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GRAN CATECISMO CATÓLICO P. J. DEHARBE, S. J.: “La verdadera fe enseñada por Jesucristo”

febrero 4, 2014
"Por más que los protestantes retrocedan buscando en la historia su origen, siempre y en todas partes hallarán esta indeleble inscripción que contiene su condenación : "El Protestantismo es quince siglos posterior al Cristianismo"

“Por más que los protestantes retrocedan buscando en la historia su origen, siempre y en todas partes hallarán esta indeleble inscripción que contiene su condenación : “El Protestantismo es quince siglos posterior al Cristianismo”

GRAN CATECISMO CATÓLICO

P. J. DEHARBE, S. J.

1800-1871 

VOL.  I 

“La verdadera fe enseñada por Jesucristo”

1.-  Sólo la Iglesia Católica tiene la verdadera fe enseñada por Jesucristo, pues solo ella la recibió de Cristo como un don celestial que le fue confiado, y que ella ha conservado puro y sin alteración alguna. Las otras religiones o sectas, ni recibieron de Cristo mismo su doctrina de la fe, pues aparecieron mucho después de Cristo, ni tampoco conservaron sin falsificar lo que de la doctrina de Cristo tomaron de la Iglesia Católica, puesto que enseñan ya esto, ya lo otro, mientras que Jesucristo y los Apóstoles enseñaron siempre lo mismo. Dos cuestiones se han de tratar :  1ª.-   ¿Qué religión recibió su doctrina de Cristo?.  2ª.-  ¿Cuál de ellas la conservó pura y sin alteración?.  Porque no hay duda de que debe tener la verdadera fe de Jesucristo aquella que la recibió del mismo Cristo y la conservó sin alteración alguna.

La única que recibió su fe del mismo Cristo es aquella cuya existencia asciende hasta Cristo, o lo que es lo mismo, aquella que desciende de Cristo y de los Apóstoles, puesto que por medio de los Apóstoles fundó el divino Redentor el Cristianismo, y pasando desde ellos hasta nosotros no pudo perderse jamás.  Si no se concede esto último, es lo mismo que blasfemar de Jesucristo y decir que fundó la Iglesia sobre arena, y que en su boca fueron mentira aquellas solemnes palabras: “Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra fundaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.    Luego debe existir una sociedad cristiana que venga de los Apóstoles y haya llegado hasta nuestros días sin interrupción.

2.- Mas ¿cuál de las sociedades que se llaman cristianas tiene el privilegio de descender en línea recta e ininterrumpida desde los Apóstoles?  Si dos familias pleitean sobre el honor de descender de un cierto Príncipe que vivió allá en la antigüedad, la cuestión se decide por el árbol genealógico. La que demuestre que sólo ella desciende de la familia de aquel Príncipe en línea recta, legítima y no interrumpida es la que gana el pleito ante el tribunal de justicia.  Así, una sociedad religiosa que sostiene que ha sido fundada por los Apóstoles debe probar su verdadera y no interrumpida descendencia de los mismos Apóstoles hasta nuestros días. Una sucesión dudosa o interrumpida por muchos siglos, no puede ser aceptada. Abramos la historia y principiemos por el Sumo Pontífice León XIII, y subamos de siglo en siglo hasta el día en que el Redentor le dijo a Simón, hijo de Jonás: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra fundaré mi Iglesia”.  La línea de los Papas se sigue sin interrupción; el nombre, el principio y el fin del gobierno de cada uno de los sucesores de San Pedro está patente a nuestra vista. Por tanto, aquella sociedad religiosa que haya presentado esta serie no interrumpida de 259 Papas, desde el actual jefe de la Iglesia hasta San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, es, sin disputa, la que trae su origen de los Apóstoles y de Jesucristo.

3.-  Las demás protestan expresamente contra el Papa, y permanecen obstinadas en no querer pertenecer a la Iglesia papista, como ellos llaman a la católica. Declarando, pues, formalmente que no pertenecen a la Iglesia primaria que reconoce al Papa, dan prueba de que no vienen de Cristo y de los Apóstoles.  Abramos también la historia de las sectas llamadas cristianas. Por todas partes encontramos espantosos vacíos; en todas encontramos el principio de su existencia pero mucho después de los tiempos de los Apóstoles.  ¿En dónde estabas tú, secta luterana? , ¿en dónde tú, secta calvinista? , ¿en dónde vosotras, sectas no católicas, antes que vuestros conocidos fundadores levantasen el estandarte de la rebelión contra la Iglesia Católica?  No existíais; por consiguiente, no traéis origen de los Apóstoles; por tanto, no venís de Cristo; por consiguiente, no sois el verdadero Cristianismo fundado por Jesucristo.

Es imposible que hayáis recibido vuestra fe de Él o de sus Apóstoles, pues habéis aparecido en el mundo quince siglos después.  “Nada de eso, replican los sectarios; ya existíamos, pero estábamos ocultos; éramos invisibles entre los hijos de la Iglesia Católica”.  ¿Cómo? , ¿estuvisteis ocultos? , ¿fuisteis invisibles durante quince siglos?   ¿Y por qué no os atrevísteis a presentaros durante tantos siglos?  ¿Y cómo tenéis el atrevimiento de sostener que traéis vuestro origen de Cristo y de los Apóstoles, dando por prueba testigos invisibles y un árbol genealógico que no se pudo ver en tantos siglos?  ¿Cómo podéis ser la verdadera Iglesia permaneciendo invisible durante tanto tiempo, cuando Jesucristo dice expresamente que su Iglesia no podía estar oculta, y que había de ser visible como una ciudad edificada sobre la cima de una montaña, (Mt. 9, 114)?

4.-  Según vuestra confesión estuvisteis ocultos y fuisteis invisibles, y solamente a principios del S. XVI os atrevisteis a salir a la luz del día, profesando públicamente vuestra fe. Pero, !por vida vuestra!, ¿no eran católicos los jefes de vuestra Reforma antes de rebelarse contra la Iglesia Católica?  ¿No creyeron ellos y practicaron como los demás católicos lo que la Iglesia Católica enseña y practica?  ¿No eran varios de ellos sacerdotes católicos, frailes y doctores?   ¿Suponéis acaso que no creían lo que enseñaban, que se burlaban de los Sacramentos que ellos, como los demás, recibían? Mas entonces hubieran sido abominables hipócritas.

Confesadlo, pues, abierta y francamente: Antes de Lutero vuestra religión no existía, ni visible ni invisiblemente, y la fecha del principio de vuestra existencia es al mismo tiempo la sentencia de vuestra condenación. Con razón dice Mons. Segur en sus “Respuestas a las objeciones contra la Religión”, (cap. XVI) :  “Por más que los protestantes retrocedan buscando en la historia su origen, siempre y en todas partes hallarán esta indeleble inscripción que contiene su condenación : “El Protestantismo es quince siglos posterior al Cristianismo” . Por consiguiente, no posee la verdadera fe.

5.-  Siendo claro que sólo la Iglesia Católica recibió de Cristo y de los Apóstoles la verdadera doctrina de la fe, queda por examinar si ella la conservó pura y sin adulteración.  La respuesta no es difícil.  Abramos el Evangelio.  ¿Qué hizo el Hombre-Dios fundando el Cristianismo?  Anunció una doctrina propia para nuestra salvación; la confió a su Iglesia como un don para que ella la conservase pura y sin falsificación ni alteración hasta el fin de los siglos.  Pues a la manera que Dios no creó el sol solamente para nuestros primeros padres Adán y Eva, así tampoco trajo del cielo a la tierra su doctrina solamente para los primeros cristianos, sino que debía conservarse pura, y sin error, ser anunciada a todos los pueblos de la tierra.

Sin esto, ¿cómo podría decir: “El que cree se salvará, el que no cree será condenado?”   Jesucristo, como Verbo de Dios, tiene también el poder de conservar pura la luz de la fe. Ahora bien: ¿En dónde se halla esta doctrina pura y sin error, que debemos creer para salvarnos?

6.-  Se halla entre nosotros, dicen los luteranos. No, se halla entre nosotros, dicen los calvinistas. Tampoco, replican los zuinglianos ; solo nosotros poseemos la pura doctrina de Cristo. Y tras estos, vienen otras innumerables sectas, cada una de las cuales sostiene que sólo en ella se encuentra la verdadera doctrina de Cristo. Mas la Iglesia Católica puede decir: “Yo soy aquella Iglesia de la cual está escrito “que es la columna y el apoyo de la verdad”, pues ninguna otra existía entonces. Sólo yo he recibido de los Apóstoles la verdadera doctrina de Jesucristo; yo sola, con la asistencia del Espíritu Santo, que me fue prometido, la he conservado pura y sin alteración alguna.

 ¿Cuál es la señal infalible de la verdadera doctrina?  Sin duda la unidad y la invariabilidad. Pues Jesucristo enseñó  una doctrina que es una y siempre la misma. Sobre un mismo punto no dijo primero “sí”, y luego “no”, sino que estuvo siempre en perfecto acuerdo consigo mismo.   “En la palabra de Dios que os he anunciado, decía el Apóstol, no hubo una vez “si”, y otra vez “no”; pues Jesucristo, Hijo de Dios, que os hemos predicado, no fue “si” y “no”, sino que Él siempre fue “sí”.  Jamás hubo en Él contradicción alguna. Por consiguiente, la verdadera fe debe ser siempre una, y siempre la misma, invariable y de acuerdo consigo misma.

Si preguntamos a las diversas sectas protestantes sobre la unidad e invariabilidad de la doctrina de su fe, no saben qué responder. Si les preguntamos: ¿Jesucristo es Dios?  ¿Está presente en la Eucaristía?   ¿Es necesario el bautismo para la salvación?  ¿Son necesarias las buenas obras?  ¿Qué se debe creer con respecto al pecado original?   ¿Qué de la obra de la Redención?  ¿Qué de la eternidad de las penas del infierno?   Sobre todas estas cuestiones y otras muchas no están de acuerdo las diversas sectas; incluso los mismos ministros protestantes de una misma secta están en su mayor parte desunidos. Sólo en un punto están todos de acuerdo, esto es, en no ser católicos. Un obispo protestante llamado David, dijo que el protestantismo no era más que la abjuración del papismo”, (Augusto Nicolás, “Etudes”, tomo III, cap. XIII). 

7.-  Los protestantes no han sabido conservar en su pureza ni siquiera las pocas verdades que los fundadores de su infeliz Reforma se llevaron consigo al separarse de la Iglesia Católica. Todas las tentativas que han hecho hasta ahora para entenderse en la doctrina de su fe, han sido vanas. El mal está  en la misma regla de fe, según la cual cada uno ha de creer después de haber examinado por sí mismo su fe. Por lo mismo, o tienen que dejar de ser protestantes, o si no, permanecer siempre en desacuerdo, siempre divididos y en contradicción los unos con los otros, como lo estuvieron ya desde el principio de su separación de la Iglesia Católica.  “Importa mucho, escribía Calvino a Melancton, que las generaciones futuras no conozcan nuestras discordias”.  Igualmente es humillante la confesión de Melancton, cuando dijo: “Todo el río Elba no puede darme bastantes aguas para llorar la miseria de la división que hay en la misma Reforma”.  Los protestantes no pueden ya ocultarse a sí mismos la división que hay entre ellos y el perpetuo cambio de su doctrina. Cansados de buscar la verdad, que no hallan en ninguna de sus sectas, pretenden apoyarse para su tranquilidad en aquellos falsos principios de que “importa poco cuál sea la fe” y “de que toda religión es buena”. De aquí se originó la indiferencia fundamental en materia de fe, o el llamado indiferentismo religioso.

Ahora bien: Una doctrina que siempre cambia, se muda, transforma y contradice, ¿cómo puede ser la verdadera, la evangélica, la doctrina una e invariable enseñada por el Hombre-Dios?  ¿Cómo pueden sostener los protestantes que poseen la verdad cuando siempre la andan buscando?  ¿Cómo pretenden enseñar a otros la verdadera fe estando ellos divididos sobre lo que deben creer?  No se halla, pues, entre ellos la fe verdadera enseñada por Jesucristo.

8.-  Recordemos cuán necesaria es la fe para la salvación, y como debe ser universal, firme, viva y constante. Que nadie, a causa de los libertinos, se avergüence de su fe ; al contrario, tenga por sumo honor el ser católico. A esto puede ayudar el ejemplo del Rey Alfonso X de Castilla, uno de los más sabios y piadosos Príncipes que jamás ocuparon el trono. Se aprovechaba de todas las ocasiones posibles para hacer ver al mundo el sumo aprecio en que tenía el ser cristiano, considerando la fe como un don celestial.  “Doy, decía, incesantes gracias a Dios, no de ser Rey, sino de ser cristiano”.

¿Por qué nos hemos de avergonzar de nuestra fe?  ¿Se avergüenza acaso alguno de su elevado nacimiento, de su mucha ciencia, de una rica herencia?  Ahora bien; por nuestra fe somos hijos de Dios, poseemos la ciencia de las ciencias, y alcanzamos el derecho a la herencia celestial. ¿Se avergüenza, por ventura, el guerrero de la bandera de su Rey? ¿No vemos, al contrario, que hace juramento de fidelidad a su bandera, que por ella pelea y la defiende hasta la muerte?  Y qué, ¿nos avergonzaremos nosotros de la  bandera victoriosa de nuestro Rey, que es la cruz, aquella cruz de la cual nos viene toda bendición, y delante de la cual doblan la rodilla todos los grandes de la tierra ; la cruz que ha quebrantado el poder del infierno y nos ha abierto el reino de los cielos?

9.- Así pues, no nos dejemos seducir si vemos que algunos mundanos que se tienen por sabios y son incrédulos se mofan de nuestra fe y se burlan de ella como si fuese una superstición infantil. “Porque la sabiduría de este mundo es necedad delante de Dios, (1 Cor. 8, 19), dice el Apóstol. Pensemos bien estas palabras, y al mismo tiempo consideremos las abominables tinieblas en que andan los que, creyendo en Dios y en la inmortalidad del alma, viven, sin embargo, como animales irracionales.   Vendrá el día en que Jesucristo, Señor nuestro, acompañado de millones de ángeles, aparecerá en el cielo para juzgarnos, y con  Él aparecerá, resplandeciendo la cruz. Entonces enmudecerán los impíos y bajarán la cabeza. Entonces los incrédulos, tan arrogantes en otro tiempo, se desesperarán cuando el Juez eterno reniegue de ellos y castigue sus tinieblas voluntarias con las tinieblas eternas. Representémonos en espíritu aquel día siempre que nos sentamos tentados de avergonzarnos de nuestra fe.   Y como entonces desearemos haberla confesado preciándonos de ser y parecer cristianos, así sea ahora la palabra del Apóstol nuestra perpetua divisa, y digamos con él : “Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de mi Señor Jesucristo”, (Gal. VI, 14).

10. Entonces reconoceremos también cuán injurioso fue para Dios, cuán digno de castigo, cuán lleno de peligro el ir sorbiendo el veneno de la incredulidad en el trato con hombres impíos y con la lectura de malos libros, y resolvamos desde ahora evitar siempre estos peligros como si fuesen otras tantas serpientes.  No trabemos amistad con gentes que hacen poco caso de  la Religión, o que se ríen o se burlan de la devoción y piedad, o de las cosas que todos los verdaderos cristianos tienen por santas. Si observamos que no asisten a los divinos oficios, o que yendo a ellos se conducen con procacidad y descaro, guardémonos de imitarlos. Tengamos, al contrario, “por felicidad el sufrir vituperios por amor a nuestra santa Religión”. No nos fiemos de aquellos que dicen tener opiniones propias respecto a la Religión. No nos fiemos de sus hipócritas palabras, pues no sin motivo nos amonesta Jesucristo “que nos guardemos de los falsos profetas que vienen a nosotros con piel de ovejas”.  No admitamos jamás libros de sus manos por más que nos recomienden su lectura, a menos que el párroco o el padre espiritual digan que podemos leerlos.  En prueba de ello pudieran citarse innumerables ejemplos; baste aquí uno solo:

Según la relación de los diarios públicos, hace pocos años en Cambray, Francia, fue hallado bajo una encina el cadáver de un joven que se había suicidado. A su lado estaba la pistola, y en sus bolsillos se encontró un billete escrito con lápiz que decía así: “Cualquiera que seas tú que encuentres mi cadáver, has de saber que yo viví cinco años según los preceptos del Evangelio, hallando en esto indecible consuelo y alegría. Mas por mi desdicha, que nunca lloraré bastante, caí en una compañía de librepensadores impíos, y éstos me han conducido al fin desastroso que ves.  Pido perdón a la cristiandad, a la cual escandalizaré con mi paso desesperado, y también a mi venerable párroco. !Ah, si yo hubiera seguido sus amonestaciones!  Pido perdón muy particularmente a mis queridos padres, a quien preparo interminable amargura. Había resuelto prolongar mi vida para su consuelo y para ser un día apoyo de su vejez, mas no puedo nada, la vida me es insoportable”.

5 comentarios leave one →
  1. pepe pecas permalink
    febrero 4, 2014 7:29 pm

    Y todavía se atreven a negar la Realeza de Cristo Nuestro Señor?

  2. Inés. permalink
    febrero 5, 2014 1:48 am

    Los hijos del “padre de la mentira” se atreven a eso y se atreverán a mucho más……

  3. Inés. permalink
    febrero 6, 2014 2:03 am

    Si viviera Baltasar Gracián diría :

    “Son herejes los que lo parecen, y la mitad de los que no lo parecen”.

  4. Wamba permalink
    febrero 8, 2014 7:39 am

    “Ellos PRETENDEN representar a LA IGLESIA pero en realidad, ellos mismos se han salido de ella y se pierden. Aunque los CATÓLICOS fieles a la TRADICIÓN se reduzcan a un puñado ellos son la VERDADERA Iglesia de Jesucristo…” – (SAN ATANASIO).

    “Y si algún contagio nuevo se esfuerza en envenenar, no ya una pequeña parte de la Iglesia, sino toda la Iglesia entera a la vez incluso, entonces su gran cuidado será apegarse a la antigüedad, que evidentemente no puede ya ser seducida por ninguna mentirosa novedad” San Vicente de Lérins, Doctor de la Iglesia.

  5. Wamba permalink
    febrero 8, 2014 7:52 am

    La Iglesia conciliar ha relegado la verdadera luz de la doctrina católica a las catacumbas y cuando por alguna circunstancia por algún resquicio se escapa algo de esa luz inextinguible se revuelve contra ella blasfemando como el dragón del Apocalipsis. Hoy en la Iglesia conciliar se predica la religión del hombre, la religión del Anticristo, la religión de la comunión con el mundo, la religión del sincretismo religioso y de que todas las religiones son buenas y verdaderas, la religión del falso amor, de la falsa caridad y la falsa paz, la religión del terrenismo y la mentira y el rechazo de la vida eterna. Ya les queda poco tiempo por lo que es normal que estén a la bulla intentando ganar todas las almas que pueden para el Hijo de la Perdición.

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