como si no lo estuvieras. 26 Por el contrario, si el no circuncidado observa las prescripciones de la ley, su incircuncisión ¿no le ha de valer como circuncisión? 27 Más aún: el que físicamente no está circuncidado pero cumple la ley, te juzgará a ti, que, a pesar de la letra de la ley y de la circuncisión, eres transgresor de esa ley.

  7. Rosa Blanca permalink
    noviembre 19, 2014 7:34 am

    Lourdes,Inés y Candela,yo no niego la existencia del infierno,que es una idea que no sale de la nada,sino del propio Cristo.En el fenómeno muy serio de la Experiencias Cercanas a la Muerte hay también experiencias nada celestiales,terroríficas,angustiosas…pero son en número bastante menor que las consideradas celestiales,en que el alma se ve bañada en una luz divina amorosa y acogedora.De la misma manera que la experimentan no católicos e incluso no cristianos.

    Esa luz es la que ven y sienten los místicos católicos,como Santa Teresa,San Juan de la Cruz,Santa Verónica Giuliani,San Agustín de Hipona,Santa Hildegarda de Bingen y muchos otros….como el propio San Pablo.¿Es la misma? no pudo asegurarlo.Para mi si.

    La ciencia no puede explicar dichos fenómenos,ya que ocurren cuando el cerebro deja de ser activo.Que cada uno saque sus propias conclusiones de las ECM,si son obras de Dios o del Diablo.Yo tengo muy claro que son experiencias en que el alma sale del cuerpo cuando el corazón ha dejado de latir y va al encuentro de su Creador,si han seguido como mínimo la Ley Natural.Mientras que los malvados van al encuentro de lo infernal.

    Solo que ahora se viven estas experiencias,y en el pasado no.Con las modernas técnicas de reanimación,una personas con parada cardíaca puede ser reanimada.Posiblemente el alma salga del cuerpo en el mismo momento en que el corazón ha dejado de latir.

    Pero hay santos que en el pasado describen algunas de estas experiencias ocurridas a otras personas,como San Beda el Venerable,Doctor de la Iglesia.

  8. Inés. permalink
    noviembre 23, 2014 1:41 am

    Sra. Colón de Carvajal :

    Dígame : ¿Qué le importa al cristiano, al hombre de fe, lo que diga la Ciencia al preparado espiritualmente para el encuentro con su Señor con todos los medios que la Iglesia Católica pone a nuestro alcance, como es la CONFESIÓN, EL VIÁTICO, LA EXTREMAUNCIÓN, O LA PERFECTA CONTRICIÓN, caso de no tener la gracia de un sacerdote que le asista?

    La muerte nos llega a todos, primero cuando Dios lo dispone, ni antes ni después, y luego cuando el alma abandona nuestro cuerpo, cuando se separa de él, “cuando lo desampara” , como dice tan expresivamente Fray Luis de Granada.

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