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Divorciados a comulgar… Publica Il Folgio texto íntegro leído por Kasper y aplaudido por Sinagoglio con Ratzinger por delante…

marzo 3, 2014

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EL PROBLEMA DE LOS DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR

de Walter Kasper

(Transcrito de ReL- resumen en castellano del texto íntegro en italiano publicado el 1° de marzo por Il Foglio)

[…] No basta considerar el problema solo desde el punto de vista y de la perspectiva de la Iglesia como institución sacramental. Necesitamos un cambio de paradigma y debemos – como ha hecho el buen Samaritano – considerar la situación también desde la perspectiva de quien sufre y pide ayuda.

Todos sabemos que la cuestión de los matrimonio de personas divorciadas y vueltas a casar es un problema complejo y espinoso. […] ¿Qué puede hacer la Iglesia en estas situaciones? No puede proponer una solución distinta o contraria a las palabras de Jesús. La indisolubilidad de un matrimonio sacramental y la imposibilidad de un nuevo matrimonio durante la vida del otro cónyuge forman parte de la tradición de fe vinculante de la Iglesia, que no puede ser abandonada o disuelta basándose en una comprensión superficial de la misericordia a bajo precio. […] La pregunta es, por tanto, cómo puede corresponder la Iglesia a este binomio indisoluble de fidelidad y misericordia de Dios en su acción pastoral respecto a los divorciados vueltos a casar con rito civil. […]

Hoy nos encontramos ante una situación similar a la del último Concilio. También entonces existían sobre la cuestión del ecumenismo o de la libertad religiosa, por ejemplo, encíclicas y decisiones del Santo Oficio que parecían excluir otras vías. El Concilio, sin violar la tradición dogmática vinculante, ha abierto las puertas. Nos podemos preguntar: ¿no es tal vez posible un ulterior desarrollo también en la presente cuestión? […]

Me limito a dos situaciones, para las cuales en algunos documentos oficiales ya se mencionan algunas soluciones. Deseo plantear solo algunas preguntas, limitándome a indicar la dirección de las respuestas posibles. Sin embargo, dar una respuesta será tarea del Sínodo en sintonía con el Papa.

PRIMERA SITUACIÓN 

La “Familiaris consortio” afirma que algunos divorciados vueltos a casar están convencidos subjetivamente, en conciencia, que su precedente matrimonio, irremediablemente roto, no ha sido nunca válido. […] Según el derecho canónico, la valoración es tarea de los tribunales eclesiásticos. Al no ser estos “iure divino”, sino que se han desarrollado históricamente, a veces nos preguntamos si la vía judicial debe ser la única vía para resolver el problema o si no serían posible otros procedimientos más pastorales o espirituales.

Como alternativa, se podría pensar que el obispo pueda confiar esta tarea a un sacerdote con experiencia espiritual y pastoral, como el penitenciario o el vicario episcopal. 

Independientemente de la respuesta que hay que dar a dicha pregunta, recordemos el discurso del Papa Francisco a los oficiales del tribunal de la Rota Romana del 24 de enero de 2014, en el cual afirma que dimensión jurídica y dimensión pastoral no están en contraposición. […] La pastoral y la misericordia no se contraponen a la justicia sino que, por decirlo de algún modo, son la justicia suprema porque detrás de cada causa no solo vislumbran un caso que hay que examinar en la óptica de una regla general, sino una persona humana que, como tal, no representa únicamente un caso y que tiene siempre una dignidad única. […] ¿De veras es posible decidir sobre el bien o el mal de las personas en segunda y tercera instancia sólo sobre la base de actos, es decir, de documentos, sin conocer nunca a la persona y su situación?

SEGUNDA SITUACIÓN

Sería equivocado buscar la solución del problema solo en una generosa ampliación del procedimiento de nulidad del matrimonio. Así se crearía la peligrosa impresión de que la Iglesia procede de manera deshonesta concediendo lo que en realidad son divorcios. […] Por lo tanto, debemos tomar en consideración también la cuestión más difícil de la situación del matrimonio rato y consumado entre bautizados, donde la comunión matrimonial se ha roto irremediablemente y donde uno o ambos cónyuges han contraído un segundo matrimonio civil.

En 1994, la congregación para la doctrina de la fe nos dio una advertencia cuando estableció – y el Papa Benedicto XVI lo ha confirmado durante el encuentro internacional de las familias en Milán en 2012 – que los divorciados vueltos a casar no pueden recibir la comunión sacramental, pero pueden recibir la espiritual. […]

Muchos estarán agradecidos por esta respuesta, que es una verdadera apertura. Pero también plantea varias preguntas. Efectivamente, quien recibe la comunión espiritual es una sola cosa con Jesucristo. […] ¿Por qué, entonces, no puede recibir también la comunión sacramental? […] Algunos sostienen que precisamente la no participación a la comunión es un signo de la sacralidad del sacramento. La pregunta que se plantea es: ¿no es tal vez una instrumentalización de la persona que sufre y pide ayuda si hacemos de ella un signo y una advertencia para los otros? ¿La dejamos morir sacramentalmente de hambre para que otros vivan?

La Iglesia de los orígenes nos da una indicación que puede servir como vía de salida del dilema, a la cual el profesor Joseph Ratzinger había ya hecho mención en 1972. […] En las Iglesias locales individuales existía el derecho consuetudinario en base al cual los cristianos que vivían un segundo vínculo, aunque estuviera en vida el primer cónyuge, después de un tiempo de penitencia tenían a disposición […] no un segundo matrimonio, sino a través de la participación a la comunión, una tabla de salvación. […]

La pregunta es: ¿esta vía más allá del rigorismo y del laxismo, la vía de la conversión, que desemboca en el sacramento de la misericordia, en el sacramento de la penitencia, es también el camino que podemos recorrer en la presente cuestión?

A un divorciado vuelto a casar: 1. si se arrepiente de su fracaso en el primer matrimonio, 2. si ha aclarado las obligaciones del primer matrimonio y si ha excluido de manera definitiva volver atrás, 3. si no puede abandonar sin otras culpas los compromisos asumidos con el nuevo matrimonio civil, 4. si se esfuerza en vivir al máximo de sus posibilidades el segundo matrimonio a partir de la fe y educar a sus hijos en la fe, 5. si desea los sacramentos como fuente de fuerza en su situación, ¿debemos o podemos negarle, después de un tiempo de nueva orientación, de “metanoia”, el sacramento de la penitencia y después el de la comunión?

Esta posible vía no sería una solución general. No es el camino ancho de la gran masa, sino el estrecho de la parte probablemente más pequeña de los divorciados vueltos a casar, sinceramente interesada en los sacramentos. ¿No es necesario tal vez evitar lo peor precisamente aquí? Efectivamente, cuando los hijos de los divorciados vueltos a casar no ven a sus padres acercarse a los sacramentos, normalmente tampoco ellos encuentran el camino hacia la confesión y la comunión. ¿No tendremos en cuenta que perderemos también a la próxima generación y, tal vez, también a la siguiente? ¿Nuestra praxis consumada, no demuestra ser contraproducente? […]

LA PRÁCTICA DE LA IGLESIA DE LOS ORÍGENES

Según el Nuevo Testamento, el adulterio y la fornicación son comportamientos en fundamental contraste con el ser cristianos. Del mismo modo, en la Iglesia antigua, junto a la apostasía y al homicidio, entre los pecados capitales que excluían de la Iglesia, estaba también el adulterio. […] Sobre las correspondientes cuestiones exegéticas e históricas existe una amplia literatura, entre la cual es casi imposible orientarse, e interpretaciones distintas. Se pueden citar, por ejemplo, por una parte, a G. Cereti, “Divorzio, nuove nozze e penitenza nella Chiesa primitiva”, Boloña 1977, 2013, y por la otra a H. Crouzel, “L’Eglise primitive face au divorce”, Paris 1971, y a J. Ratzinger, […] 1972, [reproducido] en “L´Osservatore Romano” del 30 de noviembre de 2011.

No puede haber, sin embargo, alguna duda sobre el hecho de que en la Iglesia de los orígenes, en muchas Iglesias locales, por derecho consuetudinario había, después de un tiempo de arrepentimiento, la práctica de la tolerancia pastoral, de la clemencia y de la indulgencia.

En el contexto de dicha práctica se entiende también, quizás, el canon 8 del Concilio de Nicea (325), dirigido contra el rigorismo de Novaciano. Este derecho consuetudinario está expresamente testimoniado por Orígenes, que lo considera no irrazonable. También Basilio el Grande, Gregorio Nacianceno y algunos otros hacen referencia a él. Explican el “no irrazonable” con la intención pastoral de “evitar lo peor”. En la Iglesia latina, por medio de la autoridad de Agustín, esta práctica fue abandonada en favor de una práctica más severa. También Agustín, sin embargo, en un pasaje habla de pecado venial. No parece, por tanto, haber excluido de partida toda solución pastoral.

Seguidamente, la Iglesia de Occidente, en las situaciones difíciles, para las decisiones de los sínodos y similares ha buscado siempre, y también encontrado, soluciones concretas. El Concilio de Trento […] ha condenado la posición de Lutero, pero no la práctica de la Iglesia de Oriente. […]

Las Iglesias ortodoxas han conservado, conforme al punto de vista pastoral de la tradición de la Iglesia de los orígenes, el principio para ellos válido de la oikonomia. A partir del siglo VI, sin embargo, haciendo referencia al derecho imperial bizantino, han ido más allá de la posición de la tolerancia pastoral, de la clemencia y de la indulgencia, reconociendo, junto a las cláusulas del adulterio, también otros motivos de divorcio, que parten de la muerte moral y no sólo física del vínculo matrimonial.

La Iglesia de Occidente ha seguido otro recorrido. Excluye la disolución del matrimonio sacramental rato y consumado entre los bautizados; conoce, sin embargo, el divorcio para el matrimonio no consumado, así como, por el privilegio paulino y petrino, para los matrimonios no sacramentales. Junto a esto están las declaraciones de nulidad por vicio de forma; a este propósito nos podríamos preguntar, sin embargo, si no se sitúan en primer plano, de manera unilateral, puntos de vista jurídicos históricamente muy tardíos.

J. Ratzinger ha sugerido retomar de manera nueva la posición de Basilio. Parecería ser una solución apropiada, solución que está en la base de mis reflexiones. No podemos hacer referencia a la una o a la otra interpretación histórica, que sigue siendo controvertida, y ni siquiera repetir simplemente las soluciones de la Iglesias de los orígenes en nuestra situación, que es completamente distinta. En la cambiada situación actual podemos, no obstante, retomar los conceptos de base e intentar realizarlos en el presente, en la manera que es justa y adecuada a la luz del Evangelio.

Lo que dijo Walter Kasper...íntegro en Il Foflio

Lo que dijo Walter Kasper…íntegro en Il Foglio

Original en Italiano tomado de Il Foglio

5. Il problema dei divorziati risposati 

Se si pensa all’importanza delle famiglie per il futuro della Chiesa, il numero in rapida crescita delle famiglie disgregate appare una tragedia ancora più grande. C’è molta sofferenza. Non basta considerare il problema solo dal punto di vista e dalla prospettiva della Chiesa come istituzione sacramentale; abbiamo bisogno di un cambiamento del paradigma e dobbiamo – come
lo ha fatto il buon Samaritano (Le 10,29-37) – considerare la situazione anche dalla prospettiva di chi soffre e chiede aiuto.

Tutti sanno che la questione dei matrimoni di persone divorziate e risposate è un problema complesso e spinoso Non si può ridurlo alla questione dell’ammissione alla comunione. Riguarda l’intera pastorale matrimoniale e familiare. Inizia già dalla preparazione al matrimonio che deve essere un’attenta catechesi matrimoniale e familiare. Prosegue poi con l’accompagnamento pastorale degli sposi e delle famiglie; diventa attuale quando il matrimonio e la famiglia entrano in crisi. In tale situazione, i curatori d’anime faranno tutto il possibile per contribuire alla guarigione e alla riconciliazione nel matrimonio in crisi.

La loro cura non si ferma dopo un fallimento di un matrimonio; devono rimanere vicini ai divorziati e invitarli partecipare alla vita della Chiesa.
Tutti sanno anche che esistono situazioni in cui ogni ragionevole tentativo di salvare il matrimonio risulta vano. L’eroismo dei coniugi  abbandonati che rimangono soli e vanno avanti da soli merita la nostra ammirazione e sostegno. Ma molti coniugi abbandonati dipendono, per il bene dei figli, da un nuovo rapporto e da un matrimonio civile, al quale non possono rinunciare senza nuove colpe. Spesso, dopo le esperienze amare del passato, queste relazioni fanno provare loro nuova gioia, addirittura talvolta vengono percepite come dono dal cielo.

Che cosa può fare la Chiesa in tali situazioni? Non può proporre una soluzione diversa o contraria alle parole di Gesù L’indissolubilità di un matrimonio sacramentale e l’impossibilità di nuovo matrimonio durante la vita dell’altro prtner fa parte della tradizione di fede vincolante della Chiesa che non può essere abbandonata o sciolta richiamandosi a una comprensione superficiale della misericordia a basso prezzo. La misericordia di Dio in ultima analisi è la fedeltà di Dio verso se stesso e la sua carità. Poiché Dio è fedele è anche misericordioso e nella sua misericordia è anche fedele, anche se noi siamo infedeli (2 Tim 2,13). Misericordia e fedeltà vanno insieme. A causa della fedeltà misericordiosa di Dio non esiste situazione umana che sia assolutamente priva di speranza e di soluzione. Per quanto l’uomo possa cadere in basso, non potrà mai cadere al di sotto della misericordia di Dio.

La domanda è dunque come la Chiesa può corrispondere a questo binomio inscindibile di fedeltà e misericordia di Dio nella sua azione pastorale riguardo i divorziati risposati con rito civile. È un problema relativamente recente, che non esisteva nel passato, che esiste solo dalla introduzione del matrimonio civile tramite il Code civil di Napoleone (1804) e la sua introduzione successiva nei diversi paesi.

Nel rispondere a tale situazione nuova, negli ultimi decenni la Chiesa ha compiuto passi importanti. Il CIC del 1917 (can. 2356) tratta i divorziati risposati con rito civile ancora come bigami che sono ipso facto infami e, a seconda della gravità della colpa, possono essere colpiti da scomunica o da interdizione personale. Il CIC del 1984 (can. 1093) non prevede più queste punizioni gravi; sono rimaste solo restrizioni meno gravi. Familiaris consortio (24) e Sacramentum caritatis (29), intanto, parlano in modo perfino amorevole di questi cristiani.

Assicurano loro che non sono scomunicati e fanno parte della Chiesa e li invitano a partecipare alla sua vita. Ecco un tono nuovo.

Oggi ci troviamo in una situazione simile a quella dell’ultimo Concilio Anche allora esistevano, per esempio sulla questione dell’ecumenismo o della libertà di religione, encicliche e decisioni del Sant’Uffizio che sembravano precludere altre vie. II Concilio senza violare la tradizione dogmatica vincolante ha aperto delle porte. Ci si può chiedere: non è forse possibile un ulteriore sviluppo anche nella presente questione, che non abolisca la tradizione vincolante di fede, ma porti avanti e l’approfondisca tradizioni più recenti? 

La risposta può essere solo differenziata Le situazioni sono molto diverse e vanno distinte con cura. Una soluzione generale per tutti i casi non può dunque esistere. 

Mi limito a due situazioni, per le quali in alcuni documenti ufficiali vengono già accennate delle soluzioni. Desidero porre solo delle domande limitandomi ad indicare la direzione delle risposte possibili.  Dare però una risposta sarà compito del Sinodo in sintonia con il Papa.

Prima situazione Familiaris consortio afferma che alcuni divorziati risposati sono in coscienza soggettivamente convinti che il loro precedente matrimonio irrimediabilmente spezzato non è mai stato valido (FC 84). Di fatto, molti curatori d’anime sono convinti che tanti matrimoni celebrati in forma religiosa non sono stati contratti in maniera valida. Infatti, come sacramento della fede il matrimonio presuppone la fede e l’accettazione delle caratteristiche peculiari del matrimonio, ossia l’unità e l’indissolubilità. Nella situazione attuale possiamo però presupporre che gli sposi condividano la fede nel mistero definito dal sacramento e che comprendano e accettino davvero le condizioni canoniche per la validità dei loro matrimonio?

La praesumptio iuris, dalla quale parte il diritto ecclesiastico, non è forse spesso una fictio iuris? 

Poiché il matrimonio, in quanto sacramento, ha carattere pubblico, la decisione sulla sua validità non può essere lasciata interamente alla valutazione soggettiva della persona coinvolta. Secondo il Diritto canonico la valutazione è compito dei tribunali ecclesiastici.

Poiché essi non sono iure divino, ma si sono sviluppati storicamente, ci si domanda talvolta se la via giudiziaria debba essere l’unica via per risolvere il problema o se non sarebbero possibili altre procedure più pastorali e spirituali. In alternativa si potrebbe pensare che il vescovo possa affidare questo compito a un sacerdote con esperienza spirituale e pastorale quale penitenziere o vicario episcopale.

Indipendentemente dalla risposta da dare a tale domanda, vale ricordare il discorso di Papa Francesco rivolto il 24 gennaio 2014 agli officiali del Tribunale della Rota Romana, nel quale afferma che dimensione giuridica e dimensione pastorale non sono in contrapposizione. Anzi l’attività giudiziaria ecclesiale ha una connotazione profondamente pastorale. Occorre dunque domandarsi: Che cosa vuol dire dimensione pastorale? Certo, non un atteggiamento compiacente, il che sarebbe una concezione del tutto sbagliata sia per la pastorale che per la misericordia. La misericordia non esclude la giustizia e non va intesa come grazia a buon mercato e come una svendita. La pastorale e la misericordia non si contrappongono alla giustizia ma, per così dire, sono la giustizia suprema, poiché dietro ogni causa esse scorgono non solo un caso da esaminare nell’ottica di una regola generale, ma una persona umana che, come tale, non può mai rappresentare un caso e ha sempre una dignità unica. Ciò esige una ermeneutica giuridica e pastorale che, in modo più che giusto e con prudenza e saggezza applichi a una situazione concreta e spesso complessa una legge generale, ovvero come ha detto Papa Francesco, una ermeneutica animata dall’amore del Buon Pastore, che vede dietro ogni pratica, ogni posizione, ogni causa, persone che attendono giustizia.

Davvero è possibile che si decida del bene e del male delle persone in seconda e terza istanza solo sulla base di atti, vale a dire di carte, ma senza conoscere la persona e la sua situazione?

Seconda situazione. Sarebbe sbagliato cercare la soluzione del problema solo in un generoso allargamento della procedura di nullità del matrimonio Si creerebbe così la pericolosa impressione che la Chiesa proceda in modo disonesto a concedere quelli che in realtà sono divorzi. Molti divorziati non vogliono una tale dichiarazione di nullità. Dicono: abbiamo vissuto insieme, abbiamo avuto figli; questa era una realtà, che non si può dichiarare nulla, spesso solo per ragione di mancanza di forma canonica del primo matrimonio. Pertanto dobbiamo prendere in considerazione anche la questione più difficile della situazione del matrimonio rato e consumato tra battezzati, dove la comunione di vita matrimoniale si è irrimediabilmente spezzata e uno o entrambi i coniugi hanno contratto un secondo matrimonio civile.

Un avvertimento ci ha dato la Congregazione per la Dottrina della Fede già nel 1994 quando ha stabilito – e Papa Benedetto XVI lo ha ribadito durante l’incontro internazionale delle famiglie a Milano nel 2012 – che i divorziati risposati non possono ricevere la comunione sacramentale ma possono ricevere quella spirituale. Certo, questo non vale per tutti i divorziati ma per coloro che sono spiritualmente bene disposti. Nondimeno molti saranno grati per questa risposta, che è una vera apertura.

Essa solleva però diverse domande. Infatti, chi riceve la comunione spirituale è una cosa sola con Gesù Cristo; come può quindi essere in contraddizione con il comandamento di Cristo? Perché, quindi, non può ricevere anche la comunione sacramentale?

Se escludiamo dai sacramenti i cristiani divorziati risposati che sono disposti ad accostarsi ad essi e li rimandiamo alla via di salvezza extrasacramentale, non mettiamo forse in discussione la struttura fondamentale sacramentale della Chiesa? Allora a che cosa servono la Chiesa e i suoi sacramenti? Non paghiamo con questa risposta un prezzo troppo alto?

Alcuni sostengono che proprio la non partecipazione alla comunione è un segno della sacralità del sacramento. La domanda che si pone in risposta è: non è forse una strumentalizzazione della persona che soffre e chiede aiuto se ne facciamo un segno e un avvertimento per gli altri? La lasciamo sacramentalmente morire di fame perché altri vivano?

La Chiesa dei primordi ci dà un’indicazione che può servire come via d’uscita dal dilemma, alla quale il professor Joseph Ratzinger ha già accennato nel 1972. La Chiesa ha sperimentato molto presto che  tra i cristiani esiste perfino l’apostasia. Durante le persecuzioni ci furono cristiani che, divenuti deboli, negarono il proprio battesimo. Per questi lapsi la Chiesa aveva sviluppato la pratica penitenziale canonica come secondo battesimo, non con l’acqua, ma con le lacrime della penitenza. Dopo il naufragio del peccato, il naufrago non doveva avere a disposizione una seconda nave, bensì una tavola di salvezza.

In modo analogo, anche tra i cristiani esistevano la durezza di cuore (Mt 19, 8) e casi di adulterio con conseguente secondo legame quasi-matrimoniale. La risposta dei Padri della Chiesa non era univoca. La cosa certa, però, è che nelle singole Chiese locali esisteva il diritto consuetudinario in base al quale i cristiani che, pur essendo ANNO XIX NUMERO 51 – VATICANO ESCLUSIVO III IL FOGLIO QUOTIDIANO SABATO 1 MARZO 2014 ancora in vita il primo partner, vivevano un secondo legame, dopo un tempo di penitenza avevano a disposizione non una seconda nave, non un secondo matrimonio, bensì, attraverso la partecipazione alla comunione, una tavola di salvezza. Origene parla di questa consuetudine, definendola “non irragionevole”. Anche Basilio il Grande e Gregorio Nazianzeno – due padri della Chiesa ancora indivisa! – fanno riferimento a tale pratica. Lo stesso Agostino, altrimenti piuttosto severo sulla questione, almeno in un punto sembra non aver escluso ogni soluzione pastorale. Questi Padri volevano, per ragioni pastorali, al fine di “evitare di peggio” tollerare ciò che di per sé è  impossibile accettare. Esisteva dunque una pastorale della tolleranza, della clemenza e dell’indulgenza, e ci sono buoni motivi che questa pratica contro il rigorismo dei novazianisti sia stata confermata dal Concilio di Nicea (325).

Come spesso accade, sui dettagli storici di simili questioni ci sono controversie tra  gli esperti. Nelle sue decisioni, la Chiesa non può fissarsi sull’una o l’altra posizione. 

Tuttavia, di principio è chiaro che la Chiesa ha continuato a cercare sempre una via al di là del rigorismo e del lassismo, facendo in ciò riferimento all’autorità di legare e sciogliere (Mt 16, 19; 18, 18; Gv 20, 23) conferita dal Signore. Nel Credo professiamo: credo in remissionem peccatorum. Ciò significa: per chi si è convertito, il perdono sempre è possibile. Se lo è per l’assassino, lo è anche per l’adultero. Quindi, la penitenza e il sacramento della penitenza erano il cammino per legare questi due aspetti: l’obbligo verso la Parola del Signore e la misericordia infinita di Dio. In questo senso la misericordia di Dio non era e non è una grazia a buon mercato che dispensa dalla conversione. Inversamente, i sacramenti non sono un premio per chi si comporta bene e per una élite, escludendo quanti ne hanno più bisogno (EG 47). La misericordia corrisponde alla fedeltà di Dio nel suo amore ai peccatori, che siamo tutti noi e di cui abbiamo bisogno anche tutti noi.

La domanda è: Questa via al di là del rigorismo e del lassismo, la via della conversione, che sfocia nel sacramento della misericordia, il sacramento della penitenza, è anche il cammino che possiamo percorrere nella presente questione? Un divorziato risposato: 1. se si pente del suo fallimento nel primo matrimonio, 2. se ha chiarito gli obblighi del primo matrimonio, se è definitivamente escluso che torni indietro, 3. se non può abbandonare senza altre colpe gli impegni assunti con il nuovo matrimonio civile, 4. se però si sforza di vivere al meglio delle sue possibilità il secondo matrimonio a partire dalla fede e di educare i propri figli nella fede, 5. se ha desiderio dei sacramenti quale fonte di forza nella sua situazione, dobbiamo o possiamo negargli, dopo un tempo di nuovo orientamento (metanoia), il sacramento della penitenza e poi della comunione?

Questa possibile via non sarebbe una soluzione generale. Non è la strada larga della grande massa, bensì lo stretto cammino della parte probabilmente più piccola dei divorziati risposati, sinceramente interessata ai sacramenti. Non occorre forse evitare il peggio proprio qui? Infatti, quando i figli dei divorziati risposati non vedono i genitori accostarsi ai sacramenti di solito anche loro non trovano la via verso la confessione e la comunione. Non mettiamo in conto che perderemo anche la prossima generazione, e forse pure quella dopo? La nostra prassi collaudata, non si dimostra controproducente? Un matrimonio civile come descritto con criteri chiari va distinto da altre forme di convivenza “irregolare” come i matrimoni clandestini, le coppie di fatto, soprattutto la fornicazione e i cosiddetti matrimoni selvaggi. La vita non è solo bianco o nero; infatti ci sono molte sfumature. Da parte della Chiesa, questa via presuppone discretio, discernimento spirituale, saggezza e sapienza pastorale. Per il padre del monachesimo Benedetto, la discretio  era madre di ogni virtù e virtù fondamentale dell’abate. Lo stesso vale per il vescovo. 

Come il re Salomone ha bisogno di “un cuore docile, perché sappia… distinguere il bene dal male” per governare il suo popolo con giustizia (1 Re 3,9). Questa discretio non è un facile compromesso tra gli estremi fra rigorismo e lassismo, bensì, come ogni virtù, una perfezione al di là di questi estremi, il cammino della sana via di mezzo giustificata e della giusta misura. In questo senso possiamo imparare da molti grandi e santi confessori, che sapevano bene fare questo discernimento spirituale (per esempio S. Alfonso de’ Liguori). Mi auguro che, sulla via di tale discretio, nel corso del processo sinodale riusciremo a trovare una risposta comune per testimoniare in modo credibile la Parola di Dio nelle situazioni umane difficili, come messaggio di fedeltà, ma anche come messaggio di misericordia, di vita e di gioia. Conclusione Con ciò ritorno al tema “Il Vangelo della famiglia”. Non possiamo limitare il dibattito alla situazione dei divorziati risposati e alle molte altre situazioni pastorali difficili che non sono state menzionate nel presente contesto. Dobbiamo prendere un punto di partenza positivo e riscoprire e annunciare il Vangelo della famiglia in tutta la sua bellezza. La verità convince tramite la sua bellezza. Dobbiamo contribuire, con le parole e i fatti, a far sì che le persone trovino la felicità nella famiglia e in tal modo possano dare alle altre famiglie testimonianza di questa loro gioia. Dobbiamo intendere nuovamente la famiglia come Chiesa domestica, renderla la via privilegiata della nuova evangelizzazione e del  innovamento della Chiesa, una Chiesa che è in cammino presso la gente e con la gente. In famiglia le persone sono a casa, o perlomeno cercano una casa nella famiglia. Nelle famiglie la Chiesa incontra la realtà della vita. Per questo le famiglie sono banco di prova della pastorale e urgenza della nuova evangelizzazione. La famiglia è il futuro. Anche per la Chiesa costituisce la via del futuro.

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