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¿Todas las religiones son buenas?… “Sobre la necesidad de la fe” II. LA MUERTE DE MIRABEAU. GRAN CATECISMO. P. JOSÉ DEHABRE, S. J.

enero 27, 2014

quijano

EL INDIFERENTISMO RELIGIOSO

“¿Puede uno salvarse cualquiera que sea su fe?” 

1.- “No, pues solamente la fe verdadera que Jesucristo nos ha enseñado nos salva; porque esta sola, y no otra, nos hace partícipes de Cristo, sin la cual nadie puede esperar la salvación”. Sostener que cualquiera que sea la fe nos salva, es lo mismo que afirmar que todo camino, por extraviado que sea, conduce al fin propuesto, o que el pecado o el vicio conducen al cielo, igualmente que la virtud y la santidad.  Porque la fe es el primer paso en el camino del cielo; y como sólo el camino derecho conduce al término deseado, así sólo la fe verdadera conduce al cielo.

Además, la fe es la norma y el fundamento de la conducta de nuestra vida. El que cree como un turco o como un gentil, no puede vivir sino como un turco o un gentil; de donde se debería concluir que, si cualquier fe salvase, los más abominables desórdenes podrían conducir también a la bienaventuranza.  Dios es la eterna verdad por esencia; por consiguiente no puede complacerse sino en la verdad, por lo cual, así  como “sin fe es imposible agradar a Dios”, igualmente es imposible agradarle sin la fe verdadera.

2.-  Mas, ¿cuál es ésta? Ninguna otra sino la que Jesucristo nos ha enseñado, pues “la gracia y la verdad nos vienen por Jesucristo”, (Jn 1, 17).  “Para esto nací, dijo Jesucristo a Pilatos, y vine al mundo para dar testimonio de la verdad; y el que es de la verdad, (amándola), escucha mi voz”, (Jn. 18, 37).  Es cierto que nosotros conocemos algunas verdades por medio de la luz de la razón, que puede alcanzar que hay un Dios que ha creado y rige todas las cosas. Mas tener por verdad una cosa porque la razón lo demuestra, no es, como se ha dicho, fe divina, sino conocimiento o ciencia humana.  Para alcanzar la eterna bienaventuranza nos es necesario creer en Jesucristo, y creer todo lo que Él nos ha enseñado.  Pues desde que el hombre por el pecado perdió el reino de los cielos, nadie puede entrar en él sino por Jesucristo, que se hizo víctima por nuestros pecados.

3.-  “Yo soy, dice, el camino, la verdad y la vida ; nadie puede venir al Padre sino por Mí”, (Jn. 14, 6).  “No hay salvación en otro, dice el Príncipe de los Apóstoles, sino en Cristo, pues no se nos ha dado otro nombre bajo el cielo por el cual podamos ser salvos”, (Hech. 4, 12).  Mas Jesucristo no nos basta para que nos salvemos si no tenemos parte en esta misma salvación con nuestra libre voluntad. El cielo es la recompensa, y para merecerla, no sólo es necesaria la gracia de Jesucristo, sino también nuestra cooperación voluntaria a la gracia.   ¿Queremos, pues, ser salvos por Cristo?   Pues entonces debemos unirnos a Él y ser  sus discípulos; debemos seguir su doctrina y valernos de los medios de salvación que Él nos ofrece.  El que no cree su doctrina no la puede seguir; el que no cree en la eficacia de sus medios de salvación no puede servirse de ellos, y por tanto, no puede alcanzar jamás la vida eterna.

4.-  Por esto el divino Redentor insiste tanto en la necesidad de la fe, diciendo : “El que cree en el Hijo del Hombre, tiene la vida eterna ; pero el que no cree en el Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios se mantiene sobre él”, (Jn. 3, 36).  Solamente la serpiente de bronce erigida por Moisés tenía la virtud de sanar; a este modo, solamente en la fe de Jesucristo puede el pecador hallar la salvación de su alma y el perdón de sus culpas.  Por esto dice Jesucristo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así ha de ser levantado (en la cruz) el Hijo del Hombre, para que todos los que crean en Él no se pierdan, sino que alcancen la vida eterna” (Jn. 3, 15). Según esto, así como ninguno de los mordidos por las serpientes venenosas podía sanar sin mirar a la de bronce levantada por Moisés, así ninguno puede conseguir la vida de la gracia, y después la vida eterna, sin la fe en Jesucristo.

5.-  De lo dicho se infiere claramente cuán poco razonablemente hablan los que dicen: “La fe no hace al caso; lo mismo es creer esto que aquello; alguna religión es del todo necesaria, porque sin ella el mundo no podría existir; más toda religión es buena”.  Hablar de esta manera es blasfemar contra Dios, pues se seguiría que en vano habló Dios a los hombres manifestándoles sus verdades; que en vano envió Dios a su Unigénito Hijo al mundo; que en vano  los milagros son testimonio de su misión divina; que en vano predicó Jesucristo; que en vano mandó a sus Apóstoles a predicar el Evangelio por todo el mundo diciéndoles: “El que creyere se salvará; el que no creyere será condenado”. Y después de esto, ¿se dirá todavía que cada uno es libre para creer lo que quiera, sea ello mentira o verdad?

Si lo mismo es creer esto que aquello, si toda religión es buena, entonces,  !necios miserables fueron los millones de mártires de Jesucristo, que prefirieron derramar hasta la última gota de su sangre antes que renegar de su fe!   Por consiguiente, tuvieron razón, en algún modo los tiranos condenándolos por su constancia en la fe. Luego sería lo mismo adorar al verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra, que adorar, con los gentiles, a pedazos de leño, o de mármol, o bien a animales, como cocodrilos o bueyes, o a un Júpiter parricida, o a una Venus disoluta, o al mismo diablo en lugar de Dios; pues también hay tribus salvajes cuya religión es adorar al diablo y ofrecerle sacrificios.

6.-  Si toda religión es buena, también lo será la de los fenicios, que mandaba colocar a sus hijos inocentes  entre los brazos ardientes de su ídolo Moloch.  Si lo mismo es una religión que otra, tendrían razón los judíos en permanecer en la suya, y nuestros antepasados hubieran hecho muy bien en perseverar en su idolatría. Y también habría que decir que los Apóstoles y los varones apostólicos que civilizaron y cristianizaron  a Europa, fueron poco cuerdos dando al fin su vida para enseñarnos a adorar al único Dios.  Y si no lo hubieran hecho, en lugar de dirigir nuestras súplicas a nuestro Padre celestial, las dirigiríamos, aún ahora, como ellos, a una encina gigantesca, o al dios de la guerra, sediento de sangre y de víctimas humanas. He aquí las monstruosas consecuencias de aquel falso principio: que toda religión es buena. Mas, ¿qué quieren decir con esto? ¿Acaso que toda religión es igualmente verdadera.  Mas, ¿cómo es posible que sea igualmente verdad que Cristo es el Mesías, y que Cristo no es el Mesías?  ¿Que es Dios y que no es Dios?  ¿Cómo será igualmente verdad que Mahoma es un profeta de Dios, y al mismo tiempo un  impostor?  Si lo uno es verdadero, lo otro es necesariamente falso.

Si al contrario, con aquella expresión quieren decir que toda religión es falsa, entonces es necesario concluir que todas son malas y que ninguna es buena. Pero no. Acaso diciendo que toda religión es buena entienden que cada uno, no sabiendo cuál es la verdadera entre tantas falsas, observe la suya siendo todas buenas. También los gentiles lo entendieron así, y reconocieron que más fácilmente se podría establecer una ciudad en el aire que el orden legítimo sin religión. El más sabio de los filósofos antiguos, Platón, decía que “socavar la religión era como echar por tierra la columna maestra de la sociedad”, (De Leg. 1, 10).

7.-   Es evidente que Dios, criando al hombre para la felicidad eterna, le ha dado también una religión, pues sin esto le hubiera dejado sin los medios necesarios para alcanzar su fin. La religión viene de Dios, pues la sola razón no basta para hallarla, y menos para conciliarle autoridad y duración. Por esto todos los que en la antigüedad fundaron falsas religiones, como Minos, Numa, Mahoma, etc. , pretendieron haberlas recibido por divina revelación.  Mas si Dios mismo, como es innegable, ha dado una religión a los hombres, no hay duda de que solo ésta es la verdadera, solo ésta es la buena, solo ésta deber ser reconocida y practicada por todos.

Y estando nosotros obligados a recibirla, también Dios, por su parte, ha cuidado de que pueda ser reconocida por todos los que buscan la verdad, pues si no se la pudiera reconocer , ¿para qué la hubiera dado?  “Yo he creído, dijo La Harpe después de su conversión, desde el momento en que busqué la religión con corazón recto ; buscadla vosotros del mismo modo, y también creeréis como yo”, (Lib. del fanatismo). La verdad de nuestra santa religión alumbra a todos los que sinceramente la buscan y están dispuestos a cumplir los deberes que les impone.  “Para el justo se levantó una luz en medio de las tinieblas”, (Sal. CX, 4).  Mas, “este es el juicio, dice el Señor, que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”.  ¿Y por qué?   “Porque sus obras eran malas, y el que obra el mal aborrece la luz, y no viene a la luz para que no le acusen sus obras”, (Jn. 3, 19-20).

8.-  Las miras y aspiraciones de los hombres están tan inclinadas a la tierra, que hay muchos que apenas se cuidan nada de bienes más elevados, y contentos con una sombra de religión que ellos mismos se han forjado, y que nada les inquieta en su vida pecaminosa, viven en increíble indiferencia. Las importantes verdades del juicio, del cielo, del infierno y de la eternidad que nos enseña la fe, son para ellos nada más que sueños.   Llevan su osadía hasta burlarse del justo que arregla su conducta a los principios de la fe, y que con la esperanza de la recompensa celestial trabaja por salvar su alma.  !Oh necio! , le dicen con escarnio, ¿Y si el cielo es pura ilusión?

9.-  Pero con cuánta mayor razón se les podría responder : ¿Y qué será de ti si el infierno de que tú, miserable, te burlas es una verdad?  ¿Tienes acaso por invenciblemente demostrado que la religión que tú escarneces es pura fantasmagoría?  ¿Es acaso para ti claro como la luz del día que nuestros millones de mártires murieron en los tormentos por puro fanatismo?  ¿Te consta, acaso, que los más sobresalientes ingenios del Cristianismo fueron unos necios?

¿Es acaso una verdad ya sentada que la transformación del mundo por el Evangelio, que la aniquilación de la idolatría, que la moralización de los pueblos y todas las bendiciones que ha traído sobre el mundo, no hayan sido más que puro fantasma y engaño?  ¿No es una frivolidad imperdonable postergar los más altos intereses del hombre?  Y sin embargo, sabes que no has de escapar de la inexorable guadaña de la muerte.  ¿Por qué no examinas con sumo cuidado si todo concluye o no para ti con esta vida?   ¿Negando el infierno acaso lo aniquilas?  ¿Menospreciando la justicia de Dios deja acaso por eso de ser temible para ti?  ¿Crees, por ventura, que Dios no nos ha de castigar porque nosotros, míseros mortales, nos hacemos sordos a su voz, a su Revelación y a su doctrina?

10.-  Habiendo  Dios enviado a su Unigénito Hijo al mundo para nuestra instrucción, ¿crees tú poder blasfemar contra Él impunemente?  ¿Crees poder burlarte impunemente de su doctrina y escarnecer, tanto sus promesas, como sus amenazas?  Te engañas : “Deus non irridetur”, (Gal. 6, 7).  !Cuántos de aquellos hombres, llamados espíritus fuertes como tú, que se vanagloriaban de ser fieles a sus principios, decayeron repentinamente de ánimo hallándose a las puertas de la eternidad!

El célebre Mirabeau, que tantos males causó en tiempo de la revolución francesa, que también aspiraba a la gloria de morir como filósofo incrédulo, según había vivido, le dijo a su médico la mañana del día de su muerte: “Hoy moriré, amigo mío ; y llegado a este punto, no queda sino el lavarse con aguas olorosas para sepultarse más fácilmente en aquel sueño de que uno no despierta jamás”.  Mas en vano buscó aquel dulce sueño. Ni el agua de olor, ni las flores, ni la música, fueron capaces de hacerle más soportable los dolores de su enfermedad, ni menos de mitigar las angustias y zozobras de su alma.

Faltándole la consolación cristiana, prorrumpió en violentas y amargas quejas ; pidió un remedio con que acelerar la muerte, abreviando los dolores.  No consintiendo en ello el médico, le trató de cruel, y exclamó en alta voz con violencia :  “Mis dolores son intolerables ; tengo aún fuerzas para un siglo, pero me falta el ánimo para un momento”.  En esto echó una ojeada feroz alrededor de sí, manifestando en todo su semblante la perturbación e inquietud de su alma.  A esto sucedieron repentinas y violentas convulsiones, y dando un grito horrible falleció en medio de una espantosa desesperación”, (Guirtaners : “Noticias sobre la revolución francesa”.

GRAN CATECISMO CATÓLICO

P. J. DEHARBE

1800-1871

VOL.  I

3 comentarios leave one →
  1. enero 27, 2014 11:11 pm

    Eaxcto.

  2. Inés. permalink
    enero 29, 2014 2:41 am

    Muy triste es cambiar un momento de miserable vida por una eternidad de dichas inenarrables . Pero, salvo excepciones, que las hay, pues la misericordia de Dios es inmensa, se muere según se ha vivido.

    Terrible es que la vida vaya por un camino y la fe por el opuesto .

  3. Wamba permalink
    enero 31, 2014 4:55 pm

    Gracias por este texto. Se agradece leer algo de doctrina católica que edifique nuestra vida espiritual. En la Iglesia conciliar todo es doctrina tenebrosa y mundana.

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