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San Bernardo vs. Pedro Abelardo (I). El triunfo de la Verdad

agosto 3, 2013
San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval

Este es mi hosanna

a Bernardo el bardo,

que escribe cartas de amor

mejor que Abelardo.

 

Siendo poeta

hubiera preferido

escribir como Bernardo

del Dios Padre,

Hijo y Espíritu Santo,

que poner por escrito las quejas

de pasión que Abelardo

dirigía a Eloísa.

 

Este es mi hosanna

a Bernardo el bardo,

que escribe cartas de amor

mejor que Abelardo.

(El padre M. Raymond  atribuye estos versos a Geoffrey de Auxerre, quien fungió como secretario de San Bernardo en el Concilio de Reims en 1147.)

Lo siguiente, es un extracto del diálogo que sostuvieron el Prior de Claraval y Geoffrey de Auxerre del libro “La Familia que Alcanzó a Cristo” de Fray M. Raymond O.C.S.O.:

— No puedo compartir vuestro entusiasmo, Geoffrey, porque lo encuentro más fantasía que realidad. Vuestro poeta muestra marcada habilidad literaria, pero no una profunda penetración lógica o psicológica…. Vuestros versos son históricamente injustos, tanto con Bernardo como con Abelardo.

—Padre Prior, ¿querrías decirme exactamente dónde estriba el error de mi poeta? ¿Por qué le encontráis injusto con ambos?

— Abelardo cayó. Todo mundo conoce sus amores con Eloísa. Pero es poco varonil y poco cristiano e indigno de un sacerdote resumir toda su vida en ese episodio… Reconozco que Abelardo era intelectualmente orgulloso; ¡pero era un verdadero intelectual! ¿podríamos decir lo mismo de cada uno de sus críticos? Recordad que lo intelectual es lo que hace hombre al hombre. Es el único talento que no puede ocultarse so pena de que el Maestro nos llame un día “siervos inicuos e inútiles”. El hombre fue hecho para saber”, Geoffrey, lo cual significa que debe desarrollar su inteligencia. El hombre fue hecho para saber en este mundo y en el otro.

— ¿Cómo terminó Abelardo?

— El abad de Cluny nunca se cansa de decir al mundo lo humildes, lo santos y devotos que fueron los últimos años de aquel gigante intelectual.

— Y ¿qué fue de Eloísa después de la caída ocurrida hace tanto tiempo?

— Entró en religión y llegó a abadesa de su convento. Nunca oí decir nada contra ella. ¿No veis entonces cuanto más caritativo, más cristiano y más próximo a la verdad sería mencionar estas cosas en lugar de su pecado? Abelardo se retractó y se arrepintió. Eloísa es una monja respetable y respetada. ¡Ojalá sus críticos tengan un fin igualmente santo!

— Habláis como un discípulo de Abelardo.

— Trato de hablar como un discípulo de Cristo y de Bernardo. Ahora voy con el segundo punto. Vuestros versos son injustos con Bernardo.

— Yo me hallaba presente aquel día, y aunque fue hace siete años, lo tengo tan vivo en la memoria como cuanto ocurrió ayer en Reims. No es posible olvidarlo pues fue la reunión del siglo. En toda Francia, (mejor diría, en toda Europa) no existía un solo monje que no anhelara enfrentarse con Abelardo en un debate. A muchos les molestaban sus enseñanzas. Ya recordaréis como Guillermo de Saint Thierry escribió a nuestro padre Bernardo sobre ellas. Había descubierto los errores de Abelardo; pero quería que fuese Bernardo quien los refutara. Lo mismo ocurrió con otros muchos. Conocían los errores pero temían enfrentarse con su autor. ¿Y por qué? Porque era el rey de todos los polemistas. Casi de muchacho había derrotado a Guillermo de Champeaux, el maestro de dialéctica de Francia entera; y desde aquel día hasta el 3 de junio de 1140 no hubo quien se atreviera a polemizar con él. Abelardo se creía invencible y, lo mismo pensaba el mundo. Y ¿qué sucedió? Que ante uno de los auditorios más brillantes con quienes jamás se enfrentara, formado por el Rey, el Delegado Apostólico, los Arzobispos, Obispos, Abades, Priores, Clérigos, y una verdadera hueste de letrados, el gran Abelardo fue reducido al silencio por el monje delgadísimo de aspecto débil y enfermo.

No olvidaré esa asamblea mientras viva. Abelardo llegó con retraso. Creo que fue para producir efecto. Su entrada fue verdaderamente majestuosa. De toda su persona y de cada uno de sus movimientos emanaban el vigor, la confianza, el dominio, el poder, el imperio. Se dirigió al altar seguido del ardiente Arnaldo de Brescia, de furibundo aspecto y de una cohorte de discípulos apasionados que zumbaban como un enjambre cantando la victoria por anticipado. Cuando llegó al santuario se detuvo, miró al Rey, al Legado, a los Arzobispos y recorrió las hileras de mitras con mirada entre desdeñosa y protectora. Bernardo puso fin a tanto teatro, haciendo guardar silencio a toda la concurrencia al levantarse de su asiento y empezar a leer en voz alta y clara una serie de proposiciones claramente heréticas recopiladas de los escritos de Abelardo. Vi más de una cabeza mitrada hacer signos aprobatorios a medida que Bernardo leía y comentaba brevísima y sutilmente. Al fin se detuvo, miró con fijeza a Abelardo, y dijo: “Defendedlas, rectificadlas o negad que sean vuestras.” La asamblea en masa pareció quedar suspensa al salir de los labios de Bernardo aquella triple orden. Hubo un momento tenso de temor y asombro, roto cuando Abelardo se irguió. El auditorio se estremeció. Sus partidarios, dando por descontado su triunfo parecían mirar a Bernardo con lástima. Mas, sus semblantes se ensombrecieron al oír la primera frase de Abelardo: “Me niego a responder al cisterciense. Apelo desde este concilio a la Sede de Roma.” Antes que la asamblea se recuperara de su sorpresa, Abelardo se había marchado. ¡Qué triunfo! Muy poco tiempo antes, Bernardo había dicho de Abelardo que era un verdadero Goliat. Ahora me pregunto si habría adivinado que iba él a representar el papel.

— ¿No estaba exaltado nuestro padre? Preguntó el prior.

A lo que Geoffrey respondió:

— Padre prior, es algo que no logro comprender en nuestro abad. Antes de la batalla y durante la batalla está encendido de pasión. Y una vez victorioso recobra la calma absoluta. Alguna de las cosas que escribió al Papa, a los cardenales y a otros sobre Abelardo que espantaron. Nuestro padre Bernardo es despiadado en el ataque. Recuerdo que decía: “Abelardo lo sabe todo, ¡menos su propia ignorancia!” Llamaba “delirios” a sus escritos y “locurología” a su tecnología. Llegó a insinuar que representaba aún un peligro mayor del que había sido Pedro de Leone, diciendo: “hemos escapado de los rugidos de Pedro el León para enfrentarnos con los silbidos de Pedro el Dragón. Le llama “monje sin regla”, “prelado sin subordinados” y “abad sin comunidad”. Sinceramente, las acusaciones de las cartas que se leyeron ante el concilio fulguraban como rayos. La triple orden de defender, rectificar o negar sus errores retumbó como un trueno en la asamblea. Pero una vez que los prelados reunidos dictaron su condenación, nuestro Padre Bernardo se transformó en otro hombre. No mostraba siquiera la curiosidad del espectador más desinteresado; no le importaba discutir los errores ni al errado; solo tenía un pensamiento. Volver a casa, a Claraval. En el triunfo, nuestro Padre Bernardo resulta más frío que el mismo hielo. Desconcierta y desilusiona.

— Pero decidme Geoffrey, ¿no os distéis cuenta de que a nuestro Padre Bernardo solo le interesa la verdad? ¿No os percatasteis de que libraba la batalla no tanto contra Abelardo como contra sus errores? ¿Le habéis oído alguna vez vanagloriarse?

— ¡Jamás!…. …. Los intereses de nuestro abad son tan vastos como la cristiandad misma, tan amplios como el mundo y tan profundos como la muerte… para muchas gentes en Europa, el verdadero Papa es Bernardo y no Eugenio. Y no les faltan motivos para decirlo.

— No sé si llamar a eso calumnia, infamia o simplemente mentira.

— A mi entender —dijo Geoffrey— Abelardo representó el mayor peligro de nuestro tiempo. Si lo reconocéis como el ariete que golpea las murallas de la Iglesia, veréis qué adecuado resumir la vida de nuestro Padre abad como el contrincante de Abelardo.

— Es un argumento muy fuerte, pero no debéis olvidar el cisma de Pedro De Leone. Como anti-papa consiguió minar las filas de los fieles y mantenerlos separados por más de ocho años. Haber reunido de nuevo esas filas representa una labor colosal.

— Cierto.

— Tampoco habéis de olvidar la labor que realizó para contrarrestar la herejía  de los partidarios de Enrique, o si preferís, de los albigenses, pues hicisteis con él aquel recorrido hace solo un par de años. Vos mismo me habéis relatado los milagros que realizó con los enfermos, los impedidos, los ciegos, los sordos y los mudos. Aquello era una verdadera herejía. Y como bien decís, sorprendentemente arraigada. Y el cisma de Pedro de Leone era un verdadero cisma. Decís que nunca podréis olvidar el triunfo sobre Abelardo y el concilio de Sens; no dijisteis lo mismo sobre la conversión de la ciudad entera de Albi.

— Lo dije— contestó Geoffrey, pensativo— Aquel fue uno de sus más grandes milagros.

—Ahora bien: Geoffrey, vos habéis presenciado y anotado los relatos de tantos y tan asombrosos milagros, que si no hubierais tenido la corroboración de Garmán, obispo de Constanza, de los abades Belduíno y Flovinus y de otros clérigos que os acompañaron, habríamos encontrado mucha dificultad en creeros.

Visteis a nuestro padre Bernardo enviar a la flor de la caballería francesa a Tierra Santa por encima de las protestas del abad Suger, el primer ministro del rey; le visteis convertir al obstinado emperador Conrado y enviare los más bravos caballeros de Germania a Oriente.

El milagro de los milagros fue la conversión de Conrado. El día de Navidad, nuestro abad habló; pero Conrado ni siquiera se inmutó. No. Alemania no iría a la cruzada. El emperador se oponía. Sólo dos días después, Bernardo volviéndose del altar, pronunció un sermón sobre el juicio final y denunció a Conrado ante el mundo, enumerando los dones que Dios le había concedido y exigiéndole dar cuenta de ellos. Entonces, el emperador comenzó a llorar y exclamó: “Os agradezco. Imponedme la cruz de los cruzados”. Sí, aquello fue un milagro.

3 comentarios leave one →
  1. mayo 22, 2013 2:15 am

    ¡San Bernardo de Claraval, rogad por nosotros!

  2. pepe pecas permalink
    mayo 22, 2013 10:47 am

    EXCELENTE LIBRO EL DE ” LA FAMILIA QUE ALCANZO A CRISTO”

    Y SI ES CIERTO, NO SOLO HAY QUE SEGUIR A CRISTO N.S; HAY QUE ALCANZARLE!

  3. Inés. permalink
    agosto 4, 2013 4:22 am

    “Pedro Leone, como anti-papa consiguió minar y mantener separados a los fieles de Cristo”, es decir, logró separarlos de la Verdad y engañarlos. Por poco tiempo, pero lo logró.

    Desde la muerte de S.S Pío XII han pasado nada menos que 55 años, y en esos años hemos visto ya a seis usurpadores seguidos, uno tras otro….. , el último de los cuales ha dejado en pañales a los anteriores. Todo lo que vemos y oímos nos mueve a pensar que no va a ser el último.

    ¿Y quién reúne ahora a los engañados, a los separados, a los envenenados, a los malheridos y a los moribundos, por no decir muertos ?

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