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San Bernardo vs. Pedro Abelardo (III). El triunfo de la Verdad. Carta de San Bernardo al Papa Inocencio II – segunda parte

agosto 5, 2013
Casa paterna de la familia de Fontaines, "la Familia que alcanzó a Cristo".

Casa paterna de la familia de San Bernardo en Fontaines les Dijon, “La Familia que alcanzó a Cristo”.

Ver la primera parte de la carta de San Bernardo al Papa Inocencio II

ERRORES DE PEDRO ABELARDO

CARTA DE SAN BERNARDO AL PAPA INOCENCIO II

SEGUNDA PARTE 

(Edición Tecnos con permiso de la B.A.C,  2002)

(Págs 135 a 142)

13. Tú no aceptas la doctrina de los doctores que han enseñado después de los Apóstoles, porque eres más docto que todos tus maestros. Ni te sonroja afirmar que todos tienen una misma opinión y se oponen a la tuya. Es inútil que te recuerde su fe y su enseñanza, pues las rechazas de antemano.  Prefiero citar a los profetas. El Señor, por labios de un profeta habla a Jerusalén, como tipo del pueblo rescatado, y le dice: “No temas, yo te salvaré y te libraré”  ¿De qué poder?  Tú no quieres que el demonio tenga o haya tenido poder sobre el hombre. Tampoco yo. Pero, aunque tú y yo no lo queremos, no por eso deja de tenerlo. Y, si tú no confiesas ni reconoces esto, lo aceptan y proclaman “los redimidos por el Señor, los que Él rescató de la mano del enemigo”. Y, si tú no estuvieras bajo el poder del demonio, tampoco lo negarías.  Si no has sido rescatado, no puedes dar gracias con los redimidos. Pues, si te supieras redimido, reconocerías al Redentor y no negarías la redención. Quien no se siente cautivo no busca a su redentor. En cambio, los que sienten “gritaron al Señor, y Él los escuchó y los arrancó del enemigo”.

Advierte quién es este enemigo: “Los rescató de la mano del enemigo, los reunió de todos los países”.  Pero antes fíjate en el que los reúne, Jesús, de quien profetiza Caifás en el Evangelio que debe morir por su nación. Y el evangelista añade: “Y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”.  ¿Por dónde estaban dispersos?  Por todo el mundo. Así pues, “a los que rescató los reunió de todos los países”.  Y no los puede reunir si antes no los rescata. Porque estaban dispersos y cautivos, los rescató y los reunió. “Los rescató de la mano del enemigo”. El enemigo es uno solo, y los países son muchos. No los reunió de un solo país, sino “de todos los países, norte, sur, oriente y occidente”.

¿Quién es este príncipe tan poderoso que no dominó solamente a una nación, sino a todas?  Aquel, sin duda, de quien otro profeta dice que absorbe sin intimidarse todas las aguas del río, esto es, del género humano.  Y confía que el Jordán, es decir, los elegidos, vendrán a parar a su boca. Dichosos los que son tragados y expulsados, los que entran y vuelven a salir.

14. Es posible que no creas tampoco a los profetas, que tan abiertamente pregonan el dominio del demonio sobre el hombre.  Vayamos a los Apóstoles. Tú dices que no estás de acuerdo con los sucesores de los Apóstoles. Eso quiere decir que aceptas las palabras de un Apóstol si te dice algo sobre el particular. Escucha: “puede que Dios les conceda enmendarse y comprender la verdad; entonces recapacitarán y se zafarán del lazo del diablo, que ahora los tiene cogidos y sumisos a su voluntad”.  Aquí tenemos a Pablo, diciéndonos que los hombres están cautivos del diablo y sometidos a su voluntad”.  Si están sometidos a su voluntad, imposible negarle que tiene poder sobre ellos. Y, si tampoco crees a San Pablo, acudamos al mismo Señor, para que le oigas y quedes tranquilo.

Como sabemos, llama al diablo “jefe de este mundo, fuerte armado, y amo de los enseres de la casa”.  ¿No quiere decir con esto que tiene poder sobre los hombres?  ¿No crees que la palabra “casa” significa el mundo, y los “enseres” los hombres?  Si el mundo es la casa del diablo y los hombres sus enseres, es indudable que tiene poder sobre los hombres.   El Señor dijo a los que le prendían: “Ésta es vuestra hora, cuando mandan las tinieblas”. Este poder lo conocía muy bien el que dijo: “Él nos sacó del dominio de las tinieblas para trasladarnos al Reino brillante de su Hijo”.  El Señor confesó que el diablo tenía poder sobre él, lo mismo que Pilato, que era su instrumento: “No tendrías  autoridad alguna para actuar contra mí si no te fuera dada de arriba”. Si este poder se ha ejercido con tanto rigor contra el leño verde, con más libertad habrá actuado en el seco.

Por lo demás, no creo que nuestro autor piense que es injusto este poder que viene de Dios. Reconozca que el diablo tiene poder, y un poder justo sobre los hombres. Y así comprenderá que el Hijo de Dios se encarnó para librar a los hombres.  El poder del diablo es justo, no así su voluntad. No fue justo el diablo al usurpar el poder, ni el hombre que dio motivo para ello, sino que el Señor lo permitió. Es la voluntad, no el poder, lo que hace a un hombre justo o injusto. Por eso, este derecho del diablo sobre el hombre no lo posee en justicia, sino que lo usurpó injustamente; pero ha sido muy justamente permitido. El hombre quedó cautivo con todo derecho, pero la justicia no reside en el hombre ni en el diablo, sino en Dios.

VI. 15. Tenemos, pues, al hombre reducido justamente a servidumbre y misericordiosamente librado. Tan inmensa  es esta misericordia, que no falta la justicia en esta obra de liberación. Tan misericordioso fue el libertador, que utilizó los medios más oportunos y no se enfrentó al invasor armado de poder, sino de justicia.  ¿Podía hacer algo el hombre, esclavo del pecado y cautivo del demonio, para recuperar la justicia perdida? Carecía de la suya propia, pero se le aplicó la ajena. Sucedió así: vino el príncipe de este mundo y no encontró nada suyo en el Salvador. Pero puso sus manos en el inocente, y por eso perdió, con toda justicia, a los que tenía bajo su dominio. El que no tenía deuda alguna con la muerte aceptó la injuria de morir, y en justicia libró a los que estaban condenados a la muerte y al poder del demonio.

¿Con qué justicia puede exigirse esto de nuevo al hombre?  Si el hombre era el deudor, el hombre pagó la deuda. Porque, “si uno murió por todos, todos han muerto”. La satisfacción de uno se aplica a todos, porque uno cargó con los pecados de todos. No cabe afirmar que uno delinquió y otro reparó el pecado, porque la cabeza y el cuerpo son uno solo y único Cristo.  La cabeza ha satisfecho por los miembros, Cristo, por sus propias entrañas. Así lo proclama el Evangelio de Pablo, que desmiente a Pedro Abelardo:  “murió por nosotros, nos dio vida con él, perdonando todos nuestros delitos, cancelando el recibo que nos pasaban los preceptos de la Ley ; éste nos era contrario, pero Dios lo quitó de en medio clavándolo en la cruz y destituyendo a las soberanías y autoridades”.

16. ¡Dios quiera que yo sea parte de ese botín arrebatado a los enemigos y pase a ser propiedad del Señor!  Si me persigue Labán y me reprocha que le he abandonado secretamente, sepa que fui a él a escondidas, y a escondidas lo dejé.  Un pecado oculto se sometió a él, y una justicia más misteriosa aún me libró.  Si pude ser vendido gratuitamente, ¿no podré ser rescatado también gratuitamente?  Si Asur me tiranizaba injustamente, es inútil que pida explicaciones de mi huida. Si me dice: “tu padre te esclavizó”, yo le responderé: “y mi hermano me rescató”. Si se me imputa el delito de otro, ¿por qué no puedo compartir la justicia de otro? Uno me hizo pecador y otro me libra del pecado; el primero por generación y el segundo por la sangre. Si se comunica el pecado por nacer de un pecador, mucho más la justicia por la sangre de Cristo.

Tal vez me diga: “La justicia sea para quien le pertenece, ¿qué parte tienes tú en ella?  De acuerdo. Y la culpa sea del que la cometió: ¿qué tiene que ver conmigo?  “Sobre el justo recaerá la justicia, sobre el malvado recaerá la maldad”. No está bien que el hijo cargue con la maldad de su padre y no comparta la justicia de su hermano. Por tanto: “por un hombre vino la muerte”, y por otro hombre la vida.  “Lo mismo que todos mueren por Adán, así todos recibirán la vida por Cristo”.  Tan solidario soy de éste como de aquél. De aquél, por la carne, y de éste, por la fe. Si aquél me infectó con su concupiscencia original, también se ha derramado sobre mí la gracia de Cristo.  ¿Qué queda ya en mí del pecador?  Si se me aduce la generación, presento mi regeneración, con la diferencia de que una es espiritual, y la otra, carnal. La equidad no consiente comparación alguna entre ellas, porque el espíritu es superior a la carne; cuanto mejor es la naturaleza, más valiosas son sus obras. Las ventajas del segundo nacimiento superan con creces a los males del primero.

Es verdad que me alcanzó el pecado, pero también me alcanzó la gracia. “Y no hay proporción entre el delito y la gracia que se otorga; pues el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria; mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acabó en amnistía”.  El pecado procede del primer hombre, y la gracia “desciende del cielo”. Ambas cosas nos vienen de nuestros padres: el pecado, del primer padre; y la gracia, del Padre celestial. Si el nacimiento terreno pudo perderme, con mayor razón me conservará el celestial.

No temo que me rechace el Padre de los astros después de haber sido arrancado del dominio de las tinieblas y gratuitamente justificado en la sangre de su Hijo. “Si Dios perdona, ¿quién se atreverá a condenar?”  El que se compadece del pecador nunca condenará al justo. Me llamo justo, pero con justicia. ¿Qué justicia es ésta? “El fin de la ley es el Mesías y con esto rehabilita a todo el que cree”. Además: “Fue constituido por Dios Padre como fuente de nuestra justicia”.  La justicia que ha sido hecha por mí, ¿no va a ser mía?  Si participo en el pecado ajeno, ¿por qué no en la justicia que otro me concede?  Yo estoy mucho más satisfecho por habérseme dado que si fuera connatural en mí.  “Esto sería motivo de complacencia, pero no ante Dios”.  Lo otro, en cambio, que realiza eficazmente mi salvación, me impulsa a complacerme exclusivamente en el Señor.  “Aunque fuera justo, dice la Escritura, no levantaría la cabeza”, no sea que me digan: “¿Qué tienes que no hayas recibido?  Y si de hecho lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?”.

VII. 17. Ésta es la justicia que recibe el hombre por la sangre del Redentor. Pero este hombre engreído y burlón está empeñado en destrozarlo todo. Y enseña que si el Señor de la gloria “se anonadó”, se hizo inferior a los ángeles, nació de una mujer, vivió en este mundo, experimentó la enfermedad, padeció horribles tormentos y murió en una cruz antes de volver a su casa, lo hizo únicamente para dar a los hombres un ejemplo de vida con sus palabras y sus obras, e indicarles, con su pasión y muerte, la grandeza de su amor. Enseñó la justicia, pero no la dio.  Mostró su amor, pero no lo infundió.  ¿Y así volvió a su casa?  ¿En qué consiste “ese gran misterio que veneramos, en el que se manifestó como hombre, fue justificado por el Espíritu, contemplado por los ángeles, proclamado entre los paganos, creído en el mundo y elevado a la gloria?”

!Oh doctor incomparable, que comprende los arcanos de Dios y hace fácil y accesible a todos los más grandes misterios y el secreto escondido desde el origen de las edades!   Con sus falacias, todo lo hace tan asequible y evidente, que cualquiera puede comprenderlo, hasta los profanos y pecadores.  !Cómo si la sabiduría divina no pudiera ocultar, o hubiera olvidado lo que ella misma prohibió, y diera lo sagrado a los perros, y las perlas a los cerdos!  No, no es eso.  “Se manifestó como hombre, pero lo rehabilitó el espíritu”, para que sólo los hombres de espíritu alcancen las realidades espirituales, y el hombre, por su sola naturaleza, sea incapaz de percibir el Espíritu de Dios, y nuestra fe no se apoye en la elocuencia de las palabras, sino en el poder de Dios. Por eso ha dicho el Salvador: “Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla”. Y el Apóstol añade: “Si la buena noticia que anunciamos sigue velada, es para los que se pierden”.

18. Fijaos, os ruego, cómo se mofa este hombre de todo cuanto procede del Espíritu de Dios, porque le parece necedad ; cómo insulta al Apóstol, que proclama el misterio de la sabiduría de Dios ; cómo impugna el Evangelio, y cómo blasfema contra el Señor. Sería mucho más sensato que creyera humildemente lo que es incapaz de comprender y no se atreviera a hablar y a escarnecer un misterio tan sagrado. Es imposible discutir todas las insensateces y calumnias que acumula contra los designios de Dios. Citaré algunas, a título de ejemplo: “Puesto que Cristo rescató sólo a los elegidos, dice él, ¿cómo es que el diablo ejercía mayor imperio que ahora sobre ellos, en esta vida y en la futura?”  Nuestra respuesta es que, precisamente porque los elegidos estaban bajo el poder del maligno y, como dice el Apóstol, “los tenía sumisos a su voluntad”, fue necesario un libertador para que se realizara en ellos el designio de Dios.  Y para que disfrutaran de libertad en la otra vida era preciso concedérsela en la actual.

Después añade: “¿Atormentaba el demonio al pobre que descansaba en el seno de Abrahán como lo hacía con el rico que estaba condenado?  ¿Tenía algún poder incluso sobre Abrahán y los elegidos?”  No.  Pero lo habría tenido si no hubieran adquirido la libertad creyendo en el que había de venir, como se dice del mismo Abrahán: “Abrahán creyó al Señor y quedó justificado”. “Abrahán gozaba esperando ver este día, ¡y cuanto se alegró al verlo!”  En consecuencia, la sangre de Cristo caía ya como rocío sobre Lázaro, y le libraba del ardor de las llamas, porque creía en el que iba a morir.

Y lo mismo debemos pensar de los elegidos de aquella época. Todos nacieron, como nosotros, bajo el dominio de las tinieblas por el pecado original; pero, antes de morir, fueron liberados por la sangre de Cristo.  Lo dice la Escritura: “Los grupos que iban delante y detrás gritaban: ¡Viva el Hijo de David!  ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!  Así pues, la muchedumbre de los elegidos aclamó a Cristo antes de hacerse hombre, y cuando vivió como hombre.  Los que vivieron antes que Él no alcanzaron una bendición plena y colmada, porque esta prerrogativa estaba reservada para el tiempo de la gracia. 

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One Comment leave one →
  1. pepe pecas permalink
    agosto 6, 2013 11:13 am

    Esa es la defensa que nos enseña a seguir el Doctor Melifluo San Bernardo de Claraval. Hoy en estos dìas de descarada impiedad se renueva aquella frase que nos invita a la lucha: A Dios rogando y con el mazo dando.

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